CÓMIC & BCN

BARCELONA: EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR

De Wheelman, el videojuego de acción sobre ruedas, a Corona de flores, la novela de Javier Calvo ambientada en la laberíntica ciudad neogótica; de las viñetas de Batman. El caballero del dragón al misterio y la ciencia-ficción de L’any de la plaga, de Marc Pastor: tras la asunción de su naturaleza de marca durante el cambio de siglo, Barcelona se ha convertido en los últimos años en un espacio eminentemente espectacular. En un kikoamatiense espacio de Cosas que hacen BUM. Por eso no es de extrañar que buena parte de los treinta y tres cómics incluidos en Barcelona TM (Norma, 2010) imaginen una ciudad destruida, post-apocalíptica, invadida por monstruos del manga o convertida en un cráter vacío. Los grandes iconos de la ciudad son invocados una y otra vez en el volumen, como puntos de referencia tanto en nuestro presente como en el presunto futuro en que la metrópolis ha sido arrasada o anegada. Porque la espectacularidad se relaciona con el skyline y, por tanto, con el turismo. Una de las mejores viñetas del volumen dibuja los célebres turistas del escultor hiperrealista Duane Hanson en el claustro de la Catedral (en “Mira l’ou com balla!”, de Corominas y David Morancho). En otra vemos a una actriz porno con un gran tatuaje que le une el pecho izquierdo con las caderas: “Barcelona”, escrito en tipografía Coca-cola (en “Un tráiler de Silvia”, de Jordi Pastor y Sagar). La pornografía como metáfora de la ciudad que se muestra sin ambages y que se vende en el mercado internacional.
Junto con la destrucción de Barcelona y su condición de marca global, el otro gran tema tratado en Barcelona TM es el de la inmigración. Desde los exiliados voluntarios italianos, que han abandonado su país por rechazar su “dictadura mediática”, hasta los adolescentes magrebíes, que regresan a la Ciudad Condal pese a haber sido repatriados y encuentran en los pequeños hurtos su modus vivendi. En la familia artificial que protagoniza Barcelona Low Cost (Glénat, 2010), de Aníbal Mendoza y Martín Tognola, encontramos otro tipo de inmigración, la latinoamericana, y otro tipo de turismo, el que se confunde con la residencia (desde los erasmus hasta los jóvenes free-lance que vienen a probar suerte). El contraste entre la mirada del protagonista argentino y el de la protagonista catalana introduce en la ficción el comparativismo cultural, sobre todo en lo que respecta a la gestión emocional. Las opiniones sobre las costumbres locales no son monolíticas: evolucionan según las experiencias, provocando una mescolanza de humor y de ternura. Como en Coses que et passen a Barcelona quan tens trenta anys, de Llucia Ramis, los compañeros de piso son turistas en la topografía más típica de su propia ciudad; pero también exploran otros ámbitos, porque eso supone no sólo narrar una ciudad inédita, sino también descontextualizar a los personajes para provocar en ellos nuevas reacciones y quizá nuevos sentimientos. El cómic lo hace llevándolos a la Fiesta Mayor del Carmel, un espacio trabajado literariamente por David Castillo y por Marc Pastor, que muchos barceloneses perciben como el extranjero y que vinculamos automáticamente con el mundo de Juan Marsé. La Barcelona que todos estamos olvidando.
El cómic Blanca Rosita Barcelona, de Miguel Gallardo, que editó el Ayuntamiento el año pasado, o la reciente retrospectiva de Javier Mariscal en La Pedrera recuerdan cuál es la iconografía urbana que ha sobrevivido. La de la marca-espectáculo, con sus dosis de autenticidad barrial y su mestizaje. El Cobi le ganó la partida a Makoki. El viejo impulso contra-cultural, después de atravesar el Barcelona-posa’t-maca, se reencarna en la obra de Juanjo Sáez. En Arroz pasado. Volumen 1 (Mondadori, 2010), la sentimentalidad, los traumas y el diseño se entremezclan con el porno, el delirio cósmico y cierto espíritu canalla. Un flash-back, por ejemplo, denuncia los abusos que cometían los señoritos del Eixample con sus criadas y, dándole la vuelta, el placer sexual que experimentaban esas mismas criadas. La fotografía y el cómic se hibridan sin complejos en una historia que comienza en las Ramblas y termina con el suicidio del protagonista desde uno de los aviones de juguete del Tibidabo.

[publicado ayer en Cultura/s]