CONTRA BARCELONA

[Apéndice al prólogo a Madrid/Barcelona. Literatura y ciudad (1990-2010), "La literatura de la marca Barcelona" y "Barcelona: el espectáculo debe continuar"]

 

“Me preguntaba el otro día un periodista por qué en Barcelona hay tantos colectivos trabajando el tema de la postpornografía y yo le contesté que tal vez tenga que ver con el hecho de que Barcelona posee un fuerte movimiento político radical. Aquí viene gente de todo el mundo para poder llevar a cabo luchas políticas antisistema, con la okupación como base. Anticapitalismo, nuevos feminismos, lucha contra la transfobia, movimiento político queer, políticas de inmigración, cultura DIY. El postporno es la lucha política radical por una sexualidad alternativa. Al fin y al cabo, fue en una okupa feminista del Raval donde empezamos con los talleres sobre pornografía y feminismo”

María Llopis, El postporno era eso (2010)

 

Desde el estreno de Biutiful (2010), de Alejandro González Iñárritu, una película sobre Barcelona que parece pensada y escrita como respuesta a Vicky Cristina Barcelona, han aparecido diversas obras que insisten en cuestionar la marca Barcelona. Obras menos melancólicas que irónicas, que aunque muestran duelo por la supuesta ciudad perdida, invierten más espacio en reivindicar la historia no oficial que en lamentarse por la pérdida de espacios emocionales o de ámbitos no ocupados por el turismo. Obras que, consciente o inconscientemente, pueden ser leídas como el tributo de unos hijos a sus padres intelectuales. Porque estoy hablando de cómo Marcos Prior o Marc Caellas, ambos nacidos en los años, están alimentando con Fagocitocis (Glénat) y Carcelona (Melusina), respectivamente, la tradición crítica que Manuel Delgado o Guillem Martínez, entre otros cronistas transversales de esta ciudad, han cultivado en libros imprescindibles como La ciudad mentirosa o La Barcelona rebelde.

La estrategia de Prior, en un cómic dibujado por Danide, es descomponer los distintos formatos de las representaciones del poder (el cartel publicitario, la marca, el márqueting, Youtube, la entrevista de trabajo), para sabotearlas sutilmente con mala leche. Sé que puede parecer contradictorio, pero es exacto: sutilidad y mala leche. Esa leche agria, recién caducada, cuyo aspecto no delata su acidez. Karl Marx convertido en un muñequito regalado por McDonalds. En las solapas de Carcelona, en la misma línea de humor ácido y de dedo en el ojo (como señala Pepe Ribas en el prólogo), se reproducen las chapas de Margalida Montoya y Arcadi Royo que fueron prohibidas recientemente en la Librería La Central: la violencia policial, los manteros, las putas o los robos como anti-iconos turísticos. Caellas disecciona las ideas y los tópicos que circulan sobre la Ciudad Condal, pero en vez de hacerlo desde la ficción, lo hace desde la crónica. Con Copito de Nieve en la portada, arremete sistemáticamente contra todos los niveles de la ciudad sobrerregulada, en que siempre el continente es más importante que el contenido: la cultura, la televisión, el marketing municipal, la rebeldía, el periodismo, el teatro, el cine.

Siguiendo una inercia secular, Caellas defiende la mirada local y critica la extranjera, es decir, prefiere En la ciudad, de Cesc Gay, a la película subvencionada de Woody Allen. Pero hay que señalar que la crítica no viene sólo de los escritores locales: también los visitantes más o menos temporales la están suscribiendo en todo tipo de discursos. Porque es difícil sostener la distinción entre nativo y extranjero, entre visitante y residente, en nuestra época de fronteras móviles. Es el caso de González Iñárritu, que construye su película sobre una topografía en que el centro turístico (el Paseo de Gracia, el Zurich, la Rambla) es un mercado ilegal y el escenario de persecuciones policiales. O, en clave mucho más desacomplejada y divertida, de Loca People, la canción de Sak Noel con que concluyo esta nota.