MAD MEN IS BACK
Hace un par de semanas El País publicó un artículo muy interesante sobre el video de Kony 2012, en que revelaba las claves de su éxito viral sin precedentes. Se me ocurre que también puede tener su interés pensar por qué “A little kiss”, el doble capítulo piloto de la quinta temporada de Mad Men, obra de Jennifer Getzinger (guión) y Mathew Weiner (dirección) se ha convertido inmediatamente en un fenómeno de crítica y de audiencia.
El primer factor que hay que considerar es externo, temporal: hemos esperado diecisiete meses el estreno de la quinta temporada de la serie. La causa son las negociaciones entre el creador, Weiner, y los ejecutivos de la cadena que la produce, ACM; pero son más importantes los efectos: el guión ha podido ser pulido y la poética de la obra, por tanto, depurada. Se puede decir que la exigencia se ha convertido en la marca de Mad Men. Sus seguidores esperábamos que se superara a sí misma y lo ha hecho. El tiempo no ha hecho más que acrecentar nuestro deseo.
Para ello, sorprendentemente, el capítulo borra a Betty, una protagonista inicial que ya se había desdibujado durante la cuarta temporada, y difumina a Peggy, un personaje fundamental que, por el contrario, creció aún más durante la última temporada. Roger le dice a Don que es un hombre feliz, y es cierto. Para contrapesar esa felicidad de recién casado, cuyo frenesí sexual recuerda al que protagonizan Nate y Brenda en la primera temporada de A dos metros bajo tierra, en vez de apostar por la amargura de Betty, que ha fracasado también en su segundo matrimonio, el capítulo recupera la tensión de su primerísimos episodios, la que une y separa a Don y a Pete, el ambicioso y retorcido Pete Campbell. Ahora Pete es Don. El joven Don previo a la serie. Vive en los suburbios. Coge el tren cada día. No tiene sexo. Es infeliz. Pero está decidido a triunfar profesionalmente de una vez por todas: en un único capítulo consigue un despacho mejor y, sobre todo, burlarse de Roger Sterling, en irrefrenable decadencia. La historia de esa pequeña venganza recorre todo el capítulo, como lo hace otra, mucho más brillante y mucho más madmen.
De nuevo el protagonista no es obvio. Len Pryce, a quien todos recordamos siendo humillado por su anciano padre, destaca en la otra línea argumental que atraviesa la ficción. Una línea que arranca haciendo hincapié en cómo la serie siempre se sitúa del lado de la Cultura Oficial y machaca la Contra-cultura o la ignora (esas bolsas de agua lanzadas desde una agencia de publicidad rival contra los manifestantes negros) y sumergiéndose en la psicología sexual del personaje, que trata de seducir a una hispana desconocida, llamada Dolores, y termina haciendo realidad, sin darse cuenta, su sueño erótico más húmedo. Porque cuando Len recibe todos esos currículums de secretarias afroamericanas, al final del capítulo, tenemos que recordar que se enamoró de una conejita Playboy negra. Que le van las exóticas.
Ese personaje secundario, como aquella estudiante europea a quien forzó Pete durante un caluroso summer in the city, refuerza por contraste el carácter blanco y anglocéntrico de la serie. Por eso en el centro de gravedad de “A little kiss” se encuentra Megan, que es canadiense, y su canción en francés. El clímax erótico o dramático que encontramos en canciones cantadas por un personaje en series (Breaking Bad) o películas recientes (Shame) se convierte ahora en un anti-clímax constante, desde los primeros planos que muestran a los otros personajes horrorizados por la iniciativa de Megan. Más adelante, la burla o el comentario erótico de esa performance va a provocar tensiones laborales, comentarios y bromas en clave de contraseña en el mundo real (quién no se ha dirigido a otro espectador de la serie estos días diciéndole “bisou bisou”) y, sobre todo, va a hacer que la nueva esposa de Don se dé cuenta de que no conoce ni comparte el código de la agencia de publicidad. Los códigos de los que nos hemos ido enamorando durante cuatro temporadas y que sólo un personaje exterior, un alienígena del país vecino, con su aterrizaje de emergencia en medio de una fiesta de cumpleaños que ni el cumpleañeros ni los invitados en realidad deseaban nos podía recordar. Para que la función comience de nuevo. Por quinta vez.









