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PRIMERA CRÓNICA NIPONA

Tokyo Hotel y parejas de tango japo-argentinas. Lost in translation, El mapa de los sentidos de Tokyo, Kill Bill. Hiro (Heroes), Sun (Lost), John Cho (Flashforward). El reflejo de Japón y, sobre todo, de su capital en los productos culturales occidentales de nuestra época va más allá de la música, del cine y de las teleseries norteamericanas. También la literatura hispánica se ha sentido atraída por ese imán simbólico que centrifuga la historia y los mitos y los convierte en iconos pop, lugar donde los robots existen y no son amenazas y se someten a la lógica del pret-à-porter, donde los sátiros son pulpos extraterrestres con pollas kilométricas en vez de patas kilométricas, donde el arte de podar árboles enanos o de crear centros florales se convierte en un modelo internacional de gestión de la autoayuda. Pienso en la leve presencia de lo japonés en las últimas novelas breves de Mario Bellatin; o en Ednodio Quintero, el samurai de los Andes. Pienso en la última novela de Ricardo Piglia, Blanco nocturno, con su personaje argentino-nipón. Pienso en tres novelas españolas de los últimos años tienen la palabra “Tokyo” en su título: Tokio ya no nos quiere (1999), de Ray Loriga, Trenes hacia Tokio (2006), de Alberto Olmos, y Cosas que nunca ocurrirían en Tokio (2009), de Alberto Torres Blandina. Como si la capital nipona hubiera secretamente tutelado el cambio de siglo de la literatura española escrita por autores jóvenes (en el momento de optar por Tokyo para sus títulos). Los que nacimos en los setenta somos hijos tanto del Un, dos, tres como de El equipo A y Dragon Ball. Ese es el triángulo de las Bermudas en que se mareó el imaginario de toda una generación.

El avión aterriza en el aeropuerto de Narita.

Ciento cincuenta adolescentes japonesas, con su falda a cuadros y con sus calcetines blancos y con la mano que les tapa la boca cuando cuchichean, son retenidas en sus asientos por sus profesoras. Ciento cincuenta adolescentes japoneses, con sus camisas a cuadros y sus relojes caros, son controlados al mismo tiempo por sus profesores. Trescientos adolescentes japoneses, con sus corbatas de cuadros y todas sus hormonas, aguardan el momento, a mis espaldas, de salir de este boeing de Japan Airlines.

Les veo futuro.

Serán las siete horas de diferencia horaria.

Leo:

- Estamos en Tokio –dice Kokoro.

- En los intestinos estamos –pienso.

Leo, también:

La arquitectura está enamorada de sí misma.

Las azafatas, desde el interior de ese híbrido de uniforme de aerolínea y kimono floreado, nos dicen adiós (supongo).

PUENTES IBEROAMERICANOS

UNO

Tres libros recientes, de autores argentinos y españoles, comparten la fascinación por un espacio que, en principio, podría parecer literariamente anacrónico, aunque no lo sea desde un punto de vista histórico. Me refiero al lounge y sus equivalentes. Esa presencia, compartida por Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, Exhumación, de Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez, y Furia y Clase, de Luis Diego Fernández, podría tener menos sintonía con lo contemporáneo que el espacio virtual (el chat, la red social) como lugar de encuentro por excelencia del siglo XXI. Es sólo una apariencia, porque el encuentro físico sigue dándose y sigue siendo motor no sólo de vida literaria, sino de modelo de literatura. La literatura actual más o menos costumbrista, escrita en Buenos Aires, Madrid o Barcelona, registra, documenta la presencia de bares, clubes, discotecas, antros de alterne, porque son centros de intercambio emocional, vital, literario absolutamente vigentes. La interpretación teórica de Fernández revela una dimensión política del lounge del siglo XXI que puede aplicarse a los libros de Oloixarac (potente ficción política) y de Miguel y Rodríguez (potente ficción micropolítica). Leemos: “El propio Marx se recibió con una tesis sobre Epicuro y Demócrito (…) la izquierda nace del placer” y “No necesitamos doble apellido. Ningún gran dandy fue  noble: ni Brummel, ni Byron, ni Wilde, ni nadie, ni fuckin nadie lo fue. Es al revés: llegaron a los grandes salones de los nobles para reírse de ellos ysnobear con su distanciamiento paródico, aprovechando de sus placeres. Es al revés: los príncipes quieren ser dandies porque descender es lo mejor. No sentirse heredar nada. Sino moldearte como forma en la arena”.

El distanciamiento paródico: los espejos y las luces del lounge como trasfondo valle-inclanesco del siglo XXI.

Obviamente, el lounge, la fiesta chic, es un espacio privilegiado del erotismo: en las páginas finales de Las teorías salvajes, un catálogo de realidades virtuales y reales de interacción corporal y política, encontramos el Zarpe Diem, en cuyo pasillo un personaje “se rozó más o menos lascivamente con unas veinte personas; la retórica espacial del pasillo favorecía los escarceos”. La fiesta sexuada en una de las constantes que articulan la novela. En contra de la promiscuidad sexual de Oloixarac, Exhumación parece reivindicar el sexo con amor (“Follar con desnocidos no mola NADA”), pero retrata la promiscuidad de los cuerpos nocturnos, la comunión propiciada por el DJ, el ruido musical y su posible traducción literaria.

“Querida, no puedes seguir siendo profunda sin superficie”, leemos en la novela hiperbreve de Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez. En nuestra época, la pantalla es tan tridimensional como la vida misma. Si en Exhumación no la encontramos representada es porque en la novela lo real es visto, naturalmente, sin necesidad de artificio explícito, a través de píxeles, ventanas que se abren y que se cierran. Supongo que ese tránsito se cifra el gran cambio de paradigma de la literatura contemporánea.

DOS

Me fascina cierta literatura iberoamericana, escrita sobre todo por mujeres, que pone la lengua en el primer plano. La lengua escrita y la lengua de la boca, como dos cuerpos superpuestos. Entre mis lecturas recientes, Fruta podrida, de Lina Meruane, Geografía de la lengua, de Andrea Jeftanovich, Lo anterior, de Cristina Rivera Garza podrían ser ejemplos relevantes de esa obsesión compartida (en España, Menchu Gutiérrez, en Venezuela, Victoria de Stefano, etc.). En el caso de Geografía de la lengua, a la fuerza política implícita que acostumbramos a encontrar en los libros de esas autoras, se le suma una voluntad explícita de trabajar la historia y la política de nuestros días. La metáfora del precio del crudo, en relación directa con atentados terroristas y guerras de represalia, amplía el sobresentido de los sucesos emocionales, de la historia de amor. Aparecen, directamente, el 11-S y los atentados de Atocha. La década al rojo vivo. Como en la segunda parte de Mujeres que dicen adiós con la mano, de Diego Doncel, que ficcionaliza a una ladrona de bebés, traumatizada por el 11-M. Leemos: “Mi hija, la niña de las piernas señaladas por la metralla, está llorando desconsoladamente cuando llego. Tiene surcos rojos de lágrimas atravesándole las pequeñas cicatrices de la cara y en no se sabe cómo está llamando a su cuidadora. Es sólo ruido fónico, golpes imprecisos de sílabas, un prelenguaje que se crea en su propia garganta y sus cuerdas vocales.”

En la fidelidad a la lengua explícita como material del texto se cifra, supongo, la validez del cambio de paradigma (de lo real a la pantalla como realidad), el cordón umbilical con el origen del arte contemporáneo.

MADRID / BARCELONA

MADRID/BARCELONA

En Mejorando lo presente. Poesía española última: posmodernidad, humanismo y redes (Caballo de Troya), Martín Rodríguez-Gaona ha trazado un muy recomendable panorama de la literatura española actual. Son muchos los aciertos del libro (la importancia que se le da a los blogs, la defensa de la pluralidad, la ambición de abarcar el mayor número posible de aspectos); sin embargo quiero detenerme en un posible problema: “Aun cuando Madrid y Barcelona se reparten el 70% de la producción editorial de España, la concentración de medios periodísticos de alcance nacional (El País, ABC, El Mundo) e instituciones culturales potentes (La Residencia de Estudiantes, La Casa de América, El Círculo de Bellas Artes), fuera de la capitalidad política, marca la predominante influencia de Madrid en el mundo literario”.

Discrepo de esa afirmación. No sólo considero muy limitada la influencia de esas instituciones, sino que creo que la cuestión de fondo ya no es la tradicional oposición entre Madrid y Barcelona. Sobre todo en el relevo generacional de este cambio de siglo. No hay duda de que existen poéticas muy interesantes de autores madrileños (como las de Mercedes Cebrián, Elvira Navarro, Isaac Rosa, Elena Medel o Javier Moreno). La vanguardia de la ficción (poética), de hecho, está en libros poderosos y madrileños como Exhumación, de Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez (de la editorial barcelonesa Alpha Decay). Pero España se ha convertido en un país multiperiférico y la gran renovación de su literatura del siglo XXI se ha producido al margen de su capital. Pienso en Juan Francisco Ferré (Málaga), en Ricardo Menéndez Salmón (Gijón), en Vicente Luis Mora, Mario Cuenca Sandoval y Pablo García Casado (Córdoba), en Agustín Fernández Mallo (Mallorca), en Julián Rodríguez (Cáceres), en Manuel Vilas (Zaragoza), en Germán Sierra (Santiago de Compostela), en Eloy Fernández Porta, Lolita Bosch, Javier Calvo o Robert Juan-Cantavella (Barcelona). Por citar algunos nombres, cuya consolidación en el sistema literario español no ha guardado relación con las instituciones que cita Rodríguez Gaona, sino con editoriales cordobesas y barcelonesas, con blogs deslocalizados, con encuentros en Málaga o en Santiago, con revistas de Barcelona. Al fin hemos superado los límites estrechos del Café Gijón.

TEORIAFOBIA

TEORÍAFOBIA

HIPÓTESIS SOBRE LA LITERATURA ESPAÑOLA ESTRICTAMENTE CONTEMPORÁNEA

Este ensayo parte de la lectura en Buenos Aires de un artículo de Javier Marías, el 27 de julio de 2008. En él el autor de Negra espalda del tiempo arremetía contra la supuesta miopía de “los críticos”, un ente abstracto, supuestamente opuesto al de “los escritores”. Ponía ejemplos históricos de los juicios errados sobre obras maestras; callaba los juicios acertados, de críticos profesionales, de investigadores académicos, de escritores de creación que son además investigadores o críticos profesionales, o ambas cosas, o ninguna, además de periodistas culturales, editores o profesores universitarios –no hay profesión más heterogénea que la de escritor. El propio Marías es traductor, articulista, editor y académico, además de escritor de creación. Pero lo interesante no es constatar esa obviedad, sino preguntarse por qué Marías no quiere verse a sí mismo como un crítico: cuál es su posición respecto a otra abstracción problemática, la Teoría.

La cuestión se me hizo pertinente aquel mismo día 27, en casa de unos amigos, donde tuve oportunidad de hojear Crítica y ficción (1986), de Ricardo Piglia, en cuyas primeras páginas leemos: “No creo que existan escritores sin teoría: en todo caso la ingenuidad, la espontaneidad, el antiintelectualismo son una teoría, bastante compleja y sofisticada, por lo demás, que ha servido para arruinar a muchos escritores” (Anagrama, 2001, pág. 10). El posicionamiento pigliano es claro: la Teoría es inevitable, porque es intrínseca a la literatura contemporánea; negarla conduce a menudo a un callejón sin salida. Tres páginas después, Piglia formula su famosa teoría que equipara crítica y autobiografía: “Alguien escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas”. Las apreciaciones son relevantes y, creo, extrapolables al conjunto de la literatura argentina más importante de la posmodernidad: la teoría crítica que el escritor de creación elabora tiene que distanciarse necesariamente de la que se produce en otros ámbitos (la prensa cultural, la Academia). En el caso de Piglia, mediante la equiparación de lectura y creación artística; en el de Aira, gracias a una calculadísimo dispositivo de circulación del género “ensayo de autor”; en el de Fogwill, con el uso de la polémica como intervención performática; en el de Saer, con la antología de artículos exquisitamente escritos, sin referencias bibliográficas ni notas a pie de página (como sería de esperar en alguien que, como Piglia, era profesor de universidad).

Mi lectura –como siempre– geográficamente desplazada me condujo –todavía aquel día 27– a una hipótesis de trabajo: la literatura argentina de la posmodernidad se construye a través de la teoríafilia, mientras que la literatura española de la misma época (digamos: los últimos cuarenta años) responde al impulso antitético: la teoríafobia. El día anterior había leído El texto y sus voces (1986), de Enrique Pezzoni, quien en la nota introductoria escribe: “El crítico compone la biografía de la literatura, que es su autobiografía”; y a renglón seguido, en “Transgresión y normalización en la narrativa argentina contemporánea” (1970), afirma que Borges fue al mismo tiempo paradigma de la literatura del decoro y de la literatura de la ruptura.

Huérfana de una figura central como la borgeana, cabe preguntarse cómo ha lidiado la literatura española con esa orfandad y con esos dos polos, y con otros que de ellos se derivan: la continuidad y la ruptura, lo correcto y lo incorrecto, lo aceptado y lo rechazado (o pendiente de evaluación), lo viejo y lo nuevo –en fin. Hay que hacerlo desde la percepción que tenemos a finales de la primera década del siglo XXI: esas categorías son inestables y borrosas, sólo la distancia permite atreverse a afirmar con cierta rotundidad algo sobre ellas (lo mismo ocurre con la supuesta “centralidad” de los escritores: no hay nada más arbitrario y, no obstante, irrefutable).

En enero de 2009 consumo mis tardes en la biblioteca del Instituto Cervantes de Tel Aviv, no en vano bautizada como “Camilo José Cela”. Premio Nobel de Literatura 1989, Cela es lo más parecido a un escritor de ficción central que ha habido en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX (la primera perteneció a los poetas). En el XIX tuvimos a Galdós, pero ahora sabemos que el autor central de la segunda mitad de ese siglo fue Clarín. A partir de Cela se podrían establecer algunas parejas que, de un modo u otro, constituyen los binarismos a partir de los cuales la literatura española avanza o retrocede durante medio siglo: Cela y Miguel Delibes (los cincuenta), Cela y Juan Marsé (los sesenta), Cela y Juan Goytisolo (los setenta). Ni Cela ni Delibes ni Marsé destacaron nunca por el cultivo del ensayo ni por la elaboración teoría. Es precisamente con Juan Goytisolo donde encontramos la fractura posmoderna en lo que respecta al juicio crítico sobre la calidad de una obra. Si Cela fue recibido con entusiasmo desde sus primeros libros, en parte debido a la tierra abrasada por la guerra civil, el Goytisolo posterior a Señas de identidad recibió suspicacias precisamente a causa de su uso de la lengua literaria. Por eso es necesario enfocar su figura.

Porque el autor de Señas de identidad (1966) sí ha producido, en paralelo a su obra de ficción, un considerable número de libros de ensayo, donde se puede reseguir el único intento importante por parte de un escritor de creación de traducir al español las lecciones de la crítica marxista, la semiótica bajtiniana, el estructuralismo, el post-estructuralismo o los estudios postcoloniales de Edward Said. Los textos críticos de Goytisolo, reunidos en volúmenes como El furgón de cola (1967) o Crónicas sarracinas (1982), dibujan un esfuerzo sostenido por comprender las corrientes de pensamiento de su época. En un contexto general de teoríafobia, el interés de Goytisolo por la escritura ensayística de fuerte contenido teórico plantea una pregunta obvia: ¿por qué?

La respuesta es dura: porque no había otro remedio. La única forma de que la literatura de creación de Juan Goytisolo pudiera ser entendida en tiempo presente por sus lectores ideales (los españoles) consistía en la creación, simultánea, de un espacio de lectura. No sólo en cuanto a los temas (la deconstrucción del individuo, la erotización del acto de escritura, la resignificación del espacio imperial, etc.), sino sobre todo en cuanto a las formas. Y, particularmente, en cuanto a la desviación de la norma. Porque el trabajo que –en la línea de Lezama Lima o Severo Sarduy– hizo Goytisolo con la lengua española, sus torsiones, su extrañamiento, su fecundación por lenguas vecinas, en España ha sido tradicionalmente percibido como desviación respecto a lo que tácitamente se entiende como “escribir bien”.

El escritor español más cercano a Goytisolo en ese sentido es Julián Ríos. El estado de la cuestión sobre el autor de Larva fue bien resumido recientemente por Juan Ángel Juristo en ABCD (9/2/2008), a propósito de la aparición de Cortejo de sombras, una novela escrita a finales de los sesenta que Ríos no ha publicado hasta ahora:

Hay que decirlo. Lo primero que le acoge al lector cuando comienza a leer este libro es una actitud de sorpresa ante la prosa límpida, cristalina, en perfecta trabazón de forma e intención, y la incidencia en una suerte de personajes que se quieren perfilar definidamente en pocas líneas. Tal es el poder de condensación de este estilo. La sorpresa, por desgracia, no es genuina, sino producto de un prejuicio que viene de muy atrás, pues desde la publicación de Larva muchos han querido ver en Julián Ríos un autor que se acogía al ejemplo de Finnegans Wake para ocultar defectos de escritura o imaginarias carencias de la misma. Desde luego, ello recuerda a esas críticas pedestres que se le hacían al Picasso cubista en el sentido de que pintaba así porque no sabía pintar «bien». No otro fue cierto nivel intelectual de la crítica española cuando, en su momento, se crucificó la obra de este autor. Los argumentos no pasaban de ahí.

La fusión de teoría y práctica, de ensayo y ficción, en clave autoficcional y metaliteraria, que encontramos en los libros de creación de Ríos y de Goytisolo –escritos en paralelo a la producción exclusivamente ensayística–, fueron leídos en los setenta y en los ochenta como desviaciones de una forma de entender el arte de la novela que se identificaba con lo que proponían Cela, Delibes o Marsé. Ellos no introdujeron lo autobiográfico ni lo ensayístico ni lo teórico en el marco novelístico. Y, sobre todo, no tensaron la lengua en que la ficción era presentada. Por eso cierta crítica percibió vaga, visceral, anacrónicamente –no de otro modo se alcanzan los consensos y se transmiten las ideas predominantes–, que lo que ellos escribían era mala literatura.

La opinión se acentuó a causa de uno de los problemas de la literatura española contemporánea: su aversión hacia lo que se escribe en la diáspora. Ríos y Goytisolo no sólo experimentaban con el lenguaje y con las estructuras de la novela, sino que –además– vivían en Francia. Por eso no es de extrañar que en el relato de la novela española de esa época, como se observa en los libros de texto de secundaria, se pase de Cela y Delibes a Luis Martín Santos y Juan Benet, sin detenerse apenas en los topográficamente excéntricos. Precisamente con Benet se funda la sucesión canónica: su figura actúa como puente simbólico entre la investigación de alto nivel que propuso su amigo Martín Santos y la obra que iba a percibirse durante los años ochenta y noventa como central de nuestra literatura. La escritura de Benet sigue siendo vista como una elaboración de la complejidad y su discípulo más importante, Javier Marías, apostó por esa misma vía. De hecho, Pere Gimferrer entroncó en 1990 Travesía del horizonte, la primera novela de Marías, con Juan Benet y “el último Goytisolo” (J.M., Travesía…, Barcelona, DeBolsillo, 2007, pág. 184). En la conferencia “La pérdida paulatina de la irresponsabilidad” (Fundación Juan March, 30/9/2008), Marías recordó nuevamente cómo la crítica recibió sus primeras obras: “como si escribiera en inglés”, como si se tratara de una “mala traducción”. La apuesta personal consiste precisamente en importar a la lengua española estructuras sintácticas propias de la inglesa. Eso lo conduce a ser percibido por algunos como un autor que “escribe mal” (http://www.lafieraliteraria.com/marias.htm). No encontramos en la producción ensayística del autor de Corazón tan blanco una justificación de sus procedimientos; es decir, no existe, como en el caso de Juan Goytisolo, una voluntad consciente y explícita de deconstruir el español para regenerarlo de su carga ideológica imperialista y fascista. La flexión, parece, se explica en términos de búsqueda de la originalidad y de persecución de un estilo dubitativo, que ensaye lo narrado, como explicó parcialmente en el texto “Errar con brújula” (1992).  Ocho años antes había escrito, en forma de conferencia, lo más parecido a una poética teórica que jamás daría a imprenta, donde leemos precisamente lo siguiente:

a la hora de responder a preguntas sobre sus obras o echar la mano que les solicita algún crítico demasiado perplejo o descaminado, coqueteen, se hagan de rogar y pretendan no saber mucho acerca de sus propios escritos. Otra cosa es que realmente no sepan. En un siglo en el que para ser novelista –y no simplemente un insensato, un perverso, un mero artesano o un iluminado– son recomendables unos conocimientos teóricos bastante complejos y elevados sobre el propio medio del que el escritor se vale, resulta difícil cree que alguien como el mismo Benet en España, o Thomas Bernhard en Austria, o Vargas Llosa en el Perú, o Thomas Pynchon en los Estados Unidos, no pudiera, si el pudor y la comprensible pereza se lo permitieran, dar una explicación suficientemente cabal de sus textos, o al menos de por qué esa explicación suficientemente cabal no es posible o quizá aconsejable (Literatura y fantasma, Barcelona, Debolsillo, 2007, pág. 53.)

Reapareció el pudor, pero acompañado de la pereza. Hay una regla no escrita que debe cumplirse si quieres ser reconocido como escritor: no puedes admitir que conoces a la perfección los mecanismos de tu propia obra, que incluso eres consciente de algunos de sus significados. Pero no hay duda de que todo escritor posee su teoría: no hay obra de alta calidad sin ella. La huida de la teoría es todavía más radical por parte de Muñoz Molina. Ni siquiera en los márgenes del texto literario –en las citas, en las notas explicativas– encontramos disparadores hacia pensadores contemporáneos. Así, reconstruir su poética de la novela supone realizar un ejercicio de arqueología. La poética propia se esboza dosificadamente, porque “la novela es el reino de las cosas concretas, no de las generalidades” (Días de diario, Barcelona, Seix Barral, 2007, pág. 22). Por eso, como en Marías, la reflexión sobre la propia obra se circunscribe a dos ámbitos: la autobiografía y los maestros. Es decir, la abstracción se aparca porque es posible concretar en capítulos de la historia propia, emparentados con “la vocación” o “la formación”, y en proyecciones sobre la obra de los otros las ideas que supuestamente afectan a la poética personal. Así, Muñoz Molina habla de Onetti, de Borges, de Flaubert, de Faulkner, de Eça de Queiroz, de Pavese. Y desarrolla, asistemáticamente, una concepción de la novela con un fuerte contenido ético: “La novela y la música, modulaciones del tiempo y no de la mentira” (íbid., 196); “Si para algo sirve la ficción es para ponernos en guardia contra sus encantamientos” (íbid. 241); “La novela es el lugar de los renegados o de los expulsados de la épica” (La vida por delante, Madrid, Alfaguara, 2002, pág. 95).

Si leemos a Javier Marías y a Antonio Muñoz Molina como los autores centrales de los años 80 y 90: ¿a quién hemos leído en ese lugar durante la primera década del siglo XXI? Creo que esa posición le pertenece a alguien que precisamente desarrolló una poética de la excentricidad durante las dos décadas anteriores: Enrique Vila-Matas. A priori, se diría que el autor de Historia abreviada de la literatura portátil supondría la refutación de la hipótesis sobre la teoríafobia de la literatura española que se ha visto en estas páginas, porque su obra se sustenta precisamente en la metaliteratura, es decir, en la incorporación de materiales procedentes de la tradición literaria como procedimiento principal de la ficción. Sin embargo, no hay más que detenerse en sus propios textos para ver que esto no es así. En su “Autobiografía caprichosa”, por ejemplo, leemos:

Considero –como decía Nabokov– que la mejor parte de la biografía de un escritor no es la crónica de sus aventuras, sino la historia de su estilo. Y mi estilo ha ido evolucionando lentamente hacia lo que algunos llaman la autoficción, que es un neologismo creado por el profesor y novelista francés Serge Doubrovsky en 1977.

Hasta ahí todo lo que sé sobre la autoficción

Me sonrojo de pronto. Me doy cuenta de que debo pedir perdón, pues sé algunas cosas más sobre el tema. Ya ven ustedes cómo soy. Sin apenas darme cuenta, me había puesto ya a hacer autoficción. Sé, por ejemplo, que la autoficción es la autobiografía bajo sospecha. Y sé también que, muchos años antes de que oyera hablar sobre autoficción, escribí un libo que se llamó Recuerdos inventados, donde me apropiaba de los recuerdos de otros para construirme mis recuerdos personales. Todavía hoy sigo sin saber si eso era o no autoficción. (Margarita Heredia, Vila-Matas portátil, 16-17).

En otro texto de corte similar, “Breve autobiografía literaria”, se insiste en la misma idea: “Desde la ciudad nerviosa. Libro que nació de la tentación de inventarme una teoría de la narrativa para ensamblar Bartleby y compañía con El mal de Montano, que iba a ser mi siguiente libro. Y junto a esa tentación, primeros indicios de una búsqueda de conferencias atípica en las que la norma habitual sería la mezcla de ensayo, ficción, autobiografía y el género del viaje interior. Al final, lo único que inventé fue ese libro sobre la ciudad nerviosa de Barcelona. Se hace teoría al andar”.

Las citas que he espigado de ensayos de Muñoz Molina, Javier Marías y Vila-Matas permiten hablar de una teoría de baja intensidad –tan baja que se revela como una no-teoría, como el fantasma de una teoría que no se quiere o no se puede reconocer. El autor contra la interpretación. El autor pudoroso o estratégico.            Es difícil encontrar otro punto de contacto entre ellos tres. Pero existe: escriben en el diario El País. Como Juan Goytisolo, sus artículos de opinión tienen un fuerte componente de crítica social y política. Se diría que la autonomía de la ficción, la metaliteratura o la irresponsabilidad quedan suspendidos cuando se trata de ejercer la crónica y el periodismo de opinión; que en la España democrática la única ruta hacia la centralidad ha pasado por El País y por el compromiso público ciudadano y de izquierdas. Esa sería la segunda norma implícita de la canonización. La primera, y principal, es la teoríafobia.

Así las cosas, cabe detenerse en la literatura actual y en su relación con esas dicotomías, tabúes y reglas implícitas de la producción, de la circulación y de la adquisición de prestigio de la escritura española de ambición literaria. Un caso interesante a este respecto es el de Belén Gopegui, protagonista de un proyecto absolutamente personal, que ha ido desde la novela de estructura y estilo obviamente artísticos a una reformulación de la novela social ideológicamente comprometida. Esa segunda etapa ha sido conceptualmente apuntalada por la escritora en una serie de ensayos (como “A la espera de los grandes temporales”, una relectura de Brecht recogida en La (re)conquista de la realidad: la novela, la poesía y el teatro del siglo presente, Madrid, Tierradenadie, 2007, págs. 53-68) y en una conferencia del año 2006 en la Universidad de California que apareció después en forma de libro (Un pistoletazo en medio de un concierto, Madrid, Editorial Complutense, 2008). Esa opción teoriafílica es parcialmente responsable de las dificultades que Gopegui ha encontrado en esta segunda etapa de su trayectoria respecto a su recepción crítica. Como el resto de autores que citaré en este ensayo, no publica en El País.

Otros autores de la generación posterior permiten comprobar la vigencia de la tendencia (y sus periódicos cortocircuitos). Entre los nombres que han surgido en lo que va de siglo, los de Isaac Rosa, Ricardo Menéndez Salmón, Agustín Fernández Mallo y Robert Juan-Cantavella destacan en el panorama que he venido dibujando. Rosa ha pasado, entre El vano ayer (2004, Premio Rómulo Gallegos) y El país del miedo (2008), de la construcción neovanguardista y la sintaxis goytisoliana a una estructura menos alambicada y un lenguaje definitivamente mucho más claro y referencial; ese cambio ha sido percibido como positivo por la crítica española: “ha crecido” (Jordi Gracia, Babelia, 27/9/2008). Su última novela, en fin, ha sido resumida como un libro que “parte de una teoría que poco a poco va siendo desalojada por el ejemplo práctico” (Ricardo Senabre, El cultural, 16/10/2008). También en el caso de Menéndez Salmón la crítica coincide: “cabe esperar un futuro muy estimable y prometedor” (Rafael Conte, Babelia); “una de las más originales expresiones de la nueva novela” (Masoliver Ródenas, Cultura/s, 17/12/2008); “uno de nuestros mejores escritores jóvenes” (Pozuelo Yvancos, ABCD, 22/2/2009). Cuando se trata de observar algún defecto, se señala el barroquismo de la prosa, que a veces ostenta “cierta desmesura” (Senabre, El cultural, 19/6/2008). Rosa y Menéndez Salmón apuestan por una prosa literaria, creen en las figuras del lenguaje, escriben “bien” –si se me permite la ambigüedad.

Los proyectos de Agustín Fernández Mallo y de Robert Juan-Cantavella, en cambio, no han tenido esa recepción tan amable. Sobre el primero: “consiguió una amplia acogida y, simultáneamente, el rechazo de no pocos lectores”, “Si Nocilla Dream no pasa de ser un esbozo y un esfuerzo demasiado visible por crear una nueva expresión narrativa que refleje nuestra era tecnológica, en Nocilla Experience la autenticidad supera al experimentalismo” (Masoliver Ródenas, Cultura/s, 5/3/2008). Sobre el segundo: “sería mucho más eficaz si a este relato torrencial se le hubieran podado excursos y divagaciones no siempre pertinentes”; “La desmesura de la obra daña la originalidad y la poderosa capacidad humorística del autor” (Senabre, El cultural, 16/1/2009). Obviamente, también ha habido críticas entusiastas de la serie Nocilla y de El Dorado, pero a diferencia de los autores del párrafo anterior, no se ha alcanzado el consenso. Llama impertinentemente la razón que el debate no se haya llevado al terreno que le corresponde: el de la literariedad, el de la legitimidad de destruir y reconstruir lo que se acepta como paradigma implícito de “lo literario”. A la pregunta “¿Cómo es el narrador del siglo XXI?”, Fernández Mallo contestó: “Bueno, supongo que ese hipotético narrador, de existir, escribiría Siglo21 en vez de siglo XXI” (Atlas literario español, Sevilla, 2007). En su última novela, Juan-Cantavella incorpora con total naturalidad dialectismos, vulgarismos y coloquialismos, como “la jugada es” o “el tema es”. Ricardo Senabre se lo recrimina en términos de corrección estilística: “Frente al uso de fórmula como ‘la cuestión es que…’, aquí sólo aparece la reprobable ‘el tema es que…’, más de treinta veces, y el nefasto ‘tema’ surge también en otros usos: ‘que la máquina esté puesta a punto en temas de presión de agua’”.

¿Es casual que tanto Fernández Mallo (en su teoría postpoética) como Juan-Cantavella (en su teoría del “aportaje”) hayan querido o tenido que apoyar sus propuestas en un nuevo marco teórico? ¿Es casual que Rosa y Salmón no hayan querido o no hayan tenido que hacerlo?

Por inercia realista o por cerrazón de los debates, por tradicionalismo o por modernidades interrumpidas, incluso, quién sabe, si por pudor o por pereza, las dinámicas de la literatura española llevan demasiadas décadas siendo las mismas.

Teoríafobia: tendencia que –como todas– aguarda su  necesaria inflexión.

BARCELONA EN EL SIGLO XXI

LA LITERATURA DE LA MARCA BARCELONA

(2000-2010)

UN NUEVO CONTEXTO

El avión de Bruce Wayne sobrevolando el Port Olímpic. Bruce Wayne en la terraza de La Pedrera. Croc y Batman luchando en el Hospital de Sant Pau y en Las Ramblas. El combate final en la Sagrada Familia. Antes de 1992 esas viñetas de Batman: Barcelona, el caballero del dragón (2009), de Mark Waid, Diego Olmos y Marta Martínez, eran inimaginables. La gigantesca operación de branding a que ha sido sometida Barcelona durante los últimos veinte años ha hecho posible un imaginario en que la silueta de Batman encaje con naturalidad. Hasta un cuartel secreto tiene el caballero de la noche en la Ciudad Condal: bajo el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Es decir, en los terrenos de la sede de la Exposición Universal de 1929 y de los espectáculos deportivos de 1992. En el viejo Monte de Júpiter o Monte de los Judíos: Montjuïc.

En el cambio de siglo la representación de Barcelona se ha convertido en una cuestión global. El éxito urbi et orbe de La sombra del viento (2001), de Carlos Ruiz Zafón, y de La catedral del mar (2006), de Idelfonso Falcones, ha coincidido con el estreno de diversas películas que han escogido a Barcelona como escenario: Todo sobre mi madre (1999), de Pedro Almodóvar, L’auberge espagnol (2002), de Cédric Klapisch, The Cheetah Girls 2 (2006), de Kenny Ortega, y Vicky Cristina Barcelona (2009), de Woody Allen. Todas esas ficciones tienen en común una misma topografía: la Barcelona tradicionalmente turística, configurada por el Barrio Gótico y la ruta modernista, con Montjuïc y el Parc Güell en sus extremos y con la Rambla como ecuador. El primero de los videoclips barceloneses que se muestran en The Cheetah Girls 2 –un musical protagonizado por adolescentes– constituye un buen resumen de ese espacio representativo. Las chicas se encuentran en un café de la calle Montcada (cerca del museo Picasso, en el Born), cuando aparece un personaje llamado Ángel tocando la guitarra y se ofrece como cicerone por la Ciudad Condal. Entonces empieza la canción y se rompen los principios de unidad espacio-temporal y de verosimilitud propios de una película para introducirnos en las convenciones del videoclip musical. En el Born hay artistas callejeros que pintan en estilo cubista; las Ramblas, con sus estatuas humanas y sus bailaoras flamencas acaban en escaleras (porque la recreación ha sido hecha en Montjuïc); las chicas siguen cantando y bailando con los balcones imposibles y  los mosaicos del Parc Güell como decorado; la canción termina donde comenzó, en el Paseo del Born, con Santa María del Mar al fondo.

La novela de Ruiz Zafón comienza en la Rambla de Santa Mónica. En la línea catorce se menciona el cementerio de Montjuïc, donde fue enterrada la madre del narrador, quien vive junto con su padre en la calle Santa Ana. Los personajes se introducen por el Arco del Teatro hacia el Raval (donde se encuentra el Cementerio de los Libros Olvidados). Uno de los lugares preferidos del narrador es Els Quatre Gats. Los escenarios de la ficción son, sobre todo, el Puerto de Barcelona, el mercado de libros de Sant Antoni, el Barrio Gótico, el Raval, el Born, el Palau Dalmases y Santa María del Mar. Por su lado, la novela de Falcones, ambientada en el siglo XIV, se sitúa en el barrio de la Ribera y enfoca la construcción de Santa María del Mar, que hoy se encuentra en el Born. La novela se desarrolla en el interior de las murallas medievales, en lo que hoy es el distrito de Ciutat Vella. Tanto Ruiz Zafón como Falcones elaboran sus relatos, por tanto, en el Barrio Gótico actual, un parque temático de lo medieval configurado en el cambio del siglo XIX al XX como atracción turística, y que todavía es el centro de los flujos del turismo urbano. El mismo escenario que aparece, una y otra vez, en las cuatro películas citadas. El placer que el lector y el espectador obtienen de esas ficciones –en términos espaciales– es inmediato: una inyección de reconocimiento.

En La soledad de los números primos (2008), de Paolo Giordano, Barcelona aparece fugazmente como refugio de los gays italianos. Cualquier lector de ese país reconoce inmediatamente la verosimilitud del dato: todo hijo de vecino conoce la historia de alguien que salió del armario durante un Erasmus en la ciudad catalana. Según un estudio de la consultoría británica Saffron, sólo París y Londres “superan a Barcelona en la clasificación de ciudades europeas con mejor marca” (1). Como ha estudiado el antropólogo Manuel Delgado, el éxito de la marca guarda relación directa con la representación simplificadora de la ciudad (2). Si una metrópolis es una máquina de generar complejidad (política, social, cultural, urbanística), el branding funciona como operación de vaciado. La densidad de la trama de significados superpuestos se reduce al eslogan. La variedad infinita de edificios se resume en un skyline. En una ruta cultural de tres horas. Una vez la realidad ha sido convertida en un mosaico de media docena de iconos, cualquier lector o espectador de best-seller, en cualquier lugar del mundo, podrá reconocerla de inmediato. Yo estuve ahí. Eso es la Sagrada Familia. Da igual que Cecilia Roth, en ese taxi que la lleva a la transexual periferia, no tenga por qué pasar por delante de la obra maestra inacabada. Una inyección de placer estético bien vale el rodeo.

EXPLORACIÓN DE LA PERIFERIA

En 2001 se publicaron dos libros que abordaban desde planteamientos antagónicos la representación de Barcelona. En la novela La felicitat, Lluís-Anton Baulenas recrea la primera década del siglo XX –cuando se erigió la Vía Layetana– y vincula simbólicamente esa herida abierta en el centro de la ciudad antigua, justo en el momento en que se creaba el Barrio Gótico, con su otro extremo, el del Paralelo, arteria urbana de teatros y cabarets. En los cuentos de El millor dels mons (3), en cambio, Quim Monzó trabaja la ciudad contemporánea desde una estrategia oblicua. Barcelona está ahí, detrás de la página, pero apenas se revela en los topónimos. En el relato “Vacances d’estiu”, un hombre llega al Hospital Clínic con su hijo abortado en una bolsa de El Corte Inglés. Es fin de semana: le dicen que regrese el lunes a primera hora. Entonces inicia un viaje en el tiempo: con su hijo muerto, se dirige al barrio de su infancia. Reconoce los lugares, pero no los nombra. En el cuento sólo tenemos dos nombres propios: Hospital Clínic y Corte Inglés. Dos lugares y dos marcas.

El tiempo siempre está ahí: es la columna vertebral de toda narración. La novela histórica (Baulenas) y el relato contemporáneo (Monzó) lo retratan de maneras complementarias: desde el presente se intenta reconstruir el pasado (el protagonista recuerda los cromos que le regalaba el tendero, de la época de la República); desde el pasado se trata de iluminar el presente (las obras de apertura de la Vía Layetana tienen su eco, un siglo más tarde, en las obras de la Rambla del Raval). La reescritura de los márgenes del centro histórico y de su topografía turística permite revelar estratos inéditos de la historia urbana. Eso ha hecho literalmente el artista visual Joan Fontcuberta en el marco de la exposición Cerdà y la Barcelona del futuro del (CCCB, 2009-2010): fotografiar el subsuelo del Eixample, permitir el acceso de nuestra mirada a las estaciones fantasmas de metro, a los depósitos de agua, a las ratas. El arte como revelación y como revelado.

En Una heredera de Barcelona (2010), Sergio Vila-Sanjuán –en un relato atribuido a su abuelo– investiga en las dos facetas de Montjuïc. Por un lado, el “Pueblo Seco, en la falda más urbana de Montjuich”, con el Paralelo y sus historias nocturnas; por el otro, “los trogloditas del distrito II”, inmigrantes que vivían, paupérrimamente, en cuevas de la montaña, ignorados por los ciudadanos barceloneses. La novela es un doble ejercicio de ventriloquia: se asume la voz y el estilo de alguien de los años 20 y se asumen las digresiones propias de una guía de la ciudad. Se hace énfasis en el origen de distintos edificios y barrios emblemáticos. Destaca el interés por la etimología. En los nombres permanece parte del sentido que la Marca ha ido diluyendo. Como Baulenas, Vila-Sanjuán investiga en los inicios del siglo XX, las décadas entre las dos exposiciones universales, la ciudad de los prodigios que estructuraría la ciudad de la marca internacional.

Poble-sec aparece también en Coses que et passen a Barcelona quan tens 30 anys (2008), de Llucia Ramis, una novela que se funda en una paradoja: la crítica de la Marca se da desde una hiperconciencia afterpop de la ubicuidad de las marcas, hasta el punto de que la marca Barcelona aparece en el título del libro, como en la película de Woody Allen –que, a su vez, es cuestionada en la ficción. La dimensión turística de la ciudad es tratada por Ramis con una mezcla de amor y de odio. En Egosurfing (2010), que aunque empiece en el Raval explora literariamente los túneles del metro, rincones de Gracia, la nueva Biblioteca Jaume Fuster, la interpretación fálica de la Torre Agbar y el cementerio de Poblenou, se dice sobre París: “los cementerios forman parte de la ciudad turística, son una atracción dentro de un parque temático. Mola”. En la conciencia del post-turista, la parquetematización del mundo es asumida, irónicamente, como un fenómeno irreversible que debe ser disfrutado. La marca tiene sus ventajas. No obstante, en las dos novelas de Ramis existe un alto grado de nostalgia hacia la ciudad perdida. En la memoria, la Barcelona de cada cual es siempre más auténtica y menos turística.

La implantación paulatina y centenaria del Plan Cerdà ha supuesto la transformación de la metrópolis en una realidad policéntrica. Mientras que las ficciones que encuentran un público global se obstinan en elaborar una y otra vez el mismo centro y los mismos iconos reconocibles, la mayoría de las obras abordan un imaginario alternativo y periférico. Las novelas y los poemas de David Castillo o la trilogía L’atzar i les ombres (1997-2005) de Julià de Jódar escogen como escenarios el Carmelo, Poblenou, San Adrián del Besós o Badalona. El sarcasmo político de Manel Zabala en Rates (2005) enfoca las mazmorras de Layetana en la Barcelona franquista de 1960, para buscar después una ruta hacia el cambio de siglo: “calle Murcia hasta la Meridiana, Meridiana hasta la plaza de las Glorias, allí giran y cogen la Diagonal, abajo, abajo, bien abajo, hasta el Campo de la Bota”. Un lugar de intensa carga simbólica: fue un paredón de fusilamientos franquistas, después un solar asilvestrado en las orillas de La Mina y, finalmente, fue engullido por el cemento del Forum de las Culturas 2004. El Campo de la Bota, que es mencionado también en Zone (2008), de Mathias Enard, ha sido trabajado en los últimos años por el artista Francesc Abad en un proyecto de recuperación de los testimonios de los familiares de los fusilados. Si la urbanización es una máquina de olvido, el arte siempre encuentra estrategias para recordar.

LITERATURA DE LA RESISTENCIA

Jorge Ribalta ha hablado de ciertos libros publicados en los años sesenta y setenta como “guías secretas de Barcelona” que actuaron como “espacios de resistencia”. Se trata de Esto también es Barcelona (1965), de Josep Maria Espinàs, Barcelona pam a pam (1971), de Alexandre Cirici, y Guía secreta de Barcelona (1974), de Josep Maria Carandell. El texto de Ribalta actúa como prólogo a Rutas metropolitanas por la nueva Barcelona (Macba/Ayuntamiento de Barcelona, 2008), un libro que plantea una topografía turística alternativa a la masificada, que puede verse en sintonía con muchos otros proyectos críticos que han abordado –a menudo desde una posición neomarxista– la transformación de la Ciudad Condal en una marca urbanalizada (4). La mayor parte de los documentales creativos que se han estrenado durante la primera década del siglo pueden ser vistos como respuestas a las películas de Almodóvar, Klapisch, Ortega y Allen, que he citado al principio, en su voluntad de ofrecer un imaginario de la periferia, del margen, de los intersticios que separan las islas del turismo. Así, desde En construcción (2001), de José Luis Guerin hasta las videocraciones de Hannah Collins sobre el Raval, pasando por  El taxista ful (2005), de Jo Sol.

Esa resistencia se da en muchos niveles simultáneos. Uno de los más interesantes, por su novedad y –sobre todo– por su capacidad de comentario hipervinculado en tiempo real de la actualidad barcelonesa es el que tiene lugar en la blogosfera. No hay duda de que la dimensión hipertextual (los links, videos, dibujos, fotografías, animaciones, etc.) de los blogs se adapta con mayor complejidad a la compleja mutación diaria de la metrópolis. Durante buena parte de la primera década del siglo, el blog colectivo “Ríos perdidos”, coordinado por el escritor Javier Calvo, ha constituido una de las investigaciones más lúcidas que se han llevado a cabo sobre el barrio del Raval. Investigación académica, fotográfica y psicogeográfica. Una vez clausurado el blog, permanece el texto “Ríos perdidos” (recogido en Odio Barcelona) (5), donde Calvo defiende una estrategia de guerrilla urbana, a pie y secreta, que pasa por la recuperación de la memoria de Santa Eulalia, primera protectora de Barcelona, sepultada por La Mercè, un megafestival de carácter anual que alguna vez guardó relación con Santa Mercedes, matrona de Barcelona. Un ejercicio de arqueología.

Muchos otros blogs están operando en la misma línea de resistencia. El del gestor cultural Marc Caellas tiene como título “Carcelona” y mantiene una línea editorial crítica con los mecanismos de control del ocio y del gusto que el Ayuntamiento reinventa periódicamente. La novela-performance del artista Lluís Alabern, publicada por entregas en el blog “Performance con p de perdedor”, aborda las tensiones entre la capital catalana y las comarcas que la rodean, con una clara defensa de la periferia y de la vida de barrio, que el “periodismo buzo” de Alabern localiza al margen de la topografía turística, en La Mina o en bares sin turistas como el Bar Raval o el desaparecido Benidorm. Con esa reivindicación de ciertos espacios que todavía conectan la ciudad con su pasado sintoniza el blog “La destrucción de Barcelona” del escritor José Antonio Millán, quien sobre la coctelería Boadas –por ejemplo– escribió: “su desaparición sería una tragedia para una ciudad que quiere ser la capital del diseño: es toda una muestra de arqueología de un estilo y de una forma de vida, pero arqueología viva e integrada en el pulso de la ciudad actual”. El uso que Millán hace de fotografías propias, hipervínculos e imágenes de Google Mapas transforma su lamento en una máquina de multiplicación de sentidos. La conexión inicial, la chispa que puso en marcha el engranaje, es el libro Destrucción de Barcelona (2004), de Juan José Lahuerta, un ensayo en forma de paseo donde de nuevo aparece el campo semántico de la arqueología. La ciudad de Barcelona está siendo suplantada por la maqueta del Modelo Barcelona. Los turistas son los replicantes de los barceloneses.

En lo que respecta a la representación de la Ciudad Condal, la blogosfera, el cine documental, la literatura impresa, el cómic o las guías secretas coinciden en cierto tono. El tono de un lamento fúnebre por una desaparición. El gran tema del arte sobre Barcelona de nuestra época es el duelo. La ciudad es un feto muerto en una bolsa de El Corte Inglés. El problema es que ese duelo acompaña al arte urbano desde su mero nacimiento. Escribió Charles Baudelaire en “El cisne”: “Murió el viejo París (Cambia de una ciudad / la forma, ¡ay!, más deprisa que el corazón de un hombre)”. Obviamente, estamos ante la eterna reencarnación de un topos, pero como lectores tenemos que analizar sus nuevas dimensiones. Éstas son tres en el caso de Barcelona durante la primera década del siglo XXI: el turismo como matrix, la conciencia de la Marca y la obligación moral del ciudadano a practicar la arqueología para no perder la conexión con la historia, para no olvidar el sentido.

No puede ser casual que el grupo de tango electrónico Otros Aires, que se constituyó en Barcelona y tiene en su repertorio la milonga “Rotos en El Raval” (“Desde algún Manuel Vázquez Montalbán/hasta un chabón argentino y rasta/ aquí está toda la humanidad/desde las Ramblas hasta Sant Antoni”) definan su música como arqueología electrónica.

(1)     “La gestión de la marca Barcelona”, La Vanguardia, 27 de enero de 2010.

(2)     Manuel Delgado, La ciudad mentirosa: fraude y miseria del modelo Barcelona, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2007.

(3)     Quim Monzó, El mejor de los mundos, Barcelona, Anagrama, 2002.

(4)     Para otro ejemplo de “guía secreta” ver también Guillem Martínez, La Barcelona rebelde. Guía histórica de una ciudad, Barcelona, Debate, 2009.

(5)     En el mismo volumen, entre otros textos que también abogan por la resistencia, destaca “Barcelona Arcade”, de Robert Juan-Cantavella, por la transformación que lleva a cabo de la ciudad en un videojuego, con un alto nivel de crítica política (“han venido a velar por mi seguridad y yo me pregunto si habré tocado la guitarra en el espacio público”) y social (“aquí todos somos diseñadores y los domingos por la mañana cantamos canciones de Manu Chao”). Por otro lado, Barcelona es el escenario del videojuego The Wheelman (2008).



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