IDEAS CONTRA LA CRISIS CULTURAL

1. Vuelve al origen.

No me va el New Age. Desconfío de la autoayuda. Nunca he ido a una charla de coaching. Y sin embargo, aquí estoy, con disfraz de gurú de las iniciativas culturales; apelando al sentido común; organizando información que está ahí afuera, en las calles o en la red, al alcance de cualquiera; dando consejos –por vez primera y sin que sirva de precedente– por si les fueran útiles a alguien. Empecemos por el principio. “Conócete a ti mismo”, rezaba el pronaos del templo de Apolo en Delfos. A veces el secreto de todo está en tu propio origen: explóralo, descubre qué es lo que desde siempre te ha apasionado, piensa en qué es lo que conoces a fondo, reconoce tus dominios. Existe un malentendido consensuado acerca de la vocación: siempre se cree que tiene que ver con el deseo y, por tanto, con el futuro. Pero no es cierto: está emparentada sobre todo con el pasado. Con el capital de conocimientos que vas acumulando porque quieres llegar a ser algo y no sólo racionalmente, sino también apasionadamente, profundizas en ese ámbito de conocimiento. El desempleo puede ser una oportunidad para recuperar la vocación que quizá quedó truncada por esa plaza, en verdad indeseada, que ha pagado las facturas durante todos estos años.

2. Convierte tu pasión en tu trabajo.

Siguiendo con la idea anterior, en lo que respecta a profesiones vinculadas con la cultura, en mi humilde opinión lo ideal es que aquello que te apasiona constituya tu trabajo. El hobby convertido en profesión: esa es la energía que encontramos en el espacio cultural Diógenes de Gracia, en Arkham Comics, la tienda de tebeos del Raval, o en las librerías Taifa, también en Gracia, y Negra y Criminal, en la Barceloneta. El Saló del Cómic de Barcelona no es más que la profesionalización y el intercambio, económico y simbólico, de una pasión compartida. Lo mismo puede decirse de BCNegra, un festival que es pura pasión por la novela de crímenes y detectives. Diógenes, Arkham, Taifa, Negra y Criminal, Saló del Cómic de Barcelona, BCNegra: vivimos en un mundo en que todo es o tiende a ser una marca.

3. Construye tu marca.

La brutal competencia en la iconosfera y en el ruido mediático se da entre logos, entre simplificaciones, entre nombres, entre marcas. Para dedicarte profesionalmente a la cultura es importante que construyas a conciencia una firma y un prestigio, individual o colectivos. Puede ser tu nombre real, un nickname o el nombre de una empresa o de una agencia o de una asociación cultural. Pero, para bien o para mal, no tiene sentido no pensar en ello desde el marco teórico que mejor lo ha hecho: el del branding. Los blogs y el diálogo que generan siguen siendo plataformas de desarrollo de prestigio artístico e intelectual. Una de las diferencias principales entre dos periodistas barceloneses como Manuel Vázquez Montalbán y Arcadi Espada es que el primero edificó su marca con artículos y con libros, mientras que el segundo lo ha hecho con artículos y con posts. Los libros de Espada, muchos de ellos de referencia, no han sido tan decisivos en la multiplicación de su influencia mediática como sus blogs. Aunque las redes sociales sean también parte del campo cultural en que se define una reputación, la página web personal y el blog siguen siendo los espacios principales, el lugar al que acudir para entender la complejidad de cualquier propuesta contemporánea. Si entramos en la web del dibujante Juanjo Sáez nos encontramos con un diseño lúdico y fresco, a través del cual podemos ver obra suya, leer entrevistas, comprarle láminas en edición limitada, participar en un foro (“y déjame a caer de un burro, pero no esperes que te conteste”) o ponerse en contacto con su agente. En la de Lolita Bosch, en cambio, accedemos a sus artículos de opinión, sus libros, sus cursos y talleres o a los colectivos que pertenece, como Nuestra aparente rendición (para pensar la violencia en México) o el Colectivo Fu (una asociación cultural). La identidad pública de ambos queda bien resumida en esas páginas web, vías de acceso para la complejidad que resume toda marca.

4. Busca nichos de mercado. El problema de estudiar una carrera de letras es que en los temarios predominan los fenómenos culturales clausurados. Y que nunca se habla de ellos como lo que también fueron: procesos relacionados con la moda, la economía o la publicidad. También Poe, Tàpies, Tarantino o Javier Marías encontraron sus nichos de mercado. La puerta de los tres cerrojos, de la barcelonesa Sonia Fernández Vidal, es un ejemplo perfecto de cómo la detección de un nicho en el mercado cultural puede proporcionar un rendimiento económico. Doctora en Ciencias Físicas, Fernández Vidal se dio cuenta de que no existía ningún libro infantil de divulgación científica que hubiera tratado el tema de la física cuántica y decidió escribir uno. El resultado ha sido un éxito mediático y de ventas, que ha conducido en su segundo libro a la inclusión de la marca en el título: Quantic Love. Se trata de dos de los libros más visibles de lo que podría llamarse el “efecto cuántico”, la transformación de una abstrusa rama de la ciencia especulativa en un reclamo comercial. Lo demuestran otros títulos infantiles como El zoo cuántico, El limpiagafas cuántico o El supertoque cuántico. En nuestra época los nichos de mercado, incluso los más inesperados, los que nadie se imaginaba que existían, se saturan con una rapidez asombrosa. Siguiendo con libros, no hay más que pensar en el súbito interés editorial por los zombis. Sólo el año pasado se publicaron títulos tan curiosos como: Cómo hablar zombi, Una, grande y zombi, o Macarrones con zombi.

5. Dedícate al cultural coaching.

Era cuestión de tiempo: ya está aquí, aunque tímidamente, el coaching cultural. Después de entrenar el cuerpo, la autoestima, las relaciones laborales y tu capacidad de liderazgo, empieza a entrenar también las conexiones de todos esos ámbitos con la cultura general. O, mejor aún, si eres licenciado en letras y un habitual de librerías, cines, museos y bibliotecas, busca tus clientes y conviértete en su entrenador cultural. En nuestras aceleradas existencias, en el contexto de una ciudad como Barcelona donde se multiplica exponencialmente la oferta de cultura, la orientación profesional tiene que ser recompensada. Según los gustos y los intereses de tu cliente, deberás organizar su agenda de obras de teatro, visitas a exposiciones o asistencia a conciertos; enviarle emails con links a presentaciones de libros, conferencias, artículos, series de televisión o entrevistas a filósofos; acompañarle a librerías como haría un personal shopper en tiendas de moda o joyerías; darle clases privadas hechas a medida, según unos objetivos bien delineados. Dice Google que el cultural coaching todavía no se ha instalado en Barcelona y si él lo dice será verdad: es el momento de ser pioneros, construir una cartera de clientes, comenzar a trabajar en ese –por ahora– nicho de mercado.

6. Convierte cualquier centro en un centro cultural.

La Academia La Central, dirigida por el escritor Juan Trejo, es un buen ejemplo de cómo están mutando las librerías de hoy. Lo que ellas pueden ofrecer y está en cambio vedado a Amazon es justamente conversación, recomendaciones personales, formación lectora. En nuestra crisis lo único -esperemos que no sea de momento- que no ha menguado es la demanda de cursos de escritura y de lectura: la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonés y la Academia La Central tienen un público fiel, que refuerza su cultura en tiempos de recesión económica. Pero esa tendencia a que un local comercial se convierta en centro cultural no tiene por qué limitarse a librerías, se puede extender a cafeterías, revistas, agencias de todo tipo. Cualquier local debe insistir en su dimensión física y potenciar lo que puede darse en ella y no en espacios virtuales: la conversación de viva voz, la mirada, la complicidad corporal. Por todo eso encontramos en Barcelona librerías como Abracadabra, que es un centro de talleres infantiles y un teatro de cuentacuentos. O cafés con identidad de galería de arte como Cosmo o Mitte, donde se dan masajes o clases de inglés o tienes a tu disposición una pequeña hemeroteca. O tiendas donde conviven los libros, la ropa, los fanzines y la exhibición de obra gráfica, como Mutt o Como me ves, te verás, especialista en arte mexicano. En el caso de Cosmo se ha producido una interesante mutación: se ha convertido en el marco físico de Duduá, que después de alquilar sendos espacios en el Born y en el Gótico, se ha desmaterializado e imparte sus talleres de bordado y tricot en la galería-café. Una nueva simbiosis en la historia de la Guerrilla del Ganchillo.

7. Compartamos profesores (y niñeras).

No es necesario decirlo en inglés, pero el sharing llegó hace tiempo a Barcelona. Durante un año fui socio de Avancar, una agencia de coches de alquiler que tienes siempre a tu disposición en un parquin cercano. Los reservas por internet, los abres con una tarjeta, un ordenador registra los kilómetros y el tiempo exacto del servicio. Lo dejé porque los precios son más adecuados para empresas que para escritores free-lance, pero la idea es interesante y está en sintonía con nuestros tiempos. Se inscribe en una constelación de proyectos empresariales que sitúan en su centro la necesidad de compartir. Otro anglicismo: coworking. Compartir espacios profesionales, oficinas, estudios. Una variante más novedosa e hija directa de la crisis: los talleres compartidos. Máquinas de coser, herramientas de mecánica automovilística, equipos de edición en video. Los recortes en investigación médica están llevando a padres de niños con enfermedades raras a recaudar fondos para pagar a un investigador que se dedique en exclusiva a ese tipo de dolencia. En época de carencia hay que extremar las redes humanas. Las clases particulares de idiomas se pueden convertir en clases en grupos reducidos. Y una niñera puede ocuparse de varios niños durante las jornadas laborales de sus progenitores. Empiezan a proliferar en Barcelona los pisos convertidos en guarderías informales, donde una madre sin empleo se ocupa de algunos de los retoños de sus vecinas empleadas. De algún modo, esas mesas que compartimos en los locales de Udon o en Federal Café son la metáfora del mundo que está llegando.

8. Déjate apadrinar por un jubilado.

Por primera vez en la historia de España los prejubilados y los jubilados tienen un sueldo superior al de los adultos trabajadores. No es descabellado, por tanto, que los abuelos apadrinen a los jóvenes. En una época en que la asistencia sanitaria y la compañía de nuestros mayores recae sobre todo en personas inmigrantes, la lectura en voz alta, la conversación sobre temas de actualidad, la compañía para ir al cine, al teatro o a museos, o las clases particulares pueden ser remuneradas, de modo que el presupuesto que se dedica a un cuidador o a una enfermera conviva con un presupuesto, sin duda menor, para actividades intelectuales de esa persona mayor.

9. Juega.

A finales de 2003 viajé por la Patagonia con un francés que conocí en un carguero. Se llamaba Jerome y lo había dejado todo para viajar por el mundo. En Ushuaia pasó varias tardes encerrado en un cibercafé, jugando a simulación de bolsa. Su proyecto de vida era viajar gracias a los beneficios de sus inversiones, pero antes tenía que aprender las reglas del juego. Jugando. El póker es otro ámbito en que uno puede profesionalizarse practicando gratuitamente en la red. Algunos expertos en game theory han comenzado a pensar los “me gusta” del Facebook como puntos que uno podría ir acumulando y que podrían contabilizarse más allá del concepto de “tráfico”. Gamification y Funware: aplicar las estrategias del juego fuera del juego. Que te den puntos y bonificaciones por no cometer infracciones de tráfico o por entregar a tiempo la declaración de la renta. Y que esos puntos, como los que acumulas en la tarjeta del supermercado o en la de millas aéreas, se traduzca en beneficios que premien a los buenos ciudadanos. Los juegos de preguntas y respuestas; los videojuegos en red de temática cultural; los juegos de memoria y logopedia. Son varios los frentes que hay que reinventar.

10. Comparte tus ideas.

Respecto a las ideas hay dos opciones posibles: patentarlas y difundirlas, blindarlas con derechos de autor o liberarlas mediante formas afines al copyleft. No son opciones excluyentes. Sin embargo, nuestro mundo parece más dado a la segunda opción. La mayor parte de las grandes ideas de hoy ya no se pueden desarrollar en solitario, hace falta al menos un equipo, sino una red. Nuestra época es la de la inteligencia colectiva. Y como para desarrollar las ideas casi siempre hace falta tiempo y dinero, la falta de becas y subvenciones ha conducido al crowdfunding (penúltimo extranjerismo, lo prometo). Los grandes avances científicos y tecnológicos los llevan a cabo equipos que trabajan en red, no personalidades individuales. Internet está lleno de oportunidades de formación gratuita (como los tutorials: cursos de autoaprendizaje en forma textual o audiovisual) y de plataformas de trabajo en grupo. Subtitular películas o colaborar en Wikipedia puede significar poner en práctica tus habilidades como traductor, como lector, como redactor. Disfrazarte de gurú de iniciativas culturales, impostar una voz durante 2200 palabras y publicar un artículo como este en una revista que cuesta un euro tal vez sea otra modesta forma de intervenir en estos tiempos que, si algo reclaman, son intervenciones. Y de compartir ideas que son de todos, por si les fueran útiles a alguien.

[Publicado en la revista Barcelonés, abril de 2011]

GEORGE R.R. MARTIN

A diferencia de otras teleseries, que existen para ocupar un centro a cuyo alrededor se sitúa el resto de relatos transmediáticos, Juego de tronos es un satélite de la serie de novelas Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin. De modo que los siete volúmenes que compondrán el proyecto –una vez haya sido concluido– constituyen el punto de partida de los capítulos seriales, que condensan y versionan el material de origen. En términos de autoría, conviene recordar que la producción ejecutiva corresponde a D. B. Weiss y a David Benioff, dos autores de corta trayectoria, cuya producción –toda ella de género fantástico– se fecha entera en el siglo XXI; y que Martin no está sólo en polo del texto adaptado, también se encuentra en el polo de la propia adaptación, como miembro del equipo de guionistas (firmó también el guión de varios capítulos de The Twilight Zone y de Beauty and the Beast). Es, por tanto, un creador cuántico.

Con su obra en marcha, ha destronado a J.R.R. Tolkien como el gran autor de novela fantástica pseudo-medieval. Lo ha hecho mediante una doble operación convergente: por un lado, su ciclo es formalmente más ambicioso que el del escritor inglés; por el otro, se inscribe moral y sexualmente en las coordenadas de nuestro cambio de siglo. Justamente esas dos razones son las que están permitiendo que la teleserie compita en estos momentos por desbancar a la trilogía fílmica de El señor de los anillos como mejor producción audiovisual sobre guerreros y dragones de la historia. El capítulo piloto ya dejó claro que esa posibilidad era probable: el Muro del Norte no es más que el primero de los espacios míticos y sublimes que la obra televisiva ha ido contraponiendo a los de su predecesora cinematográfica. En el cerebro de cada espectador las ciudades, las fortalezas, los bosques y, junto con ellos, los personajes que los habitan y recorren están en liza. Porque cada cerebro es un canon de preferencias, en que los objetos artísticos compiten por la permanencia en el recuerdo.

La nueva serie de HBO es puro Teleshakespeare. Aunque en otras producciones actuales encontramos una y otra vez conflictos que remiten al bardo inglés (la soledad última de Boss, los hermanos enfrentados y la paternidad conflictiva de Boardwalk Empire, la feminidad atormentada en The Good Wife), la ambientación de Juego de tronos hace que los múltiples duelos que la recorren evoquen los de las grandes tragedias isabelinas. Si bien lo que mueve a los líderes de cada uno de los bandos enfrentados es sobre todo la ambición, cada uno de ellos encarna los matices que reclaman otros defectos y cualidades igualmente humanos. Así, Viserys Targaryen casa a su hermana Daenerys con Khal Drogo, cabecilla de un pueblo nómada y guerrero, por la voluntad sin escrúpulos de recuperar el Trono de Hierro, que le arrebató Robert Baratheon, ejecutor de su exilio; y la primera temporada es sobre todo el relato en diagonal de cómo la ambición migra de un hermano a otro, se feminiza, vinculándose con el regreso de la magia. En el otro lado del espejo, los hermanos Lannister conspiran para usurpan la corona, en un proyecto matizado por el incesto. Quien trata de mantenerse al margen de esos deseos malsanos, Ned Stark, se ve arrastrado a participar en la partida de ajedrez al ser nombrado Mano del Rey por Robert, cuya voluntad de poder ha quedado reducida a cenizas, alcohol y lujuria.

¿Hasta qué punto se puede decir que Martin, Benioff y Weiss se emancipan del legado literario y cinematográfico de Shakespeare y Tolkien? Yo diría que por completo, gracias a decisiones técnicas que tienen graves consecuencias en el desarrollo del relato. Opciones que son herencia de la literatura del modernism y de los modos de relato propios de la posmodernidad. En lo micro: la elipsis. En contra de una épica centrada en la narración táctica, estratégica y pormenorizada de las batallas, por ejemplo, asistimos a saltos temporales que unen los preparativos con el campo de cadáveres. En lo macro: la conciencia de estar trabajando con una galaxia de personajes en que nadie es imprescindible. En contra de un concepción de lo trágico basada en el magnetismo del protagonista o en las tensiones de pareja o familia, que le aseguran la supervivencia hasta el último capítulo de la última temporada, tenemos aquí una apuesta por el Panta Rhei o la Rueda de la Fortuna. Todo pasa, todo cae, incluidos los supuestos protagonistas. En ninguna otra serie norteamericana han muerto tantos personajes principales en la primera temporada.

Tengo para mí que Martin ve a sus personajes como nombres de un inmenso árbol genealógico; y lo que ocurre en sus novelas, como pequeños fragmentos de una vasta cronología. Por eso no es de extrañar que sea también autor de Tales of Dunk and Egg, una serie de nouvelles que actúa como precuela de Canción de hielo y fuego. La adaptación a cómic de Ben Avery y Mike S. Miller permite visualizar en otro lenguaje aspectos de un mundo totalizante. Los hechos de El Caballero errante remiten a un torneo en que combaten los antepasados de los protagonistas de  su obra maestra, pero si en ésta el peso recae en la nobleza, en el tebeo es un plebeyo el personaje central. Eso sí, tomará como escudero al hijo menor del rey, de la casa Targaryen, quien después de los años narrados se convertirá en el Rey Aegon V. El cambio de perspectiva, lejos de convertir la tragedia en comedia, permite contar a ras del barro el mismo mundo de ficción. Y humanizarlo, porque en lugar del enjambre de cientos de personajes que se van contrapunteando en las novelas mayores, aquí tenemos dos protagonistas diáfanos, dos rostros y dos biografías que se van espesando y estratificando a media que pasan las páginas. Tras la primera entrega, en que Dunk se convierte en sir Duncan y conoce a Egg, en un contexto heráldico y aristocrático, en La Espada Leal los dos compañeros se desplazan a un rincón del continente de Poniente, donde dos señores feudales están en guerra a causa de varios malentendidos que se irán desentrañando. Es decir, de la Historia nos desplazamos a sus suburbios, para asistir a la intrahistoria de uno de sus secundarios: “Traición… es sólo una palabra: cuando dos príncipes pelean por un trono donde solo uno puede sentarse, tanto los grandes como el vulgo deben escoger; y cuando la batalla termina, los triunfadores son alabados como gente leal, mientras que los derrotados son tachados para siempre de rebeldes y traidores”.

Los personajes de Martin son a menudo conscientes de su rol en el teatro del mundo. En su primera novela, pura ciencia-ficción, Muerte de la luz, una pareja emprende un viaje enloquecido para escapar de las reglas sociales a que ella se sometió al casarse con un hombre de otra cultura y ambos son conscientes de se dirigen hacia el crepúsculo. En Sueño del Fevre, una novela gótica de aventuras y vampiros ambientada en el Misisipi, leemos: “Hemos tenido grandes cabecillas, Abner, amos de sangre de tiempos pasados, reales e imaginarios. Hemos tenido césares, salomones, prestes juan, pero, ya ve, aún esperamos a nuestro salvador”. A diferencia de otras criaturas del género de terror, los vampiros son conscientes de ser (también) criaturas de ficción. Es decir, los zombis o los fantasmas (y los alienígenas o las supercomputadoras) no son tradicionalmente representados como seres autoconscientes de las historias, leyendas y novelas que circulan acerca de ellos. Los vampiros, en cambio, en el seno del propio relato, conviven con las ficciones que alimentan. Unas ficciones que, como las humanas, también son mesiánicas y conscientes de su genealogía. A la luz de la conciencia de esa complejidad tenemos que leer la obra popular de G.R.R. Martin. Un autor sumamente ambicioso que está construyendo un universo con voluntad de perdurar.

 

 

 

EL REALISMO COMO CANCIÓN DE CUNA

A PROPÓSITO DE JONATHAN FRANZEN

 

1. EL REALISMO COMO MATRIX

Tomemos Libertad (Salamandra, 2011), de Jonathan Franzen, como punto de partida para pensar la novela de hoy. Aunque la novela retrate por extenso a tres generaciones de la misma familia del Medio Oeste, lo cierto es que el núcleo lo encarna la generación intermedia, la cercana por edad a la del autor, el triángulo formado por Patty, Walter y Richard, sus acercamientos y alejamientos desde los vacilantes años universitarios hasta los de la mediana edad. Durante casi setecientas páginas ese triángulo amoroso actúa como motor íntimo de un relato cuya ambición, no obstante, es menos la de explorar la psicología de unos personajes aquejados por la depresión, la necesidad de negociar sus valores personales o la vocación truncada, que la de crear un gran mural histórico de los Estados Unidos en el cambio de siglo. Sus mutaciones culturales, sociales y políticas. Cómo han variado las formas de circulación de la producción y de la crítica culturales: a través de la figura de Richard, que es músico. Cómo han mutado las relaciones entre ciudad y suburbio: a través de Patty, ama de casa. Cómo, sobre todo, la gestión ecológica del territorio nacional y la industria bélica, durante las guerras en Afganistán y en Irak, han sido conducidas durante la administración de George Bush: a través del demócrata Walter, quien es seducido por un magnate texano vinculado con la explotación carbonífera y petrolera y hace malabarismos para proteger a las aves al tiempo que favorece los intereses de su empleador; y a través de Joey, su hijo republicano, a quien le ofrecen la posibilidad de enriquecerse enviando a Oriente Medio armas en mal estado.

En su brillante ensayo “Dos direcciones para la novela” (Cambiar de idea, Salamandra, 2011), Zadie Smith sostiene que el realismo lírico es el modelo narrativo predominante en el mercado anglosajón. No habla de la obra de Franzen, sino de Netherland: el club de críquet de Nueva York, de Joseph O’Neill (El Aleph, 2009), pero no es difícil trasladar sus palabras de una novela a otra: “se encuentra en una encrucijada de angustia donde una comunidad en crisis desde fecha reciente –la clase media liberal anglo-americana– se topa con una forma literaria en crisis desde hace largo tiempo, el realismo lírico decimonónico de Balzac y Flaubert”. Más adelante, sobre su condición de novela sobre el 11-S, añade: “es una novela poscatástrofe, pero la catástrofe no es el terrorismo, es el realismo”. En Libertad no encontramos vacilación: no hay lugar para la duda. Franzen asume una anacrónica fe en la capacidad del lenguaje y de la novela para representar el mundo. Sin embargo, la duda está demasiado arraigada en nuestro cerebro lector como para que no aparezca, una y otra vez, con tesón paranoico. Escribir hoy en clave realista es hacerlo con conciencia de Matrix: la máscara del realismo sufre interferencias y por esas ranuras de píxeles asoman con insistencia las ruinas del realismo. Franzen construye su artefacto a sabiendas de esa dificultad: durante casi setecientas páginas tiene que sostener el sentido de la maravilla verosímil, la suspensión del juicio lector.

 

2. ¿TOLSTÓI O DOSTOIESKI?

En el prólogo de ¿Tolstói o Dostoieski? (1960), George Steiner escribió: “propongo que se juzguen sus realizaciones y se defina la naturaleza de sus respectivos genios por medio del contraste”. Y unas líneas más adelante insiste: “Ambos significan para el historiador de las ideas y para el crítico literario una conjunción única, como planetas vecinos, de igual magnitud y mutuamente perturbados por sus órbitas. Desafían toda comparación”. Tal vez una pregunta semejante sobre la literatura del siglo XXI debería tener a Franzen en uno de sus extremos. ¿Y en el otro? ¿A David Foster Wallace? Aunque el periodismo cultural siga mitificando la relación literaria y de amistad entre ambos escritores, lo cierto es que la única novela acabada de Foster Wallace que, por volumen y ambición, se puede comparar con Las correcciones (Seix Barral, 2003) y con Libertad es La broma infinita (Mondadori, 2002), y ésta se publicó en 1996, cinco años de la primera, y quince años antes que la segunda. Aunque la velocidad de la literatura no sea la misma que la de la historia, no se puede hablar de obras estrictamente contemporáneas. Tal vez sería más conveniente buscar en Mark Z. Danielewski a un autor que sí puede oponerse a Franzen y cuyas novelas, de House of leaves (2000) a Only revolutions (2006), sí son coetáneas de las suyas. Como Foster Wallace, Danielewski trabaja en proyectos caracterizados por la experimentación posvanguardista y la investigación en lo audiovisual y lo gráfico, elementos en principio ajenos a la obra de Franzen. El problema es que no ha sido traducido y por tanto su alcance es local. De modo que tampoco nos sirve como polo, porque no es suficientemente representativo.

En la pregunta de Steiner hay implícita una voluntad de comparar autores que, aunque compartan origen, han tenido una recepción global y son sintomáticos de una época concreta; de modo que quizá podríamos buscar autores de otros ámbitos culturales cuya obra contraste con la de Franzen. ¿Franzen o Michel Houellebecq? ¿Franzen o Roberto Bolaño? ¿Franzen o J.M. Coetzee? Tal vez sean preguntas más pertinentes, porque las obras maestras de todos esos autores han sido traducidas y difundidas, han tenido una repercusión internacional que nos permitiría defender la idea de que, a diferencia de cuando Steiner inició su singladura como ensayista, la literatura de ahora sólo puede entenderse como un fenómeno transnacional. ¿Al supuesto realismo decimonónico de Franzen qué le contrapondríamos, entonces? La respuesta puede parecer irónica: libertad.  El mapa y el territorio (Anagrama, 2011), 2666 (Anagrama, 2004) y Verano (Mondadori, 2010) inventan una combinación de características formales que sólo son válidas para ese proyecto en concreto. Ninguna de las tres se amolda a los esquemas narrativos, a la dosificación de giros argumentales, a las fórmulas de caracterización de personajes que encontramos tanto en el grueso de la literatura popular como, también, en las novelas de Franzen. Sus autores hacen uso de su libertad creativa, que es individual. Aunque algunas de las ideas políticas que encontramos en esas novelas (el poder absoluto del capital, en Houellebecq, la muerte de la posibilidad de la revolución, en Bolaño, la incapacidad de no pensar de modo racista, en Coetzee) puedan ser conservadoras, su naturaleza, su materia, es progresista. En otras palabras, prevalece un progresismo estético que, finalmente, es más importante que una ideología parcialmente reaccionaria. Ese problema entre la forma y el contenido se hizo evidente en la película La cinta blanca (2009), de Michael Haneke. En una obra sobre cómo la disciplina cristiana marcó a los niños que después serían nazis, sorprendía encontrarse con unos planos, con unos movimientos de cámara, con una puesta en escena tan rígida como los mecanismos sociales que se estaban mostrando. Lo mismo ocurre en Libertad de modo más evidente. Porque en Haneke no era obvia la denuncia: la frialdad de su retrato no conducía inevitablemente a ella. En cambio, no hay duda de que Franzen está denunciando los atropellos del régimen de George Bush, de modo que el progresismo político entra en conflicto con el conservadurismo formal.

Todas esas polarizaciones y comparaciones posibles, en el fondo, implican como se ha dicho un cambio de panorama respecto al que había en el título de Steiner. De la literatura nacional del pasado (la rusa y decimonónica en aquel caso) a la literatura internacional o global de nuestro presente. Mal que le pese a la Literatura Comparada, dudo –no obstante– que en el sistema cultural de los Estados Unidos exista semejante perspectiva –o que no sea del todo minoritaria. Porque en la academia, en la crítica y en la industria editorial norteamericanas prima una percepción eminentemente local, sumamente endogámica. Por eso Libertad tal vez deba, finalmente, ser observada en su primer ámbito de producción y de recepción. Un ámbito en el que El rey pálido (Mondadori, 2012), la novela póstuma e incompleta de David Foster Wallace, no obtuvo una repercusión que permita la comparación con la última obra de su amigo Franzen. Si tuviéramos que escoger dos obras que sí compitieron en el mercado simbólico de 2010 y 2011, que es el de la inmediata recepción de Libertad, podríamos decantarnos por los premios Pulitzer de esos dos años: Vidas de hojalata (RBA, 2012), de Paul Harding, y El tiempo es un canalla (Minúscula, 2011), de Jennifer Egan. La primera es la cuenta atrás de la vida de George Crosby, relojero aficionado, narrada mediante la evocación y la digresión de historias propias y ajenas, sobre todo vinculadas con su padre. La segunda es la narración a retazos de la vida de un grupo de personajes, relacionados por la amistad, el matrimonio o la profesión, en varios momentos de sus existencias. La primera es rural; la segunda es urbana. La primera mantiene la conciencia del protagonista como hilo conductor de un sinfín de experiencias dispersas; la segunda, en cambio, disuelve cualquier posibilidad unificadora en la opción del protagonista colectivo. En ambos casos tenemos exploraciones no lineales de una misma obsesión: el tiempo.

 

3. LA TELEVISIÓN, LA MÚSICA Y LOS MÓVILES

¿Se oponen las dos grandes novelas de Franzen a un modelo de novela más en sintonía con nuestra época en que el tiempo no puede ser cronológico ni estar unido? ¿Estamos, una vez más, ante una novela decimonónica que simula la unidad del tiempo, en relación con ciertos espacios emblemáticos, y otra que asume su percepción modernista y posmoderna, y por tanto lo atomiza, lo fragmenta, lo interpreta según las teorías físicas de los últimos cien años? En otras palabras: ¿estamos, por enésima vez, entre la novela unitaria y la fragmentaria? Una lectura simplista nos llevaría sin duda a esa conclusión. Pero ocurre que en una segunda lectura, más atenta, nos encontramos con que, entre Libertad y El tiempo es un canalla, por ejemplo, se multiplican las similitudes, los puntos en común. Es decir, aunque ésta sea una novela en cuentos cronológicamente desordenados y aquélla, una novela en capítulos que siguen una rigurosa cronología, lo cierto no es sólo que Franzen también se interesa por el análisis de cómo el tiempo sacude las vidas de sus personajes, un tiempo que es observado tanto microscópicamente, en el devenir sentimental y profesional de cada uno de sus protagonistas, como macroscópicamente, en la historia política, social y cultural de los Estados Unidos, sino que también entiende, como Egan, que Los Soprano es un modelo narrativo fundamental en nuestra época, que la música explica a los seres humanos de hoy como no lo hace la literatura, o que los sms son formas esenciales de comunicación en el siglo XXI.

Franzen recurre a los programas televisivos –ficciones, realities e informativos– como a símbolos que aportan información sobre sus personajes. También encontramos en su última novela una atención remarcable a las marcas, los objetos de consumo, las tendencias culturales o las tribus urbanas. Recursos que en los años 80 y 90, en el teclado de Bret Easton Ellis o Douglas Coupland, se convirtieron en insignias de la experimentación literaria en lo sociológico, ahora son asumidos por Franzen como formas evidentes de realismo. La próxima adaptación de Las correcciones a miniserie de HBO no es más que otra evidencia de que las grandes telenovelas de nuestra época están interfiriendo en los modos en que los novelistas modelan sus ficciones. La alusión directa a Los Soprano no es sólo eso: significa que, como dijo Foster Wallace, para los autores nacidos después de los años 50 la televisión es la realidad; y que tras más de una década de obras maestras teleseriales, la materia de la mejor ficción literaria se entrevera con la audiovisual. Pero la música es, a juzgar por esas novelas, el lenguaje central de nuestro mundo. Tanto El tiempo es un canalla como Libertad nos dicen que el discurso musical es mucho más importante que el discurso literario. La literatura, de hecho, no tiene mayor importancia en ellas. La única novela que se invoca con cierto énfasis en Libertad es Guerra y paz, de Tolstoi (aunque el espectro de Madame Bovary recorre la evolución y el adulterio de Patty). Se dice en cierto momento que “Richard es una de esas raras personas que aún leen libros y aún piensan acerca de las cosas”. Las redes sociales, los teléfonos móviles, el iPod o la Blackberry son tan importantes para los personajes de Franzen como para cualquier ciudadano del siglo XXI. Y ocupan un espacio que antes era eminentemente literario.

¿Todo esto debería sorprendernos? No si tenemos en cuenta las raíces de Franzen. Su mito de origen no es literario. En Zona fría. Una historia personal (Seix Barral, 2008), habla de Tesoro Peanuts, una antología de tiras cómicas de Charles M. Schulz, y de las revistas porno de su infancia (la revista Rogue “me hizo más intensamente feliz que cualquier libro que he leído en mi vida”) como de sus dos puntos de partida como creador. Y su primera novela, La ciudad veintisiete, es un homenaje a los grandes autores posmodernos norteamericanos. Los que se interesaron por la televisión como Gran Tema; los que trabajaron la idea de que la literatura ya no era central en la cultura (la arquitectura de Las Vegas explica el mundo de los setenta mejor que cualquier novela contemporánea); los que incorporaron conscientemente los lenguajes de la publicidad, la tecnología, el cómic o la pornografía a sus proyectos híbridos. Y digo conscientemente porque la novela, desde Cervantes (“aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles”) ha sido sobre todo una máquina de absorción.

 

4. UN CUENTO SIN RUIDO NI FURIA PARA ANTES DE DORMIR

Hace casi doce años que James Wood acuñó la expresión realismo histérico para definir novelas de los años 90 firmadas por Thomas Pynchon, Don DeLillo, Foster Wallace o Smith. En un momento de ese ensayo, “Humano, todo demasiado inhumano“, el crítico dice que esas novelas parecen ser incapaces de narrar la tragedia y la angustia. En otro momento encontramos una frase llamativa: “Son novelas centrípetas”, en que los personajes siempre están descubriendo “conexiones, vínculos, tramas y paralelismos paranoicos”. Un exceso de significación. Eso es lo que denunciaba el autor de Los mecanismos de la ficción (Gredos, 2009) en las últimas expresiones de la gran tradición vanguardista norteamericana: todo está conectado, todo tiene sentido, la realidad se percibe desde la teoría de la conspiración.

Por eso el realismo decimonónico o realismo lírico, sigue conectando con la parte del cerebro del lector que inyecta tranquilidad en la conciencia, que apacigua la aceleración, que neutraliza el exceso de estímulos y de informaciones que caracteriza nuestras vidas. Porque supone una narrativa con absoluta capacidad de adaptación al medio, que muta ligeramente, asimilando las mutaciones que ya fueron anticipadas por novelas innovadoras cuando han sido consensuadas, asumidas, domesticadas; pero que ante todo hace sobrevivir la vieja idea de que la realidad puede ser leída como un fenómeno centrífugo. Como algo con centro y por tanto con orden. Como algo jerárquico. No narrar la libertad desde la anarquía, sino desde los engranajes del control que es propio de la democracia. Smith habla de ello mediante dos acertadas preguntas retóricas: “¿Es realmente el modelo más cercano a nuestra condición que tenemos? ¿O simplemente es el cuento que más nos reconforta a la hora de irnos a dormir?”.

En cierto momento de Verano, Coetzee afirma que se trata de un relato sin centro. Franzen, por su lado, le hace decir a Walter que lo que le quita el sueño es la “fragmentación”, un problema que se observa “en internet, o en la televisión por cable: nunca hay un centro, nunca hay acuerdo comunitario; sólo hay un billón de pequeñas fracciones de ruido que nos distrae”. El realismo lírico tematiza la zozobra de Benji, el ruido y la furia de William Faulkner, pero ignora la forma de su enunciación; porque el sentido tiene que ser dosificado, no caer en el aullido ni en el exceso ni en la paranoia. La función del centro de la novela es bajar la voz, tranquilizarnos, acunarnos y desearnos dulces sueños.

[Escrito originariamente para Eñe, Clarín, 30/3/2012 ; versión ampliada para Quimera, abril de 2012]

MAD MEN IS BACK

Hace un par de semanas El País publicó un artículo muy interesante sobre el video de Kony 2012, en que revelaba las claves de su éxito viral sin precedentes. Se me ocurre que también puede tener su interés pensar por qué “A little kiss”, el doble capítulo piloto de la quinta temporada de Mad Men, obra de Jennifer Getzinger (guión) y Mathew Weiner (dirección) se ha convertido inmediatamente en un fenómeno de crítica y de audiencia.

El primer factor que hay que considerar es externo, temporal: hemos esperado diecisiete meses el estreno de la quinta temporada de la serie. La causa son las negociaciones entre el creador, Weiner, y los ejecutivos de la cadena que la produce, ACM; pero son más importantes los efectos: el guión ha podido ser pulido y la poética de la obra, por tanto, depurada. Se puede decir que la exigencia se ha convertido en la marca de Mad Men. Sus seguidores esperábamos que se superara a sí misma y lo ha hecho. El tiempo no ha hecho más que acrecentar nuestro deseo.

Para ello, sorprendentemente, el capítulo borra a Betty, una protagonista inicial que ya se había desdibujado durante la cuarta temporada, y difumina a Peggy, un personaje fundamental que, por el contrario, creció aún más durante la última temporada. Roger le dice a Don que es un hombre feliz, y es cierto. Para contrapesar esa felicidad de recién casado, cuyo frenesí sexual recuerda al que protagonizan Nate y Brenda en la primera temporada de A dos metros bajo tierra, en vez de apostar por la amargura de Betty, que ha fracasado también en su segundo matrimonio, el capítulo recupera la tensión de su primerísimos episodios, la que une y separa a Don y a Pete, el ambicioso y retorcido Pete Campbell. Ahora Pete es Don. El joven Don previo a la serie. Vive en los suburbios. Coge el tren cada día. No tiene sexo. Es infeliz. Pero está decidido a triunfar profesionalmente de una vez por todas: en un único capítulo consigue un despacho mejor y, sobre todo, burlarse de Roger Sterling, en irrefrenable decadencia. La historia de esa pequeña venganza recorre todo el capítulo, como lo hace otra, mucho más brillante y mucho más madmen.

De nuevo el protagonista no es obvio. Len Pryce, a quien todos recordamos siendo humillado por su anciano padre, destaca en la otra línea argumental que atraviesa la ficción. Una línea que arranca haciendo hincapié en cómo la serie siempre se sitúa del lado de la Cultura Oficial y machaca la Contra-cultura o la ignora (esas bolsas de agua lanzadas desde una agencia de publicidad rival contra los manifestantes negros) y sumergiéndose en la psicología sexual del personaje, que trata de seducir a una hispana desconocida, llamada Dolores, y termina haciendo realidad, sin darse cuenta, su sueño erótico más húmedo. Porque cuando Len recibe todos esos currículums de secretarias afroamericanas, al final del capítulo, tenemos que recordar que se enamoró de una conejita Playboy negra. Que le van las exóticas.

Ese personaje secundario, como aquella estudiante europea a quien forzó Pete durante un caluroso summer in the city, refuerza por contraste el carácter blanco y anglocéntrico de la serie. Por eso en el centro de gravedad de “A little kiss” se encuentra Megan, que es canadiense, y su canción en francés. El clímax erótico o dramático que encontramos en canciones cantadas por un personaje en series (Breaking Bad) o películas recientes (Shame) se convierte ahora en un anti-clímax constante, desde los primeros planos que muestran a los otros personajes horrorizados por la iniciativa de Megan. Más adelante, la burla o el comentario erótico de esa performance va a provocar tensiones laborales, comentarios y bromas en clave de contraseña en el mundo real (quién no se ha dirigido a otro espectador de la serie estos días diciéndole “bisou bisou”)  y, sobre todo, va a hacer que la nueva esposa de Don se dé cuenta de que no conoce ni comparte el código de la agencia de publicidad. Los códigos de los que nos hemos ido enamorando durante cuatro temporadas y que sólo un personaje exterior, un alienígena del país vecino, con su aterrizaje de emergencia en medio de una fiesta de cumpleaños que ni el cumpleañeros ni los invitados en realidad deseaban nos podía recordar. Para que la función comience de nuevo. Por quinta vez.

VIÑETAS ISRAELÍES

Confieso que he leído Crónicas de Jerusalén (Astiberri, 2011), de Guy Delisle, mirando las viñetas por encima del hombro. Esa actitud, sin duda equivocada, se debía a dos hechos. Por un lado, a que he estado varias veces en Jerusalén; por el otro, a que he leído todos los cómics que ha publicado Delisle. Mi experiencia viajera se ha interpuesto por vez primera entre su relato y mi lectura, porque en las ocasiones anteriores el autor canadiense me había descubierto zonas del mundo que me eran desconocidas: Pyongyang (2005), Shenzen (2006), Crónicas birmanas (2008). Ahora, en cambio, me retrataba una ciudad familiar. Y, para acrecentar mi suspicacia, lo hacía con los métodos habituales en su obra: la auto-representación caricaturizada, la ironía light, la segmentación en microhistorias cotidianas, muchas de ellas compartidas con su compañera y sus hijos, el recurso de la entrevista y la apropiación de los formatos propios del cuaderno de viaje, como el esbozo naturalista. De modo que decidí, precipitadamente, que Delisle se estaba repitiendo. Tal vez, sobre todo, porque para mí era una ciudad repetida.

No se puede evaluar una obra desde fuera de las reglas que ella misma propone, desde el exterior de la poética y de las intenciones del autor. Pese a haber ganado con este libro el premio al mejor álbum del año pasado en el prestigioso Festival de Angulema, Delisle no me parece un artista con voluntad de innovar, de hecho ni siquiera parece verse a sí mismo como un artista. Un artesano, sí, sin duda, que se dibuja a sí mismo, una y otra vez, trabajando. Pero no un experimentador, ni mucho menos un genio. Crónicas de Jerusalén, de hecho, evoca en cierto momento, cuando aprovechando su presencia en el territorio la sección española de Médicos Sin Fronteras le encarga un reportaje gráfico, los dos libros sobre Palestina de Joe Sacco, un dibujante y guionista que sí se caracteriza por la ambición artística, que cultiva vinculando el cómic con el periodismo de investigación. Si comparamos el último libro de Delisle con Notas al pie de Gaza (Mondadori, 2010), de Sacco, Diario de Nueva York (Sexto Piso, 2011), de Peter Kuper, o Cuadernos ucranianos (Ediciones Sins Entido, 2011), de Igort, es decir, con las últimas obras de otros autores interesados en el viaje, no hay duda de que sus viñetas son las menos virtuosas. Sin embargo, los cuatro poseen un estilo propio. Los cuatro pertenecen al circuito internacional porque han encontrado lectores en culturas distintas. Los cuatro experimentan, a su modo, con uno de los lenguajes que más se ha desarrollado en los últimos tiempos.

Aunque en Crónicas de Jerusalén predomine la narración lineal, dividida según los meses del año que la familia Delisle pasa en Israel, en algunos momentos quedan en suspenso el relato del narrador y los diálogos de los personajes, y el mutismo invade la página. Ese tiempo en silencio, intermitente, es una de las virtudes del álbum. Lo encontramos en el relato de las vacaciones en lugares cercanos: paréntesis de desconexión de una realidad desquiciada. Otra virtud es, sin duda, su penetración tanto en la geografía de la ciudad como en las contradicciones del país. Delisle acaba descubriendo las vías de acceso a todos los rincones de Jerusalén que se niegan a ser obvios para el turista, y visita tanto los monumentos que aparecen en las guías como los que, por haber sido abandonados o por quedar en coordenadas geopolíticamente complejas, no son registrados por ellas. Sin necesidad de asumir riesgos de corresponsal de guerra ni de negociar entrevistas de alto nivel, simplemente viviendo en un lugar durante un año, Delisle retrata el extremismo ortodoxo, el sinsentido del muro de Cisjordania, la militarización de la vida cotidiana, la violencia constante, el desencuentro entre palestinos e israelíes, las costumbres religiosas, la dimensión histérica de la Historia.



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