CRÓNICA MAR MUERTO

¿LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE?

Conservo una foto de aquel viaje que resume todas las demás. Muestra una matrícula israelí, abollada y maltrecha, en medio de las piedras. Ninguna otra en mi álbum capta tan bien lo que comunica el Mar Muerto. Cuando bajas por la carretera que zigzaguea hacia la idea de extinción, hacia el concepto de un tiempo mineral –pura prehistoria– a más de cuatro cientos metros por debajo del nivel de los otros mares, sientes poderosa la sensación del accidente. Un accidente fúnebre, sin supervivientes, que convierte al viajero en un lunático o en un fantasma.

El país entero queda al otro lado de los paréntesis que abre la geografía. Estás en el interior de una esfera extraña, junto a la fortaleza de Masada o el kibbutz de Ein Gedi, espacios emblemáticos de la resistencia judía. La historia del primero, en tiempos romanos, terminó en suicidio colectivo; la del segundo sigue abierta. La vieja utopía colectivista quedó atrás, irrumpió la propiedad privada, se impuso la necesidad del turismo; pero la comunidad sigue resistiendo. Paseando por sus estribaciones me pregunté si aquel muro no fue el primero que construyó Israel para defenderse de sus enemigos. En este caso: del desierto. Desde 1956 el kibbutz es un símbolo de la adaptación al medio: el único jardín botánico habitado del mundo, un laboratorio de innovación biológica, vecino del oasis de Ein Gedi, que es mencionado en El Cantar de los Cantares. Me bañé en su manantial, entre flores de alheña. Fue raro sentir tanta vida en aquel contexto de muerte.

Por una vez se han puesto de acuerdo: la Autoridad Palestina, Israel y Jordania han firmado un pacto para salvar al Mar Muerto. Un canal de 180 kilómetros lo unirá con el Mar Rojo. Parte del agua será potabilizada y sus restos nutrirán el lago moribundo. Porque el Mar Muerto no es un mar, sino un lago. Ni siquiera está muerto: existe un animal capaz de vivir en él, un crustáceo branquiópodo llamado artemia. Es su único habitante. El agua salada no es apta para humanos: te obliga a flotar, te irrita los ojos, te expulsa. Y sin embargo, en el lugar en cuyas orillas –según el mito– estuvieron Sodoma y Gomorra, ahora proliferan los balnearios y las factorías de productos de belleza. Hay vida en la muerte, parecen decirnos, en ese paisaje hipnótico en que todo se vuelve metáfora. Pero los expertos trabajan con datos, no con analogías. Los cien millones de metros cúbicos que vertirá la planta desaladora sólo harán subir el nivel unos diez centímetros y pierde cien al año. La asociación Friends of the Earth Middle East ha denunciado que se trata de un acuerdo de trasvases acuáticos vendido como una operación ecológica. El Mar Vivo sigue siendo una utopía (mediática).

¿Es posible transformar un imaginario antiquísimo? ¿Inyectarle vida, esperanza, a un espacio de desaparición y catástrofe? Aquí Yavé borró del mapa las dos ciudades viciosas por antonomasia. Parece ser que cientos de judíos se suicidaron en esa fortaleza polvorienta para no caer en manos enemigas. Esa agua saladísima no puede regar ni beberse. Los oasis sólo existen si están rodeados de nada. Difícilmente podrá la tecnología neutralizar ese campo semántico de la extinción que se expande por una topografía límite. El acuerdo entre Israel y sus vecinos es, por desgracia, un espejismo.

Las artemias son prehistóricas, probables testigos de los dinosaurios: desde el fondo del lago asisten desde hace millones de años a otros estratos de una misma extinción.

(El País Semanal, 5/1/2014)

CRÓNICA MEXICANA

Ahorita, me dicen todos, ahorita.

He tardado doce años en ser consciente de que México D.F. es la ciudad más fascinante de América. Ninguna es superior a ella en complejidad, en mitología, en arquitectura, en palimpsesto. En el Metrobús que baja por Insurgentes, caminando por el Paseo de La Reforma, en el taxi que me lleva a la UNAM por el Periférico, por las calles arboladas de La Condesa o de la Colonia Roma, en las arboledas que se suceden en Chapultepec, en los alrededores el Zócalo, me encuentro fragmentos que podrían estar en Caracas, en Sao Paolo, en Buenos Aires, en Lima, en Los Ángeles. Incluso esas fachadas de los años 20, con filigranas de art-déco, parecen haber aterrizado desde otro continente: ¿Tel Aviv? ¿Barcelona?

En una calle, cada cinco metros, un policía con casco y espinilleras de jugador de fútbol americano o de película cyberpunk. Un robocop. Le pregunto a uno el porqué de semejante despliegue. Me dice que están evitando la presencia de vendedores ambulantes. Que los comerciantes se han quejado. Que dan muy mal aspecto. Más allá de esa calle, en cada esquina, tres vendedores de tacos. Y ese olor.

La complejidad es también biológica: insectos, flores, árboles, pájaros, gastronomía.

 Ahorita, sí, ahorita.

El Péndulo se ha convertido en una red de cafebrerías. Los libros son sólo una parte de una mezcla de cultura: los dvds y los cds, las butacas de lectura y las mesas de restaurante, el rincón de los conciertos y la sección para talleres. Las librerías están mutando en centros gastronómicos y culturales. Sólo la parte física (el tacto de la página, la mirada frente a frente, la voz, el cuerpo) de la lectura puede ser amarrada a estos locales que tan importantes han sido para la modernidad y que ahora se desintegran, se pixelan, ante nuestros ojos que no saben qué pensar.

En el hotel coinciden dos toreros: uno español y otro mexicano. Es raro espiar su conversación sobre declaraciones de prensa, polémicas y corridas. Tienen fans. Se hacen fotos con ellas.

Los campos que rodean Monterrey están muy bien delimitados. Como si se hubieran querido poner fronteras particulares a ese semidesierto agrietado. Desde el aeropuerto, la ciudad se va revelando como un ente disperso. Horizontal. Cuarteado. Las grietas están en los medios de comunicación y en esos jeeps de la policía militar, donde cuatro soldados van sentados y dos de pie. Tantas fronteras. La de USA, tan cerca de México y tan lejos de Dios. La que separa Los Zetas del Cártel del Golfo. La que separa cada ciudad mexicana del D.F., la capital que se quiere autosuficiente.

La ciudad se edificó sobre un desierto. / Sus hombres pujaron por inventarla y sus / mujeres por disolverla: latas, cartón, vidrio / y acero fueron su esencia. Alguien dijo: “Sus / habitantes son héroes en mangas de camisa”. / Más allá otra voz lo negó: “Para que exista, / la ciudad tiene que escribirse”. / Nada pasó. / Entre la heroicidad y la carencia de grafía, / se disolvió el espejismo./ Condenada por su no Ser, la ciudad es / ahora una ciudad nómada que va y toca a las / puertas del mundo. /Nadie abre.

“La ciudad”, como la de Cavafis. Cada ciudad busca sus Cavafis.

Machacado. Divorciado. Tacos de lengua. Frijoles con veneno. Pollo violado.

La primera vez fue así: autocares desde Los Ángeles hasta Chiapas. Nunca más viajé por este país como si siguiera el rastro de una cicatriz. Lo visité a retazos. Guadalajara, Morellia, Michoacán, Puebla, Yucatán, el D.F. Una y otra vez, el D.F., a medida que acumulaba otras ciudades. Y al fin, ahorita, me he dado cuenta. Ahorita: doce años. Tengo que releer Mantra. Y las dos obras maestras de Bolaño. Extranjeros como yo. La próxima vez que vuelva. De aquel viaje cicatriz recuerdo sobre todo las grandes banderas mexicanas, como esa de ahí, en lo alto del cerro, tras las casas precarias de ladrillo y cemento, en lo alto de todos los cerros del país, grandes como sábanas, la bandera nacional. Se cruza con nosotros otro vehículo de la policía federal. Los soldados acorazados se sientan sobre neveras portátiles. Hace mucho calor. Lo recuerdo bien, el calor y las banderas y el azul verdoso de la Baja California y aquel ferry nocturno que nos llevó a Puerto Vallarta y las momias de Guanajuato y la sequedad de mi piel y los zapatistas de Chiapas, niños apenas, los rostros enmascarados en pasamontañas de lana, pese al calor. Qué diablos significará hoy una bandera.

Ahorita: es la clave.

Monterrey es un circuito automovilístico. Como en todas las ciudades no pensadas para el hombre sino para el coche, aquí la publicidad son paneles enormes, casi siempre en la orilla de las autovías, a veces rodeando los párkings, como un ejército de indios la caravana de pioneros. Frente a la Catedral, una plaza también está rodeada, pero de seis máquinas de Coca-Cola. A pocos metros se encuentra el monumento emblemático de Monterrey, un faro que no es un faro, el Faro del Comercio, una columna que es lisa en vez de circular, firmada por Barragán y Ferrara, pintada con toneladas de rojo. Al atardecer recuerda el rojo natural de ciertas montañas del desierto.

El Gran Hotel Ancira es un monumento al Monterrey Noble. Las puertas se abren y ves comedores privados donde hombres de negocios devoran entre carcajadas y sientes que ahí adentro se están decidiendo los designios inescrutables de la ciudad. Las señoras que vienen a desayunar seguro que pertenecen a las más insignes familias, las que en el siglo XIX crearon este próspero espejismo de la nada, de la carne adobada, del polvo, de las rutas de los indios. Porque esta ciudad no es la reescritura de una civilización, sino la invención del desierto. En un rincón hay un museo que te cuenta la historia del hotel, que ahora cumple cien años. Anoche me fijé en esos botafumeiros cubiertos con tela negra, en esos lamparones, en esos qué sé yo, no podía entenderlos. Hoy, descubiertos, se revelan jaulas. Y los canarios cantan todo el día. Y desayunas y comes y ves hombres con traje en salones privados y muchachitas que celebran sus quince años, su presentación en sociedad, con esos trinos inverosímiles, como los de aquellos pájaros que vigilaban las fugas de gas en lo más oscuro de la mina.

Bailan en la plaza, pese al calor, bailan con alegría en la plaza. En la avenida comercial se venden sobre todo botas, botas de cuero labrado, con afilada punta. Y sombreros de ala ancha. Y hay una tienda de mascotas, donde venden hasta ponys. El campo entra en la ciudad. Todo ese desierto que la rodea. Cenamos mezcal. Guacamole, ensaladas, papas, pollo violado. Carnes con mostaza, miel y mezcal. Gastronomía extraordinaria. Los que bailaban en la plaza me han recordado a los que bailaban en aquella plaza de Mérida. Cada cocina regional es distinta: aquí existen centenares de platillos que no se encuentran en Yucatán, y viceversa. El mezcal y el tequila y la cerveza Bohemia. Me cuenta el poeta José Jaime Ruiz (el autor de “La ciudad” y del libro en que se inserta: Caldo de buitre) que la prosperidad de Monterrey se construyó alrededor de la botella de cerveza: la bebida, el cristal, el acero de la chapa, la red de distribución para crecer y salir del aislamiento. Los inmigrantes judíos y los indios del desierto.

Sí: este calor es el que envuelve a Amalfitano.

Sí: esta gradación de fronteras es como un libro de Bolaño.

Ahorita: es la clave, como el calor, como la bandera, como la cerveza. Pero nadie sabe de qué.

CRÓNICA DEL SUR

–Manteca colorá de la casa –me ha dicho el camarero.

Estoy en un restaurante de carretera, en algún punto entre Chiclana y Tarifa. La tarrina está llena de una substancia idéntica a la que preparaba mi abuela: también el sabor es el mismo. Uno de esos sabores que te llegan desde la infancia, como el salmorejo, los pestiños, las migas, el arroz con leche, el bacalao frito de la Semana Santa, el pan empapado en aceite de oliva y zumo de naranja. Al menos hace quince años que no untaba manteca colorá en una tostada.

Estoy en tránsito. Ayer por la tarde di una conferencia en Sevilla; esta noche dormiré en Tánger. Los estados de tránsito son la medula del viaje: pura dislocación, favorecen las traducciones equivocadas, las pérdidas, los accidentes, lo inesperado. Ayer por la mañana, en el AVE, no imaginaba que el Centro de las Artes de Sevilla era una anomalía. En una ciudad donde los estudios de Bellas Artes no llegan a la instalación y el videoarte, y cuyos centros folklóricos son la Semana Santa y la Feria de Abril, el laboratorio artístico dirigido por Jesús Alcaide es una anomalía deseable. Una semilla.

Hace un rato, en el autocar, leía la entrevista a Iniesta de EPS y me emocionaba pensando en su determinación y en su sacrificio. Los de cualquier emigrante. Los de mis padres y mis tíos y mis abuelos, sin ir más lejos. Pensaba también en que, pese a todo, España es un país democrático y moderno, un país que en cuarenta años (pese a las efigies de Franco que aún perviven en Salamanca, pese a los nazarenos y las mantillas de tres mil euros para ir a misa, pese al circo del Liceu y de los círculos ecuestres y de la memoria histórica del PSOE, pese a las subvenciones públicas andaluzas y el caciquismo gallego y el extremismo violento vasco, pese a la corrupción del PP valenciano y la subcultura estatal del pelotazo) ha dado un salto de vértigo hacia el siglo XXI. No hay más que viajar por Italia o por Marruecos para darse cuenta de ello. Diez años atrás, en el ferry hacia Tánger, con Arnau y Gemma, leía Reivindicación del conde don Julián. Hizo bien Juan Goytisolo al quitarle la “reivindicación”.

Los kilómetros que preceden a Tarifa son sólo viento.

Viento quiere decir molinos, aspas, parques eólicos. Decenas, centenares de aspas que giran y trituran la frontera, porque ahí está la colisión del mar y el océano y, al otro lado, la costa africana. Trituran y vuelven a triturar el aire como antaño lo hicieron las antorchas que coronaban las almenas y como lo hacen ahora las lanchas fueraborda. La fortaleza de Tarifa. El búnker de Tarifa. Las playas con largas vallas de caña que protegen del viento a quienes toman el sol.  No hay surfistas y es raro: no por la lógica (el viento es demasiado fuerte), sino por el prejuicio (este lugar significa surfistas y no verlos me retrotrae a aquella mañana de la que también han pasado diez años, cuando la ausencia fue de clavadistas en Mazatlán y la relativa desilusión, la misma).

Siempre me han impresionado esas fronteras que son un oficial de policía, tras un pequeño mostrador, en un rincón de un barco, a través de un estrecho, de un lago, del Mar Rojo, de un país al otro, cuatro o cinco veces por día.

Núria me espera en el puerto de Tánger. En Pequín la vi hablar en mandarín con los taxistas; me la imaginaba en Kabul conversando y escribiendo informes en inglés; en Tánger, por supuesto, vive en francés y en español y chapurrea –tras unos pocos meses– el árabe marroquí; era esperable, pero vuelve a admirarme.

Mis días son idénticos: es agradable (también) esa cotidianidad del viaje. Hasta la cinco o las seis, escribo en su casa (tan sólo me permito una pausa, para ir a leer al café Hafa, frente al mar y el océano que colisionan). Después, paseamos por la medina o la kasbah o el boulevard o el paseo marítimo hasta la hora de la cena. En esta ocasión no persigo rastros de escritores. Es extraño que tampoco encuentre rastros de revuelta o de reforma.

Cuando regrese a España y atraviese la trituradora eólica y me tome una Coca-cola en el mismo bar en que recuperé la manteca colorá y pasee por el Barrio de Santa Cruz y me suba a un avión de Iberia Regional y aterrice en Alicante, las concentraciones del 15-M habrán invadido la realidad doble (la de Facebook y la de las plazas). Desde el aeropuerto hasta el centro urbano: intermitentes oasis de palmeras. El rastro vegetal de los siglos islámicos. En un restaurante de la Plaza del Ayuntamiento, mientras espere el emperador a la plancha, me pondrán un platito de olivas. Las aceitunas que son de algún modo España, con un sabor particular en cada punto de su geografía: desde las malagueñas hasta las mallorquinas. Porque en Mallorca te ponen un platito de olivas hasta en el desayuno. Al hincarle el diente, me viene a la boca un sabor pretérito, de viajes recientes, que pronto se remonta hacia atrás, hacia los zocos y los barcos y los olivos y las migraciones y las revueltas de otros tiempos, antiguo.

SOBRE CRÓNICA DE VIAJE

Luisa Miñana acaba de publicar este excepcional ensayo sobre mi último libro.

POR ALUSIONES

Sobre el número de diciembre de QUIMERA (el último que co-dirijo).

Sobre CRÓNICA DE VIAJES.



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