LA NOVELA LUMINOSA

LA LUZ DE LA NOVELA

 

Mario Levrero

La novela luminosa

Mondadori

Barcelona, 2008.

567 págs.

 

            Al cabo: sólo tenemos experiencias de lectura. La novela luminosa me ha ocupado intermitentemente durante los últimos cinco meses: comencé a leerla en la edición uruguaya de Alfaguara y la he concluido en la española de Mondadori. Esa circunstancia ejemplifica la rara circulación de la literatura en nuestra lengua y sería interesante abordarla, si no dispusiera de sólo 750 palabras para hablar de la obra póstuma de Mario Levrero (1940-2004). No cabe aquí esa digresión: la obra en sí reclama todas las palabras disponibles.

Lo que plantea el libro de Levrero es un desafío a la capacidad de absorción de material por parte del lector. Está claro que el lector es capaz de disfrutar de “La novela luminosa”. Pero la nouvelle que da título al libro apenas significa cien páginas de las más de quinientas del volumen. El resto es un prólogo titulado “Diario de la beca”, donde se prorroga hasta lo insoportable la llegada de la iluminación que supone la novela corta. En la literatura hispanoamericana estaríamos en la línea de puesta a prueba del lector que atraviesa el Museo… de Macedonio Fernández, los “capítulos prescindibles” de Rayuela y la parte central de Los detectives…; pero lo que en Cortázar es un epílogo y en Bolaño, una sucesión de testimonios que ha sido preparada por una introducción sumamente atractiva, en Levrero constituye un larguísimo prólogo macedoniano capaz de agotar la paciencia de cualquiera. Confieso que no conseguí entrar en la telaraña neurótica del narrador, en sus incesantes digresiones sobre la muerte de una paloma, los programas informáticos que se baja de internet, las novelas que devora enfermizamente (Rosa Chacel, Thomas Bernhard, ficciones policiales, etcétera), sus desajustes horarios y alimenticios, sus talleres literarios, sus sueños, sus terapias.

No obstante, fui fiel a la prosa –intermitentemente, durante cinco meses, hasta llegar a una última semana febril e incondicional– porque El discurso vacío (Caballo de Troya, 2007) me preparó para este desafío. Como en aquella novela, las oscilaciones del narrador entre la caligrafía y el Word, la preparación obsesiva para el momento de la escritura, imprimen a la creación de lo narrado el carácter de ritual que cierta lectura también reclama. La persistencia no me defraudó. Hacia la página 100 disfruté de la primera experiencia estética al descubrir que todo lo leído hasta entonces desembocaba en unas páginas estremecedoras sobre la ruptura sentimental. A partir de entonces, otros momentos hirientes tuvieron que ver con la confesión del consumo de pornografía, con el miedo a una operación quirúrgica, con un aborto o con la relación con los padres. Momentos de intensidad brutal envueltos en líneas y líneas que rodean lo esencial, difuminándolo, haciéndolo tedioso, como en la vida misma.

Horror vacui. La absorción del narrador por parte de la pantalla (los solitarios, los programas, la pornografía) responde a la necesidad de huir del vacío cotidiano. La misma vocación causa la existencia de un texto excesivo: círculos concéntricos de significados yuxtapuestos que evitan, o simplemente retrasan, encarar lo que realmente importa. El amor, el abandono, la soledad. Por un lado, Kafka, que Levrero menciona como el autor que lo empujó a la escritura. Por el otro, una poética literaria y vital que defiende el amor con una fuerza inaudita, avasalladora. Por momentos, esta experiencia de lectura se ha reescrito en mi interior con la que supuso Véase: amor, de David Grossman. El sexo, el deseo, la masturbación, los pechos, las erecciones, las fotografías, los videos, el semen, la paternidad, el erotismo: lo sagrado. La novela luminosa es una indagación en lo sagrado a través de lo profano. Es una reflexión extrema sobre cómo lo inmaterial sólo se puede alcanzar mediante lo material: sucesión de cuerpos. Es un carpe diem que necesita atravesar un pantano kafkiano. El sufrimiento, del narrador y del lector, conduce a la apoteosis del significado y de la sabiduría. El humor y la ironía nos llevan, por meandros, divagaciones, trivialidades y pasajes brillantes, hacia una iluminación extraña, contradictoria, excitante, defraudadora, raramente necesaria. En fin: un auténtico acontecimiento en forma de testamento y de legado, cuyo eco directo o indirecto ilumina la narrativa actual iberoamericana más inconformista. Me refiero a Aira, Tabarovsky, Vilas, Rivera Garza, Chejfec, Fresán, Sada, Bellatin o Chitarroni –en cuya Peripecias del no. Diario de una novela inconclusa (2007) leemos “Y es que no se trata de una novela fácil”. No.