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PUENTES IBEROAMERICANOS

UNO

Tres libros recientes, de autores argentinos y españoles, comparten la fascinación por un espacio que, en principio, podría parecer literariamente anacrónico, aunque no lo sea desde un punto de vista histórico. Me refiero al lounge y sus equivalentes. Esa presencia, compartida por Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, Exhumación, de Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez, y Furia y Clase, de Luis Diego Fernández, podría tener menos sintonía con lo contemporáneo que el espacio virtual (el chat, la red social) como lugar de encuentro por excelencia del siglo XXI. Es sólo una apariencia, porque el encuentro físico sigue dándose y sigue siendo motor no sólo de vida literaria, sino de modelo de literatura. La literatura actual más o menos costumbrista, escrita en Buenos Aires, Madrid o Barcelona, registra, documenta la presencia de bares, clubes, discotecas, antros de alterne, porque son centros de intercambio emocional, vital, literario absolutamente vigentes. La interpretación teórica de Fernández revela una dimensión política del lounge del siglo XXI que puede aplicarse a los libros de Oloixarac (potente ficción política) y de Miguel y Rodríguez (potente ficción micropolítica). Leemos: “El propio Marx se recibió con una tesis sobre Epicuro y Demócrito (…) la izquierda nace del placer” y “No necesitamos doble apellido. Ningún gran dandy fue  noble: ni Brummel, ni Byron, ni Wilde, ni nadie, ni fuckin nadie lo fue. Es al revés: llegaron a los grandes salones de los nobles para reírse de ellos ysnobear con su distanciamiento paródico, aprovechando de sus placeres. Es al revés: los príncipes quieren ser dandies porque descender es lo mejor. No sentirse heredar nada. Sino moldearte como forma en la arena”.

El distanciamiento paródico: los espejos y las luces del lounge como trasfondo valle-inclanesco del siglo XXI.

Obviamente, el lounge, la fiesta chic, es un espacio privilegiado del erotismo: en las páginas finales de Las teorías salvajes, un catálogo de realidades virtuales y reales de interacción corporal y política, encontramos el Zarpe Diem, en cuyo pasillo un personaje “se rozó más o menos lascivamente con unas veinte personas; la retórica espacial del pasillo favorecía los escarceos”. La fiesta sexuada en una de las constantes que articulan la novela. En contra de la promiscuidad sexual de Oloixarac, Exhumación parece reivindicar el sexo con amor (“Follar con desnocidos no mola NADA”), pero retrata la promiscuidad de los cuerpos nocturnos, la comunión propiciada por el DJ, el ruido musical y su posible traducción literaria.

“Querida, no puedes seguir siendo profunda sin superficie”, leemos en la novela hiperbreve de Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez. En nuestra época, la pantalla es tan tridimensional como la vida misma. Si en Exhumación no la encontramos representada es porque en la novela lo real es visto, naturalmente, sin necesidad de artificio explícito, a través de píxeles, ventanas que se abren y que se cierran. Supongo que ese tránsito se cifra el gran cambio de paradigma de la literatura contemporánea.

DOS

Me fascina cierta literatura iberoamericana, escrita sobre todo por mujeres, que pone la lengua en el primer plano. La lengua escrita y la lengua de la boca, como dos cuerpos superpuestos. Entre mis lecturas recientes, Fruta podrida, de Lina Meruane, Geografía de la lengua, de Andrea Jeftanovich, Lo anterior, de Cristina Rivera Garza podrían ser ejemplos relevantes de esa obsesión compartida (en España, Menchu Gutiérrez, en Venezuela, Victoria de Stefano, etc.). En el caso de Geografía de la lengua, a la fuerza política implícita que acostumbramos a encontrar en los libros de esas autoras, se le suma una voluntad explícita de trabajar la historia y la política de nuestros días. La metáfora del precio del crudo, en relación directa con atentados terroristas y guerras de represalia, amplía el sobresentido de los sucesos emocionales, de la historia de amor. Aparecen, directamente, el 11-S y los atentados de Atocha. La década al rojo vivo. Como en la segunda parte de Mujeres que dicen adiós con la mano, de Diego Doncel, que ficcionaliza a una ladrona de bebés, traumatizada por el 11-M. Leemos: “Mi hija, la niña de las piernas señaladas por la metralla, está llorando desconsoladamente cuando llego. Tiene surcos rojos de lágrimas atravesándole las pequeñas cicatrices de la cara y en no se sabe cómo está llamando a su cuidadora. Es sólo ruido fónico, golpes imprecisos de sílabas, un prelenguaje que se crea en su propia garganta y sus cuerdas vocales.”

En la fidelidad a la lengua explícita como material del texto se cifra, supongo, la validez del cambio de paradigma (de lo real a la pantalla como realidad), el cordón umbilical con el origen del arte contemporáneo.

FOGWILL

LA LENGUA DE FOGWILL

Rodolfo Enrique Fogwill está a punto de cumplir 70 años y su lengua sigue tan afilada como siempre. Las arrugas del rostro y el pelo cano subrayan la presencia de esos ojos que acostumbran a desorbitarse en las fotografías, pero al abrir la boca la mirada de quien lo escucha no puede evitar concentrarse en las palabras que son disparadas bajo ese bigote también blanco. Como si la lengua tuviera vida propia y no siempre sintonizara con la cabeza que la acoge. Cuando no está de actualidad por un nuevo libro, el autor de Los libros de la guerra (Mansalva, 2008) es noticia por su penúltima declaración polémica.

Dos son las novedades editoriales de Fogwill en las librerías españolas. Por un lado, Cuentos completos, que ha publicado Alfaguara España pocos meses después de que apareciera en Argentina. Por el otro, Los pichiciegos, séptima edición en español de su novela más conocida, publicada por primera vez en 1983: “Periférica la pagó muy bien y espero que no termine tan mal como las anteriores editoriales”, dice la lengua incorregible. La editorial que dirige Julián Rodríguez ha lanzado otros dos títulos del autor argentino, Help a él (2007) y Un guión para Artkino (2009). Se trata de una operación de doble relectura: por un lado, para el público español, que no ha tenido un acceso normalizado a las tres décadas de escritura de Fogwill (su poesía, por ejemplo, sigue siendo aquí desconocida); por el otro, para el propio autor, que ha rescatado en los últimos tiempos textos olvidados en un cajón desde finales de los 70 y principios de los 80, es decir, desde la época de sus primeros libros de poemas y de Los pichiciegos.

A esa época remite el cuento que abre el volumen, “Dos hilitos de sangre”, que habla de detenciones ilegales y de desapariciones escabrosas: “ya nadie se acuerda de la complicidad de todos los argentinos con la guerra sucia”, afirma Fogwill.  Su personal lenguaje, lleno de hallazgos estilísticos (“Todo llovió”; “El London Dry se volvía a hacer hielo en mi estómago”), es el hilo conductor de todos los relatos. Entre los temas, destacan la política y la violencia, las drogas y el sexo. La crítica y el exceso. Una y otra vez alude a su etapa cocainómana y a sus novias veinteañeras, por las que Fogwill recuerda a otro viejo rockero argentino, Charly García. Dionisos penetra en la ficción, la voz de la persona (histórica) se confunde con la del narrador (textual): “No quedan vírgenes; mujeres vírgenes. Tengo sesenta y cuatro años y puedo atestiguarlo”, leemos en “Luz mala”.

La mitología de la creación de Los pichiciegos, en plena guerra de Malvinas, es de sobras conocida, pero no importa repetirla: “en doce horas terminé la mitad de la novela, y la otra mitad en tres días”. Ninguna editorial se atrevió a publicarla, porque el tema de la guerra era demasiado sensible para la opinión pública hipnotizada. Los jóvenes soldados morían en las islas mientras los ciudadanos donaban sus relojes para recaudar fondos. Visto con distancia, la unanimidad con que el pueblo argentino apoyó el conflicto bélico con Gran Bretaña, en plena dictadura militar, parece demencial. La lengua es lúcida: “los servicios de inteligencia y las corporaciones fortalecieron la idea de que la guerra enloquecía a la gente”, de modo que se preparaba la recepción de los soldados, que todavía no habían vuelto del frente, “para callarlos, para silenciarlos; hoy en día los supervivientes de Malvinas son parias”.

Fogwill era consciente, mientras la guerra sonaba en la radio y él escribía febrilmente, que la suya sería la primera novela sobre Malvinas. Han aparecido muchas ficciones desde entonces. Entre ellas destaca la excelente novela beckettiana Una puta mierda (2007), de Patricio Pron. La lengua no descansa: “Son todas una mierda. Ésa no es una novela para impactar como impacta la mía, no durará treinta años. Patricio sí durará, lo adivino, yo lo admiro; pero no lo hará esa novela”. En Buenos Aires Fogwill es famoso por su generosidad con los nuevos escritores. Cuando localiza obras interesantes, las compra, las regala, las elogia en público, las recomienda a editoriales españolas. De lo que ha leído en los últimos tiempos destaca Opendoor (Entropía, Argentina, 2006; Caballo de Troya, 2009), de Iosi Havilio, y Bajo este sol tremendo (Anagrama, 2009), de Carlos Busqued. Cuando le preguntan por Las teorías salvajes (Entropía, 2008; Alpha Decay, 2010), de Pola Oloixarac, que ha tenido muchísima más repercusión que esas otras dos novelas, la lengua se reactiva, incombustible: “No me interesó, pero ella es una lista total, una buena actriz, tiene un buen estado físico, es una excelente soprano, podría haber hecho una brillante carrera musical”.

DAMIÁN TABAROVSKY

“El insomne”, la columna mensual que Damián Tabarovsky publica en la revista Quimera, se ha convertido en un lugar de referencia para entender (parcialmente, el discurso del autor de Literatura de izquierdas, pese a su innegable ambición, es un discurso de la parcialidad) las relaciones que hoy día, en plena post-vanguardia, se dan (o pueden darse) entre narración e ideología, entre Teoría y texto de creación, entre la literatura argentina y la española. Nadie debería perderse esas columnas, que espero que algún día se conviertan en un libro de insomnios. Esperando a la siguiente, cada domingo leo la columna que Tabarovsky publica en el diario Perfil. El link a la de hoy viene a cuento porque insiste en un debate planteado recientemente en este blog: La Gran Novela de la Teoría.

VIENE DE WWW.JORGECARRION.COM

pero no sólo porque una literatura que ha cobrado conciencia de serlo puede interrogarse por la escritura desde la propia escritura, sino porque se hace presente la necesidad de encontrar otras formas de representación ante las inexorables dificultades que hay que vencer para –en términos de Brecht– ‘escribir la verdad’. Es un desafío que da lugar a estrategias narrativas; advertirlas implica advertir cambios en el sistema literario por entero.”

Martín Kohan, “Historia y literatura: la verdad de la narración” (Historia crítica de la literatura argentina, vol. 11)

MARCELO COHEN

LA MÚSICA DE LA IMPUREZA
CUATRO APUNTES SOBRE MARCELO COHEN

“La última novela del mejor escritor argentino contemporáneo”: con semejantes palabras estampadas en una faja se publicitó en Argentina Donde no estaba (2006), de Marcelo Cohen (Buenos Aires, 1951). Si se tiene en cuenta que hace más de doce años que Piglia no publica una nueva novela; que hace más de cuatro que murió Saer; que Fogwill es mejor polemista que novelista; que Fresán es visto cada vez menos como argentino en Argentina; y que Aira no practica el género de la novela sino el de la nouvelle, se entenderá mejor la osadía del marketing editorial. Estricto coetáneo de todos ellos, su condición de antiguo redactor de la El viejo topo, de co-director actual (con su esposa Graciela Speranza) de la prestigiosa revista Otra parte, de traductor profesional, de ensayista constante sobre literatura, música y cine en otros medios (como La Vanguardia y Clarín) e incluso de coordinador editorial de proyectos como “Shakespeare por escritores”, en extraño equilibrio con su experimentación literaria en el ámbito de la fantasía y de la ciencia-ficción –que ha dado a imprenta catorce libros de creación–, tal vez hagan de él, si no el mejor, sí el más polifacético e impuro de los escritores argentinos de la actualidad.
Cohen nació en el contexto de una familia judía del barrio de Once, donde la ausencia de libros y la inopia religiosa se compensaba con la mezcla de nacionalidades europeas, en forma de abuelos, tíos, primos y lenguas diversas. La hibridación también estuvo presente en los gustos del joven lector: la historieta, la anticipación y el marxismo de la infancia y la adolescencia dieron paso a los grandes poetas y novelistas del XX, el rock, el jazz, la política y la psicodelia en la juventud. Llegó a Barcelona en 1975, poco antes del golpe de estado de Videla, y se quedó veinte años, leyendo filosofía y combinando el periodismo con la traducción y con la escritura de ficción. Regresó a Buenos Aires por amor. Y allí continúa.

II

Se ha convertido en un tópico decir que un escritor “ha creado un mundo con su obra”. Cualquier persona posee “un mundo” en ese sentido: la trama de las obsesiones y los espacios que definen una personalidad y, en el artista, su poética. El esfuerzo de Marcelo Cohen es de otra índole: pertenece a la tradición de los escritores que han construido, libro a libro, realmente un mundo: autónomo, con coherencia interna, edificable tan sólo con mecanismos literarios. La geografía de ese mundo se llama El Delta Panorámico. Un archipiélago. Tanto desde la mirada de un satélite como desde la de un microscopio, así vemos la literatura de Cohen: como un sistema cristalizado, como un organismo conectado por venas o sinopsis, como un sinfín de islas en red. En dos dimensiones necesariamente complementarias: el de las palabras y el de las cosas. Las narraciones de Cohen están pobladas de robots, termometritos, flaycoches, cafetos, brachos, animales biónicos; y son recorridas por la omnipresencia de los pantallator y de la Panconciencia. No son sólo palabras: a copia de presencia se han convertido en realidades. El lenguaje literario, pese a su relación problemática y crítica con la realidad histórica, designa un universo paralelo, que exige un nuevo testamento, nuevas ciencias y filosofías, una nueva hermenéutica. Cohen obliga al lector a aprender a leer de nuevo. Para poder leerle.
La exigencia que ese aprendizaje reclama, tan propia del siglo XX, está en crisis en nuestros días. Por eso, su literatura, instalada en el futuro, depende de una disciplina personal propia del pasado. De su conservación quizá dependa la pervivencia de lo literario tal como ha sido entendido hasta ahora. Pero el proyecto artístico de Cohen, a diferencia de tantos otros de nuestro cambio de siglo, no tematiza esa posible extinción. Entre las estrategias de desestabilización que la propia prosa pone en marcha, se encuentra la de poner en duda cualquier concepción monolítica de la literatura y del tiempo. Como lo humano, sobreviven a golpe de impureza.

III

Impureza (2007) manipula la lengua argentina hasta llevarla a un ámbito nuevo. Y lo hace mediante el diálogo con antiguos discursos de la sentimentalidad nacional, como el tango, e idiolectos de la marginalidad tradicional, como el lunfardo; en relación con una semántica creada por el escritor a partir de préstamos de otras lenguas, anglicismos sobre todo, sufijos y prefijos de carácter vulgar o coloquial, procedimientos neologistas inspirados en el lenguaje de las clases populares y de los inmigrantes del siglo XXI, que se expresan en las letras de la cumbia, del cuarteto, del rap y de otras músicas bastardas.
El diálogo no se da solamente en la lengua La deriva de los personajes recuerda a la de personajes reales de nuestra época, como Gilda o Rodrigo, cantantes malditos. Esas interferencias, esas duplicaciones, esas máscaras nunca claras, porque no existe un único modelo del personaje ni un único modelo narrativo ni un único fenómeno histórico que analizar, multiplican las lecturas posibles. En Impureza nos encontramos, simultáneamente, ante un relato sentimental (música, amor, idolatría, amistad, tristeza, tango), político (la gestión de lo popular por parte de poderes diversos, la memoria como una presunta obligación ciudadana) y metadiscursivo (la impureza de la música, de la ficción, de las palabras que les dan forma).
“Había licuado la gran literatura realista del dinero, el adulterio burgués y el arribismo social, y los espaciotiempos desplazados de las formas experimentales, en las emociones sencillas del culebrón tecno”: este sería quizá un resumen de la nouvelle. Las herramientas para lograr lo nuevo a través del collage de viejos elementos son el mix y el sampleo (palabras presentes en el relato). Dos mecanismos propios de la música contemporánea. En su doble faceta de crítico musical y literario, Cohen ha hablado de cómo el jazz puede suponer “el triunfo de la música sobre el dolor y la alianza de emoción y de intelecto” y de la “pasmosa incapacidad del tango para acordar su tradición” con el Buenos Aires del presente. Más allá de una clave para la lectura de Impureza, tenemos en esas dos ideas tanto una reedición de la alianza simbolista entre música y literatura como un diálogo entre el adentro y el afuera de una cultura. Porque Cohen, que vivió durante dos décadas en Barcelona, interviene en la literatura argentina mediante el establecimiento constante de puentes entre varias orillas. El problema de la convivencia del jazz y del tango con la cumbia y el cuarteto remite a una pregunta: ¿Cómo se concilian hoy en Buenos Aires la herencia europea, la influencia norteamericana y la hibridación de diversas culturas latinoamericanas? Para abordar esa cuestión, Cohen ha creado un género parcialmente fantástico, un mundo casi autárquico y un lenguaje tecnológicamente sintonizado.

IV

La existencia de la Panconciencia, una suerte de incómoda realidad virtual a la que se conectan los ciudadanos del Delta Panorámico, permite crear una primera bipolarización en el mundo de Marcelo Cohen, la que se establece entre ella y cada sujeto. A partir de esa grieta en el sistema de relaciones se puede entender el resto: las amistades que se rompen, los amores que no fraguan, las formas de familia y de comunidad indefinidas, la multiplicidad del yo.
En los relatos de Cohen siempre encontramos el diálogo interior, variaciones psicoanalíticas que revelan cada conciencia como un espacio de conversación. Como si cada cabeza fuera el seno de una comunidad. En “El fin de la palabrística” (Los acuáticos, 2001), donde se fabula con la creación de comunidades de gimnastas que forman estructuras humanas en forma de mensajes lingüísticos, el narrador escribe: “Veo las grietas de esta comunidad; por ahí penetro y rasgo”. En Donde no estaba, el protagonista sufre una enfermedad cerebral que también repercute en su vida (el diario que leemos y que configura la novela) como una fractura. De hecho, si el psicoanálisis está presente en la figura constante del Locutor Interior y en la teoría del sujeto como suma de voces subyacente en la obra de Cohen, la neurología entra en su literatura para reactualizar esa tradición, ya antigua. “La ‘brecha explicativa’”, leemos, “es un concepto con el cual / los neurólogos intentan explicar por qué / no pueden afirmar sin titubeos que la conciencia humana / es de naturaleza puramente material y no una forma, / diríamos, de espíritu”. Las 726 páginas de Donde no estaba se podrían sintetizar con una palabra extraída de un artículo sobre Oliver Sacks del propio Cohen: “neuromelodrama”.
Marcelo Cohen es traductor profesional: desde los versos de Shakespeare hasta la ciencia ficción actual han pasado por su red neuronal. En la mente del traductor, textos dispares son sampleados, reapropiados, reciclados, vueltos a utilizar. En el ensayo “Pequeñas batallas por la propiedad de la lengua”, el autor de El oído absoluto (1997) ha dicho: “Creo que lugares así, traducciones o ficciones digamos originales, son también encuentros de voces, de multitud de voces, y centros desechables, locales para siempre provisionales, de agitación de la lengua del estereotipo, ahora cada vez más internacional, en pro de una expresión polimorfa, no adaptativa, no neutral sino altamente impura”.
Su literatura une dos islas no siempre superpuestas: la palabra y la cosa. Desde su estilo que abunda en la bimembración y en la paradoja (“silencio abismal del Locutor Interior”, “una ballesta amortajada, insoportablemente tensa”, “proyecto de levedad democrática”, “música sin clímax”) hasta el plan general de su obra, pasando por la articulación de múltiples yoes, la obra de Marcelo Cohen constituye un archipiélago extraño en el panorama del delta de la literatura contemporánea. Unión conflictiva de las impurezas arrastradas por el río del siglo XX y el futuro inmenso del océano del XXI.



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