CONTEMPORARY ABORIGINAL ART (IV)

UN SIGLO DE CINE

Una de las primeras películas filmadas en Australia es la grabación de una danza de una comunidad del centro de la isla, realizada por el antropólogo Baldwin Spencer en 1900. Entre la mirada etnográfica y el relato épico (la civilización contra los salvajes), la figura del nativo fue pasiva hasta los años 70, cuando el cine australiano comenzó a llenarse de aborígenes que demostraban tener un conocimiento mucho más profundo del territorio que sus compatriotas de origen europeo. No es casual que a finales de esa década se estrenara My Survival as an Aboriginal (1979), documental del pionero director aborigen Essie Coffey. No fue hasta el cambio de siglo cuando la producción de cine indígena y sobre el pasado de la isla tuvo apoyo institucional, gracias sobre todo al Festival de Adelaide. Después del éxito internacional de Samson and Delilah (2009), de Warwick Thornton, que ganó la Caméra d’Or en Cannes, la edición de este año ha incluido estrenos de otros directores aborígenes como Beck Cole (Here I am) y de directores no aborígenes que trabajan sobre esa realidad incómoda, como Brendan Fletcher (Mad Bastards, con banda sonora de los legendarios Pigram Brothers, de Broome) y Tony Krawitz (The Tall Man). Más de un siglo después.

La filmografía reciente de Rolf de Heer es especialmente importante por su voluntad de establecer una mirada justa sobre la realidad aborigen. Con The Tracker (2002) –que vi en un cine de Perth durante mi viaje anterior– reconstruyó la épica de los viejos tiempos invirtiendo los roles: la heroicidad recaía en los hombros del guía aborigen, que resistía sutilmente la opresión de las fuerzas de seguridad que lo necesitaban para dar caza a un forajido también indígena. Más sofisticada fue su siguiente obra, co-dirigida por Peter Djigirr, rodada en blanco y negro y en color e interpretada en dialectos del grupo lingüístico yolŋu matha: Ten canoes (2006), que ganó el premio Un Certain Regard de Cannes, narra una historia previa al contacto entre los pueblos originarios y Occidente. La colaboración de Djigirr es fundamental a muchos niveles: el casting, las localizaciones, la traducción, la construcción de las canoas… Un interlocutor e intérprete nativo es imprescindible para que la película penetre más allá de la imagen de la retina antropocéntrica.

No hay duda de que por esa razón no descubrí, cuando visité en 2002 el monasterio español de New Norcia y estudié su historia, que allí pasó parte de su infancia Warwick Thornton. No hay duda de que es el cineasta aborigen más importante de la actualidad. Con varios documentales y cortometrajes en su haber, después de ganar en Cannes se embarcó en el proyecto art + soul (2010-2011), una serie documental de tres capítulos sobre el paisaje artístico y espiritual del continente. La edición de este año del Festival de Adelaide ha coincidido con otro ambicioso proyecto, Stop (the) Gap, comisariado por Brenda L. Croft, que aúna cine y arte aborigen contemporáneos en una exposición sobre imagen en movimiento, e incluye Stranded, la primera pieza de Thornton en 3-D.

CONTEMPORARY ABORIGINAL ART (II)

PINTURA Y CONTEXTO

Es imposible resumir los rasgos de un país, sobre todo si sus límites son los de un continente, pero el periodismo y la literatura de viajes ignoran lo imposible. Australia posee el paisaje natural más peligroso del mundo. Muchas de sus especies animales son letales; no es difícil perderse en sus inmensos parques naturales; cuando viajas por el país, las nubes de humo se suceden por el outback, infinitas extensiones sin valor consumidas por un fuego que no siempre puede controlarse. Pero ha sido el paisaje urbano la víctima, durante la primera década del siglo XXI, de los más dañinos incendios e inundaciones de la historia reciente, que están determinando la política interior. En lo que respecta a la exterior, ésta se ha definido, durante sus dos siglos de historia, por el miedo a la  amenaza asiática y por el problema indígena. Con poco más de veinte millones de habitantes repartidos por una superficie quince veces mayor que la de España, Australia ha percibido a China y sus vecinos como invasores potenciales. Ahora nutren su turismo y sus universidades. Más difícil aún ha sido la relación con la población aborigen, diezmada durante la conquista, dominada en la colonia y lentamente reconocida, desde que en los años 60 se modificó para ello la Constitución hasta el Primer Día Nacional del Perdón (26 de mayo de 1998) y las disculpas oficiales de 2008 por las Generaciones Robadas (los niños aborígenes que fueron dados en adopción y asimilados por la fuerza). La población indígena constituye cerca del dos y medio por ciento de la total. En las estadísticas, su nivel de desempleo, de alcoholismo y de encarcelamiento está muy por encima de la media; su esperanza de vida, en cambio, es unos quince años menor.

Aunque existan casos puntuales anteriores, fue en los años 70 cuando los artistas euro-australianos descubrieron y comenzaron a valorar el importantísimo arte aborigen tradicional. Desde que se descubrió en 1971 el patrimonio de Papunya, en Alice Springs, el corazón rojo y árido de la isla continente, lentamente se fue calibrando la importancia tanto de las obras de las comunidades del desierto como la experimentación del arte urbano aborigen, practicado sobre todo por artistas mestizos. Un caso emblemático es el de Trevor Nickolls, de madre aborigen y padre escocés, que se crió entre Namatjira y los suburbios de Adelaide. Su primer acercamiento al arte occidental fue Picasso, una figura constante en su vida y en su obra. En los 70 incorporó la psicodelia y se fue interesando progresivamente por el teatro, la performance y la cultura de masas: las orejas de Mickey Mouse aparecen en sus lienzos como tótems posmodernos; la $ se convierte en serpiente. En 1990 fue seleccionado para acudir a la Bienal de Venecia.

Como ha escrito el crítico Ian McLean, en su reseña de la exposición Puturru Palyalpayi / Stringmakers –que tuvo lugar el año pasado en Warburton y en Perth–, si en los 80 y los 90 hubo artistas euro-australianos y aborígenes urbanos que se apropiaron de la tradición milenaria que durante décadas habían custodiado los artistas del desierto, provocando conflictos entre la ciudad y el interior, en los últimos diez años “los miedos y las inhibiciones han desaparecido”. Las razones, según el profesor de la Western Australia University, se pueden resumir en tres: la gran energía de un arte inagotable, las políticas de reconciliación y la acogedora respuesta de las comunidades indígenas a los proyectos de colaboración con instituciones metropolitanas. Se ha convertido en una práctica habitual que las asociaciones nativas inviten a artistas de todo el país a impartir talleres. Las relaciones personales han conducido a colaboraciones estables, como la que mantienen Nyukana Baker y Robin Best desde hace trece años.

Pero en las galerías de arte aborigen de Sídney, Brisbane, Darwin, Perth, Adelaide, Camberra o Melbourne ese tipo de colaboraciones y las obras que dialogan con el arte contemporáneo occidental son prácticamente invisibles. Los coleccionistas internacionales y los turistas se interesan sobre todo por el arte aborigen mainstream, que reelabora una y otra vez la herencia ancestral, según las particularidades de cada artista o de cada comunidad, en una repetición avalada por el mercado y necesaria por el poder político del arte indígena. En su simbología totémica o cartográfica no sólo se cifran viajes míticos o relaciones familiares o espirituales; las pinturas han sido esgrimidas como escrituras de propiedad aborigen de un territorio que fue saqueado y escriturado en inglés. La misma polarización entre manifestaciones tradicionales y contemporáneas se puede observar en otros ámbitos culturales. En la programación musical del Dreaming Festival del año pasado, por ejemplo, convivía Bayjah, cuyas canciones son escritas por su líder Gerry Surhah desde hace veinticinco años, con Dubmarine, que ha hibridado los sonidos tradicionales con reggae, hip hop y música electrónica. Tras seis ediciones del festival, la de este año se ha suspendido a causa de las inundaciones de Queensland.

LA CUENTA ATRÁS (v)

TELEVISIÓN

En su último libro, Mimesis y simulacro. Ensayos sobre la realidad (del Marqués de Sade a David Foster Wallace) (e.d.a. Libros, 2011), Juan Francisco Ferré recuerda la importancia de La saga de los Marx (1993) en el panorama de la narrativa internacional de los años 90. Estricta contemporánea de Espectros de Marx, de Jacques Derrida, la novela de Juan Goytisolo es un artefacto claramente posmoderno que vincula desde el título la reflexión política (el marxismo tras la caída del Muro de Berlín) con el humor (los hermanos Marx) y con la serialidad (la saga). Escribe Ferré: “la narración de Goytisolo se dobla, desdobla o redobla, se enreda jerárquicamente con esta otra narración en segundo o tercer grado concerniente al rodaje y/o emisión de una telenovela de ficción (La Baronne Rouge)”. Dos formatos teleseriales penetran el espacio de la ficción: el espacio del debate (con el programa La clave) y la serie (con el culebrón real Dallas y con el inventado La Baronne Rouge), la no-ficción y la metaficción –porque, finalmente, toda la ficción es metaficcional–, la telerrealidad y la telenovela.

Con la interrelación de planos históricos y de niveles narrativos, Goytisolo pone sobre la mesa un problema crucial del arte de nuestra época: cómo representar la televisión. Desde Nam Jun Paik y sus célebres instalaciones configuradas con televisores hasta Jonathan Mcintosh, que se define como artista y hacker pop y cuya obra se inscribe en el sampleo o montaje de escenas extraídas de programas de televisión, el arte contemporáneo puede ser reseguido según las estrategias de cuestionamiento, integración o apropiación de lo televisivo. Pensemos, en el ámbito hispánico, en Joan Fontcuberta o en Antoni Muntadas. La pantalla, lo catódico, el zapping, la ventana virtual, la telebasura, los canales simultáneos. ¿Cómo representarlos? La pregunta es pertinente, si tenemos en cuenta exposiciones recientes como ¿Estáis listos para la televisión?, comisariada por Chus Martínez para el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, que evidenciaba las múltiples dificultades que implica el traslado de la pantalla al museo. Hablar de la pantalla a través de la propia pantalla. O bien hacerlo desde otros medios, en otros espacios. Incluso  desde el papel.

En el cambio de siglo, ciertas obras de Germán Sierra, Javier Calvo, Javier Fernández, Eloy Fernández Porta, Rodrigo Fresán o Juan Francisco Ferré pueden verse como herederas del camino abierto en nuestra lengua por La saga de los Marx, en su voluntad de hablar de la dimensión mediática, simulada, del ser humano que empezaba a adaptarse a una época de cambios: de la televisión a internet. La red incorporó y amplió lo televisivo, como hizo un par de décadas antes el ordenador personal con la máquina escribir y la calculadora (la suma de las teclas de ambos artefactos conforma el teclado tradicional del PC). La presencia de la televisión en aquellos años se dividía, como tal vez lo hagan también las de ahora, entre las obras que la usaban como ambientación –o correlato– y las de los autores mencionados, que incorporaban lo televisivo a la propia materia de la ficción, es decir, reactualizando la tradición de la écfrasis. En sintonía con J.G. Ballard o Don DeLillo, la proliferación de las pantallas, su penetración profunda en las estructuras de lo real, constituye una auténtica obsesión para la literatura del cambio de siglo que entendió que esa era la batalla crucial de su momento histórico.

En la literatura actual, la pornografía y su retransmisión son medulares en la obra de David Refoyo, Gabriela Wiener o Roberto Valencia, cuyos títulos 25 centímetros (DVD, 2010), Sexografías (Melusina, 2008) y Sonría a cámara (Lengua de Trapo, 2010), respectivamente –que exploran la posibilidad de que el porno no sólo sea tematizado por el texto, sino que experimente zooms y se pixele en el espacio y las palabras de la propia página– son coetáneos de Bajo este sol tremendo (Anagrama, 2009), de Carlos Busqued, que está recorrida por la presencia de un televisor siempre encendido. Diría que si en los noventa se normaliza la presencia de la televisión en la literatura, tanto en las descripciones como en la textura de la prosa, en la primera década del nuevo siglo han sido la mera pantalla (su imagen literalmente reproducida, fotografiada, capturada, que encontramos en las novelas de Agustín Fernández Mallo o de Mike Ibáñez y en la mencionada de Refoyo) y sobre todo la pornografía los que se ha normalizado. En la obra de Busqued se describe una escena de la película Granny Anal Adventures: “La mujer fue primero golpeada y luego violada analmente de una manera brutal. Después todos se masturbaron y eyacularon en su cara, ella arrodillada en la piletita y con la boca abierta. Primeros planos de la boca de la mujer, abundante en fosas y prótesis”. A continuación, el personaje se encuentra en su automóvil, con “las cenizas de su madre y su hermano en el baúl”. La normalidad es bizarra y abyecta, pero normal, al fin y al cabo.

Si, desde La ciudad ausente (1992), de Ricardo Piglia, hasta Sol artificial Paradiso, 2009), de J. P. Zoey, pasando por Mantra (2002), de Rodrigo Fresán, o Las conversaciones (2007), de César Aira, el zapping se ha convertido en una práctica canónica de la narración contemporánea, la normalización del porno, es decir, de una gimnasia erótica que es puesta en escena con la conciencia de estar siendo representada en la pantalla –algo que ha devenido habitual en el repertorio de las estrategias del relato de nuestros días– no sólo evidencia la naturaleza postdigital de la literatura del siglo XXI, supone también la superación de la división entre ambientación y correlato, por un lado, e incorporación del lenguaje televisivo a la urdimbre del propio texto. Aunque siga siendo útil para un primer nivel de lectura, lo cierto es que toda la literatura de hoy es recorrida por la pantalla y no puede resistirse más a su sintaxis. Negar esa realidad es tan absurdo como pretender que se puede escribir hoy en día sin que en la obra esté presente, de un modo u otro, la teoría de la relatividad.

Como recuerda Ferré en Mimesis y simulacro, es difícil concebir la existencia de Anatomía de un instante (Mondadori, 2009), de Javier Cercas, en cuyo centro conceptual está la écfrasis reiterativa de la grabación del 23F, sin la repetición anterior de imágenes brutalmente icónicas como las del derribo de las Torres Gemelas, incrustadas en el fondo de nuestras retinas. Pero no se trata sólo de lo exterior: el hecho de que la televisión haya participado, desde nuestras infancias, en la formación de nuestras conciencias y personalidades, hace que –como dijo David Foster Wallace– haya moldeado también nuestro mundo interior. No sólo nuestra sexualidad se rige por las pautas pornográficas y nuestra mirada es televisiva, hasta nuestros sueños lo son. Es imposible escribir diálogos que no provengan parcial o totalmente de pantallas, porque también las conversaciones reales provienen parcial o totalmente de ellas. La realidad sucede ante nuestros ojos como la lluvia numérica, color neón verde, de Matrix. Y se confunde con sus representaciones. Porque, como escribe Roberto Valencia, “el hiperespacio se comporta tan caóticamente como el espacio verdadero”, que también es hiperespacial.

DEFENSA DE CAN XALANT

En un desafortunat article publicat en aquest mateix mitjà, el gestor esportiu Francesc Masriera demostra no conèixer la veritat sobre el centre d’art Can Xalant. De fet, no sembla conèixer tampoc la realitat sobre l’art contemporani i és estrany que es permeti opinar sobre allò que no coneix. En qualsevol cas, crec que és necessari demostrar, amb dades, que està equivocat. Sobretot pel que fa al treball que el centre d’art ha fet amb la nostra ciutat i per a la nostra ciutat des del seu naixement.

En els seus cinc anys de vida, Can Xalant ha col.laborat amb moltes entitats mataronines, com ara escoles, instituts, grups de teatre, associacions de veïns, Tecnocampus, l’Associació d’Artistes Urbans del Maresme o l’Associació Cultural Gitana de Mataró i el Maresme. La Beca Mataró, per a projectes artístics sobre la nostra ciutat, ha tingut com a guanyadors a cinc artistes locals de generacions diverses: Raül Roncero, J.M. Calleja, Francesc Pàez, Martí Anson i Pere Fradera. En paral.lel, alumnes de l’Escola Universitària del Maresme han fet les seves pràctiques audiovisuals a Can Xalant. I hi ha hagut tota mena de col.laboracions amb el Patronat Municipal de Cultural. De la interacció amb l’IMAC em puc donar un testimoni directe, perquè vaig ser jo el coordinador de les jornades Art i memòria, que van reunir historiadors, artistes i escriptors per a discutir sobre la gestió política i la creació artística al voltant de la guerra civil i el franquisme, com a activitat paral.lela a l’exposició El camp de la Bóta, de l’artista de Terrassa Francesc Abad, al Museu de Mataró; i vaig coordinar també un taller sobre art i viatge que va tenir lloc entre Can Xalant i el Museu Ca l’Arenas, quan hi vaig comissariar l’exposició Travelling Circular, amb professors locals com Doménec o Lupe Pérez. Són només dos exemples dels molts vincles que s’han establit entre la programació del Patronat Municipal de Cultura i la del centre dirigit per Pep Dardanyà.

Per suposat, també hi han treballat artistes de projecció nacional i internacional, en tallers, seminaris, residències o programes d’intercanvi que han estat fonamentals per al desenvolupament professional en el món de l’art contemporani de molts joves maresmencs. Aquesta relació simultània amb agents de Mataró, del Maresme, del Barcelonès, de Catalunya, d’Espanya, d’Europa i del món és, per suposat, imprescindible per a la formació d’un artista. Però les dades no menteixen: sempre s’ha tingut molt present que el centre es troba a Mataró i que és la nostra ciutat el seu principal nucli d’acció. Dels quaranta-cinc artistes que hi han fet una residència, més de la meitat eren de Mataró o el Maresme. La majoria de les seves activitats públiques han tingut com a protagonistes a artistes, professors o intel.lectuals mataronins, i més de la meitat del seu públic ha estat també de Mataró. S’ha de tenir en compte que els cursos tècnics que es realitzen en les seves dependències (àudio, vídeo, edició digital, multimèdia, etc.) estant pensats precisament per a un alumnat local, amb inquietuds professionals que no sempre són creatives o creadores, sinó que sovint persegueixen simplement una reorientació professional. En aquest sentit, s’ha de tenir en compte que el centre no només fa un gran servei a la ciutat, amb una oferta intel.lectual que cap altra institució local pot oferir, també dona feina a persones de Mataró i formació a persones que no en tenen, de feina. S ’han d’avaluar tots aquests factors, al meu parer, abans d’opinar sobre Can Xalant.

Possiblement el gran error estratègic del anys de govern del PSC a l’Ajuntament va ser no preveure amb prou temps que, després del tèxtil, la ciutat hauria de dedicar-se als serveis, a la tecnologia, al turisme. Els centres d’art són laboratoris d’idees: la ciutat se n’hauria de beneficiar de la seva existència fent que els creadors imaginin la Mataró del futur. En el context actual, amb nous museus i nous centres de formació, Can Xalant pot ser un indret que complementi i interpreti les propostes que un turista cultural, nadiu o visitant, es troba en la resta d’institucions culturals de la ciutat. Més que mai, una ciutat ha de ser una xarxa simbòlica molt ben connectada. Si volem que la recerca i el turisme siguin motors econòmics a mitjà i llarg plaç, la marca Mataró, que el centre d’art i pensament contemporani ha contribuït a posar en el mapa de la cultura espanyola (recentment, a la fira ARCO de Madrid, l’obra de Martí Anson era sobre la nostra ciutat, i al Reina Sofía s’hi exposava una peça nascuda a Can Salant), hem d’alimentar la marca amb contingut, amb idees, amb creativitat. L’art contemporani imagina, prefigura, especula, dibuixa línies de futur. La cultura és un patrimoni comú i una industria, i pot generar marcs que expliquin i potenciïn la resta d’indústries. Per això és tan important que Mataró continuï apostant per la creació i el pensament contemporanis, com a estrategia rentable per a una ciutat que s’ha de reinventar en el segle XXI.

LA CUENTA ATRÁS (VI)

LO ARTESANAL

Picasso produjo treinta mil obras realistas. La pertinencia del adjetivo la explicó Jacques Prevert mejor que nadie: “Picasso reacciona ante lo que lo rodea más que cualquiera de los llamados ‘pintores de la realidad’. Cada una de sus obras es una respuesta a algo que ha visto y sentido, que lo ha sorprendido y emocionado”. Treinta mil respuestas, organizadas en series. Siempre dijo que pensaba con las manos: dibujando, pintando, serialmente. En sus conversaciones con Brassaï aparece una y otra vez la obsesión por el trabajo y por la materia. Era un materialista histórico, que anotaba tras el cuadro en que la mirada era, una vez más, pensada, el día y la hora de su ejecución. Paul Celan operaba del mismo modo, también conceptual: traducía a su propio idioma las lecturas, los hechos, las acciones cotidianas, y anotaba la fecha, como si cada poema fuera la anotación en un diario. Lo real. La traducción artística. La historia. La fecha con que acaba cada novela corta de César Aira. El arte no es sólo real, es también realista: porque no podemos pensar ni crear fuera de la realidad. Y es por la misma razón histórico.

Picasso compartió con Brassaï y con muchísimos otros artistas del último siglo y medio el amor por los materiales humildes. Reinaldo Laddaga ha visto en la producción última de Coetzee y de Levrero, en sintonía con la de otros creadores contemporáneos, el interés por formatos y soportes caracterizados por la pobreza (la orquesta de juguetes, la presencia en las artes visuales de grapas o de fotocopias). Lo artesanal, lo manual, lo rudimentario o lo manuscrito se encuentran en un polo: en el opuesto, el sampleo, la reimaginación, el remake, la postproducción. La tensión vibra. Vivimos en la posible desmaterialización. Trabajamos con píxeles, con megabytes. Con imágenes y músicas y palabras ajenas. Pero la Historia nos azuza. Nos recuerda nuestros orígenes nómadas, rurales, campesinos, nuestra formación profesional. Los dedos no se enderezaron en nuestras manos para deslizarse por un teclado, sino para empuñar armas y herramientas y después lápices y plumas y pinceles. Así fue el origen del hombre y todavía –aunque quizá por poco tiempo– es así el origen de cada hombre: aprendemos antes a morder el chupete, a coger la cuchara o a pasar las páginas de un libro que a pulsar botones y teclas. El modo en que Coetzee recopila versiones poco amables de sí mismo o en que Levrero se enfrenta a la intimidad de su vieja computadora o recupera la caligrafía se nos representan como acciones corpóreas, casi grumosas. Las exposiciones sobre la Pantalla o sobre el Arte Conceptual, es decir, sobre objetos y procesos inmateriales, se vuelven intentos patéticos, desesperados, por lograr materializar y ordenar con un discurso algo que no tiene razón de ser objetual.

La historia de la primera década de este siglo ha sido sacudida por dos crisis, dos accidentes que han vapuleado el tiempo para dejar que muestre lo real. El accidente del terrorismo (y de la guerra). Y el accidente de la economía. Ese doble contexto explica parcialmente, como todas las explicaciones, la emergencia de respuestas a estrategias de creación y de circulación de la cultura que eran ostentosas y que, precisamente por ese lujo, se han vuelto de pronto, si no anacrónicas, sí irrealizables. El costo del seguro de una obra maestra de Picasso desaconseja el viaje. No son tiempos para Grandes Exposiciones. Así, en el entresuelo del Centro de Arte Reina Sofía, de pronto, se instala la exposición “Económicos”, de Efrén Álvarez. La pobreza, la humildad, no sólo se encuentra en el interior de la obra, dibujada a lápiz; su potencia contestataria no sólo reside en los códigos que baraja, extraídos del fanzine, del cómic, de la parodia, de la escatología; también el dispositivo, la instalación de la exposición, en un lugar de paso, sin posibilidad de vigilancia (remunerada), comunica cierta precariedad. Esa presencia se puede observar como una osada apuesta por la mirada lateral; o como la precarización del joven artista, porque todos los jóvenes –artistas o no– somos en nuestros días precarios.

El catálogo de “Económicos” tiene aspecto de fanzine. También lo tenía el de Fetiches críticos (Centro de Arte Dos de Mayo, 2010), que puede descargarse gratuitamente. Antes del 11-S y de la crisis económica ya hubo quien cuestionó la idoneidad de la arquitectura icónica y quien utilizó chinchetas para colgar sus obras de las paredes de una galería. Toda la producción de Tamara Villoslada, por ejemplo, puede leerse como una apuesta por la humildad (el dibujo esquemático y a lápiz, el papel cosido, el alfiler que sujeta la ilustración) anterior al contexto que describo. Buena parte de la obra de Frida Kahlo, un referente que la artista argentina somete a un proceso de torsión y de despojamiento, y de tantos otros artistas modernos también hicieron de la falta de pretensiones, de la economía de medios, un camino artístico. Pero ahora estamos en otra crisis y debemos atender a nuestro presente. Y en él han regresado los fanzines. Pienso en Huérfanos Fanzine, en 5000 negros, en Mapache Press o en El juguete rabioso –que yo mismo dirijo–, que contestan al presente español de 2011 como lo hicieron a realidades anteriores Vinalia, Mondo Brutto o La fiera literaria. Porque cada nueva crisis debe encontrar sus propias respuestas. La producción de los fanzines es precaria (el domicilio particular en el lugar de la redacción, la copistería en el de la imprenta) y su difusión se instala en el circuito de la humildad (distribución manual en lugar de motorizada, pingüe margen de beneficio, cuando no pérdidas en la inversión). Esa economía, la economía de la cultura pobre, es más honesta, en los tiempos que corren, que la de los centros culturales y las editoriales que a lo sumo reducen sus presupuestos, mientras aguardan la llegada del próximo best-seller (la exposición de Miquel Barceló o del impresionismo francés, la nueva novela de Javier Cercas o de Carlos Ruiz Zafón).

“Qué inmortal he sido”, la primera de las dos novelas cortas que componen La nueva taxidermia (Mondadori, 2011), de Mercedes Cebrián, es uno de los textos recientes que mejor han encajado en el nuevo contexto socio-económico de la España que la escritora abordó, directa o indirectamente, en dos libros anteriores, El malestar al alcance de todos (Caballo de Troya, 2004) y Mercado Común (2006). La narradora crea una “pequeña empresa para recuperar situaciones vividas”. Comienza trazando un “esbozo”, un “mero borrador”. Prosigue adquiriendo materiales auténticos de la época que pretende reconstruir y objetos como un bote de Tipp-Ex o un bolígrafo de cuatro colores. Consigue, finalmente, reconstruir un piso tal como fue en los años ochenta, veintidós años después de los hechos. Irónicamente, la narradora se plantea, al final, pasar del proyecto personal (teatral y performativo) a la marca (“mi propia empresita llamada Picnic Events”). Y escribe: “Los recuerdos ocupan el espacio y la apariencia que elijamos para ellos: forma de diario íntimo, de cuaderno de viajes con tickets pegados que no hacen sino despintarse con el tiempo, de álbum con anillas metálicas y hojas autoadhesivas para poner y quitar fotos a voluntad, de DVD con imágenes procedentes de una vieja cinta Betamax”. Formatos artesanales que llaman a las manos, al tacto de las yemas de los dedos: a lo manual. En los últimos años, la obra de Cebrián ha circulado con la misma humildad y la misma seguridad con que lo hacen los fanzines: las crónicas de 13 viajes in vitro (Blur, 2008), la plaqueta Sala de máquinas (Ediciones de la librería Cálamo, 2009) y el relato Cul-de-sac (Alpha Decay, 2009) se encuentran en volúmenes discretos, editados con el amor a lo real que a menudo tan sólo puede residir en lo pequeño. No en vano, hablamos de la traductora de Lo infraordinario, de Georges Perec.



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