SOBRE FACEBOOK (II)
¿Cómo se posicionan los escritores respecto a Facebook?
En principio, hay un bifurcación básica: perfil privado (sólo para amigos) o perfil público (sólo para fans). Aunque la figura del “fan” sea fundamental en nuestra época, Facebook en principio no está enfocado hacia ella con la misma fuerza que encontramos por ejemplo en Twitter (Obama: 4 millones de seguidores; Paris Hilton: 2 millones; Hugo Chávez, 400 mil). En Facebook sólo a trece mil personas les “gusta” la página de Paris Hilton, y a dos mil personas “les gusta” la página de Martin Amis. Obviamente, hay excepciones. Cristiano Ronaldo tiene más de cuatro millones de personas a las que “les gusta” su página. Messi, mal que nos pese, la mitad. En los casos de participación activa de la celebridad el panorama cambia. Andrés Iniesta tiene más de medio millón de personas que siguen sus “estados” y a las que “les gusta esto” (su último estado, por cierto, es: “Nos han pedido que no entremos en Facebook ni en Twitter desde ahora hasta que se termine el Mundial”). Barack Obama tiene ocho millones y medio y actualiza su estado muy frecuentemente.
Algunos números (redondeados) de “personas a quienes les gusta esto” vinculados con el mundo de la literatura: Gabriel García Márquez, 200000; The Bible, más de dos millones; Chuck Palahniuk, 125000; Murakami, 115000; La Biblia, 32000; Carlos Ruiz Zafón, 4000; Miguel de Cervantes, cerca de 2000; Fernado Marías, 3300 “amigos”; Javier Marías, 360 personas a quienes “les gusta esto”. Como se ve, es imposible extraer demasiadas conclusiones de semejantes números. Dependen de demasiados factores (como la antigüedad del perfil o de la página; si el responsable directo es el artista o un gesto en quien delega; si se actualiza o no, etc.). De donde sí es posible extraer algunas conclusiones es de la lectura del comportamiento de algunos escritores en Facebook, en la medida en que eso define una posible taxonomía de la figuración del escritor en el entorno de la red social. Al fin y al cabo, como la actuación de Rimbaud en el París de finales del siglo XIX, de Valle-Inclán en una tertulia de principios del siglo pasado o de Francisco Umbral en televisión, nos encontramos ante la dimensión performática del escritor, su presentación en público, la construcción de su imagen (un fenómeno normal en cualquier persona cuyo trabajo tenga relación con la esfera pública).
En primer lugar tendríamos la figura del agitador: el periodista y escritor Tino Pertierra sería ejemplo de ella. Se trata de la persona que utiliza su estado para formular preguntas o plantear temas polémicos, que reclaman el posicionamiento o la respuesta inmediatos. Casi todo los post de Pertierra tienen entre 10 y 40 comentarios. La interacción es fundamental. Facebook sólo está vivo si se genera ese tipo de reacción en tu comunidad de contactos.
En segundo lugar, tendríamos la figura del escritor asistemático. Es decir, del escritor cuyo comportamiento en Facebook parece no responder a un plan, sino a la espontaneidad, a la presentación en escena “tal cual se es”. Juan Trejo, por ejemplo, actúa así: recomienda música (moderna y clásica), comenta capítulos o aspectos de teleseries (como Fringe), habla del Barça, de publicidad, de cualquier tema que le interese. El escritor como gestor de referentes culturales, en sintonía con la figura del “fan” y su capacidad para distribuir recomendaciones, fobias y amores audiovisuales y textuales.
En tercer lugar, tendríamos al escritor con perfil definido. Tal es el caso de Ricardo Menéndez Salmón, quien sí que sigue un patrón claro. Aunque en alguna ocasión dé el link de la muerte de algún escritor célebre o aluda a algún artículo en que él ha sido mencionado, su actividad en Facebook consiste, sobre todo, en tres tipos de posteos: las novedades de KRK, la editorial en que trabaja; fotografías de mujeres bellas, que acompaña por su nombre, sin ningún comentario, y, sobre todo, citas de libros, que son acompañadas de la imagen de la portada. La imagen del escritor, en este caso, está mucho más moldeada y, sobre todo, se trabaja sistemáticamente. Lo que importa es la lectura, antes que todo lo demás. El escritor y, en primer término, un lector.
En cuarto lugar tendríamos la figura del escritor que actúa en Facebook como si no fuera escritor. Ejemplo: Mario Bellatin. Él combina todo tipo de estados, a menudo escritos sin mayúsculas o sin acentos. Al contrario que en un blog o que en una página web, el escritor puede relajarse en Facebook. Algo ajeno a la literatura de Bellatin, como es la crítica directa, aparece en cambio en su Facebook. En su página, como en tantísimas otras, la circulación de la información sobre literatura se relaciona con el chisme, con la anécdota, con la broma, con el chiste, formas narrativas justamente mínimas, que se ajustan perfectamente al límite de caracteres que Facebook (como Twitter) reclama. Cuando Gabriela Wiener habla de su hija Lena en la red social, participa de ese mismo perfil.
En quinto lugar, está la figura del escritor virtual. Se trata de un escritor sin obra publicada en papel, que ha logrado una comunidad de lectores, seguidores, interlocutores, a través de su blog y de las redes sociales. Un buen ejemplo de ello podría ser el de Sergi Bellver, que tiene más de dos mil “amigos” en Facebook, cuyos estados son totalmente literarios (a menudo siguiendo la técnica de la lista o enumeración) y cuya participación en los estados de los demás tiene una retroalimentación en los comentarios y “me gusta” de su propio estado. El escritor virtual ha conseguido sus lectores sin participar de las estructuras clásicas de legitimación. Llega al papel después de un prestigio labrado en el píxel.
El sexto lugar lo ocuparía la figura del escritor “digital native”. La pareja formada por Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez responde a esa posible etiqueta. Nacidos en los 80 y los 90, familiarizados de forma natural con la retórica del blog y de la red social, el diálogo de pareja pasa a través de la representación virtual con absoluta naturalidad. Uno comenta el estado del otro. Se aluden en post, en estados, en comentarios, en fotografías. La relaciones sentimental, sexual y literaria se espejean con absoluta naturalidad, pues no se diferencia entre el cuerpo real y el de la pantalla, la palabra oral y la escrita, el medio y el metamedio.
El séptimo lugar lo ocuparía el escritor metamediático. Vicente Luis Mora ha introducido recientemente “estados” en que trata de sistematizar los tipos de perfil de Facebook. Metafacebook. El perfil de Cristina Rivera Garza, conectado con Twitter precisamente, revela hasta qué punto un escritor puede haber reflexionado sobre esos nuevos formatos, tomados como limitaciones formales y por tanto como exigencias oulipianas, gimnasio, disciplina retórica. Rivera Garza, cuyos blogs son justamente investigaciones en la expresión poética y narrativa de lo real, escribe oraciones metareflexivas: “El diminutivo a menudo rompe el nombre como una vara”, “Nada acontece realmente en otro lugar”, “Un tuit verdadero no porta un mensaje sino un secreto”.
Este último mensaje podría ser leído desde la teoría del relato de Ricardo Piglia. La tesis de Piglia se convierte en hipótesis tuit en Rivera Garza. Está claro que su forma de concebir el género proviene de la poesía (la condensación del haiku o de cualquier verso). También está claro que esa condensación puede observarse inversamente: es decir, el tuit o el estado de Facebook se convierten en el núcleo, el centro, lo único imprescindible de un texto mucho más largo, invisible por innecesario.
Internet nos permite reflexionar a posteriori sobre los géneros de que bebe (como hicimos con el cine respecto a la literatura y a la pintura). El blog ilumina aspectos que no habíamos pensado del diario y del dietario y del cuaderno de viajes. El e-mail nos hace pensar en la carta. El blog nos provoca nostalgia por el diario y el e-mail, por la carta. En 2010, en plena época de la web 2.0, ocurre que esa nostalgia ya es internáutica. Facebook ilumina el blog. Facebook nos permite pensar el blog desde otro lugar. Internet se desarrolla en nuevos géneros que empiezan a provenir de géneros internáuticos y no literarios o audiovisuales del siglo XX. La nostalgia es una máquina que no se detiene.








