MI BIBLIOTECA DE VIAJES

(publicado en El ciervo, febrero de 2010)

Después de varios años escribiendo crónicas que trataban de seducir como cuentos y ensayos que se leyeran como crónicas, me encontré de regreso en Barcelona con un libro posible, que finalmente se tituló La brújula y fue mi primer libro de viajes. Era muy importante que, como testimonio de mis años de kilometraje por el mundo, tuviera dos partes: la primera, llamada “Fragmentos de una vuelta al mundo”, recogería los relatos; la segunda, “Los emigrados”, incluiría tantos ensayos como partes tiene el libro homónimo de Sebald –es decir, cuatro– sobre autores que yo había leído en movimiento, cuyas topografías había quizá caminado y a quienes había creído entender gracias a una doble dislocación espacial: de la lectura y del lector. Todo viaje escrito es el resultado tanto de un mapa como de unas lecturas. Si quería ser honesto en la representación de mis andanzas, debía incluir unas páginas en que se viera el laboratorio de esas representaciones.

Porque viajamos para leer o para ser leídos, los viajes alimentan su propia biblioteca. En los anaqueles se acumulan los títulos que de un modo u otro resumen tanto tu mapamundi como tu tradición literaria. Lector indiscriminado de literatura de viajes y, sobre todo, de poemas y de novelas escritos por autores de los países que recorro, me doy cuenta ahora de que buena parte de las lecturas que me constituyeron tuvieron lugar en medios de transporte, en cafés y en hoteles extranjeros. Rayuela en París y en Buenos Aires, Antes que anochezca en un avión hacia La Habana, la poesía de Paul Celan en trenes europeos, Los trazos de la canción en autocares australianos, los cuentos de Clarice Lispector en Río de Janeiro, Desolación de la Quimera en México D.F, 2666 en madrugadas de jet lag en Chicago, Véase: amor en Israel y Jordania, Dirección única en Berlín… Los lugares son memorias textuales externas: no hay más que pulsar en el topónimo para acceder a ellas.

Leí todas las obras que comento a continuación abroad, es decir, fuera de un hogar posible. Es una selección de mi biblioteca de libros sobre viajes reales. Los ejemplares conservan, junto con los subrayados y las esquinas dobladas de las páginas, postales, hojas, billetes, algún ticket, incluso fotografías. Hay que imaginarlos así. Pertenecen a la tradición inquieta. Una tradición que se caracteriza por su fe en la experiencia como motor de la obra artística y por su ambición de atravesar los géneros como se atraviesan las fronteras.

Libro de viajes (siglo XII), de Benjamín de Tudela. Antes de Colón y de Juan Sebastián Elcano y de Alí Bey, el judío navarro Benjamín de Tudela se convirtió en el primer gran escritor viajero de la tradición hispánica. Su periplo por Europa y las costas mediterráneas a la zaga de otras comunidades hebreas, aunque con un escaso valor literario, tiene un gran valor histórico. La herida de 1492 evitó la posibilidad de que otros escritores viajeros de origen hebreo hubiera seguido representando sus viajes en nuestra lengua.

La España negra (1920), de José Gutiérrez Solana. El mejor libro de viajes por España escrito por un autor español. La prosa es de una precisión exquisita y los arrebatos de originalidad son impagables. Para empezar, el prólogo es redactado por un muerto. Para seguir, la España profunda es revelada como una tragicomedia: entre las sombras, la tradición imperial es el espacio de una mascarada donde las monjas, los curas y los toros se retuercen para mostrar la verdadera y podrida esencia española. Una joya.

Crónicas berlinesas (1920-1933), de Joseph Roth. La colección de los textos que sobre Berlín escribió el autor de Hotel Savoy continúan siendo la mejor guía de la ciudad, particularmente si uno está interesado en imaginar la ciudad judía previa al nazismo y su exterminio. Crónicas clásicas, de descripciones eficaces, con un equilibrio perfecto entre documentación y reflexión.

El último confín de la tierra (1948), de E. Lucas Bridges. En 1887, la familia de Thomas Bridges se trasladó a la primera estancia de Tierra de Fuego. Su tercer hijo, Lucas, cuenta aquí su vida en el fin del mundo. Se crió entre yaganes (indios caoneros que habitaban en las orillas del canal Beagle), de quienes aprendió la lengua, y en la juventud estableció lazos de amistad y de respeto con otra etnia, la de los onas (cazadores nómadas que vivían en el interior de la isla). El relato incluye tanto la historia de la exploración y la explotación de la Tierra de Fuego como las aventuras, los dramas y los ritos que Bridge observó y estudió en sus amigos aborígenes. Parece increíble que su protagonista, que se pasó la vida talando árboles, caminando, criando ovejas, construyendo casas, luchando –deportivamente– cuerpo a cuerpo, cazando y navegando, adquiriera una cultura literaria y un estilo narrativo tan sólidos como los que dieron lugar a este clásico.

Venecia (1960), de Jan Morris. Las tres capitales del mundo viajero de Morris son Gales, Trieste y Venecia. Desde esos tres centros posibles del planeta Tierra ha reflexionado sobre la historia contemporánea y ha recorrido incansablemente sus rutas. Venecia es un gran reportaje sobre la ciudad italiana, que combina la erudición libresca con la observación directa, los capítulos que protagonizaron sus prohombres y sus ciudadanos ilustres con los olores, los sabores, las señales de tráfico, el turismo. Jan Morris escribió su libro veneciano medio siglo atrás, cuando todavía era James Morris. Por eso puede entenderse como la semilla de su identidad y de su proyecto futuro de literatura de viajes.

Vudú urbano (1985), de Egardo Cozarinsky. Es éste el libro de un exiliado voluntario, que desde París recuerda su vida en Buenos Aires. La primera parte es un extenso relato, “El viaje sentimental”, que habla de la imposibilidad del regreso al paraíso (perdido). La segunda parte es una colección de cuentos y de crónicas titulado “El álbum de las tarjetas postales de viaje”. Uno de los libros de relatos más heterodoxos que he leído.

Larga distancia (1992), de Martín Caparrós. Es muy probable que Caparrós sea el escritor en nuestra lengua que más ha viajado y que más ha escrito, con ambición artística, sobre esos viajes. Es éste el primero de sus libros imprescindibles sobre la itinerancia. Pequín, Shangai, Hong Kong, Moscú, Haití y varios lugares de América Latina en unas crónicas escritas sin complejos con los recursos de la ficción, de la poesía y del ensayo.

Los anillos de Saturno (1995), de W.G. Sebald. El viaje a pie del narrador Sebald por Inglaterra comienza en un hospital, en compañía de Thomas Browne, y acaba con el negocio de la muerte y la seda de luto. Es un viaje contra la muerte y, como siempre en su caso, contra Alemania. Su ritmo es la digresión, que enlaza encuentros, recuerdos, cementerios, cafés, lecturas, anécdotas, historias, Historia. Anillos saturnianos: caminar y escribir como terapia contra la melancolía (y contra la pútrida patria que se perdió).

Shenzhen (2000), de Guy Delisle. Posiblemente el fenómeno más importante que ha afectado al “libro de viajes” ha sido la llegada a las librerías de los cómic de viajes. Es decir, de libros de no ficción donde el relato es expresado en forma de viñetas. Entre sus máximos exponentes se encuentra Delisle, autor de tres libros sobre Asia: Pyongyang, Shenzhen y Crónicas birmanas. Con humor, pero sin perder de vista la tradición viajera que lo ha precedido por esas cartografías, Delisle se dibuja a sí mismo como alguien que es sistemáticamente desconcertado por códigos que no entiende. Shenzen es una de las ciudades chinas donde se ha ensayado el “socialismo de mercado”: en treinta años ha pasado de 30000 a diez millones de habitantes. Deslisle retrata, en blanco y negro, el caos, el absurdo y la fascinación que le produce esa realidad ajena y acelerada.

Gorazde. Zona protegida (2000), de Joe Sacco. El periodismo gráfico de Sacco, en Los Balcanes y en Palestina, ha llevado el reportaje a un terreno nuevo en la tradición del travelogue. Con un dibujo expresionista y una documentación histórica obsesiva, el ganador de un American Book Award examina sobre todo las vidas corrientes de los protagonistas de las tragedias, en contraposición con la de los líderes que han conducido a sus países a catástrofes humanitarias. El periodista, observador profesional, trata de entender y reflejar esas situaciones críticas. Cada viñeta es un párrafo perfecto, un pestañeo, una unidad de sentido.

JON LEE ANDERSON

PENÚLTIMAS NOTICIAS IBEROAMERICANAS

Jon Lee Anderson
El dictador, los demonios y otras crónicas
Prólogo de Juan Villoro
Trad. de Antonio Prometeo-Moya
Anagrama
Barcelona, 2010.
390 págs.

Durante los últimos meses se han publicado en Argentina dos importantes volúmenes de crónicas. Por un lado, La nave del olvido (Beatriz Viterbo, 2009), del escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá (1948), una antología personal que tematiza la ciudad latinoamericana como capital de las transformaciones del continente y explora algunos mitos caribeños (como el béisbol o Fidel Castro). Por el otro, Frutos extraños. Crónicas reunidas 2001-2008 (Aguilar, 2009), de la periodista argentina Leila Guerriero, que suma a sus innovadores reportajes cuatro textos reflexivos sobre el oficio de narrar la verdad en nuestra época. En ambos casos, aunque entre Puerto Rico y Buenos Aires se abra un sinnúmero de fronteras, asistimos a la representación de la mirada de ciudadanos de América Latina sobre su propia realidad.
En el caso de la colección de perfiles y de reportajes El dictador, los demonios y otras crónicas, de Jon Lee Anderson, en cambio, estamos ante una mirada ajena, la del reportero o enviado especial de The New Yorker; ante la traducción de su análisis a la lengua natural del lugar representado. Y ante un libro que parece estar construido desde una conciencia –que espero que no sea meramente editorial– de espacio iberoamericano: a los textos sobre Cuba, Venezuela, Colombia y Panamá, se le añade uno sobre Río de Janeiro y tres sobre España (la tumba de Lorca, el Rey y el País Vasco son los temas escogidos). De modo que nuestra posición, como lectores, es sustancialmente distinta cuando leemos a Rodríguez Juliá o a Guerriero que cuando nos enfrentamos a Lee Anderson. Sus crónicas se sitúan en la tradición de las producidas por periodistas y escritores anglosajones como Washington Irving o John Dos Passos. Como las de ellos, iluminan de pronto zonas de nuestra propia sociedad que no somos capaces de percibir por falta de distancia o de denunciar por contagio contextual; pero también tienen que narrar aspectos de la realidad visitada que son sobradamente conocidos por sus habitantes. Así, las visitas a Granada y a Euskadi no revelan nada a alguien familiarizado con la actualidad española; en cambio en el texto sobre Juan Carlos I se aborda uno de “nuestros temas tabú”: el tráfico de influencias y la economía personal de nuestro monarca.
Lo mismo puede decirse de los reportajes sobre América Latina. Los lectores que hayan viajado por esos países y estén al tanto de su historia reciente pocos datos de interés encontrarán en esas “cartas desde…”, porque su voluntad es panorámica y su lector ideal, el de una revista estadounidense. Los ámbitos desconocidos, en cambio, serán iluminados por la gran capacidad para la administración de datos, para hacer sabrosas entrevistas a personajes relevantes y para la descripción precisa de ambientes que caracterizan el trabajo de Jon Lee Anderson. No estamos ante una obra comparable a su biografía del Che ni a La caída de Bagdad (2004), pero sí ante visitas al laboratorio que permite la existencia de esos libros. Aunque la médula espinal de El dictador, los demonios… sea el poder (en Chávez, en Fidel, en García Márquez, en la familia Pujol, en las violentas bandas de las favelas), precisamente uno de sus elementos vertebradores es el interés por Cuba. El mismo interés que llevó a la biografía del Che: los libros importantes se convierten en ecos que resuenan en el conjunto de la obra de cualquier autor.
El rigor escrupuloso, la documentación empírica, la perfecta composición de los párrafos convierten este volumen en un ejemplo paradigmático del neoclasicismo periodístico. Un libro de viajes publicado recientemente, Diarios del Vocho. Un viaje por América Latina (Prensa Nueva, 2009), del periodista belga Tom Dieusaert, ratifica la vigencia de ese modelo de narrativa sin ficción. No creo que sea exagerado hablar de una escuela neoclasicista anglosajona, con exponentes como Lee Anderson o John Carlin, seguida por autores como Roberto Saviano, Jordi Esteva o Dieusaert, que ignora o rechaza las aportaciones del New Journalism, frente a una nueva tradición latinoamericana más experimental, que prolonga o reinventa el nuevo periodismo, con nombres como los de Martín Caparrós, Pedro Lemebel, Leila Guerriero, Gabriela Wiener o Juan Villoro. En la excepcional crónica-perfil-ensayo de este último, “El rey duerme” (recogida en De eso se trata, Anagrama, 2008), leemos que ese texto “reclamaba otras palabras”. En un mundo caracterizado por la pluralidad, que cada cual decida cuáles desea leer.

GABRIELA WIENER

EL TRÁILER DE LA VIDA

Gabriela Wiener

Nueve lunas

Mondadori

Barcelona, 2009.

158 págs.

En las dos dimensiones semánticas del título del segundo libro de Gabriela Wiener (Lima, 1975) se condensa su proyecto de periodismo narrativo. “Nueve lunas” es una forma poética de describir el embarazo, pero también es un subgénero porno (sexo con mujeres preñadas). Si las crónicas de Sexografías (Melusina, 2008) mostraban la formación literaria de su autora, en el tránsito que va de la investigación gonzo a una escritura influida por autores como Pedro Lemebel o David Foster Wallace, con el propio cuerpo como vehículo hacia las historias de personas de carne y hueso; ahora la atención se centra casi exclusivamente en el yo, de modo que el trabajo de campo es innecesario, y el interés que en otros textos podía captarse mediante la figura del freak o el énfasis en la historia extraordinaria, en Nueve lunas debe reclamarse mediante el lenguaje.

Porque el tono general del libro es desenfadado, a veces incluso coloquial, como exploración de los límites (periodísticos) de la literariedad y como ruptura de la corrección política (con algunos excesos innecesarios: “el taxista era un hijo de puta, casi todos los taxistas de esta ciudad lo son”). Pero por las grietas de ese estilo predominante, queridamente bajo, se asoman versos que elevan: “pude comprobar que algo vivo, que no era mi alma, me habitaba” o “el embarazo es el tráiler de la película de la vida”. Sorprendentemente, una novela de no ficción en primera persona, que se propone narrar un embarazo desde consignas ajenas a la retórica habitual sobre el tema (se habla de aborto, suicidio, masturbación, porno y, sobre todo, de la invalidez de una perspectiva épica), se revela como un experimento de equilibrio entre prosa y poesía, en la tradición de Kerouac, Cortázar y Bolaño.

No es de extrañar, en ese sentido, que Wiener se autorrepresente como poeta y que rescate poemas propios para insertarlos en el cuerpo del relato. Si los diálogos informales pueden convivir con las metáforas formales y el escepticismo y el cinismo, con la fe en la maternidad; la periodista kamikaze puede hacerlo con la poeta. No en vano, nos encontramos ante un texto radicalmente subjetivo, que reactualiza el género de la confesión en nuestra era de Second Life; pero también ante un texto bipolar, que concilia sus dos personalidades, en un epílogo memorable, gracias a la poesía.



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