UNA VINDICACIÓN DEL GONZO

A finales de abril, Babelia –el suplemento cultural de El País– publicó un artículo de Manuel Cruz que en otro contexto no hubiera pasado desapercibido. El título lo decía todo: “Menos ejemplaridad y más responsabilidad”. El punto de partida era el Rey Juan Carlos I: tras su discurso de Navidad, los medios aplaudieron su alusión a lo ejemplar, que parecía un reproche en público al comportamiento de su yerno, Iñaki Undargarin. Más tarde, sus asesores de comunicación lo condujeron al memorable “los parados me quitan el sueño”. Pero después llegó la caída: los cadáveres de elefantes, el accidente de caza, el descrédito por doquier, el video en que pidió perdón. Cruz denunciaba la invalidez de la supuesta ejemplaridad que no deja de ser una máscara hueca sino está llena de la responsabilidad que se le supone. Sin decirlo, estaba cuestionando el éxito de la obra reciente del también filósofo Javier Gomá, que ha hecho de lo ejemplar el eje de su pensamiento, y quien le respondió en el mismo suplemento, un mes más tarde, sin citarlo tampoco. Unos años atrás, un cruce de artículos como ese hubiera provocado intercambio de opiniones, un cierto debate. Pero no estamos para ostias ni para comulgar con ellas. Entre las páginas dedicadas a las mutaciones de la Casa Real, la situación griega, la Huelga General, los recortes en sanidad y educación, las elecciones francesas, la nacionalización de Bankia o el rescate europeo, las que menos importan y las que menos provocan son ahora las que se dedican a discutir ideas. Lo entiendo perfectamente. Sin embargo, aquí estoy yo. Para darle al pause de la realidad. Porque si algo nos enseñó Hunter S. Thompson fue eso: que se puede dar un puñetazo sobre la mesa y cambiar, aunque sea durante lo que dura la lectura de un texto, el ritmo de lo real.

La ejemplaridad y la responsabilidad son conceptos viejos. Cuando el suplemento Cultura/s –del diario La Vanguardia– invitó a Gomá a escribir un tema de portada, éste se remontó a la figura de Jesús para ilustrar sus ideas. La palabra “gonzo” en cambio es nueva. Aunque podamos rastrear la actitud de lo que desde 1970 se llama “Gonzo Journalism” en el periodismo de infiltración de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando se puso de moda que los reporteros y las reporteras se hicieran pasar por camareros o por floristas para conseguir sus exclusivas, y aunque podamos observar su proyección posterior en un sinfín de autores que han llevado la investigación periodística hasta sus últimas consecuencias (su último ejemplo podría ser El muelle de Ouistream, de Florence Aubenas, que publicó Anagrama el año pasado, donde la periodista francesa simuló ser durante un año mujer de la limpieza), lo cierto es que ese tipo de vida y de escritura sólo pertenece, en rigor, a una persona y se agotó con ella. En las cartas reunidas en El escritor gonzo (Anagrama, 2012), Hunter S. Thompson desarrolla las ideas radicales de su modo de enfrentarse a la realidad y a sus representaciones políticas. Unos gramos de ficción son necesarios para combatir precisamente las poderosas ficciones que los políticos, por naturaleza falsamente ejemplares y divididos desde siempre entre la corrupción personal y la corrupción responsable (pensemos en los argumentos que esgrimió recientemente el alcalde de Santiago de Compostela, Gerardo Conde Roa, para justificar su voluntad de no pagar 300000 euros a Hacienda). También la subjetividad radical es precisa para diseccionar la realidad, que no es más que la suma de millones de puntos de vista individuales. Thompson mantiene una interesante dialéctica epistolar con Tom Wolfe, para definir su propuesta como un satélite en la periferia del Nuevo Periodismo, pero en clara conversación con éste. Pues tanto el Gonzo como el New Journalism, aunque también alumbraran textos inmensos sobre moteros o Frank Sinatra, son particularmente relevantes en la historia de las ideas del último tercio del siglo XX por el giro que dieron a la representación de la política norteamericana. No se pueden entender las crónicas políticas de Joan Didion o de David Foster Wallace sin esa doble inyección de adrenalina y bisturí.

Durante los últimos años varios autores hispánicos han reivindicado el legado de Hunter S. Thompson, con la paradójica conciencia de que se trata de un modelo inimitable. Por eso cada discípulo ha acuñado su propia marca, su propia etiqueta. Sus propias palabras. En España, la peruana Gabriela Wiener ha definido como “kamikaze” su periodismo en primera persona, y el castellonense Robert Juan-Cantavella ha inventado el “Punk Journalism” para escribir El Dorado (Mondadori, 2008), probablemente la crítica más afilada a la corrupción urbanística y moral de la Comunidad Valenciana. En Argentina, Cicco defiende su periodismo “border”, y Alejandro Seselovsky, que narró en la revista Orsai cómo fue deportado por España tras aterrizar en Barajas con ese objetivo (la deportación), ha puesto la palabra “trash” en el título de un libro. A finales del año pasado se publicó en México la revista Proyecto Gonzo, una antología de “periodismo delirante” coordinada por J.M. Servín, con el siguiente titular: “Sexo a la mexicana y más historias del país de la eterna crisis”. La crisis que ha llevado al norteño Nazul Aramallo a narrar en la revista digital Replicante su experiencia como conejillo de indias para la industria farmacéutica.

Me parece que la palabra clave es esa: CRISIS. Las situaciones excepcionales reclaman medidas excepcionales. Críticas. Lo gonzo trasciende el ámbito periodístico y literario en que nació y se convierte en una categoría crítica de producción de discurso. Una categoría que reclama lo subjetivo, lo emocional, lo pasional, la crítica implacable, la denuncia constante. A diferencia de Hunter S. Thompson y de sus posibles herederos, profundamente individuales, el nuevo gonzo es antología, es propuesta colectiva, es revista digital, es red de contactos. Como diversas “anécdotas” protagonizadas por el autor de Miedo y asco en Las Vegas, las acciones gonzo cuestionan el consenso, lo que se considera aceptable en un momento histórico determinado, lo que es incluso legal. El movimiento Anonymous admite ser leído desde ese gonzo colectivo, el movimiento 15-M admite ser leído desde este gonzo colectivo, desde esa crítica sistemática del sistema que renuncia al protagonismo del sujeto, a la necesidad del liderazgo y, por tanto, a la noción tradicional de autoría. Lo gonzo deviene arbóreo, radicante, descentralizado. Más allá de sus límites y defectos, que son muchos, destacan sus virtudes robin hood: castigar a los poderosos que lo merecen, boicotear a corporaciones y gobiernos abusivos, tratar de pensar un afuera posible al sistema económico y político tal y como está configurado, recuperar la posibilidad de una crítica auténtica, esquivar lo que lleva irremediablemente a la corrupción (la acumulación de poder, el liderazgo de partido), buscar un modo de gestionar la cosa pública que sí sea responsable, comunicar una honestidad que sí sea ejemplar.

Cada época ha codificado sus propios registros óptimos de la verdad. Es decir, en cada momento histórico un tipo u otro de texto, de imagen, o de producto audiovisual ha sido percibido como el vehículo idóneo para transmitir la sinceridad, lo cierto, lo real. Durante la segunda mitad del siglo XX, las “malas escrituras” han sido la pauta de esa producción de sentido supuestamente verdadero, contrapuesto a las escrituras academicistas, correctas e hipercorrectas, embellecidas. Como si la antirretórica fuera sinónimo de verdad, mientras que la retórica continuara siendo –siglos después– una forma de la ocultación y el disfraz. Así, el be-bop, el arte povera, el estilo beat, el jazz, el periodismo gonzo, ciertos proyectos literarios poscoloniales, la recuperación del arte naif, el spoken word, el grafiti o el hip hop serían expresiones mucho más verdaderas que las expresiones coetáneas que siguen consignas más canónicas, legitimadas de antemano por la tradición. En el lenguaje cinematográfico, el movimiento Dogma fue la reactualización en el cambio de siglo de esa tendencia que recorre, como el doble necesario, todo el arte de la posmodernidad. Los vídeos caseros y los vídeos supuestamente caseros se han convertido hoy en día en la norma de la expresión de lo real. Todos somos Dogma. Tanto es así que el género porno que predomina en nuestros días es conocido como “gonzo” y consiste en la filmación en primera persona de una escena sexual. Aunque pervivan las películas profesionales, su importancia en el conjunto de la producción pornográfica es infinitamente menor de lo que era en los años 90. Lo mismo se podría decir de la crítica literaria, por ejemplo: la progresiva merma de influencia por parte de suplementos culturales y revistas especializadas se ha visto acompañada por la proliferación de blogs, a menudo firmados con pseudónimo, en que no se respeta la corrección formal y moral tradicional. Las reseñas de esos blogs son a menudo percibidas como más sinceras que las que se publican en papel y con nombres y apellidos, como si el anonimato y el estilo descarnado fueran garantía de objetividad y de honestidad. Lo mismo se podría decir de buena parte de las celebridades televisivas, a menudo provenientes del programa gonzo-popular por excelencia, Gran Hermano, y casi siempre ubicadas en plataformas desde la que juzgar a sus pares; o de la estrategia de la revista Cuore, que al focalizar la celulitis o los pelos de los sobacos de las famosas, se posiciona a la contra de la idealización del resto de prensa del corazón; o de programas televisivos también españoles como Salvados o como Equipo de Investigación, que son herederos del éxito de algunos documentales cinematográficos de Michael Moore. Conectar con la audiencia a través de los mecanismos de representación que ahora percibimos como más fieles a lo real, como si las imágenes de una cámara oculta no fueran sometidas a la disciplina del guión y del montaje igual que el resto.

Las agencias de publicidad, los gabinetes de prensa, los community managers corporativos están obligados a analizar esas tendencias de codificación para asimilar sus tácticas, para vampirizar su retórica antirretórica. Por eso los asesores del Rey decidieron que su video de disculpa tendría la apariencia del gonzo. Si los vídeos navideños siguen ciertos parámetros institucionales que cualquier español puede reconocer, era importante que pidiera perdón en un video que se identificara inmediatamente como antitético a los “tradicionales”. Un tipo de filmación que tanto el periodismo ciudadano como el documentalismo amateur o el porno gonzo han ido definiendo, en el inconsciente colectivo, como más realista que el realismo, inmediato pese a la inevitable mediación, tan instantáneo como el tuit, mucho más eficaz que la declaración de prensa o el comunicado oficial. Es posible que Guardiola haya sido uno de los últimos personajes públicos en optar por una puesta en escena clásica para anunciar algo que sus contemporáneos comunican con otras fórmulas, cada vez más “normales”.

Por supuesto todo eso no estaba en el programa de Hunter S. Thompson. Ya he dicho que el auténtico gonzo murió con él. Tampoco estaba en el programa de Lars von Trier. Pero es que Thompson y von Trier no son ejemplares, sino más bien callejones sin salida. Pero sus casos nos obligan a pensar en que ciertas reacciones al espíritu de la época no son sólo deseables, sino también necesarias. Kerouac, Ginsberg y compañía tampoco eran ejemplares ni responsables, pero la ola conocida como el “movimiento Beat” fue sin duda necesaria. La categoría de lo gonzo –pese a su democratización, o precisamente gracias a ella–, porque encontramos su rastro tanto en quienes ponen en jaque al sistema como en quienes lo perpetúan desde la televisión o desde la política, me parece un buen lugar desde el que pensar la crisis económica y social de esta segunda década del siglo XXI. Desde el que narrarla. Porque otros conceptos se están quedando cortos. No crean cortocircuitos ni incendios bonzos, ni siquiera pulsan el pause de la realidad. Para ser totalmente consecuente con esta vindicación de lo gonzo, tal vez tendría que haber escrito este texto en un estilo gonzo. Haber extremado las fórmulas de lo directo, de lo crudo, de la supuesta textura de la fea realidad (“No estamos para ostias”, “CRISIS”, “el pelo de los sobacos”). Pero si lo gonzo puede trascender a Hunter S. Thompson es precisamente porque no es una retórica que pueda codificarse, sino una sintonía, una frecuencia, o mejor aún: una interferencia. La televisión deja de emitir lo previsto durante unos instantes. Jaque que nunca es mate, sino jaque, jaque, una vez más, y otra, jaque, para que el rey tenga que protegerse, cambiar de casilla, ir tapando agujeros. Interrupción. Fogonazo. La libertad, en la forma y en el pensamiento; la independencia utópica; la crítica obligatoria. Desde esa luz podemos iluminar como precursores de lo gonzo ciertos pasajes de la obra de Cervantes, las propuestas de Lawrence Sterne, los caprichos y los desastres de Goya, el esperpento de Valle-Inclán, el humor de Chaplin, las negras Españas que describió Gutiérrez Solana, la autobiografía de Mishima o los gritos de Allen Ginsberg. Y como herederos de lo gonzo, las denuncias de Günter Wallraft, las memorias de Reinaldo Arenas, el ensayo en carne propia de Beatriz Preciado o las instalaciones de Santiago Sierra.

Han pasado ya casi dos años desde que Sierra rechazó el Premio Nacional de Artes Plásticas. Mucho se cuestionó aquella decisión. Se puede hablar incluso de polémica: la crisis todavía no había llegado a la prensa y todavía se daban casos que provocaban debate. Por supuesto, nadie tenía razón: ni el artista ni quienes lo acusaron de oportunismo y de incoherencia, porque al tiempo que rechazaba el premio porque no quería vincularse con el estado español, viajaba por Australia y era invitado por los Institutos Cervantes de la isla continente. Lo que importa es que Sierra volvía a darle al pause, después de haberlo hecho con sus negros fornicadores de blancos y con su pabellón de Venecia en que sólo podías entrar si enseñabas tu DNI español. En el continuo acelerado, se impone el gesto gonzo, el recuerdo de que no todo tiene una ejecución automática. Los premios por lo general se aceptan, pero también pueden ser rechazados. Las películas y las crónicas no acostumbran a estar narradas en primera persona, pero también existe esa opción. El artista o el periodista no tiene por qué mostrarse indignado, cabreado, harto, pero también tiene derecho a ello. Que cada uno lleve a su terreno lo gonzo, una perspectiva para narrar, criticar, analizar la realidad que no tiene por qué ser ejemplar ni necesariamente responsable, pero que seguramente es más pertinente que muchas otras en estos tiempos tan nuestros: los de la sociedad del malestar.

IDEAS CONTRA LA CRISIS CULTURAL

1. Vuelve al origen.

No me va el New Age. Desconfío de la autoayuda. Nunca he ido a una charla de coaching. Y sin embargo, aquí estoy, con disfraz de gurú de las iniciativas culturales; apelando al sentido común; organizando información que está ahí afuera, en las calles o en la red, al alcance de cualquiera; dando consejos –por vez primera y sin que sirva de precedente– por si les fueran útiles a alguien. Empecemos por el principio. “Conócete a ti mismo”, rezaba el pronaos del templo de Apolo en Delfos. A veces el secreto de todo está en tu propio origen: explóralo, descubre qué es lo que desde siempre te ha apasionado, piensa en qué es lo que conoces a fondo, reconoce tus dominios. Existe un malentendido consensuado acerca de la vocación: siempre se cree que tiene que ver con el deseo y, por tanto, con el futuro. Pero no es cierto: está emparentada sobre todo con el pasado. Con el capital de conocimientos que vas acumulando porque quieres llegar a ser algo y no sólo racionalmente, sino también apasionadamente, profundizas en ese ámbito de conocimiento. El desempleo puede ser una oportunidad para recuperar la vocación que quizá quedó truncada por esa plaza, en verdad indeseada, que ha pagado las facturas durante todos estos años.

2. Convierte tu pasión en tu trabajo.

Siguiendo con la idea anterior, en lo que respecta a profesiones vinculadas con la cultura, en mi humilde opinión lo ideal es que aquello que te apasiona constituya tu trabajo. El hobby convertido en profesión: esa es la energía que encontramos en el espacio cultural Diógenes de Gracia, en Arkham Comics, la tienda de tebeos del Raval, o en las librerías Taifa, también en Gracia, y Negra y Criminal, en la Barceloneta. El Saló del Cómic de Barcelona no es más que la profesionalización y el intercambio, económico y simbólico, de una pasión compartida. Lo mismo puede decirse de BCNegra, un festival que es pura pasión por la novela de crímenes y detectives. Diógenes, Arkham, Taifa, Negra y Criminal, Saló del Cómic de Barcelona, BCNegra: vivimos en un mundo en que todo es o tiende a ser una marca.

3. Construye tu marca.

La brutal competencia en la iconosfera y en el ruido mediático se da entre logos, entre simplificaciones, entre nombres, entre marcas. Para dedicarte profesionalmente a la cultura es importante que construyas a conciencia una firma y un prestigio, individual o colectivos. Puede ser tu nombre real, un nickname o el nombre de una empresa o de una agencia o de una asociación cultural. Pero, para bien o para mal, no tiene sentido no pensar en ello desde el marco teórico que mejor lo ha hecho: el del branding. Los blogs y el diálogo que generan siguen siendo plataformas de desarrollo de prestigio artístico e intelectual. Una de las diferencias principales entre dos periodistas barceloneses como Manuel Vázquez Montalbán y Arcadi Espada es que el primero edificó su marca con artículos y con libros, mientras que el segundo lo ha hecho con artículos y con posts. Los libros de Espada, muchos de ellos de referencia, no han sido tan decisivos en la multiplicación de su influencia mediática como sus blogs. Aunque las redes sociales sean también parte del campo cultural en que se define una reputación, la página web personal y el blog siguen siendo los espacios principales, el lugar al que acudir para entender la complejidad de cualquier propuesta contemporánea. Si entramos en la web del dibujante Juanjo Sáez nos encontramos con un diseño lúdico y fresco, a través del cual podemos ver obra suya, leer entrevistas, comprarle láminas en edición limitada, participar en un foro (“y déjame a caer de un burro, pero no esperes que te conteste”) o ponerse en contacto con su agente. En la de Lolita Bosch, en cambio, accedemos a sus artículos de opinión, sus libros, sus cursos y talleres o a los colectivos que pertenece, como Nuestra aparente rendición (para pensar la violencia en México) o el Colectivo Fu (una asociación cultural). La identidad pública de ambos queda bien resumida en esas páginas web, vías de acceso para la complejidad que resume toda marca.

4. Busca nichos de mercado. El problema de estudiar una carrera de letras es que en los temarios predominan los fenómenos culturales clausurados. Y que nunca se habla de ellos como lo que también fueron: procesos relacionados con la moda, la economía o la publicidad. También Poe, Tàpies, Tarantino o Javier Marías encontraron sus nichos de mercado. La puerta de los tres cerrojos, de la barcelonesa Sonia Fernández Vidal, es un ejemplo perfecto de cómo la detección de un nicho en el mercado cultural puede proporcionar un rendimiento económico. Doctora en Ciencias Físicas, Fernández Vidal se dio cuenta de que no existía ningún libro infantil de divulgación científica que hubiera tratado el tema de la física cuántica y decidió escribir uno. El resultado ha sido un éxito mediático y de ventas, que ha conducido en su segundo libro a la inclusión de la marca en el título: Quantic Love. Se trata de dos de los libros más visibles de lo que podría llamarse el “efecto cuántico”, la transformación de una abstrusa rama de la ciencia especulativa en un reclamo comercial. Lo demuestran otros títulos infantiles como El zoo cuántico, El limpiagafas cuántico o El supertoque cuántico. En nuestra época los nichos de mercado, incluso los más inesperados, los que nadie se imaginaba que existían, se saturan con una rapidez asombrosa. Siguiendo con libros, no hay más que pensar en el súbito interés editorial por los zombis. Sólo el año pasado se publicaron títulos tan curiosos como: Cómo hablar zombi, Una, grande y zombi, o Macarrones con zombi.

5. Dedícate al cultural coaching.

Era cuestión de tiempo: ya está aquí, aunque tímidamente, el coaching cultural. Después de entrenar el cuerpo, la autoestima, las relaciones laborales y tu capacidad de liderazgo, empieza a entrenar también las conexiones de todos esos ámbitos con la cultura general. O, mejor aún, si eres licenciado en letras y un habitual de librerías, cines, museos y bibliotecas, busca tus clientes y conviértete en su entrenador cultural. En nuestras aceleradas existencias, en el contexto de una ciudad como Barcelona donde se multiplica exponencialmente la oferta de cultura, la orientación profesional tiene que ser recompensada. Según los gustos y los intereses de tu cliente, deberás organizar su agenda de obras de teatro, visitas a exposiciones o asistencia a conciertos; enviarle emails con links a presentaciones de libros, conferencias, artículos, series de televisión o entrevistas a filósofos; acompañarle a librerías como haría un personal shopper en tiendas de moda o joyerías; darle clases privadas hechas a medida, según unos objetivos bien delineados. Dice Google que el cultural coaching todavía no se ha instalado en Barcelona y si él lo dice será verdad: es el momento de ser pioneros, construir una cartera de clientes, comenzar a trabajar en ese –por ahora– nicho de mercado.

6. Convierte cualquier centro en un centro cultural.

La Academia La Central, dirigida por el escritor Juan Trejo, es un buen ejemplo de cómo están mutando las librerías de hoy. Lo que ellas pueden ofrecer y está en cambio vedado a Amazon es justamente conversación, recomendaciones personales, formación lectora. En nuestra crisis lo único -esperemos que no sea de momento- que no ha menguado es la demanda de cursos de escritura y de lectura: la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonés y la Academia La Central tienen un público fiel, que refuerza su cultura en tiempos de recesión económica. Pero esa tendencia a que un local comercial se convierta en centro cultural no tiene por qué limitarse a librerías, se puede extender a cafeterías, revistas, agencias de todo tipo. Cualquier local debe insistir en su dimensión física y potenciar lo que puede darse en ella y no en espacios virtuales: la conversación de viva voz, la mirada, la complicidad corporal. Por todo eso encontramos en Barcelona librerías como Abracadabra, que es un centro de talleres infantiles y un teatro de cuentacuentos. O cafés con identidad de galería de arte como Cosmo o Mitte, donde se dan masajes o clases de inglés o tienes a tu disposición una pequeña hemeroteca. O tiendas donde conviven los libros, la ropa, los fanzines y la exhibición de obra gráfica, como Mutt o Como me ves, te verás, especialista en arte mexicano. En el caso de Cosmo se ha producido una interesante mutación: se ha convertido en el marco físico de Duduá, que después de alquilar sendos espacios en el Born y en el Gótico, se ha desmaterializado e imparte sus talleres de bordado y tricot en la galería-café. Una nueva simbiosis en la historia de la Guerrilla del Ganchillo.

7. Compartamos profesores (y niñeras).

No es necesario decirlo en inglés, pero el sharing llegó hace tiempo a Barcelona. Durante un año fui socio de Avancar, una agencia de coches de alquiler que tienes siempre a tu disposición en un parquin cercano. Los reservas por internet, los abres con una tarjeta, un ordenador registra los kilómetros y el tiempo exacto del servicio. Lo dejé porque los precios son más adecuados para empresas que para escritores free-lance, pero la idea es interesante y está en sintonía con nuestros tiempos. Se inscribe en una constelación de proyectos empresariales que sitúan en su centro la necesidad de compartir. Otro anglicismo: coworking. Compartir espacios profesionales, oficinas, estudios. Una variante más novedosa e hija directa de la crisis: los talleres compartidos. Máquinas de coser, herramientas de mecánica automovilística, equipos de edición en video. Los recortes en investigación médica están llevando a padres de niños con enfermedades raras a recaudar fondos para pagar a un investigador que se dedique en exclusiva a ese tipo de dolencia. En época de carencia hay que extremar las redes humanas. Las clases particulares de idiomas se pueden convertir en clases en grupos reducidos. Y una niñera puede ocuparse de varios niños durante las jornadas laborales de sus progenitores. Empiezan a proliferar en Barcelona los pisos convertidos en guarderías informales, donde una madre sin empleo se ocupa de algunos de los retoños de sus vecinas empleadas. De algún modo, esas mesas que compartimos en los locales de Udon o en Federal Café son la metáfora del mundo que está llegando.

8. Déjate apadrinar por un jubilado.

Por primera vez en la historia de España los prejubilados y los jubilados tienen un sueldo superior al de los adultos trabajadores. No es descabellado, por tanto, que los abuelos apadrinen a los jóvenes. En una época en que la asistencia sanitaria y la compañía de nuestros mayores recae sobre todo en personas inmigrantes, la lectura en voz alta, la conversación sobre temas de actualidad, la compañía para ir al cine, al teatro o a museos, o las clases particulares pueden ser remuneradas, de modo que el presupuesto que se dedica a un cuidador o a una enfermera conviva con un presupuesto, sin duda menor, para actividades intelectuales de esa persona mayor.

9. Juega.

A finales de 2003 viajé por la Patagonia con un francés que conocí en un carguero. Se llamaba Jerome y lo había dejado todo para viajar por el mundo. En Ushuaia pasó varias tardes encerrado en un cibercafé, jugando a simulación de bolsa. Su proyecto de vida era viajar gracias a los beneficios de sus inversiones, pero antes tenía que aprender las reglas del juego. Jugando. El póker es otro ámbito en que uno puede profesionalizarse practicando gratuitamente en la red. Algunos expertos en game theory han comenzado a pensar los “me gusta” del Facebook como puntos que uno podría ir acumulando y que podrían contabilizarse más allá del concepto de “tráfico”. Gamification y Funware: aplicar las estrategias del juego fuera del juego. Que te den puntos y bonificaciones por no cometer infracciones de tráfico o por entregar a tiempo la declaración de la renta. Y que esos puntos, como los que acumulas en la tarjeta del supermercado o en la de millas aéreas, se traduzca en beneficios que premien a los buenos ciudadanos. Los juegos de preguntas y respuestas; los videojuegos en red de temática cultural; los juegos de memoria y logopedia. Son varios los frentes que hay que reinventar.

10. Comparte tus ideas.

Respecto a las ideas hay dos opciones posibles: patentarlas y difundirlas, blindarlas con derechos de autor o liberarlas mediante formas afines al copyleft. No son opciones excluyentes. Sin embargo, nuestro mundo parece más dado a la segunda opción. La mayor parte de las grandes ideas de hoy ya no se pueden desarrollar en solitario, hace falta al menos un equipo, sino una red. Nuestra época es la de la inteligencia colectiva. Y como para desarrollar las ideas casi siempre hace falta tiempo y dinero, la falta de becas y subvenciones ha conducido al crowdfunding (penúltimo extranjerismo, lo prometo). Los grandes avances científicos y tecnológicos los llevan a cabo equipos que trabajan en red, no personalidades individuales. Internet está lleno de oportunidades de formación gratuita (como los tutorials: cursos de autoaprendizaje en forma textual o audiovisual) y de plataformas de trabajo en grupo. Subtitular películas o colaborar en Wikipedia puede significar poner en práctica tus habilidades como traductor, como lector, como redactor. Disfrazarte de gurú de iniciativas culturales, impostar una voz durante 2200 palabras y publicar un artículo como este en una revista que cuesta un euro tal vez sea otra modesta forma de intervenir en estos tiempos que, si algo reclaman, son intervenciones. Y de compartir ideas que son de todos, por si les fueran útiles a alguien.

[Publicado en la revista Barcelonés, abril de 2011]



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