PRESENTACIÓN DE AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO Y MANUEL VILAS [CON ENSAYO DE ELOY FERNÁNDEZ PORTA EN “COMENTARIOS”]

Una de las mejores imágenes que el cine reciente nos ha dado de la colisión del presente con el futuro es la del choque de Death Proof, de Tarantino. Las cuatro chicas se dirigen hacia el impacto sin saberlo, cantando, en un oasis de música; mientras tanto, Stuntmant Mike, el psicópata encarnado por Kurt Russell, adelanta por la izquierda, da media vuelta, apaga las luces y acelera en sentido contrario. Boom. Tarantino repite la escena del choque cuatro veces, focalizándose cada una de ellas en una de las chicas. Esa es la forma elegida por Tarantino para representar el conflicto del tiempo. Porque así es el choque del presente con el futuro: colectivo pero absolutamente individual. Repetido más tarde, infinitamente, por la memoria.

El pasado, en poesía, es bicéfalo. Se llama Walt Whitman. Se llama Charles Baudelaire. Toda la poesía contemporánea viene de ellos. La memoria, la ciudad y el yo, en estrofas clásicas con variaciones sutiles: Baudelaire. El sexo, la naturaleza y el yo, en verso libre y enumeraciones cáoticas: Whitman. Sólo algunos poetas han ido más allá: Vallejo, Celan. En castellano, Lorca y Neruda son Whitman. Borges y Bolaño son Whitman y son Baudelaire. En inglés, Ginsberg es Whitman. En francés, el surrealismo es Baudelaire.

Esta es la tradición de Manuel Vilas, cuya Zeta es Baudelaire pasado por el surrealismo y por la Generación Beat; cuyo Whitman es el de Lorca y el de Neruda, quien en Magia rechaza a Rilke, a Juan Ramón Jiménez, a Jorge Guillén. La segunda sección de su poemario Resurrección se llama “Vida española” y empieza con un poema cernudiano que es una enumeración caótica que resume la literatura española. La segunda sección de su novela Magia se llama España y empieza con una caótica orgía en Carrefour y MacDonalds, a las once de la mañana, todos follando y metiéndose pan Bimbo por el culo. El primer fragmento o poema de Carne de píxel acaba así: “Ahora yo ya sólo aspiro a las enumeraciones”. Caóticas, yo añadiría. En el poema 22.1 de Joan Fontaine Odisea citaba a Rilke. No sólo en eso Agustín Fernández Mallo y Manuel Vilas, o Manuel Vilas y Agustín Fernández Mallo, tanto monta, monta tanto, son antitéticos (me refiero al hecho de que uno sea fiel a una tradición y el otro, en cambio, haya hecho de la promiscuidad absoluta su orgiástica tradición). También lo son en muchísimas otras cosas. Por eso son dos creadores auténticos, aunque haya en sus obras cierta fascinación por el simulacro.

Pero, pese a sus diferencias, han coincidido con otros dos libros. Han sintonizado, entre ellos y con su tiempo histórico –con su futuro. En España leemos: “este poema en prosa (todo es prosa ya)”. La prosa: el blog. Carne de píxel es poesía y es prosa, como lo son sus libros Creta Lateral Travelling y Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del tractatus. La prosa: el blog. Ambos libros saturan su prosa de todo lo que es contemporáneo, con la conciencia de que lo actual reactualiza la tradición, de que en cada palabra –al ser escrita, rescrita– está esa palabra en todos sus usos y significados anteriores. La saturación de niveles de discurso y de referencias de todo tipo, la parcelación de la narración, la exaltación de la imaginación y la nostalgia por un mundo que ya nunca será el nuestro, porque el nuestro es un automóvil con la música a toda pastilla, unen estos dos libros estrictamente coétaneos. Que sintonizan no sólo con el blog, sino con youtube, con Google, con la lectura simultánea, a saltos, de la pantalla, de las pantallas. Obviamente, pese a esa sintonía o al margen de esa sintonía, la exigencia lingüística es tan elevada que nos encontramos ante alta literatura. Alta poesía: que mira al futuro en vez de regresar una y otra vez sobre la herencia de Whitman y de Baudelaire, aunque sea infinitamente reactualizable, como búsqueda de la forma de lo futuro. Porque el futuro no existe y no tiene forma; pero lo futuro, con ese artículo neutro, parece existir y parece ser formalizable. .

El aleph ha llegado y se llama Internet. Nos ha convertido a todos lo escritores en Carlos Argentinos Daneris, paralizados por lo inabarcable. En Internet, como herramienta de conocimiento, y sobre todo en lo que Internet ofrece, a lo que da acceso, está el gran problema y el gran tema de nuestra época. “La grande aspiración del arte literario en nuestro tiempo es dar forma a todo esto”. Eso no lo digo yo, lo dice Galdós. Él se refiere al reto de su época: la clase media, sus problemas, sus ideales. Yo me refiero a la mía: Internet y lo real, la realidad y el simulacro, su difícil, fascinante convivencia dentro de la representación, con el futuro (que no existe) cada vez más cerca. Galdós y yo compartimos la obsesión por la forma. Cómo dar forma a todo esto. En su ensayo sobre Hitchcock, Žižek escribe: “Hay toda una serie de procedimientos narrativos en la novela del siglo XIX que anuncian no sólo la narración cinematográfica estándar (el intrincado uso del ‘flashback’ en Emily Brontë, o de los ‘cortes’ y los ‘zooms’ en Dickens), sino también a veces el cine modernista (el uso del ‘fuera de campo’ en Madame Bovary): como si ya estuviéramos ante una nueva percepción de la vida, pero que todavía había de buscar los medios propios para articularse, hasta que finalmente los encontró en el cine”. Concluye que el cine de Hitchcock anuncia procedimientos de comprensión de la vida que se materializaron con el hipertexto y con lo virtual.

Creo sinceramente que en la intuición poética de Agustín Fernández Mallo y de Manuel Vilas, o de Manuel Vilas y Agustín Fernández Mallo, tanto monta, monta tanto, hay vías para entender el hombre del siglo XXI. Para formalizar lo futuro. No es casual que estos dos libros compartan una intuición de la forma: prosa que todo lo absorbe, parcelación textual, elevación y descenso continuo entre niveles discursivos. El presente en los tiempos de Brönte, Dickens o Flaubert era otra cosa. La aceleración y la innovación tecnológicas, ahora, son tales que todo es futuro: hasta el pasado lo imaginamos ya gracias al futuro. En ese contexto, la escritura sigue siendo lenta; pero mucho menos que en los tiempos de Lorca o de Vallejo. La literatura de estos dos señores es rápida. En un sentido absolutamente positivo: nos permite adelantar al presente, por la izquierda, para ver cara a cara al conductor que viene en contra nuestra. Convertir el perseguidor (la tradición) en el perseguido (el futuro, Internet, el aleph). Para enfrentarnos a un conductor anacrónico, psicópata, ridículo; un actor fracasado, un zombi, que regresa de entre los muertos para plantarnos cara. Estos dos libros son sendos volantazos. Que cada uno entienda como quiera la metáfora.

DE LETRAS LIBRES

30 años, 90 números, fin 

  

Eso es lo que puede leerse en la portada del último número de la histórica revista argentina Punto de vista. La multiplicación es sencilla: tres números por año durante tres décadas. El título del editorial suma una palabra: “Final”. Lo firma –no podría ser de otro modo– la directora, Beatriz Sarlo, quien empieza diciendo: “Durante treinta años, Punto de Vista fue la mayor y más constante influencia sobre mi vida. Otros podrán discutir si ha sido una revista influyente; sobre mí, no tengo dudas”. Precisamente en esa identificación radica uno de los aspectos más importantes del proyecto: como Victoria Ocampo o como Octavio Paz, Sarlo ha sido el alma máter de una revista inseparable de su propia obra ensayística, de su propia evolución intelectual. Así define la publicación en ese editorial: “Agotadora, absorbente, atacada, incluso detestada”; pero añade: “La necesité para ser lo que soy porque nunca creí que alguna otra institución podría darme lo que esta revista me dio”. 

En 1978, en plena dictadura militar, Ricardo Piglia, Carlos Altamirano, Elías Semán y Beatriz Sarlo decidieron resucitar el espíritu que había animado la revista Los libros, desaparecida en 1975. Eran años de cultura en las catacumbas, de clases de literatura dictadas en domicilios particulares, de vínculos estrechos entre escritura y resistencia política. En los ochenta, una vez llegada la democracia, se convirtió en la brújula intelectual de Buenos Aires. Sus páginas acogían novedades internacionales, ámbitos de reflexión pioneros, reivindicaciones que se adelantaban a las corrientes de opinión mayoritarias: la noción de “campo intelectual”; la defensa de la obra de Saer, de Sebald, de Chejfec; los estudios de cultura urbana; la reflexión extremadamente crítica sobre la política nacional, que ha estado presente en la revista desde el primero hasta el último número. 

Por sus consejos de redacción han circulado personalidades como Juan Carlos Portantiero, María Teresa Gramuglio, Óscar Terán, Rafael Filippelli, Adrián Gorelik o Ana Porrúa; en sus páginas han publicado los mejores escritores y académicos argentinos, latinoamericanos e internacionales, desde Nora Catelli o Raúl Antelo hasta Raymond Williams, Pierre Bordieu o Andreas Huyssen. Se ha caracterizado por la discusión sistemática: política, literatura, urbanismo, cine, sociología, periodismo, arte contemporáneo, cualquier aspecto de nuestro mundo y de su teorización ha sido debatido en el seno de la revista, en pulso constante con el presente. No es casual que en el número último Sarlo analice tres novelas argentinas publicadas en 2007; no es casual, tampoco, que haya una mesa redonda titulada “El cine moderno revisitado”. De hecho, uno de los géneros o formatos emblemáticos de la publicación ha sido ése. Mesas redondas nunca complacientes: auténticas mesas de disección. 

Me imagino así las reuniones del consejo de redacción: como polifónicas lecciones de anatomía. No hay duda que en ellas, no obstante, siempre ha habido una voz y un bisturí que han destacado sobre el resto. Ya he dicho que Beatriz Sarlo se ha identificado durante tres décadas con el proyecto de Punto de Vista, hasta el punto de que en los últimos tiempos la persona y la revista eran totalmente inseparables. Después de dejar la Universidad de Buenos Aires, confiesa en el editorial que es ella quien provoca ahora la desaparición de Punto de Vista, al tiempo que la victoria de Cristina Kirchner en las elecciones presidenciales ha iniciado una extraña etapa en la historia política de Argentina. Una etapa de peronismo matrimonial. Una etapa en que se ha oficializado la perspectiva de las víctimas de la dictadura militar, quienes durante casi treinta años han actuado como contrapoderes. En ese contexto, Sarlo, la ensayista argentina más leída y una de las analistas políticas más influyentes, pasados los sesenta y cinco años de edad, acomete una nueva etapa de su siempre desafiante carrera intelectual. Es posible –aunque estas líneas aparezcan precisamente en una revista, aunque yo mismo codirija una– que estemos en un mundo donde las revistas culturales son un anacronismo. De ser así, de nuevo Sarlo y sus colaboradores habrán actuado como pioneros. 

A partir de ahora los números de Punto de Vista, como los de Sur o los de Vuelta, empezarán a venderse en las librerías de viejo, serán perseguidos por los coleccionistas y estudiados por los historiadores de la cultura. Los que aguardamos su aparición cada cuatro meses, los que los compramos en los quioscos de Corrientes, los que los leímos en tiempo real, nos convertiremos, así, en náufragos, en testigos –aunque seamos jóvenes, todavía. ~ 

 

ESTE VIERNES

Mañana viernes, a las 20 horas, en la Central de la Calle Mallorca, Eloy Fernández Porta y un servidor presentamos los dos últimos libros de la editorial DVD (www.dvdediciones.com), CARNE DE PÍXEL, de Agustín Fernández Mallo, y ESPAÑA, de Manuel Vilas.

Anímense.

DE ABCD

EL CENTRO DE LA CIUDAD DE ROTH

Sobre “Viaje a Rusia” (Minúscula)

«Me encanta encontrar los núcleos amplios de las ciudades, esas plazas que irradian callejas en diversas direcciones y que no sólo son centros, sino también comienzos», escribió Joseph Roth en Las ciudades blancas (Minúscula, 2000); y prosigue: «A partir de esos comienzos se reconoce tanto el carácter como el trazado de la ciudad». El centro como comienzo. Si textualizáramos a Roth, ¿cuál sería la entrada de la ciudad o del laberinto resultante? Yo creo que sus crónicas. Porque la topografía de su mundo novelesco -un imperio en ruinas- quedó sintetizada en sus escritos periodísticos, donde confluyen la semblanza perfecta, el dato pertinente y epifánico, la sintaxis siempre adecuada al objetivo comunicativo, la investigación estadística, histórica o de campo, la mirada aguda del reportero estrella y un trasfondo inmutable. Porque, aunque esté hablando sobre Francia, sobre Alemania o sobre Rusia, Joseph Roth siempre habla del Este (la emigración de los judíos, la -todavía lenta- extinción de su mundo) y de sí mismo (su movimiento, su huida).

En Viaje a Rusia encontramos de nuevo el estilo Roth; pero quizá sea su libro de crónicas más alucinante. Durante doscientas páginas, el lector admira la prosa, su mirada tan bien dirigida, su mente tan bien ordenada, tan capaz de destilar en la sintaxis -el pensamiento- metáforas precisas u observaciones brillantes o desconcertantes. Sus crónicas rusas responden a una arquitectura y a una música tan embriagadoras como sus exquisitas Crónicas berlinesas.

Cumbre del alma. Aunque está claro que conoce Berlín como la palma de su mano, y en cambio en Rusia no es más que un viajero que está de paso, uno tiene la sensación de que ha penetrado en «la verdad» del país y que por eso sus artículos retransmiten una «verdad» posible. El análisis sobre la pervivencia de la burguesía tras la revolución; la defensa del amor como expresión cumbre del alma, en contra de la sexualidad mecanizada y libre que se ha impuesto en la Unión Soviética; las descripciones de Odesa, de los pueblos, de los paisajes; la constatación de que en Europa se está consumiendo una literatura y un cine (El acorazado Potemkin) que ya han quedado desfasados en Rusia, mucho más atenta a los grandes éxitos europeos que a los clásicos recientes de su cinematografía; la observación de la vestimenta, de las costumbres, de los defectos y las constantes de los judíos en el único país de Europa que no es antisemita.

Una luz inesperada. Todo suena armónico en los oídos del lector. Quizá falta algo de la pasión que mueve los itinerarios urbanos berlineses; pero nada más. Uno piensa en Josep Pla: la precisión del lenguaje, la cultura general, la ironía, la medida exacta de los tempos de la crónica, un porcentaje constante de conservadurismo. Entonces se acaba el libro. Se acaban las crónicas publicadas en 1926 en el Frankfurter Zeitung. Y la edición reproduce el diario ruso de Roth. Y entonces cambia radicalmente la perspectiva. Roth harto de Rusia. Roth enamoradísimo, desesperado porque no tiene noticias de su amada (Friedl: el recuerdo de ella explica su rechazo del erotismo sin amor). Y Roth, sobre todo, despreciando las crónicas perfectas que acabamos de leer: le asquean, porque las escribe por obligación -por dinero-, y le quitan tiempo para el cultivo de la novela. Es decir, el diario ruso y personal de Roth -que recuerda a Benjamin, vaso comunicante- arroja una luz inesperada, agrieta la coraza de su profesionalidad. Humaniza al escritor.

«El viaje a Rusia» es casi un subgénero de la literatura de viajes del siglo XX. En 1928 recorrió el país John Dos Passos, quien para referirse a los corresponsales norteamericanos que, desalentados porque la propaganda eliminaba la posibilidad de conocer realmente lo que estaba sucediendo, se quedaban en sus hoteles, utilizaba estas palabras: «Aquí la vida de los corresponsales extranjeros se desarrolla como la vida en una ciudad sitiada». Tengo la sensación de que Roth siempre vivió en las ciudades como si estuvieran sitiadas; pero, al contrario que sus colegas estadounidenses, las recorrió incansable, enfermizamente, para registrar su realidad antes de la destrucción inminente. Así me lo imagino en Viena, Berlín, Moscú o París: cartógrafo profesional y sentimental, animal urbano, superviviente del imperio danubiano y testigo del colapso del Viejo Continente, escritor y paseante y bebedor compulsivo, desnudo de cualquier refugio posible.

«No me extraña que estas ciudades sólo sean hermosas cuando se ven desde arriba y a distancia», dice en alusión a las ciudades rusas. Ahora disponemos de la obra de Roth actualizada. Sólo nos queda leerla y observarla en su conjunto. En su belleza distante y móvil.

AFTERPOST

se acaba de publicar una reseña extensa de Australia, y su autor, Miguel Espigado, me invita a que la discutamos. Así que seguimos, durante el puente, hablando en “comentarios”:

http://afterpost.wordpress.com/

DE ABCD

FUNDACIÓN MÍTICA DE COSTAGUANA

 

Juan Gabriel Vásquez, Los amantes de Todos los Santos. Alfaguara. Madrid, 2008. 214 págs.

 

            Después del éxito de crítica y público que han supuesto las novelas Los informantes (2004) y, sobre todo, Historia secreta de Costaguana (2007), aparecen ahora tres libros de Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973). El volumen de cuentos Los amantes de Todos los Santos, que se publicó en Colombia en 2001 y se reedita con dos ficciones añadidas; la antología Al filo de la navaja (UNAM, México, 2007), que reúne una decena de relatos de escritores colombianos; y la biografía Joseph Conrad. El hombre de ninguna parte (Belacqua, 2007), que resume en cien páginas la vida del autor homenajeado y problematizado a propósito de Costaguana. Sin embargo, la bibliografía de Vásquez no comienza en 2001, el año en que se instaló en Barcelona: publicó dos novelas antes en Colombia, Persona (1997) y Alina suplicante (1999).

            Si es justo que un libro de relatos posmodernos o afterpop sea reseñado mediante el rastreo sistemático de los vanguardistas y hasta barrocos que ya utilizaron recursos parecidos, yo debería centrar esta reseña en la demostración de cómo Vásquez realiza versiones de estrategias tradicionales del cuento moderno (y del posmoderno con disfraz de clásico): Chéjov, Joyce, Hemingway, Borges, García Márquez, Carver, Piglia. Afortunadamente para el lector sistemático, considero que el arte de la crítica debe ofrecerle algo más que una reducción del espectro. De modo que intentaré analizar aquí un posible hilo conductor de estos relatos, porque me parece más interesante para entender el proyecto de Vásquez. Me refiero al tema de la liquidación; vinculada con la noción de espacio.

            El libro comienza con “El regreso”, un texto que habla de la imposibilidad del regreso a la patria a partir de la metáfora de una finca. Y termina con “La vida en la isla de Grimsey”, una ficción que trata de una mudanza, un cambio de país, sin retorno. Entre ambos relatos hay otros cinco que, de un modo u otro, hablan de cómo –igual que en Bellow– los seres humanos imaginamos un ancla al espacio. Las figuras espaciales de esta exploración son la casa prestada, el café, el hotel; sus figuras humanas, el invitado, el usurpador, el amante ocasional, el impostor, el huérfano. La simbología que permite desarrollar con éxito esa temática es, quizá, doble: por un lado, la esfera del tránsito; por el otro, la del cuerpo. Ambas interseccionan magistralmente en momentos vinculados con la caza y con la cirugía. Como en Los Soprano, los animales son casi tan elocuentes como las personas. Cazar, pescar, matar, abrir en canal, curar: actuar contra o sobre el cuerpo animal o humano significa, en muchos casos, hacerlo sobre el alma de los protagonistas.

            Los cuentos están ambientados en Bélgica y en Francia; por eso en mi reseña de Historia secreta… me lamentaba de que, después de Los informantes, una novela sobre la historia de Colombia escrita desde parámetros norteamericanos y europeos, Vásquez optara en su siguiente novela por estrategias que quieren reactualizar el legado del Boom. La reedición de estos cuentos activa esa pregunta. Indican la posibilidad de una literatura internacional: sin embargo, el autor, después de ellos y de su ambientación física y moral europea, regresó literariamente a Colombia. La cuestión nacional, palpitante, regresó a su obra. Como si este libro sólo fuera un paréntesis y no una declaración de intenciones. En el prólogo a Al filo de la navaja, Vásquez descubre un cierto vínculo generacional en la extraterritorialidad: todos los cuentos que antologa han sido escritos “desde fuera” de Colombia. El lazo con el título –y con la intención– de su biografía de Conrad es evidente. En ese mismo prólogo, Vásquez afirma que para él un libro de cuentos no admite una lectura desordenada. De modo que, efectivamente, el final de “La vida en la isla de Grimsey”, que sigue siendo el final del libro pese a que a éste se le hayan añadido dos cuentos que no estaban en  2001, debe leerse como el prólogo a Los informantes y a la obra posterior.  En él se enfatiza sobremanera la liquidación. El traslado a Barcelona es llamado “deserción privada”; el pasado queda atrás en forma de cadáver de mujer; y leemos: “Uno era una camaleón, los países y la gente meros decorados”. No es casual que la primera novela de Vásquez se titulara Persona. Tampoco lo es que, como en la obra de otros expatriados barceloneses (Enard, Littell), la mudanza se relacione con la herida.

VARIA

Anem a pams. O a lletres.
a) En la página web de Com Ràdio han colgado la entrevista que me hicieron en el programa Geografies.

b) El día de Sant Jordi estaré en FNAC Illa Diagonal de 13 a 14 horas “firmando” ejemplares de AUSTRALIA. UN VIAJE. Por la mañana presentaré el libro en AULA ESCOLA EUROPEA. Y por la tarde, hacia las siete, me desplazaré al stand de Candaya en Canet de Mar.

c) El viernes 25, a las 18.30, se proyectará la entrevista de Emiliano Ovejero “Piglia y el cine” en FNAC Illa Diagonal. Y a las 19.30 presentaremos el libro EL LUGAR DE PIGLIA. CRÍTICA SIN FICCIÓN.

Nada más, por el momento.

PUBLICADO EN ABCD

La noche gira en el Hemisferio Sur

 

Libros Por Julio José Ordovás.

19 de abril de 2008 - número: 846

     

 

Jorge Carrión mencionaba «el relato de un periplo que hice persiguiendo el rastro de la emigración española a Australia» en lo que era el texto que hacía las veces de prólogo al puñado de crónicas viajeras y de píldoras entre ensayísticas y narrativas que recogió bajo el título de La brújula (Berenice, 2006). Allí exponía, unas líneas más adelante, sus coordenadas literarias: «En literatura, la personalidad es el estilo. Y la identidad, la amalgama de temas, obsesiones y textualidades que uno va ensartando en su escritura. Y la pasión: el riesgo que uno asume al escribir». Fiel a estas tres coordenadas -personalidad/identidad/pasión -es Australia. Un viaje, el relato de aquel rastreo en las Antípodas que Jorge Carrión efectuó en el verano de 2002 y que durante cuatro años ha estado elaborando y reelaborando literaria y enciclopédicamente. Australia. Un viaje desprende varios aromas: el de los libros posmodernos de viajes (con la América de Baudrillard como referente), el de los libros clásicos de viajes, y el de los libros de Sebald. Es decir: hay reportaje periodístico a lo Tom Wolfe, y hay aventuras exóticas (con dingos y cocodrilos y cementerios perdidos en mitad de la nada y en medio de la noche) y postales y personajes memorables (caracterizados no tanto física como lingüísticamente) y hasta una historia de amor apenas insinuada, y hay una introspección autobiográfica (en la que se confunden los elementos ficticios y los no ficticios) que deviene en relato y ensayo históricos. Y todo ello en un libro estructurado a modo de diario (aunque escrito no en primera sino en segunda persona) y pespunteado de aforismos telegráficos que son variaciones sobre un mismo tema: el tema del viaje.

De costa a costa. «Toda realidad puede descomponerse en las capas que han sedimentado sobre ella», escribe Carrión. Y ese es el motivo de su travesía interoceánica: descomponer las capas que han sedimentado sobre la realidad, tan desconocida, de la emigración española a Australia. Un viaje que, atravesando el paisaje mutante de Australia de región en región y de costa a costa, le llevará a recorrer la historia de España (a la que, desde los postulados de Américo Castro, se refiere siempre como Madrastra, en versión light de la pútrida patria sebaldiana) recorriendo las historias de los primeros españoles que se desplazaron hasta aquella terra incognita, como evangelizadores de la Orden benedictina, y los que luego lo hicieron como mano de obra barata para la recolección de la caña de azúcar («uno de los cultivos más antiguos y migrantes del mundo»). Historias que son también la historia de su vida, pues varios miembros de su familia formaron parte de la Operación Canguro «que entre 1958 y 1963 implicó la llegada de 8.000 españoles» a Australia. Así, lo que empieza como un viaje de la memoria personal («la memoria del rastro genético»), acaba revelándose como un viaje de la memoria colectiva.

Distintos, pero complementarios, son todos los libros que germinan dentro de este libro a medida que uno avanza en la lectura, siguiendo los pasos de Jorge Carrión por aeropuertos, queenslanders, albergues juveniles, restaurantes, caravan parks, cibercafés, estaciones de autobuses, playas, ríos, desiertos, monasterios, bibliotecas, archivos y carreteras polvorientas que no acaban nunca. Carrión tiene muy claro de dónde parte (y quiere partir de la habitación en la que se alojó su familia materna cuando llegó a Mataró, desde Andalucía, a finales de los sesenta) y a dónde se dirige (a la otra punta del mundo, al lugar hasta el que se extendió una de las ramas de esa familia), pero es el azar el que determina sus pasos y el que se encarga de atar y de urdir, novelescamente, todos los cabos sueltos que le asaltan a lo largo del camino, e incluso cuando ya está de vuelta.

Traducción de uno mismo. El periplo australiano de Jorge Carrión es, pues, un viaje periodístico, y enciclopédico, y novelesco, y ensayístico, y autobiográfico. Un viaje literario de largo aliento y de largo recorrido que sitúa a su autor en el vagón de primera clase de los escritores de viajes españoles, por todos los riesgos que ha asumido, por la compleja identidad que ha sido capaz de desplegar y por el personalísimo, aunque todavía algo enredado, estilo que ha exhibido. «El viaje es la lenta traducción de uno mismo», dice Carrión en uno de sus telegramas aforísticos. Y los lectores nos quedamos esperando, sentados en el andén, a que regrese de su próximo viaje con la mochila cargada de más traducciones de sí mismo y de nuevos fragmentos de su vuelta al mundo.

ALVY SINGER

Si alguien ve La Gaceta de los Negocios de hoy, que mire la contraportada (jueves). Y este domingo me entrevistan en Geografies, de COM Radio (estará en la web). Pero sobre todo me hace ilusión este texto que Pablo Muñoz leyó el otro día en Robafaves:

Trilogías

Decía Hegel que la Historia es lo que hace el hombre con la muerte. A lo largo de la obra de Jordi Carrión podemos observar una posición admirable de su autor respecto a la Historia, no digamos ya en su contacto con la muerte: una de las mejores escenas de Australia tiene que ver con ambas cosas, si entendemos Historia como esos sucesos extraordinarios que ocurren en medio de pequeños y hasta anónimos apocalipsis íntimos. Eso lo hacen todos los escritores a los que en general admiro, llámese DeLillo, llámese Cervantes, llámese Bolaño.

Hay una escena maravillosa de Annie Hall que para mí resume la lectura de Australia y que viene a ser lo contrario a la ya rancia figura del zoom acercándose al rostro como falso e hipócrita flashback. El protagonista Alvy Singer está recordando como era Brooklyn en su infancia en un reencuentro. Hay una escena parecida al inicio de Australia en la que Carrión pasea en Mataró e igual que sucede en Annie Hall de golpe y porrazo, Singer y Carrión no pueden evitar ver el recuerdo mientras pasean por el presente. De hecho, muchas veces protagonizan el recuerdo con cierta ironía y se pierden en su propio presente. La construcción de esta imagen no sólo es poética sino que es la esencia misma de la identidad: una serie de estados, líquidos si citamos a Baumant. Hay otras imágenes que se pueden asociar en esa radicalidad: está la directamente importada de la Jetee, el final de los Doce Monos en los que su protagonista recuerda su futuro, por contradictorio que parezca, pura imaginación razonada. En esa poética empieza Australia.

La obra de Jordi Carrión empieza con Ene, que es una novela que por impetuosa no hac presagiar el resto de la trayectoria de Carrión. A Ene no le falta la adolescencia, al contrario, es una historia ya primeriza sobre la memoria, pero de un breve encuentro. Tiene la habilidad de ser tan breve como los retazos que quedan en su protaognista. En la Brújula encontramos los excesos de Ene pero combinados, con un discurso que empieza a salir a flote.

Cuando Gus Van Sant invoca (que no evoca) al cineasta Béla Tarr en su maravillosa Gerry, no lo hace tanto para ser Tarr (es imposible) sino para situarse, al menos, en una mirada concreta. ¿Qué mirada? La de sus espectadores y sus lectores. Jorge Carrión invocaba con la misma fuerza a WG Sebald en la inclasificable GR-83, inmediatamente La Brújula, extrañísima colección de artificios verdaderos llenos de literatura.

Australia tiene menos de cierre de una trilogía que de consagración estilística: después de sorprendernos (y sorprenderse), y de invocar al maestro de Los Emigrados, Carrión no puede ya de dejar de ser sólo él. Porque Australia solo tiene su origen en La Brújula y el lector, terriblemente especulador, sabe que ese Jorge estuvo o estará en Buenos Aires.

Tuve que leerla dos veces: la primera con la calma de un escritorio, la segunda con el movimiento de las estaciones, autobuses y demás que dan al libro una sensación distinta. No me parece nada casual el hecho de que el origen de toda road movie esté en el western. Carrión citó una escena de París Texas como una de sus favoritas. París Texas está escrita por Sam Shepard, un transeúnte de los moteles. Pienso en ese cuento de Shepard en el que un padre comenta a un hijo que las bombas viven en una perpetua tierra de nadie. Y Nocilla Dream, cada día se me antoja una novela bisagra: en ella están en ese gusto por el vacío del que Carrión es un cronista exacto y exhausto, y también ese gusto por entender la realidad tan presente también en Circular de Vicente Luis Mora.  

recisamente los renovadores del western vienen de Australia: Andrew Dominik con El asesinato de Jesse James y Nick Cave con The Proposition. Ambas con música de Cave, que es perfecta para leer a Carrión: Ene podría ser Darker With The Day y Australia toda la bso que compuso para Jesse James, en concreto Song For Bob.  Y he hablado del western porque para mí, esencialmente, Australia es un western en el que Carrión lleva su discurso a un nivel interesantísimo: no sólo sustituye el erotismo poético por momentos que parecen sacados de Raices Profundas, como cuando Carrión regresa a casa, en la que escribe, eque bien sientan los abrazos, como el cowboy tras la travesía. O ese momento increíble por significativo en el que Carrión habla con un borracho en el tren, dónde más que un diálogo parece un blues.

Y pienso en lo que decía Baumant Al pasar de un episodio a otro sin rumbo, viviendo a través de los sucesos consecutivos de un destino desconocido, guiado por el afán de borrar el pasado antes que por el deseo de delinear el futuro, la identidad del actor queda atrapada en su presente; es decir, se niegan las bases de su propio futuro.

También pienso en Umbral cuando leo Australia. Umbral decía que hoy en día se redactan muchas novelas, supongo que criticando el hecho de que no hubiera ninguna novela abiertamen te confesional, que se esquivaran como un temor.  Pues con Carrión no podíamos tener más suerte: en Australia ha demostrado que, tras todo este tiempo, ya sólo sabe hablar en clave confesional y además interactiva.

Porque hablemos de un escritor. ¿Qué es, al fin y al cabo el oficio de escribir? Sus lectores. Y Carrión siempre se preocupa por ellos, los hace partícipes de la experiencia. Para mi su otra cima es ese cuento que publicó en la antología Mutantes en el que a través de búsquedas de google se trazaba un perfecto mapa sobre esa baumantiana contradicción: la de ser un individuo, sabemos que es imposible, y la de ser una pertenencia, que asegura Baumant que es un agujero negro. La interactividad está muy presente en Australia: esa segunda persona cuenta activamente con nosotros, nos presupone atentos y dispuestos a embarcarnos en un viaje.

Aunque me parezca muy necesario hablar de América de Baudrillard, una gran influencia en Carrión, en el sentido en el que el protagonista no se promete fiel y observador reproductor de lo que existe, sino de lo que vive, de la atmósfera, del clima, de detalles insignificantes que valen por una imagen.

Decía Perez de Andújar que hay novelistas de mar y novelistas de río. Los de mar tendrían en su representante a la Moby Dick de Herman Melville. Los del río, en Mark Twain y sus Aventuras de Tom Sawyer. Bolaño decía que los primeros eran del mal, porque enfrentaban al hombre  a solas con lo desconocido y los segundos la llave de la aventura, de la felicidad (bueno, ya ven que nuestro invitado es un tipo paciente, feliz) siempre imprevisible . Carrión es un escritor de río, pero tal vez al terminar sus libros nos desemboque en otro lugar, que tiene mucho de incómodo, de marítimo al fin y al cabo.

Pero al pensar en Australia, pienso con total honestidad en esos versos inmortales y repetidos por todos de Rimbaud: “La verdadera vida está ausente / No pertenecemos al mundo  / Yo voy a donde él va”

Borges decía que el arte es la inminencia de una revelación que nunca llega. Y pienso en Barton Fink cuya escena final es fascinante, en la que igual que cualquier río, su protagonista llega al mar con una caja. Una caja que nunca abrirá, que nunca podrá realmente saber que hay dentro.  No sé si algún dia este escritor nos ofrecerá una revelación, pero lo que les puedo decir es que Carrión ha hecho un viaje que es una estupenda colección de inminencias, para todos. Como Fink terminé mirando al mar, sin otra espera que la de esperar por dónde navega la nueva obra de su autor. Pero sé que en cualquier momento puedo girar la vista atrás y observar ese río, siempre sorprendente pese a la relectura, que es Australia. Y ahí, es dónde sólo puedo dejarle a usted lector.

MÁS SOBRE AUSTRALIA.UN VIAJE

En DIARIO DE MALLORCA, a cargo de la infatigable Lourdes Durán, esta entrevista telefónica:

literatura. Jorge Carrión/ Escritor

´No me gusta cómo está formulada la literatura de viajes´ El autor de ´Australia, un viaje´ presentará hoy en Literanta su nuevo libro, acompañado de Agustín Fernández Mallo y Román Piña. Anuncia una novela de ficción porque la memoria “duele”

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A Jorge Carrión le gusta “la vivencia del tiempo en Mallorca”.
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LOURDES DURÁN. PALMA. Avanzó en Brújula una manera de ir por el mundo cogido a los lugares y a la letra. Con Australia, un viaje, Jorge Carrión se reafirma en darle una vuelta de tuerca a la manera de relatar trasiegos de vagamundos.
“Escribí los dos libros a la vez, y ahora me doy cuenta de que el primero fue laboratorio del segundo”. Editado por Berenice -le costó encontrar editor porque en España “el boom de la literatura de viajes ya pasó-, Carrión presenta hoy en Literanta su volumen acompañado por Agustín Fernández Mallo y Román Piña.
El plan inicial de “ir a Australia a escribir un libro sobre mi familia que emigró a la costa Este para trabajar la caña de azúcar”, devino en un salto. Carrión tenía dos meses por delante y creyó que “sería más completo si alternaba el relato con otra historia”. El monasterio y misión que los benedictinos españoles fundaron en la otra cosa le permitió darle la vuelta al espejo y cruzar siglos, el XIX y el XX.
“Tenía claros los puntos del itinerario, no la línea, por eso improvisé y dudé”, en un recorrido no es que otra cosa que un viaje sentimental hacia los orígenes del autor. Para ello se desliza entre géneros literarios cual surfista: “No me gustan cómo está formulada la literatura de viajes al uso. Yo quería hacer una novela en la que todo fuera verdad, del tipo de A sangre fría”.
No se sabe si Capote pero ha sido comprado a Chatwin y Michaux, ¡menudo listón! “Me siento huérfano en este país que salvo Juan Goytisolo, hay pocos escritores con los que me pueda comparar”. Trufa su relato de periodismo con crónicas, conversaciones, artículos y a la vez recrea con claves literarias el éxodo de aquellos más de 8.000 españoles que fueron, cincuenta años atrás, a Australia. Es la llamada Operación Canguro, cuyo antecedente más próximo fue la llegada a Canadá en la Operación Bisonte.
Cartas con sus familiares en Australia -Carrión nació en Barcelona, hijo de emigrantes andaluces, y su familia se ha dispersado en una telaraña universal- le condujeron primero a Argentina y luego al continente. “El ciclo de no ficción es doloroso porque hablas de gente real que luego se incomoda y te reprocha. Mi mundo como escritor se ha construido en lo que me preocupa vitalmente, y que es la emigración y la memoria, el cómo narrar el viaje y cómo la emigración permite hacer un discurso sobre el pasado”, explica.
Aleccionador, ahora que los españoles reciben inmigrantes, algunos a regañadientes y con evidentes muestras de racismo, Jorge Carrión inicia Australia en Mataró, en la casa de sus padres, donde pasa la noche antes de emprender el viaje.
“Quise que arrancara allí, en el barrio de mi infancia donde ahora viven marroquíes. El libro habla de muchas emigraciones, de la ballena, de las gentes, de cómo migra el cáncer…”, explica el autor.
Doctor en Humanidades y profesor de literatura contemporánea en la Pompeu Fabra de Barcelona, es codirector de la revista Quimera. Se le ha encuadrado en el grupo de la nueva narración española. “No es tanto que haya habido una renovación, sino que los que trabajaban hace 10 años, se han hecho visibles”.