SANT JORDI (II) O EL FIN DE LA MUDANZA

(Continúa.) El fin de la mudanza me sorprendió mientras leía Mutatis Mutandis, de Javier García Rodríguez. Lo difícil de construir un libro a copia de fragmentos heterogéneos es lograr cierto equilibrio. Con la paresia (“transmite la verdad directamente, mientras que la retórica en el mejor de los casos lo hace indirectamente”), el autor alcanza ese equilibrio provisional, al tiempo que dialoga inteligente y oblicuamente con el realismo, la teoría literaria contemporánea y el fenómeno afterpop. A través de la luz de ese libro, otros títulos recientes, como la ambiciosa y goytisoliana novela Providence, de Juan Francisco Ferré, o la bélica e inesperada novela El ladrón de morfina, de Mario Cuenca Sandoval, o como la absolutamente recomendable colección “Humo hacia el sur” de la editorial Barataria (cuya última entrega es Escalas melografiadas, del enorme César Vallejo), me parecían piezas de un mismo puzzle. Un puzzle que obliga a un esfuerzo por leer desde un lugar nuevo. Justo en el momento en que cerré el libro, sonó el teléfono. Era mi abuela. Estaba alterada: “Jorge, tú sabes que te quiero mucho, pero me preocupa que estés utilizando tu página web para promocionar tus libros”, me dijo, “¿eso está bien?”. “Sí, abuela”, le respondí, pedagógico, “es lo que todos los escritores hacemos en nuestras páginas web, publicitar nuestra obra, defender nuestro proyecto”. “¿También con videos?”. “Sí, abuela, también las herramientas audiovisuales son válidas, sobre todo si a través de ellas quieres sintonizar con tu novela”. Mi abuela es internauta y estaba preocupada porque había leído en algún lugar que la comunicación y la publicidad son compartimentos estancos y que el escritor no debe dedicarse a hacer videos ni a venderse al monstruoso enemigo así llamado mercado. Le expliqué que no hiciera caso de esos discursos tendenciosos y desfasados. Y entonces me contó algo que le había contado su madre: los primeros que osaron poner en su bolsillo, miniaturizado, el reloj de pared, fueron también insultados. Como los primeros que pusieron sonido a sus películas. Están muertos, pensé, mientras la serie “La mudanza”, mutatis mutandi, sin avisar, se había convertido ya en la serie “Sant Jordi”. (Cotinuará.)