LA MÚSICA DE LA IMPUREZA
CUATRO APUNTES SOBRE MARCELO COHEN
“La última novela del mejor escritor argentino contemporáneo”: con semejantes palabras estampadas en una faja se publicitó en Argentina Donde no estaba (2006), de Marcelo Cohen (Buenos Aires, 1951). Si se tiene en cuenta que hace más de doce años que Piglia no publica una nueva novela; que hace más de cuatro que murió Saer; que Fogwill es mejor polemista que novelista; que Fresán es visto cada vez menos como argentino en Argentina; y que Aira no practica el género de la novela sino el de la nouvelle, se entenderá mejor la osadía del marketing editorial. Estricto coetáneo de todos ellos, su condición de antiguo redactor de la El viejo topo, de co-director actual (con su esposa Graciela Speranza) de la prestigiosa revista Otra parte, de traductor profesional, de ensayista constante sobre literatura, música y cine en otros medios (como La Vanguardia y Clarín) e incluso de coordinador editorial de proyectos como “Shakespeare por escritores”, en extraño equilibrio con su experimentación literaria en el ámbito de la fantasía y de la ciencia-ficción –que ha dado a imprenta catorce libros de creación–, tal vez hagan de él, si no el mejor, sí el más polifacético e impuro de los escritores argentinos de la actualidad.
Cohen nació en el contexto de una familia judía del barrio de Once, donde la ausencia de libros y la inopia religiosa se compensaba con la mezcla de nacionalidades europeas, en forma de abuelos, tíos, primos y lenguas diversas. La hibridación también estuvo presente en los gustos del joven lector: la historieta, la anticipación y el marxismo de la infancia y la adolescencia dieron paso a los grandes poetas y novelistas del XX, el rock, el jazz, la política y la psicodelia en la juventud. Llegó a Barcelona en 1975, poco antes del golpe de estado de Videla, y se quedó veinte años, leyendo filosofía y combinando el periodismo con la traducción y con la escritura de ficción. Regresó a Buenos Aires por amor. Y allí continúa.
II
Se ha convertido en un tópico decir que un escritor “ha creado un mundo con su obra”. Cualquier persona posee “un mundo” en ese sentido: la trama de las obsesiones y los espacios que definen una personalidad y, en el artista, su poética. El esfuerzo de Marcelo Cohen es de otra índole: pertenece a la tradición de los escritores que han construido, libro a libro, realmente un mundo: autónomo, con coherencia interna, edificable tan sólo con mecanismos literarios. La geografía de ese mundo se llama El Delta Panorámico. Un archipiélago. Tanto desde la mirada de un satélite como desde la de un microscopio, así vemos la literatura de Cohen: como un sistema cristalizado, como un organismo conectado por venas o sinopsis, como un sinfín de islas en red. En dos dimensiones necesariamente complementarias: el de las palabras y el de las cosas. Las narraciones de Cohen están pobladas de robots, termometritos, flaycoches, cafetos, brachos, animales biónicos; y son recorridas por la omnipresencia de los pantallator y de la Panconciencia. No son sólo palabras: a copia de presencia se han convertido en realidades. El lenguaje literario, pese a su relación problemática y crítica con la realidad histórica, designa un universo paralelo, que exige un nuevo testamento, nuevas ciencias y filosofías, una nueva hermenéutica. Cohen obliga al lector a aprender a leer de nuevo. Para poder leerle.
La exigencia que ese aprendizaje reclama, tan propia del siglo XX, está en crisis en nuestros días. Por eso, su literatura, instalada en el futuro, depende de una disciplina personal propia del pasado. De su conservación quizá dependa la pervivencia de lo literario tal como ha sido entendido hasta ahora. Pero el proyecto artístico de Cohen, a diferencia de tantos otros de nuestro cambio de siglo, no tematiza esa posible extinción. Entre las estrategias de desestabilización que la propia prosa pone en marcha, se encuentra la de poner en duda cualquier concepción monolítica de la literatura y del tiempo. Como lo humano, sobreviven a golpe de impureza.
III
Impureza (2007) manipula la lengua argentina hasta llevarla a un ámbito nuevo. Y lo hace mediante el diálogo con antiguos discursos de la sentimentalidad nacional, como el tango, e idiolectos de la marginalidad tradicional, como el lunfardo; en relación con una semántica creada por el escritor a partir de préstamos de otras lenguas, anglicismos sobre todo, sufijos y prefijos de carácter vulgar o coloquial, procedimientos neologistas inspirados en el lenguaje de las clases populares y de los inmigrantes del siglo XXI, que se expresan en las letras de la cumbia, del cuarteto, del rap y de otras músicas bastardas.
El diálogo no se da solamente en la lengua La deriva de los personajes recuerda a la de personajes reales de nuestra época, como Gilda o Rodrigo, cantantes malditos. Esas interferencias, esas duplicaciones, esas máscaras nunca claras, porque no existe un único modelo del personaje ni un único modelo narrativo ni un único fenómeno histórico que analizar, multiplican las lecturas posibles. En Impureza nos encontramos, simultáneamente, ante un relato sentimental (música, amor, idolatría, amistad, tristeza, tango), político (la gestión de lo popular por parte de poderes diversos, la memoria como una presunta obligación ciudadana) y metadiscursivo (la impureza de la música, de la ficción, de las palabras que les dan forma).
“Había licuado la gran literatura realista del dinero, el adulterio burgués y el arribismo social, y los espaciotiempos desplazados de las formas experimentales, en las emociones sencillas del culebrón tecno”: este sería quizá un resumen de la nouvelle. Las herramientas para lograr lo nuevo a través del collage de viejos elementos son el mix y el sampleo (palabras presentes en el relato). Dos mecanismos propios de la música contemporánea. En su doble faceta de crítico musical y literario, Cohen ha hablado de cómo el jazz puede suponer “el triunfo de la música sobre el dolor y la alianza de emoción y de intelecto” y de la “pasmosa incapacidad del tango para acordar su tradición” con el Buenos Aires del presente. Más allá de una clave para la lectura de Impureza, tenemos en esas dos ideas tanto una reedición de la alianza simbolista entre música y literatura como un diálogo entre el adentro y el afuera de una cultura. Porque Cohen, que vivió durante dos décadas en Barcelona, interviene en la literatura argentina mediante el establecimiento constante de puentes entre varias orillas. El problema de la convivencia del jazz y del tango con la cumbia y el cuarteto remite a una pregunta: ¿Cómo se concilian hoy en Buenos Aires la herencia europea, la influencia norteamericana y la hibridación de diversas culturas latinoamericanas? Para abordar esa cuestión, Cohen ha creado un género parcialmente fantástico, un mundo casi autárquico y un lenguaje tecnológicamente sintonizado.
IV
La existencia de la Panconciencia, una suerte de incómoda realidad virtual a la que se conectan los ciudadanos del Delta Panorámico, permite crear una primera bipolarización en el mundo de Marcelo Cohen, la que se establece entre ella y cada sujeto. A partir de esa grieta en el sistema de relaciones se puede entender el resto: las amistades que se rompen, los amores que no fraguan, las formas de familia y de comunidad indefinidas, la multiplicidad del yo.
En los relatos de Cohen siempre encontramos el diálogo interior, variaciones psicoanalíticas que revelan cada conciencia como un espacio de conversación. Como si cada cabeza fuera el seno de una comunidad. En “El fin de la palabrística” (Los acuáticos, 2001), donde se fabula con la creación de comunidades de gimnastas que forman estructuras humanas en forma de mensajes lingüísticos, el narrador escribe: “Veo las grietas de esta comunidad; por ahí penetro y rasgo”. En Donde no estaba, el protagonista sufre una enfermedad cerebral que también repercute en su vida (el diario que leemos y que configura la novela) como una fractura. De hecho, si el psicoanálisis está presente en la figura constante del Locutor Interior y en la teoría del sujeto como suma de voces subyacente en la obra de Cohen, la neurología entra en su literatura para reactualizar esa tradición, ya antigua. “La ‘brecha explicativa’”, leemos, “es un concepto con el cual / los neurólogos intentan explicar por qué / no pueden afirmar sin titubeos que la conciencia humana / es de naturaleza puramente material y no una forma, / diríamos, de espíritu”. Las 726 páginas de Donde no estaba se podrían sintetizar con una palabra extraída de un artículo sobre Oliver Sacks del propio Cohen: “neuromelodrama”.
Marcelo Cohen es traductor profesional: desde los versos de Shakespeare hasta la ciencia ficción actual han pasado por su red neuronal. En la mente del traductor, textos dispares son sampleados, reapropiados, reciclados, vueltos a utilizar. En el ensayo “Pequeñas batallas por la propiedad de la lengua”, el autor de El oído absoluto (1997) ha dicho: “Creo que lugares así, traducciones o ficciones digamos originales, son también encuentros de voces, de multitud de voces, y centros desechables, locales para siempre provisionales, de agitación de la lengua del estereotipo, ahora cada vez más internacional, en pro de una expresión polimorfa, no adaptativa, no neutral sino altamente impura”.
Su literatura une dos islas no siempre superpuestas: la palabra y la cosa. Desde su estilo que abunda en la bimembración y en la paradoja (“silencio abismal del Locutor Interior”, “una ballesta amortajada, insoportablemente tensa”, “proyecto de levedad democrática”, “música sin clímax”) hasta el plan general de su obra, pasando por la articulación de múltiples yoes, la obra de Marcelo Cohen constituye un archipiélago extraño en el panorama del delta de la literatura contemporánea. Unión conflictiva de las impurezas arrastradas por el río del siglo XX y el futuro inmenso del océano del XXI.