CURTIS GARLAND (IN MEMORIAM)

ÉL, CURTIS GARLAND

Juan Gallardo era una sonrisa luminosa y dos mil novelas pulp. La sonrisa tenía vida propia, equidistante entre aquellas gorras de visera tan suyas y aquellas manos que tan bien sabían teclear, porque prácticamente no hicieron otra cosa durante más de sesenta años de vida profesional. La palabra pulp, por supuesto, no es suya sino  nuestra: de sus herederos. Parece mentira que tuviera que llegar Tarantino para que nos diésemos cuenta de que aquellos cientos de miles de ficciones –en forma de bolsilibros, de tebeos, de enciclopedias pulga, de novelitas de quiosco– eran un patrimonio fundamental para entender y para entendernos. Un patrimonio pop, que significa popular. El que construyeron Gallardo y sus contemporáneos: entre tantos otros, Ibáñez, Antonio Vera, Francisco Caudet, Escobar o Francisco González Ledesma.

No es de extrañar que Gallardo naciera en 1929 cerca del Paralelo y que la última tertulia literaria a la que acudió regularmente se reuniera en la arteria más vital y popular de Barcelona. Lo acompañaban en ella escritores como Javier Pérez Andújar (el autor de Los príncipes valientes) o Robert Juan-Cantavella (que trabajó a partir de sus libros en la novela Asesino Cósmico, donde hay un capítulo escrito por el maestro) y editores como Gabriel Bravo, que en el sello Morsa rescató en 2007 su novela La noche de América agonizante y dos años más tarde publicó su autobiografía, Yo, Curtis Garland. Porque ése era el principal de sus pseudónimos. En el Mercat de Sant Antoni o en Los Encantes se tropieza uno con portadas de colores chillones, con marcianos que dan miedo y detectives privados y paisajes apocalípticos y apuestos vampiros y lánguidas mujeres en apuros, firmadas por Curtis Garland y por muchos otros: Donald Curtis, Juan Viñas, Johnny Garland, Kent Davis, Lester Madox, Adisson Star, Dan Kirby, Elliot Turner, Frank Logan, Glenn Forrester, Javier de Juan o Jason Monroe. Aquí las editoriales Rollán, Bruguera o Toray  se fueron apagando como pólvora mojada, pero en América Latina, donde la literatura de quiosco sigue viva, esa colmena de heterónimos seguía generando novedades. O sigue. Es muy posible que aún no se haya publicado al otro lado del océano la última novela que escribieron: Gallardo murió con las botas puestas.

Lo hizo el pasado martes. Unos años antes desapareció Teresa Asensi, el amor de su vida, el modelo de todas las mujeres buenas de sus novelas. Nos deja el recuerdo de un macizo compromiso moral: el del escritor con su principal trabajo, que no es otro que la escritura. Más de dos mil libros dan fe de ello. Piezas de ese puzle infinito que ignora jerarquías y al que llamamos imaginario colectivo. Aunque lo hagan los artesanos que lo construyen, él jamás descansa en paz.

[Publicado en La Vanguardia]