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LA LITERATURA CUBANA DESDE DENTRO

ENTREVISTA CON JORGE ENRIQUE LAGE, ENTERA (EN ABCD, REDUCIDA)

 

- En tu relato “15000 latas de atún y aún no tenemos cómo abrirlas”
parodias el proceso de edición de una novela en Cuba, mediante un
cóctel de sexo, dinero a raudales y aventuras disparatadas: ¿Qué hay
de realidad en lo que narras en ese cuento?

Al principio del cuento, cuando todas las editoriales cubanas han
dejado de publicar libros, el protagonista dice: “De todas formas,
aquí no se publicaba lo que yo quería leer”. Y luego, en medio de la
devastación, se pregunta: “¿Cuándo hubiéramos tocado esos libros de
los que todos hablan y que hace cinco, diez, veinte años, pasaron por
las manos del resto del mundo?” La realidad conecta por ahí. Claro que
en Cuba las editoriales publican libros, algunos muy buenos. Pero
entras a una librería y es sólo eso: libros de editoriales cubanas,
libros de autores cubanos. Dos o tres editoriales que publican unos
pocos títulos de autores extranjeros, a menudo seleccionados sin mucho criterio, y nada más. Como ninguna de las grandes editoriales en español distribuye en Cuba, esa es toda la literatura contemporánea
que puedes encontrar. La lista de autores fundamentales de nuestra
época que son desconocidos para el lector común cubano es extensísima. Para un lector más informado, que sí sabe de un autor pero no tiene acceso a un solo libro suyo, el drama es aún peor. Entonces el cuento parte un poco de ahí: esa sensación de que en Cuba no hay libros por ninguna parte, de que no se está publicando prácticamente nada.

- ¿Cómo definirías la literatura actual cubana? ¿Puede entenderse la
que se escribe en la isla sin tener en cuenta la que se escribe fuera
de ella?

Yo no intentaría definirla. Como otras, la literatura cubana actual
tiene su parte de vitrina, donde están los escritores más conocidos
sobre todo de cara al extranjero, los nombres que primero salen a
relucir cuando se habla de ella. La dinámica del mercado es la que
define eso. Pero detrás de la vitrina está el cajón oculto de esos
escritores, muertos y vivos, más o menos secretos, cuya lectura arroja
luces y sombras a las ideas preconcebidas sobre lo que es la
literatura cubana, y la pone en saludable perspectiva ante el lector.
Ese tipo de escritores no suele ser conocido fuera de Cuba, al menos
no inmediatamente. Por eso es que la cuestión dentro-fuera tiene
varias aristas. Del mismo modo que no se puede entender –a menos que uno se lo proponga arbitrariamente, desde luego– la literatura que se escribe dentro sin tener en cuenta  la literatura que se escribe
afuera –porque los escritores la tienen en cuenta–, también esta
última cambiaría mucho al ser leída en diálogo con la primera. Pero
Cuba es una isla no sólo desde el punto de vista geográfico. El
movimiento editorial y mediático de libros y autores no le hace
justicia a los movimientos internos de la literatura cubana actual.
Puede parecer que lo último que saltó de aquí y cayó en una librería
de Barcelona es lo más novedoso, lo más interesante o, peor, lo único
que hay. Rara vez es así.

- ¿Qué lugar simbólico ocupan los escritores que decidieron quedarse,
como Antón Arrufat o Pedro Juan Gutiérrez?

No es lo mismo para todos. Cada escritor se hace del espacio que
puede. Hay muchas maneras de habitar Cuba. Antón Arrufat es lo que se dice una vaca sagrada. Premio Nacional de Literatura, con todo lo que implica ese reconocimiento en términos de (sobre)exposición. Pedro Juan es un animal de otra clase. Trilogía sucia de La Habana, el libro que lo situó en la arena internacional –y tal vez su mejor libro–,
permanece inédito en Cuba. No es un escritor al que veas de jurado en
un concurso, ni asistiendo a recepciones u homenajes. El nombre de
Pedro Juan, como el de Leonardo Padura y algún otro, está asociado
permanentemente a los debates sobre literatura cubana y mercado, sobre el impacto de la literatura cubana más allá de las fronteras. Eso te
ubica de otra manera aquí. Y también hay casos peculiares como el de
Ena Lucía Portela, que ha decidido quedarse y publicar también en su
país, viviendo en Cuba full-time pero sin dejar de estar en todo
momento muy lejos de Cuba.

-¿Y los que decidieron marcharse, como Antonio José Ponte o Rafael Rojas?
Al igual que quedarse, partir no te condiciona de por sí; aunque
influye muchísimo, no es una decisión que defina nada, literariamente
hablando. No son pocos los escritores cubanos que en años recientes
han publicado y se han promovido oficialmente en Cuba viviendo en
cualquier otra parte. Las lecturas y valoraciones de esas obras y esos
autores pueden ser disímiles. Ahora bien, por razones políticas, hay
autores que no son tolerados por el gobierno: Ponte y Rojas entre
ellos. Lo que pasa es que, aunque parezca que no, el veto del gobierno
tiene sus límites. Cuando se trata de ensayistas de ese calibre, los
libros caen en Cuba por fuerza de gravedad. Los libros de Ponte y
Rojas se leen, se discuten, pasan de una mano a otra, reposan con
naturalidad en las bibliotecas privadas de los escritores. Su lugar es
el de la espera: más tarde o más temprano llegará el momento en que
ese diálogo encuentre un espacio para hacerse público.

- ¿Consideras que la tradición de los grandes autores cubanos
exiliados (pienso en Reinaldo Arenas, Cabrera Infante, etc.) está
presente en las nuevas generaciones de escritores?

Creo que sí. Y también Gastón Baquero, y José Kozer, y Enrique
Labrador Ruiz… Y el espectro esquizoide de Lorenzo García Vega. A
Reinaldo Arenas y a Cabrera Infante mi generación los ha leído
muchísimo. Otra cosa es si, por ejemplo, la radicalidad, la risa y el
riesgo de Tres Tristes Tigres y El color del verano están presentes en
lo que se escribe hoy; si hay obras narrativas que muestren una
escritura tan consciente de su propio poder, de su fuerza liberadora.
Entonces la respuesta es definitivamente no.

- ¿Qué corrientes destacarías en la nueva literatura cubana?
Me temo no poder destacar ninguna corriente. Mejor así. Hay algunos
narradores jóvenes y, sobre todo, algunos poetas jóvenes
increíblemente buenos, pero en un panorama donde escasean las
revistas, donde no hay suplementos, donde toda producción editorial
está centralizada y controlada por el Estado, donde apenas existe la
crítica literaria, pretender ejercer de coolhunter es desolador.

- ¿Hasta qué punto son necesarias plataformas de difusión como
editoriales, ferias o un acceso normalizado a Internet para que se
mantenga vivo el debate literario?

Absolutamente necesarias, por supuesto. Pero el debate literario es
lo de menos. En Cuba hacen falta plataformas para un debate abierto sobre los muchos problemas y traumas que enfrenta hoy la sociedad cubana, sobre el proyecto político y económico del país. En las condiciones actuales, este sigue siendo un debate de antemano condenado a muerte.

- ¿Qué blogs se leen en Cuba?

Me gustaría saberlo. Y quiénes los leen. Y en dónde. Y con qué
frecuencia. Y si comentan o no, y qué comentarios escriben. Toda esa
información –que debe estar registrándose en alguna parte–, si se hace
pública, revelaría cosas muy interesantes. Pero la verdad, no tengo
idea.

¿Qué opinas sobre Yoani Sánchez?

Yo creo que, en su blog, más que un medio de expresión, Yoani
encontró un tono de voz. Un tono que, para mi gusto, apela demasiado a la emoción por encima de la inteligencia del lector, y a ratos se
muestra excesivamente noble, pero que indudablemente sintoniza con
algo. Yoani ha logrado que en ella hable, sobre todo, la sensatez y el
sentido común. Y esto es muy difícil cuando se trata de la realidad
cubana, tan compleja y repleta de paradojas y sacudida por el absurdo
total. Es obvio que fuera de Cuba, donde la leen mucho más, la leen
diferente. Quien está familiarizado con la realidad que Yoani comenta,
siente al leerla como un deja vu: cualquiera pudiera agregar
descalabros y miserias iguales o peores a los que ella cuenta; en
cualquier esquina es habitual escuchar inconformidades y críticas
parecidas contra el gobierno; casi todo el mundo ha pensado y
compartido en privado con otros frases parecidas sobre el presente y
el futuro del país. Hay algo de tercera persona en ese posteo. Creo
que por eso es que los breves textos de Yoani van a ser leídos, como
una de las tantas visiones de la cotidianidad cubana de estos años,
mucho después de que se hayan sumergido en la oscuridad los que hoy le caen a golpes, mucho después de que los medios de prensa hayan dejado de hablar de ella, cuando su generación y la mía hayan sido
desplazadas por otras, espero, más inteligentes.

CAOS ENGENDRA CAOS

Y LOS MUERTOS, textos alien.

LA MUDANZA (IX)

LOS MUERTOS

En el suelo, llena de gotas de pintura, hay una página de diario donde se habla de la penúltima víctima de Richard Serra. En un museo de arte contemporáneo, una de sus esculturas gigantescas ha vuelto a provocar un accidente mortal. ¿Pensará en esos muertos Richard Serra? ¿Alguno del millón cuatrocientos mil resultados suyos de Google hablará de esos muertos? Sin ir tan lejos: ¿Cuántas víctimas se cobró el Plan Cerdà? ¿Cuánta gente habrá muerto en esta manzana del Eixample? ¿Murieron obreros durante la erección de esta finca? ¿Quién estará, ahí, al otro lado del patio, a punto de morir? ¿Cuántos habrán muerto aquí, entre las paredes de este piso? Dios, esas preguntas no puede responderlas ni Google.

Los pilares de cualquier construcción mayúscula se hunden en un osario. Mientras se va consumiendo mi mudanza, releo La nación y la muerte (Gredos), de Idith Zertal, que analiza el caso de Israel (pero no hay duda de que las masacres recorren la médula de los conceptos de imperialismo y de nacionalismo). Heredera intelectual de Hannath Arendt, que ya en los años 40 alertó sobre la problemática creación de un país cuya razón de ser fuera su enemigo árabe y que pidió que ese país fuera laico y binacional, Zertal disecciona la construcción de un discurso nacional que instrumentaliza el exterminio nazi. El primer paso hacia un imaginario colectivo fundamentalista, excluyente, sustentado en el conflicto perpetuo. Hubo supervivientes de la Europa nazi que, convertidos en soldados, perpetraron matanzas en 1948. Rápida puede ser la metamorfosis de la víctima en verdugo. Israel se concibe a sí mismo como una guerra permanente, en que la retórica victimiza a los victimarios.

Leí la edición catalana de ese libro fundamental, La nació i la mort (Lleonard Muntaner), hace años, mientras recorría Israel y descubría que su realidad es similar a la de Matrix. Un decorado perfecto que esconde muertos y ruinas. Si apartaba de las páginas, durante un momento, la mirada: la imagen de los cafés europeos de Tel Aviv o de los kibbutz del desierto perdía señal, sufría interferencias, revelaba cadáveres. En vano, busqué autocríticas tan radicales por parte de intelectuales árabes. Entonces viajaba. Hoy me mudo.



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