FICCIONES VENEZOLANAS (5)

Llegamos a la playa de Cepe a las diez y media de la mañana. Palmeras, agua turquesa, piedritas de colores, oleaje gaseoso, mar Caribe: etcétera. Todo un día por delante de baños de sol y de agua; y de lectura. A nuestras espaldas, dos hombres juegan a “bolas criollas”, esto es, a petanca. Sólo se oye el rumor salado. Qué más podría pedir el Turista. Y, sin embargo, se distrae. Piensa, por ejemplo, en La otra isla, la novela de Zuniaga que leyó en Europa y que vivió en Margarita, porque esa es la isla aludida en el título. Una novela que habla de la destrucción del hombre por el ambiente. Un alemán sucumbe ante el alcohol y los gallos, pasiones margariteñas ajenas a su vida hasta que se muda a la isla. Estos días, el Turista ha leído La muerte en Venecia: Zuniaga le recuerda a Mann (técnica, estilística, temáticamente). La muerte en Margarita. Lo mejor de ambas novelas es el conflicto entre el extranjero y su hogar provisional. El turismo como límite insuperable: una vez que se traspasan los días de estancia que convierten al visitante en local, llega la incomodidad, la progresiva destrucción, la muerte. El sonido del oleaje empieza a competir con el de la brisa. Sigue leyendo. Al cabo de algunos minutos, piensa en otra lectura de Margarita: el relato “Palmas al cielo”, de Antonio López Ortega, incluido en Indio desnudo, que reconstruye la topografía que el Turista sintió un poco suya en la isla turística. Entre la crónica y la autoficción, el texto habla -sobre todo- de una Venezuela utópica. Lugar no. M. se deja broncear; el Turista continúa con su lectura, hasta que al mar y al viento se le suma el choque de las bolas y las interjecciones de los jugadores. Entonces, el Turista sube a la pista de juego y se entera de que los contrincantes se llaman Franklyn y Vidal, que hace dos horas y media que juegan y que beben (latas azules de Polar Ice), que la partida sólo acabará cuando uno de los dos se rinda. Franklyn gana ahora (son las doce menos cuarto) por 11 a 4. Los alrededores de la pista están sembrados de latas de cerveza. La partida de ayer por la tarde duró hasta las cuatro de la mañana: el perdedor pagó todas las cervezas, es decir, sesenta y siete, esto es, casi trescientos bolívares (más de lo que nos cuesta tres noches de hostal). El Turista, yo regreso a la tumbona. Sigo leyendo. Al cabo de una hora, al mar, el viento, las bromas y las bolas se une, estruendosa, la música. La música que está siempre y en todo lugar venezolano. Colombiana, en este caso. Nos bañamos. M. se duerme. Yo sigo leyendo, a baja intensidad -la que permiten las quejas de amor del solista colombiano, a quien su mujer abandonó porque una noche de borrachera no pudo esquivar los cantos de sirena ni las curvas de una lagarta (más o menos)-, hasta que regreso a la partida de bolas criollas. Franklyn tiene un cuerpo negro, escultórico, que se tensa con cada lanzamiento; Vidal es un mestizo de barriga semicircular y andares zambos. Los une el deporte y la lata azul de cerveza. Cuando regrese a mi tumbona, veré la playa como una sucesión de puntos azules. Como una red. Efectivamente: bajo cada toldo hay uno, dos, tres o cuatro personajes que sostienen su lata de Polar Ice. La llevan al agua. La lanzan una vez vacía. Acaban el baño cuando se acaba la cerveza. Una familia de seis miembros ha acabado desde que llegamos dos paquetes de veinticuatro, de modo que van a buscar otro. Yo, el Turista piensa -vaya a saber por qué- en la Virgen del Valle, el lugar más interesante de Isla Margarita, secretamente conectado con Santaella, el pueblo de su madre y con su propia madre, devota a su manera de otra Virgen del Valle. El sol. Lee un rato. Después pasea por la aldea. Localiza rápidamente, más rápidamente incluso que los indicios de propaganda chavista, las latas azules y vacías, algunas oxidadas, otras radiantes, que hay bajo las palmeras, en las esquinas, por doquier. Seguirá leyendo. Se bañarán de nuevo. Tomarán el sol. Habrá un poco más de lectura. Y de digresiones que no son aquí reproducidas para no aburrir: con que las lea él, yo hay suficiente. Cuando se vayan, cerca de las cinco, la partida de bolas criollas habrá finalizado. Vidal habrá perdido y tendrá que pagar 200 bolívares de cerveza. “Juego de borrachos”, me dirá el hombre que alquila toldos y tumbonas. Desde la barca que nos devuelva a Choroní, veré a Vidal lavándose los pies y las manos en el agua azul caribe. Unas ocho horas de su descanso dominical han sido dedicadas a la petanca y a la Polar Ice. He visto peleas de gallos, he probado los distintos tipos de cerveza y de rones venezolanos, he pasado algunas horas en las playas del país: no puedo entenderlos. Salud, Vidal, ya ganarás otro día, pienso mientras la lancha se dirige a la Punta de la Virgen, donde en agosto se concentran unas doscientas embarcaciones para oficiar una misa a la patrona de los pescadores de la zona. Aquí debajo debe haber una montaña submarina de latas cada vez menos azules. Necesito una ducha.  

PARÉNTESIS (2): EL MALPENSANTE / BOGOTÁ

En algún momento de nuestra conversación, morirá Michal Jackson en el ciberespacio, pero no lo sabremos hasta que acabe la mesa redonda, de modo que los conflictos y los amoríos entre periodismo y literatura seguirán fluyendo aunque afuera de la sala el mundo, es decir, Internet, se esté colapsando alrededor de un nodo cada vez más grueso de información epitáfica, freak, redsocial, quirúrgica y musical. Más tarde, durante la conferencia de Jaime Correa y Héctor Abad Faciolince, que consiste en un relato de viajes entre Colombia, Argentina, Alemania y Francia, el Turista (es decir, yo, distraido lector de ficciones venezolanas) evocará momentos de su viaje por Australia, que también tuvo algo de pesquisa de detectives y de aventura viajera y de investigación en biblioteca y microfilmes. Pero durará poco la ilusión. Al salir, en el cóctel, Martín Caparrós, que acaba de volver de Níger y Marruecos, se cruzará con Jon Lee Anderson, que hablaba esta mañana sobre Irán, y en un tres i no res estarán conversando sobre las Islas Marshall y sus pruebas nucleares. Uno de los lugares más raros donde han estado. Entonces, el Turista pedirá otra copa de vino y se sentirá, felizmente, más turista que nunca en la bella y hasta ahora desconocida ciudad de Bogotá, donde la guerra civil y Michael Jackson parecen igual de remotos e inverosímiles, donde “viaje” se convierte a cada segundo en un concepto más complejo, donde los taxistas dicen que Colombia es el paraíso.

FICCIONES VENEZOLANAS (4)

Mi Lonely Planet dice que Venezuela es un país de “courteous and hospitable people, full of life and warmth”. No puedo estar más de acuerdo. Tal vez el epítome de América Latina, hasta donde llegan mis kilómetros. También dice que los venezolanos creen en el concepto del “aquí y ahora” (en español en el original) y le dan muy poca importancia al futuro. Ay, el terreno pantanoso del tópico.   La guía por excelencia menciona que la expresión latinoamericana “mañana” alude imprecisamente a cualquier momento del futuro. Más interesante es la expresión venezolana “ahorita”, que puede indicar un lapso indeterminado de tiempo, que va desde los pocos segundos hasta los días. O las décadas. El súperdiminutivo “ahoritica” tiene un matiz de énfasis, que no de precisión: de las milésimas de segundo a los siglos, más o menos. Esa proximidad con el Tiempo problematiza la relación del ciudadano venezolano con su historia. Quizá. También en las categorías espaciales encontramos esa franja de matices: “allí mismito” o “cerquitica” son palabras variables y volubles, de pocos metros a algunos kilómetros. Es sabido que el diminutivo es una forma lingüística de la cercanía. Caminando por la Universidad Central de Venezuela, museo orquestado hace medio siglo por  Carlos Raúl Villanueva donde los edificios, los murales, los corredores de aire, las palmeras, los móviles de Calder y las paredes abiertas, suma y síntesis de las artes, crean una tropical atmósfera de estudio, pienso en otras formas verbales de esa misma cercanía. “Mi amor”, “mi vida”, “mi reina”, “amigo”, “papito”: en el lenguaje destinado a desconocidos (la dependienta de Don Pan te llama “mi amor”; el camarero es tu “amigo”). El contacto físico, las caricias, los abrazos: los gestos dedicados a la esfera ambigua de “los cercanos”. Ayer, frente a la alcaldía, me entretuve fotografiando a un grupo de manifestantes que reclamaban su sueldo municipal: mi ojo derecho no daba crédito a lo que estaba viendo entre parpadeo y parpadeo (mecánicos). Los gritos de protesta, con su música pegadiza, iban siendo improvisados por quien parecía el líder. Sus compañeros y compañeras repetían sus mensajes; los acompañaban con palmas; seguían el ritmo con las caderas. La seriedad, en esa esfera, se iba diluyendo. Cada vez más sonrisas. Cada vez más ritmo. Hasta que el supuesto líder empezaba a vociferar lemas graciosos y se multiplicaban las palmas y las risas. Sólo la seriedad de los soldados, a la puerta del edificio, permitía anclar el conjunto de la performance al concepto de “protesta sindical”. El propio gobierno de Chávez se basa en una política de la proximidad: en sus discursos, el uso del “nosotros” en el lugar del “yo” apunta hacia la inclusión del “prójimo” en su socialismo cristiano, en su rol de mesías. Es sabido que el Comandante se despide personalmente, estrechando sus manos, de los soldados y agentes de seguridad que han velado por él durante sus visitas al extranjero; en “Aló Presidente” y en sus  visitas a los rincones del país se acerca a la gente, pregunta nombres, se interesa por sus problemas, con una concreción que parece sincera. Imposible mayor proximidad. Llegamos al aula 201. Rodrigo recoge el último examen. La alumna le confiesa que ahoritica mismo se le ocurrió la respuesta. El ahora es también pasado. La palabra (su lectura): también. Y no es fácil acostumbrarse a ello.

AGENDA DE BOGOTÁ

FESTIVAL EL MALPENSANTE

Periodismo y Literatura: enemigos íntimos.

Conversación entre Martín Caparrós y Juan Gabriel Vásquez.

Modera: Jorge Carrión.

Jueves 25, 17.15; auditorio William Shakespeare.

La Televisión ya no es una caja boba.

Con Andrés Burgos, David Melo y Jorge Carrión.

Modera: Alberto Quiroga.

Lunes 29, 10.30; auditorio Fanny Mikey.

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LOS CRÍTICOS TAMBIÉN LLORAN(homenaje a Bolaño)

Ya se llame conferencia, presentación o mesa redonda, el formato basado en relatar ideas frente a un público está hoy más vivo que nunca. La explosión espectacular del número de festivales, simposios y jornadas, o su uso en el ámbito académico o corporativo, la ha convertido un acto de comunicación cotidiano. Pero el género está cambiando; las mesas redondas se están convirtiendo en un acto cada vez más performativo y teatral.
Los Críticos también lloran se plantea como una reflexión lúdica sobre el nuevo rol del escritor como figura mediática, en donde el personaje del autor desbanca al personaje de la novela que éste mismo autor escribe.
Una propuesta teatral de Marc Caellas junto con los escritores Leo Campos, José Tomás Angola, Jordi Carrion y Margarita Posada.
Con la generosidad de Àlex Rigola y Pablo Ley.

Con el auspicio de la Embajada de España en Colombia

Centro Cultural Gabriel García Márquez (auditorio)

Calle de la enseñanza (11) 5-60,

Tel: 2832200

jueves 2 de julio

6 pm

entrada libre

PARÉNTESIS (1): MATARÓ EN LA DISTANCIA

Sobre el centro del mundo: es sabido que durante siglos China se vio a sí misma como el País del Centro.

FICCIONES VENEZOLANAS (3)

El problema de vivir en un centro comercial es que tienes que atravesar un sinfín de pasillos y de tiendas, escaleras mecánicas, colegiales ociosos, patios de comida y ascensores, mujeres de tetas operadas, pantallas de publicidad y oficinistas para comprar el pan. En De Casta, de vez en cuando, el pan de maíz o la chapata de olivas negras; en Don Pan, las más de las veces, el pan campesino, cuya integridad dura menos de veinticuatro horas, de modo que al día siguiente vuelves a atravesar el sinfín de. Etcétera. Quizá sea ese “etcétera” la palabra más adecuada para describir cualquier centro comercial y, particularmente, el CCCT -nuestra casa. El Centro Ciudad Comercial Tamanaco, donde se encuentra el hotel en cuyo cuarto piso está el apartamento privado que nos han prestado, se revela los primeros días como un etcétera, un continuará, una sucesión. Es decir: un orden encadenado, no un caos por ordenar. No es necesario que lo retrate: cualquiera sabe cómo es un centro comercial. La luz uniforme; la temperatura estable; la circulación imparable; la agradable seguridad. Afuera: atascos de horas, atracos a mano armada, nubosidad variable, el metro saturado, calor que sofoca. Adentro: un marroncito en el Habana, charlar con los amigos, que te alisen la melena, ir mirando el traje de boda, comprar la biografía de algún famoso para encontrar nuevos temas de conversación o de broma, videojuegos, casino, un partido de tenis o un ratico en el gimnasio, capuccino en el Miga’s, con los panas en cualquier vaina. Sentirte seguro. Consumir. Aislarte. Sólo los tres quioscos de diarios permiten que la realidad exterior penetre en el CCCT. La pantalla gigante de la “plaza central” retransmite perpetuamente el Fashion Channel. Los televisores del patio de comida, a ritmo de bocado de arepa, empanada, chop-suey, muffin o hamburguesa, sólo muestran programas de televenta. La moda en cuerpos imposibles y en objetos inservibles. ¿Para qué necesitaríamos las noticias? ¿Para aguar la fiesta? Aquí -obviamente- no puede llover. Ahora que lo pienso, el problema de vivir en un centro comercial es que uno empieza a pensar la ciudad como un centro comercial. Incluso en la cima del Monte Ávila, los alrededores del Hotel Humboldt, con su pista de patinaje, sus chiringuitos de comida rápida, su parque infantil, sus calles, sus placitas, sus miradores, su aparcamiento, su teleférico, su publicidad, su política, su seguridad, sus sistemas de vigilancia y de control; hasta entre las nubes pienso que el centro comercial es la unidad mínima de significado de la ciudad del siglo XXI. Serán las alturas. Al regresar, mi mirada enfoca con insistencia el salón de juegos, el CCCTLandia, el paraíso lúdico e infantil. Como en la ciudad, el cielo se ilumina cada noche. Pero, a diferencia de en ella, en el CCCT es idéntico, siempre, a sí mismo: una cuadrícula de bombillas/estrellas que se contempla (ay, el romanticismo) desde el lobby del hotel. Mañana será otro día. Los salones de belleza y las peluquerías volverán a ser los únicos locales que están siempre llenos y los blackberry seguirán vendiéndose como rosquillas de Don Pan en este -nuestro- centro comercial.

OPENDOOR

Una nueva reseña.

FICCIONES VENEZOLANAS (2)

El Turista come ostras por docenas y bebe cerveza y toma el sol en la playa minúscula, de arena blanca y agua turquesa, que la realidad le copia a una postal en un rincón del parque nacional de Mochima; se desplaza en lancha y se deja contagiar la emoción extrema y cercana (hasta las lágrimas) de ver diez, doce delfines, nadando con saltos jabonados y subacuáticos, alrededor del objetivo de su cámara; desayuna y cena en el bar lunchería de Julio, en la playa de Santa Fe, a tiro de piedra del hotel; vacaciona -en fin- en un Caribe de postal devaluada, sin retoques con Photoshop, lo que comúnmente se llama “auténtico”.

No obstante la relajación o el relajo, en el contexto de lo que las agencias turísticas llamarían un “paraíso”, el Turista anota las palabras que zumban a su alrededor, como amenazas o, al menos, como problemas, o quizá tan sólo como zancudos. Aquí le llaman “matagente”, le explican mientras se bebe un jugo de melón, a ese sol que no acaba de asomarse, a ese sol que parece que no está pero broncea, vertical, pero te quema, o casi, con tendencias homicidas. Aquí llamamos “machete”, le cuentan, a ese pescado tan sabroso. Aquí te dicen “patria o muerte” los murales, los carteles, las pancartas, los anuncios en el diario y en televisión, con esa convicción de nuestra era crepuscular, una convicción no del todo convencida. “Patria o muerte”, dice el “Comandante Presidente”; “Patria o muerte”, dice cualquier venezolano, pero uno de cada dos quiere decir una cosa y el otro, la contraria. Dos monólogos paralelos, que zumban a mi alrededor, el de los chavistas y el de los escuálidos. Los primeros, patria o muerte: quién sabe si cada vez menos convencidos; los segundos, patria o muerte, sin connotaciones políticas, un tanto irónicos, contigo hasta el fin, amigo, quieren decir.

Aquí las palabras, el lenguaje, se evaporan. Las iguanas acuden en manada ante el cebo de un mango. Los pelícanos se desdoblan a ras de mar, o se elevan para caer (kamikazes) sobre un pez que sólo ellos han visto, y las gaviotas acuden para robarles el pan de las bocas bolsa, carroñeras, me dicen, no pueden pescar porque no se pueden mojar. Los niños y los adolescentes corren, mañana y tarde, por la playa única. Las ostras se digieren. Los nueve turistas de Santa Fe nos congregamos en el único restaurante para dar cuenta del mismo tipo de pescado. Internet es tan lento como a mis veinte años. Y pese a todo, la palabra “paraíso” no se descompone del todo, no se evapora, aunque en ruinas: permanece.

AGENDA EN CARACAS

CONFERENCIA: EL VIAJE LITERARIO EN EL SIGLO XX: BENJAMIN, CHATWIN, GOYTISOLO, SEBALD.
Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela.

11 de junio, 16 horas.

SEMINARIO: TOPOGRAFÍAS DEL TURISMO. BARCELONA, MÉXICO D.F., BUENOS AIRES.

17 y 18 de junio, de 18 a 20.30 horas.

Fundación para la Cultura Urbana. Cátedra Permanente de Imágenes Urbanas.
Avenida Francisco de Miranda. Torre Mene Grande 2, piso 2, Salas 2 y 3. Los Palos Grandes.

FOWGILL

En ABCD.