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PRIMERA CRÓNICA NIPONA

Tokyo Hotel y parejas de tango japo-argentinas. Lost in translation, El mapa de los sentidos de Tokyo, Kill Bill. Hiro (Heroes), Sun (Lost), John Cho (Flashforward). El reflejo de Japón y, sobre todo, de su capital en los productos culturales occidentales de nuestra época va más allá de la música, del cine y de las teleseries norteamericanas. También la literatura hispánica se ha sentido atraída por ese imán simbólico que centrifuga la historia y los mitos y los convierte en iconos pop, lugar donde los robots existen y no son amenazas y se someten a la lógica del pret-à-porter, donde los sátiros son pulpos extraterrestres con pollas kilométricas en vez de patas kilométricas, donde el arte de podar árboles enanos o de crear centros florales se convierte en un modelo internacional de gestión de la autoayuda. Pienso en la leve presencia de lo japonés en las últimas novelas breves de Mario Bellatin; o en Ednodio Quintero, el samurai de los Andes. Pienso en la última novela de Ricardo Piglia, Blanco nocturno, con su personaje argentino-nipón. Pienso en tres novelas españolas de los últimos años tienen la palabra “Tokyo” en su título: Tokio ya no nos quiere (1999), de Ray Loriga, Trenes hacia Tokio (2006), de Alberto Olmos, y Cosas que nunca ocurrirían en Tokio (2009), de Alberto Torres Blandina. Como si la capital nipona hubiera secretamente tutelado el cambio de siglo de la literatura española escrita por autores jóvenes (en el momento de optar por Tokyo para sus títulos). Los que nacimos en los setenta somos hijos tanto del Un, dos, tres como de El equipo A y Dragon Ball. Ese es el triángulo de las Bermudas en que se mareó el imaginario de toda una generación.

El avión aterriza en el aeropuerto de Narita.

Ciento cincuenta adolescentes japonesas, con su falda a cuadros y con sus calcetines blancos y con la mano que les tapa la boca cuando cuchichean, son retenidas en sus asientos por sus profesoras. Ciento cincuenta adolescentes japoneses, con sus camisas a cuadros y sus relojes caros, son controlados al mismo tiempo por sus profesores. Trescientos adolescentes japoneses, con sus corbatas de cuadros y todas sus hormonas, aguardan el momento, a mis espaldas, de salir de este boeing de Japan Airlines.

Les veo futuro.

Serán las siete horas de diferencia horaria.

Leo:

- Estamos en Tokio –dice Kokoro.

- En los intestinos estamos –pienso.

Leo, también:

La arquitectura está enamorada de sí misma.

Las azafatas, desde el interior de ese híbrido de uniforme de aerolínea y kimono floreado, nos dicen adiós (supongo).

CRÓNICA MEXICANA

La crónica no debe ser la defensa de un estilo de viaje, sino un viaje al estilo. Eso dice Juan Villoro en algún momento de Palmeras de la brisa salvaje, el libro de viajes por Yucatán que escribió cuando era más joven de lo que soy yo ahora. El muro de Berlín se estaba cayendo cuando se publicó ese libro. Durante años quise escribir un relato, una crónica, un texto sobre el Muro de Berlín; un artefacto de viaje doble, que trabajara el Muro de Cisjordania en un plano paralelo. Porque los viajes actúan por simetrías, dobles planos, improbables equilibrios. Cada esfera del viaje tiene otra, gemela, extrañamente complementaria. La suma de esas esferas dobles, innumerables, dan lugar a la multiplicidad del viaje. La crónica de un viaje, por tanto, tiene que tratar de alcanzar, aunque sea un imposible, la mayor parte de las caras de ese poliedro. Como señala Villoro, lo difícil es encontrar el estilo. El tono. Las palabras (las frases, los párrafos, las estructuras narrativas) que sintonicen con el espacio por donde transitas. En el año 2000 viajé por tierra desde San Francisco hasta Honduras; recorrí, de norte a sur, la península de Baja California. Yucatán, ahora, se me antoja el contrapeso de aquel viaje. Esta extremidad de México es un doble plano geológico. Por un sinfín de azares prehistóricos, la península es recorrida por un laberinto de galerías subterráneas, por una galaxia de cenotes, depósitos de aguas, que los maya creían el infierno y que los especuladores aficionados a la arqueología compraron a precio de ganga, un siglo atrás, para vaciar de tesoros, joyas, piedras preciosas, esqueletos de niños y de doncellas, vestidos de gala para su viaje al más allá. A ras de suelo, las pirámides de Tulum, Ek Balam o Chichen Itzá, de tan fácil acceso, insinúan dobles bajo tierra, árboles de piedra cuyas raíces serían tan sólidas e improbables como el tronco y la copa que ves, pura álgebra, ahí arriba. Junto a las casas, los edificios, los observatorios o los castillos (Cortés llamó “mezquitas” a las pirámides aztecas: en lo propio buscamos siempre la semántica de lo ajeno), un cenote siempre recuerda que existe el espejo, el plano inverso, el otro lado. No hay duda que el fútbol es el doble contemporáneo del juego de la pelota. Dicen que el capitán del equipo que recibía el primer gol era decapitado. La fascinación por el control de una pelota (de caucho, en aquellos tiempos) por cualquier extremidad que no sea la mano nos permite entender por qué ahora el balompié es más importante que los juegos de manos (el baloncesto, el waterpolo, el beisbol, el tenis o el balonmano). Por su singularidad, por su rareza. Dios es redondo es un mundo repleto de ángulos rectos. Tal vez sean mis ojos, pero después de seis años de no pisar México, en este cuarto viaje por una topografía siempre dominada por mastodónticas y rectangulares banderas nacionales, he percibido una mayor aceptación de la homosexualidad (tan presente en el mundo prehispánico) y una mayor crítica de la prensa hacia los desmanes del poder y la inoperancia policial. Quizá sólo ocurra en Yucatán, nación separatista que cualquier día de estos pondrá de moda un remake del eslogan turístico de Franco: “Yucatán is different”. Esa diferencia –tal vez, insisto, sólo a mis ojos– pasa por la inclusión del turismo en el paisaje local. Porque si un viaje reescribe (sobre el espacio) otros viajes previos (cada viaje mexicano, en mi memoria, es la capa de un mismo viaje, perpetuamente reformulado; cada vez que he llegado al DF desde Buenos Aires, ese contraste ha iluminado zonas de ambas ciudades y de los países en que se inscriben), todos los viajes te resitúan respecto al lugar donde vives. En Barcelona vivimos instalados en un constante discurso de la queja contra el turismo. Un discurso esencialista, que idealiza el pasado sin criticarlo. Los mismos que se quejan de los turistas que invaden el Raval dicen sentirse tan a gusto en Nueva York o en Berlín, sin percatarse que su invasión sutil (y otros cuentos). Varios amigos mexicanos me desaconsejaron que viniera al Yucatán con ese argumento: demasiado turístico. Pero hasta en Cancún –donde encontré la librería que en aquel momento necesitaba– se observa el diálogo que aquí se da, desde hace muchas décadas, entre lo ajeno y lo propio, sin que se renuncie a eso que, ambiguamente, llamamos “identidad”. Porque lo mexicano es, hoy en día, tanto el frijol con huevos rancheros como los espaguetis a la boloñesa, tanto el jugo de sandía como el smoothie que venden en el Wal-Mart. Como lo real, en perpetua metamorfosis e hibridación, la crónica de viaje, en su búsqueda del estilo que sintonice con el espacio y su mezcla y su multiplicidad, propone conexiones, cambia de tema, construye una máquina de sentido con fecha de caducidad. Hasta el próximo viaje, quizá, del autor o del lector. Porque la reescritura no tiene dirección única y las palabras sólo aspiran a su propia verdad.

CRÓNICA ARGENTINA

Lo mejor de regresar periódicamente a la Argentina es su generación constante de sorpresas. Dos años es tiempo suficiente, en la versión argentina del tiempo, para una transformación radical de lo real. La primera sorpresa me acomete en cuanto bajo del avión, me cuentan que Maradona probablemente siga al frente de la selección nacional, por cuestiones políticas (cuestiones macro-políticas, se entiende, cuestiones como la manifestación subvencionada que tuvo lugar aquí, en Ezeiza, para recibir al héroe, peronismo kirchnerista en estado puro, porque si se tratara de un asunto micro-político, es decir, de gestionar un equipo de fútbol, habría que repatriar a Bielsa). En el hotel, la televisión nos regala otro fenómeno sorprendente, el debate sobre el matrimonio gay: sucesión de monólogos de calidad variable pero de entidad absolutamente teatral, contrapunteado por las manifestaciones multitudinarias o por ese cartel o afiche que reza por las calles que un nene tiene derecho a un papá y a una mamá. En esas mismas calles, la pobreza se ha vuelto aún más cruda, más pornográfica de lo que era en 2008, como si la crisis, en el estrato más bajo de lo social, se hundiera irremediablemente, terrible en sus sorpresas: veo vagabundos que se besan con frenesí en un colchón mugriento; una familia entera, de cinco miembros, padre, madre, hija, hijo, hija, pidiendo limosna a la puerta de un edificio oficial; una mujer con el rostro abrasado y la voz rota que pide monedas en el tren hacia el Tigre. Ese rostro terrible es recorrido por la inflación, por la escabrosa economía; sus líneas son índices, especulación en bolsa, caída en abismo. Me compro Ñ, el suplemento cultural de Clarín, y veo que ha triplicado su precio en dos años. Esa sorpresa es mínima, en comparación con la orientación política del diario, metamorfosis kafkiana, se ha convertido en el más acérrimo atacante del gobierno. Un gobierno que ha terminado de feminizarse, según la opinión de la señora del asiento trasero, de regreso de La Boca en el autobús o colectivo 152: “Eso ha sido cosa de Cristina”, afirma, cuando vemos la Casa Rosada iluminada, nocturna, por luces rosas. El café es más caro que en París. En la atmósfera flota la sospecha de una nueva crisis, quién sabe cuándo se producirá, pero hay pocas dudas sobre su futura existencia.

Afortunadamente, las novedades no son sólo escabrosas o paranormales. También las hay literarias. Siete años después de Oficios ingleses, Graciela Speranza está a punto de publicar su segunda novela. También en breve aparecerá, tras trece años desde la última, la nueva novela de Ricardo Piglia. Teresa Elizalde, antigua compañera de doctorado, ha publicado Un día en la vida de 24 mujeres argentinas. Fruto del año que pasó, por encargo de la ONU, entrevistando a posibles víctimas del cambio climático, es inminente la publicación de Contra el cambio, de Martín Caparrós. En todos esos títulos hay diferentes grados de sorpresa; no así en las novedades de César Aira, cuya existencia era totalmente predecible (pero cuyo contenido sólo averiguaré tras la lectura). Después de todos los libros que voy comprando estos días, la noticia de la aparición de esos otros actúa como contrapeso de una realidad tan sorprendente en su extrañeza. La literatura, que debería justamente inyectar extrañeza, actúa paradójicamente en este país paradójico como baño de normalidad.

El sábado por la tarde vamos a ver Apuntes para una biografía imaginaria, de Edgardo Cozarinsky, en la Fundación Proa (en la piel de La Boca). Uno de los capítulos de esa película que es como un libro de cuentos y ensayos ocurre en Saigon. Postales a los tres días del fin de la guerra. El director nos cuenta, durante la tertulia, que el proyecto surgió de los archivos de la ONU. Entre tantísimo material olvidado, él se apropió de esas imágenes personales del documentalista que fue enviado a filmar el final de la guerra de Vietnam. Quién sabe si alguien, dentro de treinta y cinco años, chafardeando en los archivos de la ONU, se encontrará los informes que redactó Caparrós durante los últimos cinco años de viajes globales realizando entrevistas. Ese fragmento de un libro futuro me sorprendería menos que cualquiera de los cambios que mencioné más arriba, en el ya lejano primer párrafo.

CRÓNICA SUECA

Los polis, en sueco, se llaman “polis” (o al menos eso se puede leer en los coches de policía). Un restaurante se llama “restaurang”. Si no me han informado mal, “hacerse el sueco” se traduciría, aproximadamente, como “hacer como si lloviera”. Pero no sé cómo llaman a esas mantas que posiblemente definan la cultura sueca o su sección Estocolmo: porque en todos los bares y cafés están a disposición de los clientes unas mantas, no muy gruesas, por lo general grises, que permiten disfrutar del aire libre pese a que la temperatura no sea precisamente veraniega. Mantas similares cubren los abundantes cochecitos de dos plazas, las piernas de quienes toman el sol en sus balcones, los hombros de quienes hacen su picinic en cualquier trozo de hierba desocupado. Si la interpretación bergmaniana de la cultura sueca es correcta (y mucho me temo que sí), en este país es más habitual tapar con la manta que tirar de ella; pero ambas metáforas servirían para retratar lo que está ocurriendo en este preciso momento. Porque una boda real, la anacrónica realidad y el anacrónico símbolo, ha sido cubierta con capas y capas de sentidos naturales e impostados; y al mismo tiempo ha sido desnudada de su trascendencia secular. Al convertir la Boda entre el Sapo y la Princesa en un Festival del Amor (Estocolmo, estos días, se ha convertido en una suerte de Capital Europea del Amor, con infinitos conciertos y actos culturales eróticos y erotizantes), el significado sagrado e histórico se ha metamorfoseado para adaptarse a la era del turismo y del parque de atracciones y del espectáculo global. El resultado es maravilloso. Estocolmo es una sucesión de multitudes. Niñas con banderas. Jubiladas tomando vino en sus sillas plegables. Una banda freak y genial de finlandeses retirados vestidos de gala (uno de los pocos “asistentes de la boda” investidos de ironía). Grupos de amigos. Familias enteras. El pabellón de Ikea con sus diseños especiales. Postales de la pareja. Miles de souvenirs. Escaparates decorados con corazones y coronas. Bombones conmemorativos. Cámaras. Fotos, millones de fotos. Fotógrafos con teleobjetivos kilométricos. Platós de expertos en bodas y en monarquías. Un tipo con pinta de skinhead que de pronto grita “¡Viva la princesa!”. Padres e hijos y abuelos y nietas que secundan el viva. Y sobre todo, sobre todo, recién salidos de debajo de la manta o tirando de ella con determinación: una secta extraña, una minoría selecta, jóvenes elegantísimos, muñecas de porcelana, Kent y Barbie, señores y señoras vestidos para ir a una boda real, maquilladísimos, peinadísimos, en frac, entre nosotros, plebeyos, sumándose a la fiesta, sin camuflaje, infiltrados al revés.

CRÓNICA NORTEAMERICANA

Los Estados Unidos es un país para viejos, que envejece. No hay más que ver el metro de Nueva York o los ascensores de los hoteles o los anaqueles de historia local de las librerías y de las bibliotecas. Fue un país tan joven, hizo tanta ostentación de esa juventud, que las arrugas obligan ahora, casi una década después del 11-S, a una cirujía plástica urgente, total, inservible. Barack Obama como cirujano plástico. El país de la reforma sanitaria. En mi pasaporte hay un sello de Colombia, de modo que me registran la maleta. ¿Usted es el autor de este libro?, me pregunta un afro de metro noventa, sosteniendo y ojeando un ejemplar de Los muertos. ¿De qué va? De su país, le cuento. Pasa un perro y no ladra. Ojea, uno por uno, todos los ejemplares. De su país, del entramado de relatos que configura su país. Si Australia, prehistóricamente, fue convertido en un tapiz de cuentos sobre el Dream Time, los Estados Unidos, históricamente, ha sido un generador de relatos sobre el American Dream. Y su perversión. Y su caída. El aeropuerto de Philadelphia resume la ciudad y el país. En la cinta transportadora, a velocidad constante, esto es, sin movimiento físico, repaso la historia de las películas sobre Philadelphia. Destacan dos grandes grupos: las de Rocky y las de Shyamalan. La crónica negra y la magia blanca. Para eso existen los aeroupuertos: para que no sea necesario que conozcas las ciudades que representan. El Best Western de Ithaca tiene habitaciones como cabañas de cazadores del siglo XIX. Los orígenes de la patria. La Universidad de Cornell expone los cerebros en formol de sus eminentes investigadores. Los cuentacuentos de la patria. En algún lugar de los sótanos de la universidad se almacenan las colecciones de mariposas de Nabokov. Todo aquí invita a la arqueología y a la taxidermia. No es país para viejos: en el Car Wash cercano al hotel hay una máquina que expende fragancias. Jazmín. Pino. A coche nuevo.



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