En el prólogo a la edición española de Orientalismo de 2002, Edward W. Said admite que en la edición original de 1978 “había dicho muy poco sobre la extremadamente compleja y densa relación entre España y el islam” y que fue a partir precisamente de 1978, “debido en gran parte a mi creciente familiaridad con la obra de Américo Castro y de Juan Goytisolo” cuando se dio cuenta de que “España es una notable excepción en el contexto del modelo general europeo”. Una excepción cuantitativa (el número de estudios y relatos sobre “Oriente” es muy menor al de las culturas vecinas) y cualitativa (la relación de España con “Oriente” es muy anterior a la del resto de países europeos con sus “orientes” respectivos, lo que causó una hibridación inédita en el resto del continente, que ha sido tradicionalmente pormenorizada). Sin embargo, dejando de lado el caso de Goytisolo, los viajeros hispánicos de la modernidad se han relacionado con el norte africano, Oriente Medio y el Lejano Oriente siguiendo parcialmente las pautas de las tradiciones francesa e inglesa, pero desviándose de ellas. De Sarmiento o de Blasco Ibáñez a Octavio Paz o a Martín Caparrós, los relatos de viajes en castellano sobre Egipto, Siria, India, China o Japón se han articulado en una zona de pocos, cuando no de nadie, a caballo entre la traducción y el experimento. Cuando Carlos Jiménez Arribas llega a Mongolia, un joven le pregunta si es francés: “Digo que soy español y no parece ser una nacionalidad que tenga catalogada” (Viaje al ojo de un caballo, Artemisa, 2007). Viajando, y leyendo libros de viajes de escritores anglosajones, uno se da cuenta de que los circuitos culturales, económicos y simbólicos por los que se mueven internacionalmente los turistas angloparlantes están tan codificados que de algún modo son paralizantes. A estas alturas del siglo XXI, quizá la gran desventaja de los viajeros hispánicos (la tradición interrumpida) sea nuestra gran ventaja (la posibilidad de la invención). La irregularidad de nuestra tradición viajera nos obliga a la traducción y es parcialmente responsable de que los viajeros a Oriente no encuentren las palabras adecuadas para describir la realidad que visitan: “achinamiento amongolado”, leemos en Los mares de Wang (Alfaguara, 2008), de Gabi Martínez. Desde el punto de vista contrario: se trataría de una oportunidad para el neologismo. No hay duda de que los escritores viajeros en castellano han desterrado cualquier atisbo de complejo de inferioridad. Cualquier territorio se puede transcribir. Cualquier compañía intertextual es posible: en Los árabes del mar (Península, 2006), Jordi Esteba dialoga sin complejos con Ibn Batutta y Wilfred Tesiger, siguiendo el mito de Simbad. Oriente Próximo, territorio por excelencia de la representación orientalista, ha sido objeto en este inicio de siglo de otros dos libros de viajes en nuestra lengua, que demuestran la multiplicidad de estrategias válidas para el orientalismo literario hispánico, en un momento especialmente difícil para la literatura de viajes, a causa de la exigencia ética –en lo que refiere a la representación del otro– y de la sensación de agotamiento –en la era del turismo. La respuesta del periodista Eduardo del Campo a ese doble desafío es la recuperación del género del gran reportaje. De Estambul a El Cairo. Diario de un viaje por un Oriente roto (Almuzara, 2009) narra la exploración de Turquía, Irak, Siria, Jordania, Israel, Palestina y Egipto entre finales de 2007 y principios de 2008, es decir, casi en nuestro absoluto presente. La intención periodística se observa claramente en un detalle y en un rasgo de conjunto. El detalle: oraciones a final de párrafo como “El suyo es el salario del miedo” o “Un muerto más en la orgía de sangre iraquí”. El rasgo: la apuesta sin ambages por el testimonio, formalizado en largas entrevistas y en monólogos. Aunque el libro esté recorrido por una retórica neocristiana que no comparto (“el desconocido-hermano”, “le pido al ginecólogo, ya mi amigo”, “arrancar un sentimiento de su gente y llevármelo grabado en el corazón”), no hay duda de que es uno de esos ejercicios de gran reportaje tan frecuentes en la tradición anglosajona, un informe riguroso del estado de Oriente Medio en nuestra época. En Oriente empieza en El Cairo (Mondadori, 2002; Alfaguara Colombia, 2008), Héctor Abad Faciolince apuesta por la tradición desde el propio título (prestado de Flaubert), pero idea una táctica para agilizar la enésima descripción de Egipto: dice viajar con sus “dos esposas”, lo que produce una ambigüedad humorística y erótica, en contrapunto con los tópicos poligámicos árabes, que –al menos durante los primeros capítulos– atrae la atención del lector más allá de los paisajes y la historia. Como algunos de sus contemporáneos viajeros de América Latina, Abad Faciolince plantea en su relato una paradoja: el viaje de un país tercermundista (Colombia) a otro (Egipto) pasa necesariamente por una escala en el primer mundo, lo que crea una paradoja –la tradición textual en que se sustenta la narración pertenece a ese ámbito geopolítico– e introduce al mismo tiempo un interés suplementario: la mirada ajena reconoce arquitecturas y suburbanismos colonialistas; costumbres vinculadas con la economía del subdesarrollo. Eso no quita que predomine la deuda textual con Europa, pero añade un detalle que no se puede encontrar en la literatura anglosajona y francesa: “El viaje empieza en los libros que hablan del sitio del viaje. Allí encuentro a Andrés Holguín, entre los colombianos”. Más adelante refiere el pasaje del libro de Holguín en que éste habla con un camello; y cita a Alí Bey y a Juan Goytisolo y a Elías Canetti. Y se refiere a la ilusión de apartar el Egipto actual para recuperar el faraónico en los siguientes términos: “Los turistas chinos, noruegos, norteamericanos, colombianos, somos interferencias en la ilusión de un viaje imaginario”. La idea de que todos somos turistas, en paralelo a la conciencia de pertenecer a una cultura literaria que se inicia en el ámbito local pero que madura en la literatura mundial, sitúa el libro en una nueva órbita, desacomplejada, que se está definiendo en este cambio de siglo. La prehistoria de ese cambio de paradigma se puede rastrear en el volumen, recientemente compilado por María Sonia Cristoff, Pasaje a Oriente. Narrativa de viajes de escritores argentinos (Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2009). Cristoff define el viaje oriental de autores argentinos como un viaje dislocante, en contraposición con el tradicional viaje edificante a Europa. Si en el Viejo Continente se han proyectado históricamente la posibilidad de reconectar con los orígenes, la búsqueda de modelos socio-políticos que sirvan de orientación o la voluntad de formación intelectual y de legitimación literaria -además del reto de re-escritura de la tradición viajera precedente, factor intrínseco a la literatura de viajes-, en Oriente, en cambio, no existe un patrón claro de actuación ni de redacción. Martín Caparrós escribe sobre Japón: “otra muestra de ese imposible: la comprensión entre nipones y gaijines –o goyim, o extranjero”; y sobre Tokio: “no se puede leer”. Viajar a Europa supone de algún modo regresar a una zona que ya se ha transitado en lecturas, en el mismo idioma o en idiomas próximos, en el adn. El contexto de Argentina. Viajar a Oriente Próximo o al Lejano Oriente, en cambio, significa ensayar nuevas estrategias, depender de la traducción radical, salir totalmente del contexto, dislocarse. El nuevo contexto no sólo afecta a la posibilidad de narrar, a la obligatoria traducción o a la pérdida de sentidos que ella conlleva; también alcanza el nivel caligráfico, el propio gesto de la escritura: “Manía de los locales por la miniaturización, que plagio involuntariamente con mi letra y su empequeñecimiento progresivo”, leemos en “Diario de un invierno en Tokio”, de Matías Serra Bradford. Otro de los textos antologazos por Cristoff es “5-12-07. Al estilo post de blog”, de Pablo Schanton, que se podría describir como una crónica autobiográfica hibridada con ensayo, introducida por una fotografía y con longitud de post. La búsqueda formal es un intento de sintonizar tanto con la realidad lejana (que sigue siendo lejana pese a que uno se encuentre en ella) como con la época en que el viaje se realiza (el siglo XXI). La época de la pantalla como espacio fundamental del viaje, del turismo de masas, de la pornografía en red, del cuerpo como laboratorio científico y político. Esas acuciantes cuestiones son abordadas por María Moreno en la extraordinaria crónica “En familia [Plaza Djemá el F’ná]”. El viaje a Marraquech es codificado, desde la dedicatoria y la cita iniciales (que remiten a dos mujeres), como una exploración del cuerpo femenino en un contexto físico (la cultura islámica) y textual (la tradición implícita de Canetti y Goytisolo y la explícita de las historietas de D’Artagnan, con la “soledad viril de los reclutados en la Legión Extranjera”) intensamente masculinizado. La viajera se asume como turista y se declara “impermeable al exotismo” sexualizado del orientalismo. Sin quererlo, es adoptada por una familia española que forma parte del mismo tour, en cuyo centro simbólico se encuentra Ana, una joven de 29 años que actúa como una niña. El análisis del comportamiento de Ana y de sus familiares absorbe el espacio de la crónica, monopoliza el interés de la autora y de su lector. La turista se convierte en protagonista, eclipsando el paisaje, la historia, los nativos, en fin, todo aquello que durante siglos ha sido el tema de la literatura de viajes. El modo infantil e incómodo en que Ana afronta el sexo es transformado en una herramienta para diseccionar tanto las ficciones que operan en el interior de toda familia como el contexto marroquí, donde pone en jaque las convenciones sociales. Moreno incorpora a su crónica tres niveles no demasiado frecuentes en ella: la economía (el dinero, el regateo), la enfermedad (la diarrea) y el cuerpo. Su apuesta por un relato biopolítico es llevada al extremo: el clímax llega cuando María ve desnuda a María Moreno en el hamman. Su pubis, sus cicatrices, sus operaciones de cirugía estética. La intimidad de la autora del texto que leemos. El “Orientalismo” se ha construido como una erotización conflictiva de ciertas geografías más o menos lejanas. Como recuerda Silvia Nagy-Zekmi en la introducción a Moros en la costa. Orientalismo en Latinoamérica (Iberoamericana, 2008), trayendo a colación a Edward Said, la mirada occidental oscila entre el deseo y el desprecio del otro oriental. En la tierra de nadie o de pocos del orientalismo iberoamericano, María Moreno niega el exotismo, niega la aventura, habla del turismo y abre una brecha al situar en el centro de la atención dos cuerpos ajenos, desestabilizadores políticos, inquietantes literarios. El suyo y el de un otro que no quiere ser el Otro. Una brecha con futuro.