LA OPERACIÓN CANGURO

Hace diez años dejé mi trabajo y mi casa en Barcelona y me fui a viajar. La razón principal era la escritura de “Australia. Un viaje”, que fui redactando en cabañas, hoteles y apartamentos prestados y alquilados durante dos años. Gran parte del libro versa sobre la Operación Canguro: el programa de emigración del gobierno español que llevó a varios centenares de personas a la otra punta del globo. Entre ellos, familiares míos. Trabajaron en la caña de azúcar. Era tan duro que el mango del machete se te pegaba a la piel después de doce horas y por la noche tenías que orinarte en tus propias manos para acelerar la cicatrización para el día siguiente. Ahora se cumplen 50 años del fin de la Operación Canguro. Y mi libro sigue encontrando algunos lectores, españoles y australianos, en estos tiempos de nuevas migraciones.

AUSTRALIA: DIEZ AÑOS

Hace diez años exactos que me fui a Australia. Viajé tres mil kilómetros por la costa este, en paralelo a la Gran Barrera de Coral, para conocer los lugares donde mi familia cortó caña de azúcar hasta que les sangraron las manos. Y otros tres mil por la costa oeste, para entrevistar a los ancianos monjes españoles de una misión remota y del monasterio de New Norcia, fundado por un gallego y un catalán en el siglo XIX, donde todavía se duerme la siesta. El resultado fue mi libro más ambicioso, AUSTRALIA. UN VIAJE, que publicó Berenice hace casi cinco años. Un libro sobre la isla continente y sobre por qué los humanos sentimos la necesidad de movernos, de migrar. He pensado mucho en aquel viaje y en aquel libro durante estos días en que los españoles vuelven a partir en busca de nuevos horizontes vitales y económicos. Y en la red me he encontrado con un texto de Patricio Pron sobre mi libro, que ya no recordaba, con la generosa reseña de Vicente Luis Mora sobre el libro y con la noticia de que el último monje español, el entrañable Don Paulino, está muerto desde 2010.

CONTEMPORARY ABORIGINAL ART (I)

INTRODUCCIÓN

Cada viaje reescribe los que lo precedieron. Durante los dos meses que pasé en Australia durante 2002, siguiendo los trazos de la emigración española, soslayé la cultura aborigen. Compartí con indígenas australianos carreteras que atravesaban el desierto; visité museos y una comunidad del norte remoto; leí algunos libros sobre su prehistoria, la violencia europea, su difícil asimilación, sus creencias. Pero no me atreví a escribir sobre su cultura, porque –como escribió Bruce Chatwin, quien no obstante sí osó abordarla en Los trazos de la canción– su complejidad intelectual es de una escala tal “que hace que las pirámides parezcan castillos de arena”. Ahora, en una habitación del Victoria Hotel de Melbourne, empiezo a escribir esta crónica porque he encontrado el modo de acercarme a la creación artística de los Aboriginal Australians. Su contemporaneidad es muy similar a la mía. No sé leer su pasado; pero sí puedo acercarme a un presente que se expresa en lenguajes artísticos que me son familiares: el cine, la novela, la instalación, el grafiti o el videoarte. Recorriendo galerías, museos, bibliotecas, librerías y páginas web, desde la ciudad reescribo el desierto.

AUSTRALIA AGAIN

VOLVER A LA ESCENA DEL CRIMEN

Lo he contado tantas veces que me parece mentira no haberlo escrito nunca.

El subtítulo podría ser: cómo aprendí en Australia a escribir con la mano izquierda.

Vine porque quería escribir un buen libro y los buenos libros muchas veces están en la memoria. Yo había escrito durante años una novela corta, una historia en forma de poemario en la que me había forzado a hablar del presente. En cuanto la publiqué me di cuenta de que era un paso en falso, quizá por eso durante los siete años siguientes no escribí una línea de ficción. Los pasos falsos: un buen título. Ahora me doy cuenta de que en Ene hablé de mi primera migración: de Mataró a Barcelona, del barrio al aeropuerto; pero entonces no lo sabía o lo sabía pero no me importaba, porque en mi familia sí existía una gran historia de migraciones, una historia que aguardaba a ser contada desde que en mi infancia los sellos que procedían de aquí eran particularmente valiosos para mi colección sin valor. Pasé más de un año de biblioteca en biblioteca, recabando datos sobre la expedición de Malaspina y el capitán Cook, sobre los benedictinos que se fueron a la otra punta del mundo para fundar un monasterio y una misión, sobre la Operación Canguro, sobre extinta la industria de la caña de azúcar cortada a mano –a machete. Después, me subí a un avión, hice escala en Buenos Aires y aterricé en Sidney, con seis mil kilómetros y dos costas en el horizonte incierto que es todo viaje.

Ahora he hecho escala en Singapur y aterrizo en Melbourne, pero el perro que husmea en mi equipaje en busca de comida podría ser el mismo que lo hizo entonces. La amabilidad de dibujo animado y la paranoia al contagio son idénticas a las de 2002. El gran fantasma de la cultura australiana es el pánico a la invasión china: el control de plagas, la dificultad para conseguir una visa, los problemas entre la iglesia anglicana y la católica, la llegada constante de refugiados iraquíes y afganos o la incapacidad para gestionar la presencia aborigen son satélites del planeta negro, la amenaza oriental, que recorre los dos siglos de historia de Australia y que se ha incrementado durante las últimas décadas, como un fantasma palpitante pero inconcreto. El avión está lleno de chinos, japoneses, coreanos, vietnamitas, tailandeses, filipinos, emigrantes y turistas, estudiantes, residentes futuros –el adn de un probable Presidente.

Yo alquilo un coche en la oficina de Budget y me dispongo a quemar kilómetros.

Qué he ganado y qué he perdido en estos nueve años, tiempo suficiente para que todas mis células se hayan regenerado y no obstante con memoria (con conciencia) de ser el mismo. El mismo que escribió Ene y que, después, en otra vida que era la misma, escribió, en diversos grados de simultaneidad, durante siete años, La brújula, GR-83, Australia, Viaje contra espacio, La piel de La Boca y Crónica de viaje. Los artefactos que conformaron un radar en que buscarme.

El jet lag y el cansancio lo han desconectado. Estoy muerto. Pero en marcha.

En el parking del aeropuerto, incapaz de poner en marcha el coche, le pregunto al empleado de Budget cómo funciona un vehículo automático: R significa Reverse, me explica; mantén la D cuando quieras avanzar. El pie se me va inconscientemente hacia el embrague, que es el freno. Un freno el doble de grande de lo normal. En el primer semáforo freno en seco y se desparraman los mapas, la guía, la mochila, el jersey, la cámara de fotos, la botella de agua. Afortunadamente, no viene nadie detrás. Me desvío hacia la Princes Highway. Cien kilómetros hasta el inicio de la Great Ocean Road; cerca de trescientos hasta los Doce Apóstoles. En la autopista es sencillo mantenerse en los carriles de la izquierda, porque la mediana te separa de los automóviles que circulan en sentido contrario. Pero en los pueblos las dudas se multiplican en cada rotonda y en cada semáforo.

Me siento como si volviera a la escena del crimen y yo fuera culpable de un delito que no recuerdo haber cometido.

Australia me hace sentir culpable. Es una culpa desdibujada, muy parecida a la vergüenza. Durante quince días conviví con mis parientes, los entrevisté con el cuaderno en la mano, les conté que iba a escribir un libro con todas aquellas historias, con aquel puñado de confesiones. Cuando, cinco años más tarde, leyeron el manuscrito, no les gustó reconocer en aquellos personajes las personas que ellos mismos me habían dibujado. Intuyo que no supieron convertir, en su imaginación, aquellas notas en un libro publicable. Me pidieron que cambiara sus nombres. Lo hice. Germinó una vergüenza que todavía siento en los dedos al teclear estas letras. Después, viajé miles kilómetros hacia el norte, para pisar todos los pueblos donde mi familia australiana alquiló habitaciones, convivió con ratas, tiñó de sangre las empuñaduras de los machetes, cortó caña de azúcar. Durante las últimas semanas esa topografía (Townsville, Ingham, Cairns) ha sido anegada, devastada. La enfermedad que retrato en el libro siguió cebándose con mis primos y con mis tíos segundos después de que se publicara. Se confunde con los incendios caníbales del año pasado, con las lluvias torrenciales, con las inundaciones, con el ciclón Yasi de los últimos días.

“Keep Left”, me recuerdan en cada pueblo que atravieso grandes carteles que tratan de prever los accidentes provocados por conductores turistas.

Gracias a que en la agencia de viajes me atendió una chica de mi edad (veintitrés añitos), que no sabía que el viaje por la izquierda era mucho más largo que por la derecha (total: Australia está justo en la otra punta del mundo, si haces un túnel desde Madrid vas a parar a Ayers Rock, el ombligo de la isla continente, la piedra roja donde no he estado, otra cuenta pendiente), hice escala en Buenos Aires y volé hasta Nueva Zelanda y Sidney en una ruta transpolar. Gracias a aquel error, a las horas de bonus track, decidí que al año siguiente, cuando lo dejara todo para dar la vuelta al mundo, mi viaje comenzaría en la capital argentina. Entonces yo tenía un cabello relativamente denso y no sabía dónde quería vivir ni con quién. Supongo que también viajaba por esa razón: las demás, con los años, las voy lentamente elucidando. Escribir lo que sólo he podido escribir –o, al menos, pensar como escritura– en movimiento. Dar otro sentido a la herencia de mis padres, fuera de las fronteras que ellos en cambio sí aceptaron. Australia fue creciendo en la cabaña de Tilcara, en plena Quebrada de Humauaca, en el dispensario de un psiquiatra militar en Mendoza, en una mansión chilena, en un conventillo de La Boca, en aviones, en un par de domicilios de Chicago, en casas que me prestaron en diversos lugares de un mundo que mis padres no pudieron imaginar del tamaño de mis pasos.

Cuando les dije por primera vez que vendría, con esa insolencia que me caracterizó en casa (el “picolisto”, me llamaban), me respondieron que estaba muy lejos, que era muy caro. El viaje: la distancia y la clase.

En uno de cada cinco semáforos piso el freno pensando en el embrague: se desparrama todo en siete u ocho ocasiones, afortunadamente no llamo la atención ni causo ningún accidente. No me siguen.

Como si Australia se empeñara en que yo siempre tuviera que empezar aquí de nuevo.

Gran parte del libro está escrito en segunda persona. El yo entre paréntesis, circulando por el carril contrario, por el zurdo, llevando un diario de viaje en yo que era otro: tú. Como aquellas personas que convertí en personajes: Michael, que debe de seguir soñando con cocodrilos de mar en las Kimberley Mountains; Stephanie, que probablemente haya muerto; Antonio, que murió; el amor romántico entre la hermana Escoli y el hermano Sanz –que probablemente descansen en paz.

En cada cruce, conecto el limpiaparabrisas en vez del intermitente y me lamento de mi torpeza.

Derecha o izquierda.

Lo intento; lo recuerdo en cada cruce e intento mantenerme en la izquierda.

Eso he intentado en cada uno de los textos que responden a mi voz, desde el primero, “El grito” (relato de los extraños días que pasé en un caserón del sur chileno, escribiendo Australia), hasta el último, Los muertos. Mantenerme en la izquierda, un carril que nadie sabe cómo delinear. Hablar de la memoria de los campesinos que fueron mis abuelos, de los emigrados que hay en mi adn y de los que me circundan, de los muertos que ya no son sólo mi árbol genealógico, sino la red inabarcable de los seres de ficción que todos hemos perdido, con dolor pero con resignación, la cadena en expansión de la vida y de la muerte.

“Keep Left unless overtaking”.

Sin demasiado pelo debido a una enfermedad crónica y nerviosa, fruto de la edad, ahora sé dónde quiero vivir y con quién.

Y qué es lo que tengo que escribir.

Cuando un pintor desea poner en jaque su estilo, aprende a pintar con la mano izquierda; después de haberse adelantado a sí mismo podrá regresar a la diestra, más cercano del que quisiera llegar a ser, de ese espectro que casi se corresponde, en el futuro, consigo mismo.

Cuando al fin diviso los Doce Apóstoles, islotes náufragos rodeados de océano, cerca pero lejos de la playa roja, acantilada, descubro que sólo quedan ocho. Perdura el nombre, que identifica el mismo fenómeno natural de antaño, pero que hace hincapié en las ausencias.



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