… SOBRE EL JUGUETE RABIOSO
1. Son las 18.50 y estoy esperando a Javier Avilés y a Inga Pellisa, mirando libros en Laie de Pau Claris, cuando me encuentro con Miquel Adam, editor de Labreu y multiempleado de Laertes. Charlamos. Decidimos subir en busca de Javier Avilés, cuyo aspecto es un misterio para mí pero no para Miquel, afortunadamente. De camino hacia la puerta, nos cruzamos con algunos ejemplares de El juguete rabioso. “Pensé que se habrían acabado”, me dice. “Es el efecto distorsionador de Facebook”, le respondo, “tardarán mucho en venderse, si es que algún día se venden del todo, es un objeto de lujo, aunque fotocopiado, y estamos en crisis”. Miquel, amablemente, desembolsa tres euros en el mostrador de la librería al tiempo que me doy cuenta de que estoy pasando mucho más tiempo en librerías desde que comercializo directamente el fanzine (tanto esas páginas como su distribución, por tanto, significan un cierto regreso a lo físico, a lo concreto, a lo táctil, a la palabra escrita, impresa y oral). Entonces le pregunto si conoce alguna otra reacción cultural ante la crisis. No, me responde. Yo tampoco. Llevamos ya varios años de crisis económica en España, pero las editoriales siguen con su ritmo de publicación, las librerías se mantienen más o menos incólumes, las revistas y los diarios han recortado plantilla y se puede decir que han sobrevivido… El juguete rabioso como llamada de atención, el emperador está desnudo, como señal de alarma, qué sé yo, como broma privada, como intento de.
2. Hablamos con Miquel sobre la crisis argentina, diez años atrás, y sobre Eloísa Cartonera y sobre mi vida en La Boca y sobre la precariedad y… una hora y media más tarde, en la presentación de Constatación brutal del presente, surge el tema de la novela política española y… diez minutos después compro El pozo y las ruinas, de Jimena Néspolo, y me sorprenden sus fotografías en blanco y negro y sus cenizas en la portada.
3. En algún momento de la tarde pasada en Laie recibo una llamada de Tipos Infames, la librería madrileña. Han vendido un ejemplar de El juguete rabioso antes de decidir si lo ponían en venta: “No tenemos donde exponerlos”. Porque no venden revistas. De modo que decidimos, infames, que se vendan sin exposición, que estén debajo del mostrador, o en un cajón, y que sólo pueda verlo quien lo llame, lo reclame, lo pida. El fanzine como contraseña. Eso haremos. Juan Carlos Márquez ha sido su primer comprador. Nadie sabe quién será el siguiente en esa cadena cómplice que inauguramos.