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MADRID / BARCELONA

MADRID/BARCELONA

En Mejorando lo presente. Poesía española última: posmodernidad, humanismo y redes (Caballo de Troya), Martín Rodríguez-Gaona ha trazado un muy recomendable panorama de la literatura española actual. Son muchos los aciertos del libro (la importancia que se le da a los blogs, la defensa de la pluralidad, la ambición de abarcar el mayor número posible de aspectos); sin embargo quiero detenerme en un posible problema: “Aun cuando Madrid y Barcelona se reparten el 70% de la producción editorial de España, la concentración de medios periodísticos de alcance nacional (El País, ABC, El Mundo) e instituciones culturales potentes (La Residencia de Estudiantes, La Casa de América, El Círculo de Bellas Artes), fuera de la capitalidad política, marca la predominante influencia de Madrid en el mundo literario”.

Discrepo de esa afirmación. No sólo considero muy limitada la influencia de esas instituciones, sino que creo que la cuestión de fondo ya no es la tradicional oposición entre Madrid y Barcelona. Sobre todo en el relevo generacional de este cambio de siglo. No hay duda de que existen poéticas muy interesantes de autores madrileños (como las de Mercedes Cebrián, Elvira Navarro, Isaac Rosa, Elena Medel o Javier Moreno). La vanguardia de la ficción (poética), de hecho, está en libros poderosos y madrileños como Exhumación, de Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez (de la editorial barcelonesa Alpha Decay). Pero España se ha convertido en un país multiperiférico y la gran renovación de su literatura del siglo XXI se ha producido al margen de su capital. Pienso en Juan Francisco Ferré (Málaga), en Ricardo Menéndez Salmón (Gijón), en Vicente Luis Mora, Mario Cuenca Sandoval y Pablo García Casado (Córdoba), en Agustín Fernández Mallo (Mallorca), en Julián Rodríguez (Cáceres), en Manuel Vilas (Zaragoza), en Germán Sierra (Santiago de Compostela), en Eloy Fernández Porta, Lolita Bosch, Javier Calvo o Robert Juan-Cantavella (Barcelona). Por citar algunos nombres, cuya consolidación en el sistema literario español no ha guardado relación con las instituciones que cita Rodríguez Gaona, sino con editoriales cordobesas y barcelonesas, con blogs deslocalizados, con encuentros en Málaga o en Santiago, con revistas de Barcelona. Al fin hemos superado los límites estrechos del Café Gijón.

POSTALES DEL FUTURO

¿Qué tienen en común las pinturas prehistóricas, San Juan, Thomas More,  Dante, el hombre del tiempo, George Orwell, los estrategas militares y deportivos, Chris Marker, Aramis Fuster, los constructores inmobiliarios o James Cameron? Probablemente sólo una cosa: su condición de creadores –cuando no de meros traficantes– de imágenes del futuro. Históricamente, los relatos verosímiles sobre el futuro han sido indispensables en campañas políticas y en revoluciones ideológicas; los inverosímiles y disparatados han triunfado en la religión y en el arte. Durante el siglo XX, la publicidad y el cine trabajaron la imaginación futurista entre la utopía (necesaria para el consumo) y la distopía (inevitable en cualquier análisis crítico de la era de los totalitarismos), mientras se daba una progresiva pérdida de poder de la palabra para mostrar un futuro cada vez más monopolizado por la imagen. Mientras la palabra permanecía limitada por la bidimensionalidad de sus grafías, la imagen se expandía con cada nueva innovación tecnológica, como si sus presuntos límites sólo existieran para ser superados.

En los años 50, Mariano Medina describía la información meteorológica dibujando con una tiza, sobre un mapa impreso en una pizarra negra, las inclemencias del clima del día siguiente. En 2010, en la misma Televisión Española , “El Tiempo” se muestra en una gran ventana panorámica, con ayuda de gráficos en tres dimensiones. Obviamente, ha mejorado la pedagogía, ¿pero lo ha hecho la fiabilidad de la imaginación del futuro? En la televisión mundial, la tiza ha sido substituida por un mando a distancia. La mujer del tiempo, sin hacer ostentación de su gesto, nos muestra el mañana accionando botones. A   ritmo de zapping o de clic de mouse (otro tipo de mando a distancia). En los años 50, los simuladores de vuelo ya eran capaces de reproducir una experiencia casi idéntica a la que el piloto viviría tras el despegue verdadero, y nacía el cine post-apocalíptico; durante los 60 y los 70, los satélites meteorológicos aumentaron exponencialmente la capacidad de observación de los fenómenos atmosféricos y por tanto de su predicción; en los 80 nos acostumbramos a manipular el botón de forward del video y por tanto a la aceleración del tiempo; en los 90, se popularizó el software capaz de generar imágenes tridimensionales de edificios que todavía estaban en planos, se empezaron a generar informáticamente retratos robots actualizados (o envejecidos) y los videojuegos de simulación democratizaron el acceso a situaciones sólo potencialmente reales; en la primera década del siglo XXI, el flashforward se ha convertido en un recurso narrativo habitual en las teleseries porque ya no nos supone ningún esfuerzo leer en tiempo futuro.

El problema del futuro es que no existe y, por tanto, que no se puede representar. La historia del hombre es la historia de sucesivas aproximaciones, más o menos fallidas, a cierta imaginería del futuro. La crisis económica, por ejemplo, ha convertido el paisaje español en una colección de instantáneas que evidencian el cortocircuito que la Historia provoca periódicamente entre la realidad y las proyecciones que sobre ella se realizan.  Conjuntos de casas adosadas a medio construir, muchos meses después de que se detuvieran las obras, continúan mostrando los grandes carteles con imágenes en 3D que muestran cómo será la urbanización una vez esté acabada. La paga y señal o la hipoteca se firman al amparo de esas postales del futuro generadas electrónicamente, olvidando que la economía y el derecho no actúan en las mismas coordenadas que la ilustración y la imaginación.

En La carretera (2006), de Cormac McCarthy, el narrador dice lo siguiente: “había estado en las ruinas calcinadas de una biblioteca donde los libros yacían renegridos en charcos de agua. Los estantes volcados. Rabia contra las mentiras dispuestas en millares de hileras sucesivas. Cogió uno de los libros y pasó las páginas tan hinchadas. Él no hubiera dado valor a la más mínima cosa basada en un mundo futuro”. A toro pasado, el superviviente apocalíptico reniega retrospectivamente de la fe en el futuro –simbolizada por la biblioteca– que nos caracteriza como especie y que muy probablemente le caracterizó como persona antes del desastre nuclear. El futuro imaginado en La carretera ha borrado de la faz de la tierra la tecnología. El enemigo del hombre es el propio hombre, o una versión degenerada de él: el caníbal; no la máquina. El paisaje físico y moral es similar al de algunas ficciones también distópicas de los años 80 ambientadas en nuestro planeta, como Mad max (Millar, 1979) o  Blade Runner (Scott, 1982); pero en éstas la tecnología sí es determinante.

Quién sabe si el narrador de la novela de McCarthy coge de la biblioteca en ruinas precisamente un ejemplar de La carretera. En ella, ni siquiera la tecnología del libro es ya útil. McCarthy ha visualizado un mundo después del Apocalipsis, de naturaleza devastada y extrema, azotado perpetuamente por la lluvia y por la nieve, donde la erosión también afecta al recuerdo. El niño protagonista prácticamente no posee pasado; y el del padre se va borrando al ritmo de los pasos de su huida. En los mismos años 80 de cuyo imaginario se nutre La carretera (y su versión cinematográfica), el tema del viaje en el tiempo surge como una respuesta inesperada a la realidad apocalíptica. Contra lo que cabría esperar, en Terminator (1984), de James Cameron, el cyborg llega a nuestro presente para evitar el nacimiento de un líder humano del futuro, capaz de ganar la guerra contra las máquinas. Afortunadamente, al mismo tiempo también llega un humano proveniente del futuro, para proteger a la madre del futuro líder. Gana el humano. En la segunda parte (Cameron, 1991), donde se utilizó por primera vez la imagen generada por computadora para dar forma a los robots, el conflicto entre el hombre y la máquina se convierte en una lucha fraticida entre dos cyborgs: de nuevo vence el más débil.

El director repite el esquema en Avatar (2009). La tecnología de última generación es derrotada por la solidaridad, la pasión y otros atributos más humanos. El futuro que la película pone en imágenes no se entiende sin la distancia que el hombre ha establecido con su propia identidad. La relación con el otro pasa siempre a través de una pantalla (de una máscara) y de un interface. La tecnología, de hecho, nos ha acostumbrado a asumir como natural tanto la suplantación de identidades como la conexión –alámbrica o wireless– con los objetos que nos rodean. Empezamos a confundir el mundo con Internet (y viceversa). Por eso los na’vi se conectan con la naturaleza, porque Pandora es la Red convertida en una realidad biológica. En ella se proyecta la Tierra anterior al tecnoimperialismo moderno. Las postales que nos llegan desde esa luna, en 2154, son las de un futuro dibujado como utopía del pasado. El reverso exacto de la campaña publicitaria con que Greenpeace recibió a los líderes mundiales en el aeropuerto de Copenhague unos meses atrás. 2020. Zapatero, Sarkozy, Obama, entre otros igualmente envejecidos, repetían: “Lo siento. Podríamos haber detenido un cambio climático catastrófico… pero no lo hicimos”. Una vez más, la distopía cohabitaba en los carteles con un reclamo utópico: “Actúa ahora: cambia el futuro”.

[Publicado hoy en Cultura/s]

MARQUÉS DE SADE

LOS CUERPOS SATURADOS

En Italia, Juliette conoce a Minsky, un acaudalado y aristocrático caníbal que, después de dar vuelta al mundo criminal, ha decidido refugiarse en un rincón de Italia y esconder en su fortaleza a “doscientos chiquillos de cinco a dieciséis años” y “más o menos el mismo número de jóvenes destinados a fornicarme”, junto con dos harenes, uno de “doscientas chiquillas de cinco a veinte años” y otro de “doscientas mujeres de veinte a treinta”, captadas por “cien agentes dispersos por todas las ciudades del mundo”, que son servidas por “cincuenta criados” de ambos sexos. Casi un millar de seres humanos a su entera disposición. Minsky tiene cada día una decena de orgasmos: “los chorros de esperma lanzados se elevan al techo”. Minsky se come a quien se folla, lo que le “evita el trabajo de tener un carnicero”. La narradora Juliette ha introducido al personaje con la palabra “monstruo” y él mismo se califica como tal y afirma: “Se necesita mucha filosofía para comprenderme”. En este pasaje de cinco páginas de una novela, Juliette o Las prosperidades del vicio, de 967 páginas en la nueva edición de Tusquets (que reproduce la de Pilar Calvo para la Editorial Fundamentos), se condensa la mecánica narrativa del Marqués de Sade (1740-1814). Una mecánica que podría resumirse así: un desplazamiento o viaje inicial (la llegada de Juliette a ese lugar de Italia; la malformación sentimental de Minsky por el mundo); un cuadro en que el espacio es convertido en matemática (número de cámaras, de pasillos, de mazmorras, de muebles, de criados, de personajes); una escena en que las acciones son sometidas a la misma matemática (número de coitos, penetraciones, excreciones, latigazos, corridas, platos ingeridos, días de cautiverio); y finalmente la huida que conducirá a un nuevo espacio y a nuevas escenas, también matematizadas. Como escribió Octavio Paz: “el libertino desnuda a sus víctimas, sólo para vestirlas con la camisa transparente de sus números”.
El mundo sadiano es una economía en movimiento. Sus personajes viajan constantemente, con la clase y el dinero como imperativos. La vida de Sade, de hecho, fue una vida en tránsito –si descontamos los veinticinco años de inmovilidad que pasó preso. El esquema esencial de Juliette y de su novela complementaria, Justine o Los infortunios de la virtud, es el de la novela picaresca. Pero sin apenas progresión: se repite constantemente la misma mecánica, que produce la sensación de repetir la misma escena. En una hay una máquina de terror o una sociedad secreta; en otra la sangre es substituida por la mierda; en otra el banquete es más o menos opíparo; la virgen puede tener ocho o catorce años; los suplicios pueden acabar o no en la muerte. Pero la sensación es de movimiento sin avance. Justine se reafirma una y otra vez en su virtud; Juliette, en su vicio; Sade, en su tesis de que la virtud en un cul-de-sac y el vicio, el motor del mundo. En el nivel narrativo, el Marqués subvierte el género de la novela libertina mediante el exceso; pero es en el nivel del pensamiento, en el de la argumentación, donde subvierte la tradición filosófica occidental y, de paso, la tradición novelística. Porque aunque la digresión esté muy presente en el Quijote y en la novela inglesa y francesa del XVIII, no alcanza los niveles sadianos. Saturación doble: de la acción narrativa y de la especulación argumentativa. Se necesita mucha filosofía para comprenderlo.

Sade reconstruido
Es sabido que Sade es un autor incómodo en el canon de la literatura francesa y europea. Flaubert, Baudelaire, Apollinaire y los surrealistas, por un lado, y Dostoievsky, por el otro, lo incorporaron a sus genealogías respectivas. Pero no fue casi hasta los años 50 cuando se le situó en un posible y discutible lugar de centralidad: lo leyeron en profundidad Lacan, Klossowski, Bataille, Blanchot, de Beauvoir y Barthes –como una conjura hacia el mayo del 68. La culminación de la operación Sade coincide con el nacimiento de la posmodernidad y tiene dos momentos –consecutivos, conscientes. El primero, de conclusión dentro de cierta tendencia de la filosofía francesa, es el ensayo de Roland Barthes Sade, Fourier, Loyola (1971); el segundo, definitivo, es el estreno (póstumo) de Saló o los 120 días de Sodoma (1975), de Pier Paolo Pasolini, una película con bibliografía en los títulos de crédito, que enumera a los filósofos franceses contemporáneos que se han ocupado del Marqués y revela que en el filme se citan pasajes del libro de Barthes, con el que –por tanto– se emparienta explícitamente. No entraré en los vínculos entre el místico, el sádico y el utópico; pero sí es preciso enumerar las operaciones que según Barthes los tres realizan en su empeño de fundar un mundo a partir del lenguaje –vehículo hacia el texto como objeto de placer. A saber: aislamiento, articulación, ordenación y teatralización. En Sade, esos cuatro movimientos tienen una razón última: “la educación no es la de tal o cual personaje, es la del lector”. Es decir, el plano narrativo y el plano filosófico del texto –su matemática, su saturación, su exceso– convergen más allá del texto, al otro lado de la pantalla. No se trata de educar al personaje (como en la picaresca), se trata de educar (o de pervertir) al lector, de configurarlo como alguien capaz de comprender que el mundo, además de deseo y de libertad, es sobre todo lenguaje. De que su transformación en la realidad debe partir de su metamorfosis textual. Escribe Barthes: “Así aparece el libertinaje como un acto de lenguaje. Sade desarrolla una oposición frontal entre el lenguaje y la realidad, o más exactamente, se sitúa únicamente bajo la instancia de la ‘realidad del lenguaje’”. Lo deja claro: lo que ocurre en una novela de Sade es claramente fabuloso, es decir, imposible. Irrepresentable. Pasolini, no obstante, habiendo leído Sade, Fourier, Loyola, decide representar una novela de Sade.
En la película, la inscripción en el tiempo histórico (la ocupación alemana) se realiza paralelamente en la conciencia de lo que ese tiempo histórico supone (los Campos y su victimización extremas de los Cuerpos). La tortura y la masacre finales, planificadas desde el interior de la mansión a través de prismáticos, con las paredes decoradas con obras de arte futurista, establece una tensión ética máxima entre el horror y la cultura, entre la contemplación y la acción, entre el sadismo y la historia. Lo que Pasolini afirma es que lo sadiano se exacerba en momentos históricos de excepcionalidad perversa. Pero también que el arte es cómplice del sadismo. Lo interesante es que ante la película me sentí indignado, incómodo, divertido, sobre todo violentado; mientras que la lectura de Juliette llevó intrínseco un pacto de incredulidad. Esa paradoja centrará el resto de este ensayo.

Sade de serie B
Barthes insiste en la idea de que la obra de Sade no es erótica. Su ejemplo es mínimo pero irrefutable: el strip-tease está casi proscrito, el cuerpo está vestido o desnudo, es saturado (colmado en todos sus orificios) del mismo modo que lo es el texto, y castigado. Pero no es un instrumento de seducción ni de excitación. “La práctica libidinosa es en Sade un verdadero texto –de modo que debemos hablar a su respecto de pornografía”, afirma. Sade es pornográfico y filosófico, pero no erótico. Y, no obstante, Juliette aparece en la colección La Sonrisa Vertical, donde también se han publicado Justine o Los infortunios de la virtud, La filosofía en el tocador y Las 120 jornadas de Sodoma; y, no obstante, Justine (1968) es editada –en pleno 2009– en la colección de Cine Erótico de El País. Eso crea un problema.
La confusión entre erotismo y pornografía no se da en la teoría de la recepción, sino en la industria y el marketing del ocio. Todo el repertorio de prácticas sexuales y violentas que encontramos en la bibliografía sadiana está representado en Internet y nadie duda en que es pornografía. Es sobre todo en formato papel donde se da la confusión, a menudo a través de la máscara de la clase. Playboy y Manara pertenecen a la misma liga –al mismo código de elegancia– que La Sonrisa Vertical. Pero en su catálogo conviven –por no entrar en los clásicos– pequeñas obras maestras del erotismo como Silencio de Blanca (1996), José Carlos Somoza, con obras de pornografía kitsch como Las edades de Lulú (1989), de Almudena Grandes, de estilo grueso –en cuya escena final la protagonista es follada, con los ojos vendados, por su hermano, en lo que puede leerse como un intento de escena sadiana, que es negada por la inmediata interrupción moral en clave hispana. La diferencia entre ambas novelas tiene que ver con la conciencia del lenguaje, con la sofisticación del dispositivo narrativo. En ellas hay un mismo sustrato sadiano (en todas las obras sexuales posteriores al siglo XVIII, de hecho, en todas las relaciones sexuales en nuestra era pornográfica), pero mientras en Somoza es doble (temático y formal), en Grandes es puro tema.
Yo diría que, en el ámbito de la novela en particular y de la literatura en general, ser sadiano es justamente lo contrario que serlo en el ámbito del cine en particular y de la narración audiovisual en general. Porque, al menos en los ejemplos que vengo seleccionando, la autoconciencia artística, lingüística, conduce a un lugar –respecto a las coordenadas del realismo– antitético en cada ámbito. La versión mencionada de Justine, con un reparto internacional que contó con Klaus Kinski en el papel de Sade y una adolescente Romina Power en el de Justine, fue dirigida por Jess Franco, es decir, por Jesús Franco. El tono es exactamente el mismo que en los ochenta encontraríamos en La serie rosa, la teleserie erótica francesa, de escenarios teatrales y humor pícaro, ambientada en la edad media y la edad moderna, con personajes aristócratas y libertinos. A nuestros ojos: kitsch. Sus diálogos, sus interpretaciones y sus ambientaciones son inverosímiles. Tienen un aire de fábula, de comedia popular, de telenovela que nos incapacita para la ilusión realista. Aunque se trate de actores y de actrices de carne y hueso, sus actuaciones convierten en mentira su carnalidad. Algo que no ocurre en la película de Pasolini. En ella, el realismo hiere. Como ocurre en las últimas películas de Haneke o de Lars von Trier, en la violación en tiempo real de Irreversible (2002), de Gaspar Noé, o en el hiperrealismo escatológico de La pasión de Cristo (2004), de Mel Gibson, las convenciones del realismo imponen su ilusionismo, el lenguaje cinematográfico se vuelve transparente, la violencia funambula en el límite de lo tolerable, porque se percibe como real. Ni siquiera los momentos metafílmicos de Funny games (1997), en que el psicópata protagonista se dirige al telespectador o en que se rebobina lo ocurrido para alterarlo, consiguen hacernos percibir que la tortura es un ritual performático. El dolor atraviesa la pantalla. En ese sentido, la serie B o Z, consciente o inconsciente, finalmente kitsch, es una plataforma más adecuada para la traducción de la obra de Sade al cine. Porque en ella la retórica siempre está presente. Como en la obra del Marqués, en que la hipérbole continua, tanto en la descripción de la acción (los excesos corporales) como en la descripción de las ideas (las digresiones insoportables), neutraliza la ilusión de realismo, impone la presencia casi carnal del lenguaje.



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