SUPERHÉROES: LA MEMORIA REINICIADA
Durante el pasado otoño todos los superhéroes de D.C. Comics empezaron de cero. Es decir: la compañía dio total libertad a sus guionistas para que reconfiguraran las biografías y las personalidades de Batman, Superman, Wonder Woman, Green Lantern y Animal Mal, entre otros muchos menos conocidos. En manos de autores como Grant Morrison, Paul Cornell o Brian Azzarello, Los nuevos 52 ha supuesto el relanzamiento de todas las series de D.C., con énfasis en la condición gay, asocial o anti-épica de algunos de los superhéroes, en sintonía con el horizonte de expectativas de la sociedad del siglo XXI. No es la primera vez que ese multiverso se somete a una operación de reset: en los 80 fue la Crisis en Tierras Infinitas; en los 90, la Hora Cero; y la década pasada, la secuela Crisis Infinita. Pero ahora son cincuenta y dos series en marcha impugnando el pasado común. Esas nuevas versiones más oscuras de los personajes de siempre son justificadas por la alteración de los hechos superheroicos conocidos por los lectores de más de setenta años de tebeos interconectados, a causa de un viaje en el tiempo de una las encarnaciones de Flash. Versiones y reencarnaciones, al fin y al cabo, porque cada vez que un escritor se enfrenta a uno de esos mitos contemporáneos tiene que lidiar con una tradición polifacética que no es fácil resetear.
Los cómics de superhéroes, vistos en su complejo y extenso conjunto, se definen por la saturación de tramas e historias y por la mutación de unas identidades que nunca son personales. Fue Alan Moore quien nos enseñó a mirar lo superheroico bajo una doble luz: la de la historia pulp y la de los arquetipos míticos. Por eso su Supreme (1996-2000; Mondadori, 2011) es un constante diálogo entre la última encarnación de un superhéroe inexistente (inspirado en Superman) y su propia tradición, la de los cómics que supuestamente ha protagonizado. En Promethea (1999-2005; Norma, 2007-2008), su trabajo inmediatamente posterior, Moore llama “ideas vivientes” a esos mitos adictos al ciclo del karma, patrimonio colectivo que llamamos Ficción. La alta carga erótica de la narrativa del autor de Lost Girls se relaciona con esa fertilidad, esa promiscuidad de una mitología que confunde lo antiguo con lo contemporáneo, el sueño con la creación sofisticada, la magia con los folletines, las diferentes capas que constituyen el imaginario colectivo. El arquetipo “Promethea” conversa con esa línea del cómic de superhéroes que, desde Thor hasta John Constantine, ha incorporado los dioses y los magos a un magma que entremezcla supuestas categorías de lo fantástico. Un magma no sometido a la lógica de la memoria que puede imperar en otras parcelas de la ficción, donde los personajes no son por lo general franquicias. Un magma sin una memoria necesariamente coherente, sujeto a la amnesia, a las reelaboraciones, a la multiplicidad de versiones y de sentidos, a las reinterpretaciones.
En el cambio de siglo esa realidad se hizo altamente autoconsciente. Y con ella, la necesidad de irle dando vueltas de tuerca a un género que no sólo las admitía, sino que las reclamaba. Éstas permiten leer ciertos títulos como si en ellos existiera una voluntad de ir más allá de la frontera marcada por el anterior. Así, en Top 10 (1999-2001; Norma, 2007-2008) Moore reactualiza la pregunta de Juvenal que ya aparecía en Watchmen (¿Quién vigila a los vigilantes?) mediante la invención de un mundo habitado exclusivamente por superseres. En él, por tanto, la policía cumple el rol de los superhéroes tradicionales y se enfrenta en su quehacer diario con alienígenas, telépatas, duendes, mutantes, semidioses o androides. Inmediatamente después Morrison publicó El asco (2002-2003; Planeta, 2011), un inquietante artefacto narrativo en que la psicodelia se hibrida con la metaficción, con un protagonista con doble identidad: una onanista y ermitaña y la otra como miembro de una sociedad secreta, La Mano, para quien patrulla la realidad con el objeto de limpiarla de todo aquello que atenta contra el status quo. En otras palabras: el superhéroe como esquizofrénico y como barrendero. Terminamos de leer el cómic sin saber si ha historia ha sido el delirio de una mente alterada o la elaboración objetiva de un mundo llamado Papelverso y, por tanto, sujeto a revisiones continuas y a la descomposición en viñetas encapsuladas en las paredes de la ficción.
Es difícil no caer en la tentación de pensar que cuando en 2006 Garth Ennis comenzó a publicar The Boys (la serie sigue en marcha, aquí bajo el sello Norma), una propuesta mucho menos intelectual pero radical también a su manera, no acometiera conscientemente un giro manierista respecto a esas obras anteriores –que entroncan con la metamorfosis de lo superheroico que Warren Ellis y Mark Millar llevaron a cabo a finales del siglo pasado. Porque si Moore superpobló el mundo de superhéroes y Morrison hizo que su protagonista fuera un basurero de lo real, Ennis firmó una auténtica impugnación a la totalidad: no hay superhéroes, sólo existen personas con poderes, hábilmente convertidas en productos de mercadotecnia y cuya función es nutrir la industria del cómic. Es decir, en The Boys los superhéroes son mentira. Una constelación de supergrupos que viven del cuento, que se dedican a beber y a follar, que no alimenta ningún noble valor, ninguna voluntad de justicia. De modo que sus vigilantes son los responsables de que estén bajo control. Quien conoce la verdad es Leyenda, cuyo reino es el sótano de una tienda de cómics. Él nos cuenta quién es en realidad El Patriota (otra de las subversiones de Superman): un cultivo, el “primero de una nueva raza”, “lo inyectan en un feto; se lo implantan a una retrasada, la mata al nacer, claro”, dice, “ha habido supertipos desde los años cuarenta” (es decir, desde que Marvel y D.C. iniciaron dos de las galaxias de ficción más complejas de la contemporaneidad). La memoria, por tanto, se encuentra en el subsuelo de ese espacio que, a falta de la tebeoteca, aparece una y otra vez en películas, novelas y cómics como el archivo del noveno arte. En el infierno, Leyenda relee la historia de los hombres y de sus engendros imaginarios, porque el destino de los superhéroes es, desde Homero, ser narrados una y otra vez; ser, una y otra vez, reinterpretados.









