LOS MONTES DE KRYPTONITA
INTRODUCCIÓN AL DOSSIER NARRATIVAS SUPERHEROICAS (QUIMERA, DIC. 2008)
La retórica publicitaria de los Juegos Olímpicos de Pequín ha abundado en el paralelismo entre el atleta y el superhéroe. Gracias a la tecnología, los atletas no dejan de mejorar sus plusmarcas. Muscularmente, el ser humano –según parece– todavía no ha llegado a sus límites. Sin embargo, el prefijo “súper” no se refiere en el mundo de los cómics a la velocidad o al salto, tiene relación sobre todo con los sentidos, con la inteligencia y con la memoria, y éstos no se han desarrollado especialmente en la época contemporánea. De modo que la intromisión de la superheroicidad en el ámbito de la épica deportiva se produce con una primera desviación. La segunda, y fundamental, tiene que ver con la ubicación del deportista/superhéroe en el centro del protagonismo mediático. Porque, pese a que encontramos superhéroes famosos, la mayoría de ellos, sobre todo los mutantes, tienen problemas graves de integración y de reconocimiento en la sociedad humana. El lado oscuro del mundo superheroico es, precisamente, el que se ha impuesto en este cambio de siglo. Hemos pasado de Superman a Batman como figura paradigmática. Incluso superhéroes luminosos como Spiderman se han oscurecido en nuestros días.
Aunque las series cinematográficas de Superman y de Batman se hicieron durante el último cuarto del siglo pasado, el nuestro se ha iniciado con la incorporación masiva de superhéroes a los blockbusters de Hollywood, precisamente con Spiderman al frente. El más humano de los superhéroes, el más escindido entre Peter Parker y el Hombre Araña, el que más problemas ha tenido tanto con su traje como, sobre todo, con su máscara. En las (pen)últimas Secret Wars, Spiderman se ha quitado la máscara en una rueda de prensa; el conflicto con su traje ha llegado a la gran pantalla. El Daredevil de Miller se inicia, precisamente, cuando a Matt le quitan la posibilidad de quitarse la máscara. Durante la mayor parte de la obra, el héroe no es un héroe, no lleva traje, no se mueve enmascarado; la mayoría de los de Watchmen se muestran sin máscara en el cómic; en The Authority nadie lleva máscara, a excepción del vigilante gay. Una excepción interesante, porque en nuestra época el superhéroe se ha desenmascarado, para salir del armario. Un desenmascaramiento que puede ir más allá de lo visual y anecdótico: ahora sabemos que los superhéroes son criaturas pop por antonomasia y que en su estudio se pueden encontrar algunas de las claves que explican la contemporaneidad. Por ello apuesta este dossier del número 301 de Quimera, por diseccionar las narrativas superheroicas y tratar de arrojar algo de luz a sus relaciones con la literatura, con la filosofía o con la política.
Porque el interés por lo superheroico no sólo ha permitido la supervivencia de los cómics y no sólo ha provocado un aluvión de adaptaciones cinematográficas o la invención de nuevos personajes (como la familia de Los Increíbles, Hancock o los protagonistas de Heroes). También la literatura se ha abierto a ese universo. En 1989, Wang Shuo publicó Haz el favor de no llamarme humano, una sátira que hablaba de cómo China fabricaba un súperheroe en el contexto de los Juegos Olímpicos, por una cuestión de orgullo nacional. En la “Nota de autor” que cierra Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (2000), Michael Chabon agradece a Will Eisner, Stan Lee y Gil Kane que le contaran “sus recuerdos de la Edad de Oro”, pues esa época de la historieta no es sólo la ambientación, sino también el espíritu de su novela. Sobre La fortaleza de la soledad (2003), de Jonathan Lethem, el mismo Chabon escribió que había “reinventado el mito del superhéroe”. Si una novela habla de la industria del cómic en los años 40, la otra en cambio constituye una auténtica literaturización de un mundo propio del cómic. En Muy pronto seré invencible (2007), Austin Grossman va más allá y se inventa un planeta Tierra con “mil seiscientos ochenta y seis seres poseedores de algún don extraordinario”, y otorga el rol protagonista al Doctor Increíble, un supervillano. Este mismo año, César Aira ha dado una radical vuelta de tuerca al subgénero en Las aventuras de Barbaverde, donde la eterna lucha entre el superhéroe y el supervillano constituye tan sólo un telón de fondo, un horizonte difuminado, sobre el que se construyen las peripecias en el Cono Sur de los eternos segundones, que son los verdaderos protagonistas. China, Estados Unidos, Argentina: lo superheroico se ha convertido en un tema en expansión en la literatura internacional.
No obstante, más que un tema protagónico, lo que ha dado los cómics de superhéroes a la literatura de nuestros días es sobre todo un topos de carácter nostálgico y generacional. Los escritores del siglo XXI se han formado a través de pantallas y han devorado tebeos y cómics; ese sustrato se encuentra de un modo un otro en los relatos que producen. Javier Pérez Andújar, en Los príncipes valientes (2007), convierte los tebeos en las coordenadas de la formación moral del narrador en la periferia barcelonesa de los años 70. En Historia del llanto (2008), por su parte, Alan Pauls recurre a Superman para explorar la fascinación por la debilidad que siente su protagonista, que se disfraza del superhéoe en el contexto de reflexión sobre la máscara propuesto por la novela. “¡Qué importa cómo se llamen o el traje / que usen, si al fin regresan!”, escribe el poeta argentino Washington Cucurto en su poema “Superhéroes”, “Sean: Caperucita, Tom, Gulliver, Superman, / el Chavo del 8 o el Chapulín Colorado / todos en esencia son iguales”. Efectivamente: las novelas de Verne o los dibujos animados de la televisión, las historietas o las teleseries infantiles: todo forma parte de un mismo imaginario, vinculado con los años de formación, en que lo visual se superpone a lo textual. El narrador de Pérez de Andújar lee el Quijote primero en formato cómic.
Pero no sólo tenemos lo superheroico como archivo de la nostalgia generacional, en la literatura de hoy día. En el estudiado tránsito de entrada a La vida fabulosa de Óscar Wao (2007), Junot Díaz hace convivir dos epígrafes. El primero pertenece a “Los cuatro fantásticos”; el segundo a Dereck Walcot. Algunas páginas más adelante insinúa que su mundo va más allá de Macondo y de McOndo. Un mundo escrito en un inglés mestizo, que trabaja con lo real como si fuera ciencia-ficción, nutriéndose de los cómics desde una posición postcolonial, leyéndolo desde una posición sofisticada, culta y mestiza (afterpop). En un poemario precisamente titulado Buena suerte Peter Parker!, el poeta peruano Rafael Robles Olivos escribe los siguientes versos: “Mi súper héroe favorito siempre fue el Hombre Araña… / hasta que te lo tiraste.”. La vinculación entre el súperhéroe y la sexualidad, inesperada, también la encontramos en un relato del escritor brasileño Daniel Galera, titulado “Manos de caballo” (2006), donde un personaje femenino recuerda que a los cuatro años le excitaba mirar Spectreman y se tocaba “ahí” mirando su cara inexpresiva: “No sabía si era la cara de Spectreman o si atrás de la máscara tenía otra cara”. Además del superhéroe, a la muchacha le excitan los ciegos y los vampiros.
Las apropiaciones y los desvíos se multiplican. Uno de los relatos de Caras B de la música de las esferas (2001), de Eloy Fernández Porta, se titulaba “Derrotado en los Montes de Kryptonita, Aníbal descubre el sentimiento de lo sublime”. Ahí está formulado uno de los grandes atractivos del mundo superheroico para la cultura contemporánea: la posibilidad que implica de recuperar el sentimiento de lo sublime. Prácticamente desaparecida de la esfera literaria, la épica se refugia allí donde puede seguir siendo masivamente consumida. Pero ella, como Aníbal, tampoco puede evitar la periódica derrota en manifestaciones de toda índole, casi siempre crepusculares.










Ah, bellísimo texto.