PROUST FICTION

            En su ensayo sobre Alejandra Pizarnik, César Aira hace acerca del surrealismo dos reflexiones que me parecen clave: por un lado, que en él “el resultado se reabsorbe en el proceso; el proceso mismo ya es resultado”; por el otro, que el surrealismo es sobre todo un sistema de lecturas. De las múltiples líneas que salen de esa vanguardia histórica y de su prima, el dadaísmo, que atraviesan el situacionismo y que se pierden en el laberinto posmoderno se nutre la obra de Robert Juan-Cantavella (Castellón, 1976). Sin embargo, en su primera novela, Otro (Laia Libros, 2001), un epígrafe de El Criticón nos advertía de que el proyecto va mucho más allá: la interrelación de “correspondencias”, “movimientos” e “influencias” ya forma parte de la experimentación barroca. Más que el adjetivo “textualista”, es precisamente “barroco” el que mejor define esa opera prima, cuyo capítulo sexto se titula “no moderno no”.

            Cada uno de los relatos que conforman Proust fiction (Poliedro) remiten a una o más obras literarias y el primero, “El deslumbrado”, apunta precisamente a una del Siglo de Oro, El Quijote. “Escalera mecánica”, en cambio, va más atrás y habla de Platón en el sótano de El Corte Inglés. No se trata de homenajes, porque esa es la tarea de los concejales de cultura y no de los escritores. Se trata de reconfiguraciones. Se trata de elaborar un nuevo discurso literario a partir de los clásicos personales, que no tienen por qué coincidir con los de los cánones. Para empezar, los clásicos, por un imperativo cronológico, son los libros que leímos en la infancia: en “Los cuatro ladrillos”, por ejemplo, en un movimiento mutante de temas y formas que es habitual en el autor, la obra inicial es la serie Los cinco de Enid Blyton, que se metamorfosea en otros engendros numéricos: los cinco New Kids on the Block y el Tetrabrick. La infancia, de hecho, es uno de los temas del libro. “Bocina” intercala la recreación de la fábula de la cigarra y la hormiga con una excursión de primaria: la de ir a hacer una fotocopia del carné de identidad. Y “Parapsicología de las Brag Asaja Das” convierte en un pseudo-cuento gótico un chiste de niños.

            La ambición de esas piezas es menor a la de las dos nouvelles que alberga el libro. Los cuentos son anteriores y se revelan como entrenamientos del proceso que será reabsorbido por el resultado. Ensayos de la máquina de lecturas de Juan-Cantavella. La imagen de ésta fue reproducida por la revista de arte y diseño Rojo: la obra “Máquina de hacer sonetos” mostraba un circuito de traducciones que contaba con engranajes, cables, grapas, negativos fotográficos, idiomas y el esquema métrico del soneto en código binario. Ése es el proceso dadaísta al que es sometida durante cincuenta páginas delirantes la maestría de Hunter S.Thompson en la crónica ultragonzo “Badajoz”. Ése es el sistema imposible que lleva a la demostración de que Proust plagió a Tarantino en “Proust fiction”.

            Como ocurría en Otro con la compañía telefónica, en Proust fiction hay una constante denuncia de los mecanismos absurdos que rigen nuestro mundo postfordista. En “Primero es capaz de comunicarse con el espíritu de los pianos”, la Cadena de Producción de pianos; en otros relatos, los procedimientos jurídicos, los mecanismos de traducción, las excursiones infantiles a la burocracia o la cadena de mando de un rodaje ilustran esa misma dinámica perversa actual. Eso remite a una dimensión muy importante de la tradición vanguardista: el boicot del orden social conduce a la posibilidad de la revolución. Marinetti, el protagonista del relato que da título al volumen, es una suerte de terrorista literario. Como él, su creador está dinamitando con cartuchos de ironía las construcciones narrativas de Borges, Ríos, Goytisolo o Vila-Matas, por citar sólo nombres de la tradición hispánica. El resultado se sitúa después del apocalipsis de la literatura posmoderna.

HACIA UN CANON ALTERNATIVO (XII)

PÉREZ REVERTE FUERA DEL MUSEO 

            Babelia y el resto de medios oficialistas tienen razón: con El pintor de batallas (Alfaguara, 2006) estamos ante la mejor novela de Arturo Pérez Reverte. El problema es que eso no significa gran cosa. La trayectoria novelística del autor de Territorio Comanche ha sido de una mediocridad artística que, de no ser por su éxito comercial, no estaría ocupando estas líneas. La razón es sencilla: el éxito comercial hizo ganar mucho dinero a Alfaguara; esto provocó que el grupo PRISA se empeñara en encumbrar a su escritor estrella; se logró la connivencia de algunos críticos y de algunos académicos; y en paralelo, Pérez Reverte obtuvo cierto reconocimiento crítico (creo recordar que fue Rafael Conte, el mismo que dice que Almudena Grandes es una buena escritora, quien inició ese proceso en El País) y fue nombrado miembro de la Real Academia Española.

            Tras esa operación, llega “El pintor de batallas”, una novela que apunta hacia los lectores competentes. El lector masivo disfrutó con su anterior título, Trafalgar, una película de piratas de serie B; ahora se trata de cambiar de registro y de intentar llegar a la vejez con cierto prestigio de escritor grave. Para ello, la nueva novela recurre a varias estrategias. En primer lugar, la recuperación del pasado de corresponsal de guerra del autor; en alguna entrevista ha llegado a afirmar que él es una “autoridad en guerras”. En segundo lugar, el uso de la técnica del contrapunto para alternar un pasado de relación amorosa con un presente de soledad; un pasado de conversaciones con Olvido Ferrara (mujer fatal de cartón piedra) con un presente de diálogo con una víctima. La acción pretérita es previsible y fílmica; la del presente narrativo, en cambio, condensa todo el interés de la propuesta. En relación, el tercer elemento: el diálogo entre novela y artes plásticas. El antiguo fotógrafo de guerra ahora se ha encerrado en una torre para pintar un gran mural, summa de todos los grandes cuadros bélicos de la historia de la pintura. Entonces recibe una visita inoportuna. Un superviviente de la guerra de los Balcanes. Doble víctima: de la contienda y de la fotografía que le hizo el protagonista, a causa de la cual sufrió todo tipo de vejaciones y su familia fue exterminada.

            La ambigüedad del personaje protagonista sólo se disuelve en su suicidio final. Pese a éste, el lector no puede dejar de pensar que Pérez Reverte no ha reflexionado a fondo sobre los conceptos de testimonio, sobreviviente, responsabilidad, etc.; o que no ha sabido hallar los mecanismos retóricos capaces de transportarlos a la lógica interna de la novela. Sin embargo, hay un conflicto estético en El pintor de batallas que me parece más revelador que el estrictamente ético (es sabido que ambos planos se confunden, no obstante, en todo artefacto artístico). Se trata de la tensión entre la obra pictórica (ficticia) del antiguo fotógrafo y la novela (real) del antiguo corresponsal. El protagonista aboga por un collage de géneros y estilos, por una gran obra pintada con los intestinos y con la inteligencia (ha visitado durante años museos para gestarla), una obra radical y contemporánea. El novelista, en cambio, construye una novela tradicional, realista en el sentido decimonónico, que respeta todas las convenciones y no tiene ni un ápice de riesgo. En esa paradoja se cifra la propuesta de Pérez Reverte. Si la novela El pintor de batallas fuera un cuadro, no estaría en ningún museo de arte contemporáneo.

MATARÓ, CAPITAL DEL MUNDO (V)

EL MIEDO

UNO. “V de Vendetta” ha generado cierta polémica por su mensaje a favor del terrorismo. Me pregunto si hubiera pasado lo mismo si el argumento de “Braveheart” hubiera tenido una ambientación contemporánea. Obviamente, las coordenadas políticas e ideológicas del mundo medieval no son extrapolables a nuestra era, pero sí que es de ahora una lectura tan tendenciosa como la que Mel Gibson hace de la violencia política de tiempos pasados. “V de Vendetta” habla de una Gran Bretaña convertida en dictadura democrática (perdón por el oxímoron), en que la seguridad nacional ha sido elevada a valor máximo, en que la libertad de expresión no existe, en que la policía del estado secuestra, tortura y extermina sistemáticamente (en una “estética” y una “dinámica” que recuerdan a la de la última dictadura argentina). En ese contexto aparece el “terrorista” que decide dinamitar el Parlamento de Londres como detonante de una mascarada que ha de derrocar el régimen. El fin justifica los medios, dice la película. El miedo lo corrompe todo, comenzando por la idea occidental de democracia. No estamos tan lejos del totalitarismo: a unas simples elecciones, de hecho.

DOS. Desde que vi la película en los Multicines de Arenys de Mar (el cine ha muerto en el interior de Mataró) he tenido dos experiencias minúsculas con los mecanismos de control oficiales. La primera fue el enterarme de que en Mataró es posible denunciar mediante una fotografía digital a cualquiera que cometa una infracción. En otras palabras: que un ayuntamiento “de izquierdas” promueve la delación entre vecinos. La segunda tuvo lugar cuando la grúa se me llevó el coche en Barcelona en una acción ilegal, porque la fotodenuncia no había sido refrendada por la policía. En nuestros días de ordenanzas municipales que prohíben la mendicidad y dar de comer a los gatos, hay que pensar en el “Lazarillo” o en Dickens, es decir, en la literatura que criticó las disposiciones irreflexivas del poder y que retrató sus consecuencias funestas. “V de Vendetta”, pese a su ambigüedad, apunta en esa dirección. Mientras el estado se dedica a dinamitar la red social; mientras los ayuntamientos potencian abstractos planes de desarrollo del asociacionismo al tiempo que, en verdad, están minando la solidaridad vecinal, el arte sigue atesorando su necesidad de crítica en nuestra dictadura democrática (perdón por la redundancia).

HACIA UN CÁNON ALTERNATIVO (IX)

BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
Lo que más llama la atención es la cantidad de cigarrillos y de whiskies que se consumen en pantalla. Hace cinco años, eso no hubiera sido sorprendente; en nuestra sociedad aséptica, higiénica y sin humo, sí lo es. Good night and good luck, el segundo largometraje de George Clooney, habla del periodismo televisivo. De sus borracheras de actualidad, de sus cortinas de humo. Sin concesiones. Sí, ya sé que “sin concesiones” se ha convertido en una de esas expresiones de uso común, que casi siempre significan “con pocas concesiones”, “con alguna concesión”, “parcialmente radical”. No me refiero a esas medias tintas, sino a un retrato valiente y severo del momento en que la historia de la televisión pudo haber cambiando. El momento en que Edward R. Murrow se cansó de cubrir estupideces de Hollywood y, en su programa de máxima audiencia, plantó cara a la caza de brujas de McCarthy. Técnicamente, el documental en que el propio senador macarthista se contradecía y enumeraba reducciones al absurdo, fue un hito televisivo. Moralmente, el hecho de que Murrow llevara sus convicciones éticas hasta el extremo de poner en peligro su puesto de trabajo, en pantalla, podría haber marcado un punto de inflexión en lo que se entendería por “televisión”.

            No fue así, como se puede comprobar paseándose por el abanico de canales por cable. Pero podría haber sido. De vez en cuando, encontramos alguna noticia en el diario (hoy: la emisora El Eco de Moscú, que da voz a los críticos de Putin) alguna noticia, no obstante, lejanamente emparentada con aquella declaración de principios de Murrow, brillante y comedidamente representado por David Strathairn. A su lado, incondicional, Clooney, en el papel de Friendly, su compañero de empresas periodísticas. El director, como mano derecha del protagonista, entra en la denuncia de cómo la política estadounidense sigue siendo caza de brujas, intereses partidistas, mentiras, cortinas de whisky y humo. Hombro con hombro: la imagen de Murrow y Friendly me ha recordado la imagen final de El sueño eterno, en que el amor de Humphrey Bogart y Lauren Bacall se convierte –por arte de metáfora– en dos cigarrillos que se consumen, uno al lado del otro. Más que el amor, eso es la amistad. Sobre todo, cuando se traslada al ámbito de la pasión profesional. Porque más que mojarse, hay que quemarse. Sin concesiones.

EXCURSIONES (v)

EN EL MONASTERIO

El germà J. perdió la mitad del sentido del oído hace unos años; y la mitad del sentido de la vista hace unos meses. Medio sordo y medio ciego, ha tenido que dejar de ocuparse de la cocina del monasterio donde vive, El Miracle, entre Cardona y Solsona. Recuerdo un “conill amb bolets” y muchos tipos de confitura y un arroz con pollo a la cazuela. Ahora, me dice, dedico algunas tardes a hacer mermeladas, porque se venden bien en la tienda de recuerdos y porque así me mantengo ocupado.

Estamos tomando un café en el refectorio. Los campos de centeno acogen el oleaje del viento. La primavera es bellísima, aquí; pero el invierno es incomunicación y nieve, dureza. Si dentro de cuatro días no ha llovido, se perderá la cosecha. El germà J. hizo tu tesina sobre el ejercicio pastoral en ambientes homosexuales y recorrió para ello los bajos fondos de Bruselas, en los años setenta, cuando un tema como ése provocaba todo tipo de comentarios entre sus compañeros de estudios religiosos. El germà J. aún conserva alguna amistad de aquella época, como aquel hombre que sobrevivió al sida y se casó finalmente, hace poco, con un viejo amigo. El germà J. se cartea también con una monja que conoció en Bélgica: acabem de canviar la carta per l’e-mail, perquè ella sempre canvia de residència i així no perdem la comunicació, sigui on sigui. El germà J. cambió después los libros por la cerámica y por la cocina, aunque nunca dejó de traducir. Ahora ocupa las tardes en la traducción para Montserrat de un artículo sobre el duelo, que le ayuda a entender lo que le está pasando, su luto de jubilado. Se escribe también con un joven traductor, que lo ha incluido en su diccionario de traductores catalanes: darrerament no m’escriu, no és fàcil enrecordar-se dels vells…

Obviamente, el germà J. tiene un defecto. Me lo confiesa cuando el café ya se ha terminado y la taza está vacía sobre la mesa y el viento sigue ondulándose tras el rompeolas del cereal. He leído El Código da Vinci, me confiesa. No me gustó, pero no considero que perdiera el tiempo, porque lo leí en inglés y así practiqué el idioma. Para compensar (cada defecto se neutraliza con una virtud), está leyendo El Quijote, que es mucho más ameno e interesante, me dice. Con esa imagen me voy esta vez del monasterio. Hay nubes turbias: espero que se fragüe la tormenta necesaria.



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