VIÑETAS ISRAELÍES

Confieso que he leído Crónicas de Jerusalén (Astiberri, 2011), de Guy Delisle, mirando las viñetas por encima del hombro. Esa actitud, sin duda equivocada, se debía a dos hechos. Por un lado, a que he estado varias veces en Jerusalén; por el otro, a que he leído todos los cómics que ha publicado Delisle. Mi experiencia viajera se ha interpuesto por vez primera entre su relato y mi lectura, porque en las ocasiones anteriores el autor canadiense me había descubierto zonas del mundo que me eran desconocidas: Pyongyang (2005), Shenzen (2006), Crónicas birmanas (2008). Ahora, en cambio, me retrataba una ciudad familiar. Y, para acrecentar mi suspicacia, lo hacía con los métodos habituales en su obra: la auto-representación caricaturizada, la ironía light, la segmentación en microhistorias cotidianas, muchas de ellas compartidas con su compañera y sus hijos, el recurso de la entrevista y la apropiación de los formatos propios del cuaderno de viaje, como el esbozo naturalista. De modo que decidí, precipitadamente, que Delisle se estaba repitiendo. Tal vez, sobre todo, porque para mí era una ciudad repetida.

No se puede evaluar una obra desde fuera de las reglas que ella misma propone, desde el exterior de la poética y de las intenciones del autor. Pese a haber ganado con este libro el premio al mejor álbum del año pasado en el prestigioso Festival de Angulema, Delisle no me parece un artista con voluntad de innovar, de hecho ni siquiera parece verse a sí mismo como un artista. Un artesano, sí, sin duda, que se dibuja a sí mismo, una y otra vez, trabajando. Pero no un experimentador, ni mucho menos un genio. Crónicas de Jerusalén, de hecho, evoca en cierto momento, cuando aprovechando su presencia en el territorio la sección española de Médicos Sin Fronteras le encarga un reportaje gráfico, los dos libros sobre Palestina de Joe Sacco, un dibujante y guionista que sí se caracteriza por la ambición artística, que cultiva vinculando el cómic con el periodismo de investigación. Si comparamos el último libro de Delisle con Notas al pie de Gaza (Mondadori, 2010), de Sacco, Diario de Nueva York (Sexto Piso, 2011), de Peter Kuper, o Cuadernos ucranianos (Ediciones Sins Entido, 2011), de Igort, es decir, con las últimas obras de otros autores interesados en el viaje, no hay duda de que sus viñetas son las menos virtuosas. Sin embargo, los cuatro poseen un estilo propio. Los cuatro pertenecen al circuito internacional porque han encontrado lectores en culturas distintas. Los cuatro experimentan, a su modo, con uno de los lenguajes que más se ha desarrollado en los últimos tiempos.

Aunque en Crónicas de Jerusalén predomine la narración lineal, dividida según los meses del año que la familia Delisle pasa en Israel, en algunos momentos quedan en suspenso el relato del narrador y los diálogos de los personajes, y el mutismo invade la página. Ese tiempo en silencio, intermitente, es una de las virtudes del álbum. Lo encontramos en el relato de las vacaciones en lugares cercanos: paréntesis de desconexión de una realidad desquiciada. Otra virtud es, sin duda, su penetración tanto en la geografía de la ciudad como en las contradicciones del país. Delisle acaba descubriendo las vías de acceso a todos los rincones de Jerusalén que se niegan a ser obvios para el turista, y visita tanto los monumentos que aparecen en las guías como los que, por haber sido abandonados o por quedar en coordenadas geopolíticamente complejas, no son registrados por ellas. Sin necesidad de asumir riesgos de corresponsal de guerra ni de negociar entrevistas de alto nivel, simplemente viviendo en un lugar durante un año, Delisle retrata el extremismo ortodoxo, el sinsentido del muro de Cisjordania, la militarización de la vida cotidiana, la violencia constante, el desencuentro entre palestinos e israelíes, las costumbres religiosas, la dimensión histérica de la Historia.

EXPERIMENTOS CON LA LECTOESCRITURA

En la página web del CCCB Lab se puede leer mi artículo sobre cómo Windows ha alterado la lectura y la escritura en nuestra época. Y algunas derivaciones de esos cambios. Aquí.

SUPERHÉROES: LA MEMORIA REINICIADA

Durante el pasado otoño todos los superhéroes de D.C. Comics empezaron de cero. Es decir: la compañía dio total libertad a sus guionistas para que reconfiguraran las biografías y las personalidades de Batman, Superman, Wonder Woman, Green Lantern y Animal Mal, entre otros muchos menos conocidos. En manos de autores como Grant Morrison, Paul Cornell o Brian Azzarello, Los nuevos 52 ha supuesto el relanzamiento de todas las series de D.C., con énfasis en la condición gay, asocial o anti-épica de algunos de los superhéroes, en sintonía con el horizonte de expectativas de la sociedad del siglo XXI. No es la primera vez que ese multiverso se somete a una operación de reset: en los 80 fue la Crisis en Tierras Infinitas; en los 90, la Hora Cero; y la década pasada, la secuela Crisis Infinita. Pero ahora son cincuenta y dos series en marcha impugnando el pasado común. Esas nuevas versiones más oscuras de los personajes de siempre son justificadas por la alteración de los hechos superheroicos conocidos por los lectores de más de setenta años de tebeos interconectados, a causa de un viaje en el tiempo de una las encarnaciones de Flash. Versiones y reencarnaciones, al fin y al cabo, porque cada vez que un escritor se enfrenta a uno de esos mitos contemporáneos tiene que lidiar con una tradición polifacética que no es fácil resetear.

Los cómics de superhéroes, vistos en su complejo y extenso conjunto, se definen por la saturación de tramas e historias y por la mutación de unas identidades que nunca son personales. Fue Alan Moore quien nos enseñó a mirar lo superheroico bajo una doble luz: la de la historia pulp y la de los arquetipos míticos. Por eso su Supreme (1996-2000; Mondadori, 2011) es un constante diálogo entre la última encarnación de un superhéroe inexistente (inspirado en Superman) y su propia tradición, la de los cómics que supuestamente ha protagonizado. En Promethea (1999-2005; Norma, 2007-2008), su trabajo inmediatamente posterior, Moore llama “ideas vivientes” a esos mitos adictos al ciclo del karma, patrimonio colectivo que llamamos Ficción. La alta carga erótica de la narrativa del autor de Lost Girls se relaciona con esa fertilidad, esa promiscuidad de una mitología que confunde lo antiguo con lo contemporáneo, el sueño con la creación sofisticada, la magia con los folletines, las diferentes capas que constituyen el imaginario colectivo. El arquetipo “Promethea” conversa con esa línea del cómic de superhéroes que, desde Thor hasta John Constantine, ha incorporado los dioses y los magos a un magma que entremezcla supuestas categorías de lo fantástico. Un magma no sometido a la lógica de la memoria que puede imperar en otras parcelas de la ficción, donde los personajes no son por lo general franquicias. Un magma sin una memoria necesariamente coherente, sujeto a la amnesia, a las reelaboraciones, a la multiplicidad de versiones y de sentidos, a las reinterpretaciones.

En el cambio de siglo esa realidad se hizo altamente autoconsciente. Y con ella, la necesidad de irle dando vueltas de tuerca a un género que no sólo las admitía, sino que las reclamaba. Éstas permiten leer ciertos títulos como si en ellos existiera una voluntad de ir más allá de la frontera marcada por el anterior. Así, en Top 10 (1999-2001; Norma, 2007-2008) Moore reactualiza la pregunta de Juvenal que ya aparecía en Watchmen (¿Quién vigila a los vigilantes?) mediante la invención de un mundo habitado exclusivamente por superseres. En él, por tanto, la policía cumple el rol de los superhéroes tradicionales y se enfrenta en su quehacer diario con alienígenas, telépatas, duendes, mutantes, semidioses o androides. Inmediatamente después Morrison publicó El asco (2002-2003; Planeta, 2011), un inquietante artefacto narrativo en que la psicodelia se hibrida con la metaficción, con un protagonista con doble identidad: una onanista y ermitaña y la otra como miembro de una sociedad secreta, La Mano, para quien patrulla la realidad con el objeto de limpiarla de todo aquello que atenta contra el status quo. En otras palabras: el superhéroe como esquizofrénico y como barrendero. Terminamos de leer el cómic sin saber si ha historia ha sido el delirio de una mente alterada o la elaboración objetiva de un mundo llamado Papelverso y, por tanto, sujeto a revisiones continuas y a la descomposición en viñetas encapsuladas en las paredes de la ficción.

Es difícil no caer en la tentación de pensar que cuando en 2006 Garth Ennis comenzó a publicar The Boys (la serie sigue en marcha, aquí bajo el sello Norma), una propuesta mucho menos intelectual pero radical también a su manera, no acometiera conscientemente un giro manierista respecto a esas obras anteriores –que entroncan con la metamorfosis de lo superheroico que Warren Ellis y Mark Millar llevaron a cabo a finales del siglo pasado. Porque si Moore superpobló el mundo de superhéroes y Morrison hizo que su protagonista fuera un basurero de lo real, Ennis firmó una auténtica impugnación a la totalidad: no hay superhéroes, sólo existen personas con poderes, hábilmente convertidas en productos de mercadotecnia y cuya función es nutrir la industria del cómic. Es decir, en The Boys los superhéroes son mentira. Una constelación de supergrupos que viven del cuento, que se dedican a beber y a follar, que no alimenta ningún noble valor, ninguna voluntad de justicia. De modo que sus vigilantes son los responsables de que estén bajo control. Quien conoce la verdad es Leyenda, cuyo reino es el sótano de una tienda de cómics. Él nos cuenta quién es en realidad El Patriota (otra de las subversiones de Superman): un cultivo, el “primero de una nueva raza”, “lo inyectan en un feto; se lo implantan a una retrasada, la mata al nacer, claro”, dice, “ha habido supertipos desde los años cuarenta” (es decir, desde que Marvel y D.C. iniciaron dos de las galaxias de ficción más complejas de la contemporaneidad). La memoria, por tanto, se encuentra en el subsuelo de ese espacio que, a falta de la tebeoteca, aparece una y otra vez en películas, novelas y cómics como el archivo del noveno arte. En el infierno, Leyenda relee la historia de los hombres y de sus engendros imaginarios, porque el destino de los superhéroes es, desde Homero, ser narrados una y otra vez; ser, una y otra vez, reinterpretados.

HABIBI, DE CRAIG THOMPSON

Craig Thompson

Habibi

Trad. de Oscar Palmer

Astiberri, Bilbao, 2011.

674 págs.

 

Antes de cumplir los cuarenta, Craig Thompson (Traverse City, Michigan, 1975) ya ha publicado dos obras maestras. Si la primera, Blankets (Astiberri, 2004), era autobiográfica, la segunda en cambio es absolutamente ficcional. Habibi narra la historia de amor entre dos seres llenos de cicatrices Y condenados al encuentro, el desencuentro y el rencuentro, en el contexto de un mundo árabe a caballo entre el nomadismo de antaño y la explotación tecnológica de hoy. Una historia de amor compleja, que aborda el matrimonio no consentido y el despotismo, la prostitución infantil y la castración, la pobreza extrema y la posibilidad de la rebeldía, la superación individual y la lucha colectiva; y lo hace mediante una estructura en que, con asombrosa naturalidad, se suceden los flashbacks, los fragmentos en contrapunto de dos líneas argumentales en constante convergencia y divergencia, y las reelaboraciones de las historias antiguas que pueblan los libros sagrados. Todo atravesado de una finísima ironía.

Dos son los hilos conductores con que se trenzan los relatos que van y vienen: por un lado, el talento de la protagonista para contar cuentos; por el otro, las fascinantes digresiones estéticas e históricas sobre la lengua árabe. Porque el ritmo lo marcan tanto la fabulación femenina como el vaivén metalingüístico, que encuentra en la forma de las letras y en la simbología numérica que éstas ocultan un patrón musical, mágico, que explica en correlato el destino de los personajes. En Blankets ya aparecían varias referencias a los patrones que rigen la presencia de la Forma en nuestro mundo y su relación secreta con las emociones y el amor: el narrador se masturbaba evocando la caligrafía de la chica de quien se había enamorado y ella le regalaba un edredón hecho a mano en que cada cenefa y cada motivo guardaba relación con su propia vida y con la que ellos estaban construyendo. También la nieve revelaba un patrón que se traducía en elocuentes viñetas. Pero en Habibi ese mismo impulso (que revela una mirada) es llevado mucho más lejos: el alfabeto y la geometría simbólica son constantemente invocados, como el marco que encuadra toda la narración y la dota de un memorable sobresentido, en un grado de sutilidad y de escalofrío que este lector ha visto y sentido en muy pocas ocasiones. A la protagonista enferma el curandero le receta un texto sagrado deshecho en agua (tintada): “Beber todas la letras es lo más cerca del texto que puede llegar a estar uno; el cuerpo absorbe el mensaje, la palabra deviene carne”. Como carácter aislado o como cadena de sentido, como cuento o como sonido, como entidad autónoma o como eco del paisaje, el lenguaje es reproducido, dibujado, narrado, entregado en sacrificio, ingerido, vomitado, convertido en viñeta, en página, en libro.

No es casual que en los agradecimientos de Blankets aparezca el nombre de Art Spiegelman y en el de Habibi lo haga el de Joe Sacco. Aunque la maestría artesanal de Thompson sea equiparable a la de Charles Burns, Chris Ware o David Mazzucchelli, lo cierto es que su uso del blanco y negro, y, sobre todo, su realismo simbolista recuerda especialmente al de los autores de Maus y Palestina. Con el primero, además, nuestro autor sintoniza en la exploración de la culpa y de la angustia que ésta conlleva. En sus dos obras maestras la religión, la sexualidad, la familia (o su ausencia) y la educación (o el autoaprendizaje) son generadores de desazón y ansiedad, que sólo encuentran su alivio en la imaginación. La asfixia paterna de Blankets –no en vano una educación sentimental– sólo podía desembocar en el cómic como liberación. La orfandad de Habibi, que comporta la esclavitud, encuentra su contrapeso, también finalmente liberador, en los cuentos, en las historias, en la reescritura de Las mil y una noches. En ambas obras el sexo es sobre todo desdicha y culpabilidad, hasta que es normalizado, aceptado y disfrutado gracias a la intervención del arte de la fabulación.

La Biblia es el modelo central de ambas obras. Incluso como objetos: dos volúmenes de más de quinientas páginas. Blankets es la huida de esa centralidad: de algún modo, convertir el libro sagrado en el subtexto del cómic actúa como transferencia, porque deviene de esa forma referente artístico, ya no vital. Una vez libre de la opresión religiosa, Thompson acomete en Habibi la interpretación libre del Antiguo Testamento, como parte de la mitología árabe y musulmana. Por supuesto, entre ambas obras narrativas se ubica una tercera que actúa como bisagra: Cuaderno de viaje (Astiberri, 2006), que registra un periplo del autor por Europa y Marruecos. Ahí encontramos los rastros de la fascinación por la escritura y la geometría árabe que conducen, como letras o dunas, hacia el esplendor de Habibi. Un libro que ya forma parte tanto de la historia del cómic como de la historia del arte de contar.

HISTORIA Y PANTALLAS

En el segundo capítulo de la cuarta temporada de la serie Breaking Bad, dos amigos de Jesse, totalmente colocados, comienzan a hablar de videojuegos. Comparando las virtudes de unos y otros, acaban comentando uno en que el jugador se enfrenta a zombis nazis: “No se quieren comer tu cerebro porque busquen proteínas, sino porque odian a los americanos, son talibanes”. Aunque el personaje esté drogado, la lógica de su discurso no está demasiado lejos de la popular. Porque en el imaginario colectivo las palabras “nazi” y “talibán” se han ido desligando de su concreción histórica y, por tanto, de su sentido recto, para significar algo parecido. Y escribo “algo” porque me interesa la inconcreción del pronombre indefinido. El bárbaro, el infiel, el salvaje, el judío, el moro, el francés, el cosaco, el español, el nazi, Charlie, el talibán: durante siglos esas palabras y otras similares se han utilizado para designar otredades más o menos similares a ojos de quien las asumía como propias. Porque el lenguaje, que tiene siempre raíces históricas, tiende al cambio de contexto, a la perversión y a la ficciones más o menos inconscientes. La ficción estricta opera en términos semejantes. Existe un referente original, más o menos cercano a una realidad (histórica); pero entre la primera ficcionalización y esa fuente ya se abre una distancia, que se va incrementando a medida que pasa el tiempo y, con él, la obra se va ramificando, diversificando, multiplicándose en lecturas y en rescrituras. Si se ha vuelto –lamentablemente– común decir que la política israelí respecto a los palestinos es nazi es porque lo nazi se ha emancipado del nazismo. El carnaval forma parte de ese lento mecanismo de desvinculación. Mientras que la miniaturización de las guerras mediante soldaditos de plomo no es sometida a un juicio moral, de modo que poco después del fin de la guerra civil o de la segunda guerra mundial se comenzaron a vender los correspondientes ejércitos minúsculos, su representación en forma de disfraces sí debe obtener la aprobación social. Por eso el príncipe Harry de Inglaterra o el magnate Bernie Ecclestone fueron reprendidos por sus indumentarias carnavalescas. El hecho de que fueran ficciones (es decir: disfraces) no los exculpaba de haber banalizado el tabú. Aún no hemos desvinculado la esvástica de las masacres.

La distancia que separa el hecho histórico de su versión ficcionalizada constituye la primera de las múltiples pantallas que filtran la recepción, cada vez más lejana, de lo que fue realidad. En 1940, Charles Chaplin parodió en tiempo real a Adolf Hitler. Con El gran dictador continuó con un proceso que ya se había iniciado en caricaturas y viñetas de un lado y otro del océano y al que muchas otras películas contribuirían durante el mero transcurso de la segunda gran guerra: la conversión del genocida alemán en un personaje de ficción. En la primera portada de Capitán América, que apareció en marzo de 1941, el superhéroe golpeaba a Hitler. Casi medio siglo después, en Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, Michael Chabon hace que el Escapista, el superhéroe creado por sus protagonistas, también entre en la escena de las historietas dándole un puñetazo a Hitler desde su primera portada. Poco más tarde, Quentin Tarantino estrenó Unglorious bastards, una película en que los judíos americanos de los años 40 son en realidad tan aguerridos y vengativos como los judíos israelíes de los años 50 ó 60, donde aparece Hitler por enésima vez. Una versión más cercana a la de Chaplin que a la de El hundimiento. Para entonces, los nazis y su prole ya se habían convertido en un recurso narrativo, en arquetipos del mal, en telones de fondo, en motivo de exploración grave (Saló o los 120 días de Sodoma, de Passolini) o de comedia sangrante (Mi Furher: la más verdadera historia de Adolf Hitler, de Dani Levy). En algo que guarda una muy vaga relación con la terrible fuente original. Indiana Jones contra los nazis. Tom Strong contra las nazis. La película porno que rodó Hitler (en Desolation Jones, el cómic de Warren Ellis). Capitán Nazi, el rival del Capitán Marvel. Cráneo Rojo, exgeneral nazi y confidente de Hitler. Nazis como personajes secundarios de Fringe. Como si el plan de clonar a Hitler, que un personaje de ficción llamado Josef Mengele trata de llevar a cabo en Niños de Brasil, hubiera tenido éxito, pero en el plano de la ficción. Una célula de Hitler en cada criatura ficcional que se inspira, mínima o máximamente, en el nazismo. Vampiros nazis, amazonas nazis, millonarios sadomasoquistas vestidos de nazis, nazis vivos y muertos: el nazismo como un ejército nazi de iconos víricos infiltrados en todos los recodos de la Ficción, desde las fantasías sexuales de mansión y mazmorra hasta los videojuegos ultraviolentos, pasando por la comedia Zombis nazis.

En el prólogo a la edición estadounidense de Una tumba para Boris Davidovich, de Danilo Kiš, escribe Joseph Brodsky: “Tarde o temprano, toda revuelta acaba en una obra de ficción”. Eso significa que la revolución necesita testimonio y magnificación, crónica y narrativa. El destino de la Realidad no es sólo el de ser narrada en clave histórica, sino también el de ser transformada como cuento, novela, cómic, película, serie de televisión, videojuego, Ficción. Tanto el periodismo, la historia o el documentalismo como la literatura y el cine se sirven de textos, velos, pantallas para abordar la representación, directa o distorsionada, de lo que ocurrió. En ciertos momentos de la historia humana existieron artefactos narrativos capaces de otorgar un sentido consensuado o predominante a una experiencia histórica. Tan sólo tres años después de la finalización de la segunda guerra mundial, con toda su complejidad, con su infinitud de discursos entrecruzados, se leyó Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer, no sólo como la gran novela sobre la segunda guerra mundial, sino como una de las grandes novelas bélicas de la historia. Diez años después del 11-S ninguna obra sobre el atentado ha reunido un consenso semejante. En nuestro país, a menudo citamos Soldados de Salamina como el inicio del interés de la última década por productos culturales vinculados con la guerra civil y el franquismo, pero lo cierto es que hace más de setenta años que se publican novelas y cómics y se estrenan películas que abordan, de un modo u otro, esos conflictos. Si podría ser excesivo haber de remontarse a películas de 1939 como Sierra de Teruel o Frente de Madrid o a cómics de los setenta como Eloy para entender cómo se configura la representación de la guerra civil en nuestras conciencias, sí me parece pertinente pensar en la maraña de textos en que se inscribe la novela de Javier Cercas, y la adaptación cinematográfica que llevó a cabo David Trueba. En decir, pensar en la pantalla de pantallas o red de figuraciones en que el acontecimiento central de la historia española es representado en las conciencias de los españoles.

Inmediatamente antes de Soldados de Salamina, otro libro y otra película de éxito abordaron la contienda: La lengua de las mariposas (de Manuel Rivas y José Luis Cuerda, respectivamente). Poco antes o poco después se estrenaron filmes realistas y fantásticos como Tierra y libertad, Libertarias, El laberinto del fauno, Las 13 rosas o El espinazo del diablo. Pero las novelas y las películas no son más que una parte de los productos culturales sobre la historia española del siglo XX que han ido calando en nuestros cerebros. En los últimos años, mientras el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero impulsaba la Ley de Memoria Histórica, las interpretaciones, versiones y ficcionalizaciones de cada cual se iban convirtiendo en nodos de la telaraña representacional que llamamos “Guerra Civil”. Vagamente, porque en esa etiqueta a menudo entran lo que denominamos “La República”, parte del “Franquismo” y nuestra perspectiva anclada en la “Post-Transición”. En la última década, por ejemplo, es difícil encontrar un álbum pop que no contenga alguna canción sobre el tema. O alguna serie de televisión que, a la luz de los índices de audiencia de Cuéntame, no haya tratado de un modo u otro la cuestión, hasta llegar a 14 de abril. La República y Temps de silenci. En Psicodelia y ready made (Adriana Hidalgo, 2010), el crítico alemán Diedrich Diederichsen ha escrito a propósito de mayo del 68: “Su evocación sirve, como todas las evocaciones de una comunidad generacional, para que los participantes se aseguren unos a otros de forma lisonjera el haber estado presentes en algo grande. En documentales televisivos como Nuestros años sesenta siguen informando, décadas después, cuánto duró en llegar exactamente la revolución sexual a la pequeña ciudad de Dinkesbühl o cuándo desembarcó la ola beat en Dresde. Podría decirse que todas estas construcciones ayudan a las personas reales carentes de poder a que tengan el sentimiento de que  no vivieron completamente desapegadas de la realidad histórica”. El mismo mecanismo ha actuado en el caso español durante la última década y media. Las pantallas nos han ido convenciendo de que esa historia fue la nuestra, con un poder de convicción mucho mayor del que tuvieron las anécdotas y los traumas que nos contaban los abuelos.

En el último año del siglo XX, Peter Sloterdijk inició una célebre polémica con la conferencia que después se convertiría en Normas para el parque humano (Siruela, 2000), cuya tesis era: “las sociedades modernas sólo ya marginalmente pueden producir síntesis políticas y culturales sobre la base de instrumentos literarios, epistolares, humanísticos”. No hay duda de que la épica y la lírica, en sus manifestaciones artísticas tradicionales (la poesía, el teatro, la pintura, la novela, el ensayo, la ópera, el cine), dejaron de tener la capacidad de influencia que convierte una síntesis en un discurso central. La Pantalla es global porque es la suma de las pantallas de los cines y de los televisores y de los monitores y de los teléfonos móviles y de los instrumentos médicos y de los GPS. De todas las representaciones pixeladas que nos rodean y que nos constituyen. Pero en el polo contrario al de lo global no se encuentra, como se acostumbra a decir, el de lo local. Sino el de lo individual. La pantalla global existe solamente en las conciencias individuales. Y en ellas lo textual y lo audiovisual conviven sin parcelación ni fácil discernimiento. Se puede decir que la literatura dejó su lugar central al cine y que éste fue desplazado por la televisión y que ésta ha sido desbancada o simplemente enriquecida por Internet, al tiempo que los videojuegos se convertían en una industria poderosísima y en parte imprescindible del imaginario universal; pero en el cerebro humano, donde lo factual y lo ficcional están en perpetua liza, no hay centralidad posible, sobre todo porque la literatura, la pintura y el cine siguen siendo los modelos desde los cuales leemos y miramos. Las representaciones se amalgaman constantemente, en traducciones que olvidan parcialmente el lenguaje de origen, que desvirtúan y versionan y empobrecen o enriquecen las fuentes como lo hacen todos los discursos sobre lo real, sean documentales o ficcionales. De modo que en nuestra época es difícil –si no imposible– que una síntesis capaz del consenso crítico pueda estar en una obra (sea ésta novela, ensayo, película, pieza artística, serie de televisión, cómic, videojuego). La síntesis sólo puede venir a posteriori, mediante la puesta en diálogo de obras y productos que no conciben como un archipiélago, pero que el crítico o lector puede y debe poner en relación. En la pantalla global disponemos de las piezas del puzzle, pero sólo en la conciencia individual podrán encajar y encontrar un sentido. Infinitamente fragmentada en figuraciones a menudo contradictorias, la Historia espera que cada cual reconstruya su archipiélago. Y lo vuelva a interpretar.

[Publicado en CCCB Lab, en el marco de la exposición en marcha "Pantalla Global"]



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