CRÓNICA MEXICANA

Ahorita, me dicen todos, ahorita.

He tardado doce años en ser consciente de que México D.F. es la ciudad más fascinante de América. Ninguna es superior a ella en complejidad, en mitología, en arquitectura, en palimpsesto. En el Metrobús que baja por Insurgentes, caminando por el Paseo de La Reforma, en el taxi que me lleva a la UNAM por el Periférico, por las calles arboladas de La Condesa o de la Colonia Roma, en las arboledas que se suceden en Chapultepec, en los alrededores el Zócalo, me encuentro fragmentos que podrían estar en Caracas, en Sao Paolo, en Buenos Aires, en Lima, en Los Ángeles. Incluso esas fachadas de los años 20, con filigranas de art-déco, parecen haber aterrizado desde otro continente: ¿Tel Aviv? ¿Barcelona?

En una calle, cada cinco metros, un policía con casco y espinilleras de jugador de fútbol americano o de película cyberpunk. Un robocop. Le pregunto a uno el porqué de semejante despliegue. Me dice que están evitando la presencia de vendedores ambulantes. Que los comerciantes se han quejado. Que dan muy mal aspecto. Más allá de esa calle, en cada esquina, tres vendedores de tacos. Y ese olor.

La complejidad es también biológica: insectos, flores, árboles, pájaros, gastronomía.

 Ahorita, sí, ahorita.

El Péndulo se ha convertido en una red de cafebrerías. Los libros son sólo una parte de una mezcla de cultura: los dvds y los cds, las butacas de lectura y las mesas de restaurante, el rincón de los conciertos y la sección para talleres. Las librerías están mutando en centros gastronómicos y culturales. Sólo la parte física (el tacto de la página, la mirada frente a frente, la voz, el cuerpo) de la lectura puede ser amarrada a estos locales que tan importantes han sido para la modernidad y que ahora se desintegran, se pixelan, ante nuestros ojos que no saben qué pensar.

En el hotel coinciden dos toreros: uno español y otro mexicano. Es raro espiar su conversación sobre declaraciones de prensa, polémicas y corridas. Tienen fans. Se hacen fotos con ellas.

Los campos que rodean Monterrey están muy bien delimitados. Como si se hubieran querido poner fronteras particulares a ese semidesierto agrietado. Desde el aeropuerto, la ciudad se va revelando como un ente disperso. Horizontal. Cuarteado. Las grietas están en los medios de comunicación y en esos jeeps de la policía militar, donde cuatro soldados van sentados y dos de pie. Tantas fronteras. La de USA, tan cerca de México y tan lejos de Dios. La que separa Los Zetas del Cártel del Golfo. La que separa cada ciudad mexicana del D.F., la capital que se quiere autosuficiente.

La ciudad se edificó sobre un desierto. / Sus hombres pujaron por inventarla y sus / mujeres por disolverla: latas, cartón, vidrio / y acero fueron su esencia. Alguien dijo: “Sus / habitantes son héroes en mangas de camisa”. / Más allá otra voz lo negó: “Para que exista, / la ciudad tiene que escribirse”. / Nada pasó. / Entre la heroicidad y la carencia de grafía, / se disolvió el espejismo./ Condenada por su no Ser, la ciudad es / ahora una ciudad nómada que va y toca a las / puertas del mundo. /Nadie abre.

“La ciudad”, como la de Cavafis. Cada ciudad busca sus Cavafis.

Machacado. Divorciado. Tacos de lengua. Frijoles con veneno. Pollo violado.

La primera vez fue así: autocares desde Los Ángeles hasta Chiapas. Nunca más viajé por este país como si siguiera el rastro de una cicatriz. Lo visité a retazos. Guadalajara, Morellia, Michoacán, Puebla, Yucatán, el D.F. Una y otra vez, el D.F., a medida que acumulaba otras ciudades. Y al fin, ahorita, me he dado cuenta. Ahorita: doce años. Tengo que releer Mantra. Y las dos obras maestras de Bolaño. Extranjeros como yo. La próxima vez que vuelva. De aquel viaje cicatriz recuerdo sobre todo las grandes banderas mexicanas, como esa de ahí, en lo alto del cerro, tras las casas precarias de ladrillo y cemento, en lo alto de todos los cerros del país, grandes como sábanas, la bandera nacional. Se cruza con nosotros otro vehículo de la policía federal. Los soldados acorazados se sientan sobre neveras portátiles. Hace mucho calor. Lo recuerdo bien, el calor y las banderas y el azul verdoso de la Baja California y aquel ferry nocturno que nos llevó a Puerto Vallarta y las momias de Guanajuato y la sequedad de mi piel y los zapatistas de Chiapas, niños apenas, los rostros enmascarados en pasamontañas de lana, pese al calor. Qué diablos significará hoy una bandera.

Ahorita: es la clave.

Monterrey es un circuito automovilístico. Como en todas las ciudades no pensadas para el hombre sino para el coche, aquí la publicidad son paneles enormes, casi siempre en la orilla de las autovías, a veces rodeando los párkings, como un ejército de indios la caravana de pioneros. Frente a la Catedral, una plaza también está rodeada, pero de seis máquinas de Coca-Cola. A pocos metros se encuentra el monumento emblemático de Monterrey, un faro que no es un faro, el Faro del Comercio, una columna que es lisa en vez de circular, firmada por Barragán y Ferrara, pintada con toneladas de rojo. Al atardecer recuerda el rojo natural de ciertas montañas del desierto.

El Gran Hotel Ancira es un monumento al Monterrey Noble. Las puertas se abren y ves comedores privados donde hombres de negocios devoran entre carcajadas y sientes que ahí adentro se están decidiendo los designios inescrutables de la ciudad. Las señoras que vienen a desayunar seguro que pertenecen a las más insignes familias, las que en el siglo XIX crearon este próspero espejismo de la nada, de la carne adobada, del polvo, de las rutas de los indios. Porque esta ciudad no es la reescritura de una civilización, sino la invención del desierto. En un rincón hay un museo que te cuenta la historia del hotel, que ahora cumple cien años. Anoche me fijé en esos botafumeiros cubiertos con tela negra, en esos lamparones, en esos qué sé yo, no podía entenderlos. Hoy, descubiertos, se revelan jaulas. Y los canarios cantan todo el día. Y desayunas y comes y ves hombres con traje en salones privados y muchachitas que celebran sus quince años, su presentación en sociedad, con esos trinos inverosímiles, como los de aquellos pájaros que vigilaban las fugas de gas en lo más oscuro de la mina.

Bailan en la plaza, pese al calor, bailan con alegría en la plaza. En la avenida comercial se venden sobre todo botas, botas de cuero labrado, con afilada punta. Y sombreros de ala ancha. Y hay una tienda de mascotas, donde venden hasta ponys. El campo entra en la ciudad. Todo ese desierto que la rodea. Cenamos mezcal. Guacamole, ensaladas, papas, pollo violado. Carnes con mostaza, miel y mezcal. Gastronomía extraordinaria. Los que bailaban en la plaza me han recordado a los que bailaban en aquella plaza de Mérida. Cada cocina regional es distinta: aquí existen centenares de platillos que no se encuentran en Yucatán, y viceversa. El mezcal y el tequila y la cerveza Bohemia. Me cuenta el poeta José Jaime Ruiz (el autor de “La ciudad” y del libro en que se inserta: Caldo de buitre) que la prosperidad de Monterrey se construyó alrededor de la botella de cerveza: la bebida, el cristal, el acero de la chapa, la red de distribución para crecer y salir del aislamiento. Los inmigrantes judíos y los indios del desierto.

Sí: este calor es el que envuelve a Amalfitano.

Sí: esta gradación de fronteras es como un libro de Bolaño.

Ahorita: es la clave, como el calor, como la bandera, como la cerveza. Pero nadie sabe de qué.

HOY EN LA VANGUARDIA

Si tuviera que escoger tres de los más de veinte títulos que conforman la bibliografía de Martín Caparrós serían los siguientes: Larga distancia (1992), La Historia (1999) y El Interior (2006). Tres géneros para un solo hombre. Tres obras todavía no publicadas en España. El primero es una compilación de crónicas de viaje y uno de los libros de periodismo narrativo más importantes de los escritos en nuestra lengua. Con él Caparrós demostró que no hay límites formales para narrar lo real. Y que tampoco hay fronteras geográficas para un escritor en castellano. Cada una de las piezas que conforman el volumen suceden en un lugar distinto y, pese a regirse por un mismo estilo (el sello Caparrós: la visión panorámica, la fragmentación, la ironía, el uso de los dos puntos, el “digo”, cierta música que es intrínseca a su arte de la crónica), inventan modos diferentes de narrar el paisaje de nuestro tiempo. La Historia es una novela. Para no contradecir a su autor, que se no cansa de repetir que es su libro más importante y el que nadie ha leído, no pasé de la página 300. No me preocupa: la literatura se expone, no se impone. Ya volveré a ella. Borges inventa en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” un libro que no existe: Caparrós lo escribió. Es un proyecto enciclopédico que ignora la elipsis, que lo narra todo. Una Biblia. Un mundo. A la espera de sus lectores. El Interior, por último, es un libro de viajes por Argentina. De los fragmentos del mundo (también presentes en otros libros de no ficción, como La guerra moderna, Una luna o Contra el cambio) al país propio visto como una región extranjera: para los porteños “el Interior” es todo aquello que está más allá de Buenos Aires. Más experimentación, con clara voluntad comunicativa, abierta a unos lectores que han sido enseñados a leer así, de un autor que podría ser comparado con William T. Vollmann por su inquietud geográfica y transgenérica, y por su ambición desmesurada. Espero que la concesión del Premio Herralde permita la lectura, al menos, de esos tres títulos en España. Pero de la nueva edición de La Historia leeré sólo trescientas páginas más, para que su autor pueda seguir alimentando su propia leyenda.

MISSING (UNA INVESTIGACIÓN)

UN LIBRO PERTINENTE

 

Alberto Fuguet

Missing (una investigación)

Alfaguara

Madrid, 2011

386 págs.

 

En mayo de 2003, Alberto Fuguet publicó en la revista peruana Etiqueta negra la crónica “Se busca un tío”, en que contaba la desaparición en 1986 de Carlos Patricio Fuguet, tras una retahíla de problemas, en Chile y en Estados Unidos, con la familia y con la ley, que lo condujeron incluso a prisión. Ese texto no era más que un estadio de una vieja obsesión, la del escritor por esa figura fantasmal, encarnación de la fantasía de desaparecer, que lo ha acompañado toda la vida. Gracias a un detective privado, Alberto Fuguet encontró a su tío, lo entrevistó largamente y se decidió a escribir Missing (una investigación), una de los libros de no ficción más poderosos de los últimos años. Una novela sumamente pertinente.

En sus páginas más arriesgadas, la transcripción de las palabras de Carlos se funde con la recreación, es decir, con la fabulación mínima, en verso y sin mayúsculas, siguiendo la lógica técnica que imprime el ritmo de la palabra (como hiciera anteriormente Martín Caparrós con ciertos testimonios de El Interior). Después de haber conocido a fondo la vida de su pariente y de haberla contextualizado familiar e históricamente, después de haber empatizado con el protagonista de su libro, Fuguet lleva a cabo un tenso ejercicio de ventriloquía y monologa durante casi doscientas páginas para contarnos una de las infinitas versiones del aprendizaje de la soledad. Porque la estigmatización de Carlos en el seno de una familia con violentas tensiones internas, su alejamiento progresivo, su particular concepción de la libertad, su experiencia en el ejército y en la cárcel o sus peculiares relaciones eróticas y sentimentales (la más memorable, con una anciana) deben entenderse como uno de los Bildungromans a los que nos ha acostumbrado la posmodernidad (digamos: el de las películas de Wim Wenders). El de un ser que en vez de seguir la pauta general y, por tanto, socializar y procrear, se aísla. Su itinerario vital puede leerse como una versión plausible de ese otro sueño americano: el individuo desvinculado de sus parientes, adicto al consumo, habitante de carreteras y moteles que den acceso a paisajes de una desolación mineral, gerente nómada de hoteles remotos, indigente progresivo en una sociedad que no concibe la posibilidad de que el presente no esté asegurado por el futuro (mediante plan de pensiones, seguro médico, ahorros).

La historia podría haber sido narrada como una biografía, pero para ello Fuguet tendría que haber partido de un material estable, predeterminado. Nada más lejos de la voluntad de un libro que se sabe “proyecto”. Obra en marcha. Su condición multigenérica (investigación periodística, crónica de viaje, confesión autobiográfica, relato familiar, entrevista directa, cuaderno de notas, epistolaridad de correo electrónico, testimonio poetizado) y su voluntad de recapitulación (del propio autor) subrayan ese interés por desestabilizar los formatos con que habitualmente se aborda lo real. Con esa intención, lo primero que se vuelve movedizo es el propio yo. De hecho, en algunos fragmentos el narrador se convierte en “él” o sencillamente desaparece. No hay duda de que la obsesión por transformar el fantasma de Carlos en una suerte de secreto hilo conductor de su existencia favorece el examen tanto de la escritura y publicación de libros previos como la exploración de fracasos y tentativas fallidas. La vida y sus proyecciones y sus proyectos. El meollo del análisis sobre la vida propia se encuentra en el pasaje en que Fuguet ve en su emigración a los Estados Unidos el momento clave de su propia biografía: “me transformé en escritor”, “porque perdí un país entero” y sobre todo “porque perdí un idioma”.

El lenguaje de Missing es fiel tanto a la poética de su autor como a la ambivalencia de la obra (entre dos países y dos culturas y dos lenguas): “la onda disco”, “algo así”, “era una tranca”, “¿dónde puta estás?”, “un remix”, “enter ghost”, “resident manager”, “shift doble”. Estamos ante coloquialismos y anglicismos bien calculados, que contagian a las páginas la frescura expresiva de lo que no debe leerse como un texto cerrado, monolítico, monumental, sino como una investigación en ciernes, que afecta al mismo tiempo a la realidad y a la forma en que esa realidad es transmitida. La falsa instantaneidad y la crudeza del lenguaje, por supuesto, se relacionan también con la sensación de sinceridad. Fuguet establece un pacto con el lector: te voy a contar los hechos tal como los viví y sentí. Y para que el lector suscriba ese pacto, escribe sobre su propio padre: “cómo fue un egoísta hijo de puta que partió”. Y sobre su propio abuelo: “Se murió el viejo de mierda –le dije–. Por fin”. Pero en literatura, que finalmente es una forma codificada, la confesión siempre oculta una intención narrativa: la búsqueda del tío Carlos y el encuentro con él formará parte de una maquinaria vital y emocional que acercará al narrador a su padre y, a través de éste, a la incómoda figura del abuelo. Las palabras se ponen al servicio de esa metamorfosis y de esa catarsis. “Cerré el libro y me puse a llorar”, confiesa el narrador. Como ocurre en la mejor literatura confesional, esas palabras están dosificadas en función de efectos literarios. El libro tiene que comunicar verdad: por eso debe ser a un mismo tiempo duro y tierno, trágico y cómico, crudo y sofisticado, desgarrador y bocanada de aire fresco.

Missing me parece un libro pertinente porque vuelve a demostrar que es posible narrar buenas historias, absolutamente verdaderas, en artefactos novelescos; y porque da testimonio de cierto estado de una lengua literaria en español que no había existido antes, que sólo tiene razón de ser en nuestra época. Una lengua de frontera. La novela tiende a disfrazarse de crónica desde sus fronterizos orígenes (el Quijote y el Lazarillo), pero la posmodernidad ha ido radicalizando ese juego de máscaras: desde Cien años de soledad hasta Blanco nocturno el artefacto novelesco insiste en su condición inverosímil de crónica histórica o periodística, pero en paralelo encontramos una tradición de obras que se presentan directamente como crónicas verosímiles (si La novela de Perón y Santa Evita son libros de no ficción, pensemos por ejemplo en la línea que va de Historia universal de la infamia a La literatura nazi en América, si es que son novelas). En el contexto actual, con la ficción literaria vampirizando constantemente las estrategias de la autobiografía, del discurso historicista y de la investigación periodística, Missing actúa como una pertinente pieza de resistencia, en su condición de novela de no ficción consciente de ser absolutamente literaria.

SPAIN IS DIFFERENT

LA REVOLUCIÓN TURÍSTICA

Sasha D. Pack

La invasión pacífica. Los turistas y la España de Franco

Trad. de Ana Marí.

Turner

Madrid, 2009.

339 págs.

Quién sabe si en un futuro no muy lejano se hablará de la Revolución Turística con el mismo grado de aceptación con que hoy nos referimos a la Revolución Industrial, entre otros momentos de inflexión histórica, porque lo cierto es que con cada nuevo libro que se publica sobre la historia del turismo más nos acercamos al consenso de que su impacto político y social en la historia del siglo XX ha sido importantísimo. Fundamental. Si desde siempre el desplazamiento de la gente ha significado la transmisión de lo mejor y de lo peor de lo humano, desde las migraciones prehistóricas y las peregrinaciones y cruzadas medievales hasta las rutas de las exploraciones y de las conquistas del imperialismo moderno, no hay duda de que en la contemporaneidad la forma más extendida del movimiento es el turismo, que ha sido considerado tanto un positivo factor de transformación democrática como una dinámica de perversión y de homogeneización global. Fue el sociólogo Dean MacCannell quien nos enseñó a ver la figura del turista en su dimensión revolucionaria y paradigmática: es el hombre común quien protagoniza los giros copernicanos y no hay duda de que hace ya tiempo que todos somos turistas.

Pero el hombre común vive en el seno de estructuras y superestructuras que lo limitan y lo potencian. Si enfocamos el papel del turismo en la modernización de España durante el franquismo, por tanto, no tendremos más remedio que contextualizar al ciudadano, en su doble faceta de anfitrión de turistas del resto de Europa y de América y de consumidor de turismo, primero interno y cada vez más internacional. Y ese contexto es definido por las instituciones que reglamentaban, impulsaban, amparaban o rechazaban la presencia de visitantes de las democracias que rodeaban al totalitarismo español. Por eso no es de extrañar que en el documentadísimo estudio del profesor estadounidense Sasha D. Pack La invasión pacífica, el recorrido por la historia de los cuarenta años que duró el absurdo régimen militar sea sobre todo la iluminación de ciertas instituciones, sobre todo públicas, pero también privadas, casi siempre personalistas, que a partir de los rudimentarios pilares heredados del cambio de siglo erigieron la infraestructura que la industria turística necesitaba. Así, desde Luis Bolín, que organizó las Rutas de Guerra para enseñar a los periodistas extranjeros los avances del bando nacional y que dirigió más tarde la Dirección General de Turismo, hasta el magnate hotelero José Meliá, que en los setenta señaló la necesidad de mirar el turismo cualitativamente (consumo por visitante y día de estancia) y no cuantitavamente (número total de turistas), pasando sobre todo por Manuel Fraga (sólo superado por Franco en el índice onomástico), cuyas acciones de gobierno continúan condicionando el turismo actual para recordarnos que la democracia española tiene sus pilares en la dictadura que la permitió, se suceden los nombres de los protagonistas de una apertura al mundo sin la cual España no ocuparía el lugar que ocupa en la Unión Europea.

Sobre estos temas, los aficionados a la historia del viaje disponíamos hasta ahora de Historia del turismo en España en el siglo XX (2007), de Ana Moreno Garrido, un completo recorrido en forma de manual de consulta para estudiantes de gestión turística. Sasha D. Pack, en cambio, ha publicado un ensayo académico, con énfasis en los datos estadísticos y una sistemática investigación de algunos momentos clave para el desarrollo del turismo español, que siempre fue un “asunto más político que administrativo” para el franquismo. Por ejemplo, la gestación en los años 40 y la expansión a partir de 1957 del eslogan “Spain is Different”, la ampliación de cuyo significado, del lema publicitario al cliché, “ilustra bien hasta qué punto el turismo convergía con otras cuestiones de más calado alrededor de la modernización y de lo que significaba Europa en la España moderna”.

SEGUNDA CRÓNICA NIPONA

El problema, por supuesto, es la saturación: todo ha sido ya escrito, todo ha sido ya visto o lo será pronto, todo –sobre todo– puede ser leído. ¿Todo? ¿Qué significa todo? Del problema hace virtud el artista radicante: en la iconosfera sobresaturada, en el hipertexto hipernutrido, en el desierto de lo irreal, en la biblioteca babélica, en los senderos que los buscadores multiplican, ahí están los caminos que, sumados, son el camino. El camino por donde, si nos ponemos intertextuales, una noche de verano, un viajero…

1) Una noche de verano, un viajero empezó a recorrer Japón guiado por una crónica clásica. En ella se leía que la sociedad nipona sigue siendo, en nuestro siglo XXI, una zona de negociación entre la tradición y la modernidad, entre Kioto y Tokio, entre el kimono y el traje con corbata, entre el jardín zen y el rascacielos global, entre los fideos caseros y McDonald’s, entre desayunar arroz y sopa de miso o café con leche con croissant. En los hoteles se ofrecen habitaciones al estilo japonés (tatami, baño compartido) y habitaciones al estilo occidental (cama sobre cuatro patas, mesita de noche). En los trenes de alta velocidad hay también dos tipos de retretes. Esa división entre lo propio y lo ajeno es consubstancial a la historia japonesa. No hay que olvidar que para la cultura nipona, su Grecia y su Roma fue China, cuna de sus credos, de sus maestros y de su escritura. “Una brisa fragante sopla de China”, escribió la poeta budista del siglo XVIII Tagami Kikusha. Pese a la emancipación cultural, que tuvo lugar sobre todo durante los siglos de aislamiento, las guerras han ido recordando, periódicamente, la presencia del hermano mayor, del otro complementario. Desde que a mediados del siglo XIX un navío norteamericano atracara en Yokohama y sus altos mandos convencieran a las autoridades locales de la conveniencia de abrir el puerto al comercio internacional, el rol jugado por China durante tanto tiempo fue parcialmente asumido por los Estados Unidos. No sólo económica o culturalmente: sobre todo en lo militar. En 2010, al mismo tiempo que Japón ha dejado de ser la segunda potencia económica, la cultura propia tal vez sea más fuerte que nunca: la lectura de diarios es ocho veces mayor en Japón que en China y el triple que en Estados Unidos. Entre la modernidad y la tradición, se impone el término medio, como las cadenas de “hamburguesas japonesas”, que aúnan calidad, niponidad, aderezo de col y salsa teriyaki.

2) Una noche de verano, un viajero empezó a recorrer Japón guiado por un reportaje de tendencias. En él se leía que, según la Japan Fashion Association, las tribus urbanas proliferan en Tokio a un ritmo vertiginoso. “Hay que estar atentos”, afirma Yori Kawanabe, cool hunter, “porque la emergencia de una nueva tendencia significa un mercado en potencia de muchos millones de yenes”. Paseando por el Shibuya 109, los grandes almacenes de ropa femenina, o por sus inmediaciones, no hay más que estar atento a las pelucas, el maquillaje excesivo, las coletas o las trenzas o los moños, los accesorios de piel, las uñas artificiales, las medias o los calcetines, los iconos estampados, los tintes de pelo o los grados de bronceado para clasificar en lolitas, lolitas góticas, gals, gyarus, ganguroso o yamambas. Del recato secular, de la extrema educación, del ritual de la cortesía, la mujer japonesa ha pasado al coqueteo perpetuo y latente, entre la provocación y la autoestima, entre el descaro y un enfático infantilismo. No hay más que ver las portadas de las revistas: hay que parecer más joven, más inocente, más niña, menos mujer. Cuando una tendencia llega a la Lonely Planet significa que ha dejado de serlo, que se ha petrificado. Los turistas que vayan los domingos al puente de Harajuku, a estas alturas de 2010, constatarán, desencantados, que los cosplay que se reúnen allí, disfrazados de sus personajes de manga y anime favoritos, son una minoría. Son muchos más los turistas y los reporteros gráficos que los rodean que los indígenas fotografiados. “Ahí tenemos el caso de una tendencia convertida en reserva, en vías de extinción”, afirma Kawanabe, “en ese mismo momento, en cualquier otro barrio Tokio, estarán emergiendo otras, igual o más interesantes, pero pasarán varios meses o años antes de que sean traducidas al inglés, ingresen en los archivos visuales de los circuitos del turismo y aparezcan, al fin, en la Lonely Planet, cuando ya estén condenadas a morir”. Ir a Harajuku a fotografiar cosplayers es como ir a Gion, en Kioto, a la caza de geishas: el turismo es la práctica del anacronismo. Afortunadamente, los turistas no persiguen con la cámara en ristre a japoneses mutilados o mutantes por las calles de Hiroshima.

3) Una noche de verano, un viajero empezó a recorrer Japón guiado por una revista de arte contemporáneo. En ella se leía que la exposición Sensing Nature, del museo Mori, constituye una de las muestras más impactantes del arte actual japonés y que ningún aficionado debería perdérsela. “Volviendo a pensar la relación de Japón con el paisaje”: ése es el subtítulo de la exposición. Tres artistas nacidos en los años 60, en obras de gran tamaño y clara vocación espectacular, reinventan el arte sintoísta (la armonía entre el hombre y el cosmos) en la época del Gran Tokio y de la perpetua conexión. “Snow” (2010), de Yoshioka Tokujin, evolución de un proyecto vinculado con el diseño de moda, consiste en un gigantesca urna llena de algodón, que unos ventiladores convierten en copos de nieve en una ventisca. La instalación de Taro Shinoda sobre la Vía Láctea trabaja en la dimensión plástica del olor, mediante la recreación de una suerte de bañera con leche y química, donde ciertas gotas crean líneas concéntricas que remiten a nuestra galaxia. Por último, “Drawing for New York” (2010), de Kuribayashi Takashi, semeja un enorme hormiguero o un volcán, pero tras subir una escaleras descubres que se trata de Japón, de la enorme montaña submarina que es Japón, de la que sólo vemos la pequeña parte que está por encima del nivel del mar. La tensión entre naturaleza natural y la naturaleza de segundo grado; la posibilidad de representar el macrocosmos en el microcosmos; el absurdo de las fronteras políticas y de los límites artificiales: algunos de los aspectos sobre los que reflexiona una exposición llamada a hacer historia en Tokio. “Horario: de 10 a 22 horas; desde el piso 52 de la torre Mori”, decía la revista, “se observa una vista panorámica de 360º de la megalópolis; por tanto, se recomienda la visita nocturna, para comprobar que no existen límites para el Gran Tokio”.

Tal vez la crónica clásica olvidara (pese a la corrección final) que la oposición entre abstracciones como “tradición” y “modernidad”, a copia de ser repetida, se ha vaciado de significado: la modernidad no sólo tiene su propia tradición, sino que es tradicional; por su lado, el reportaje de tendencias quizás obviara que ya Francisco de Reynoso, entre tantos otros viajeros, se refirió hace un siglo, en sus bocetos japoneses, al aspecto infantil de las mujeres japonesas, de modo que tal vez la tendencia sea una constante; la metáfora con que termina el reportaje de la revista de arte contemporáneo, por último, es estéticamente impecable (en efecto: desde la Torre Mori pareciera que el Gran Tokio nunca termina), pero fácilmente refutable desde la topografía y las demarcaciones políticas, que todo habitante de la región tiene muy claras en su cabeza.

La crónica clásica es a menudo predecible: el lector espera la llegada del dato histórico, de la cita, de la declaración, de la estadística; pero sigue funcionando como bandeja de entrada de la primera impresión (intelectual). El reportaje de tendencias complementa la información de la crónica clásica (y de su extensión, la guía de viaje), circunscribe el viaje a su momento histórico sin una fecha de caducidad precisa, facilita al viajero la sensación de estar al día, sin precisar de qué día se trata. El artículo de una revista especializada, en cambio, sí se limita a unas fechas precisas: la temporada, el estreno, la exhibición temporal, la apertura, la clausura, aquello que hace que un viaje sea realmente distinto, porque la experiencia es necesariamente fugaz.

En el templo de Jochiji, en Kamakura, hay tres figuras de sendos Budas, que representan el pasado, el presente y el futuro. Son necesarias en clave de alegoría: en el ámbito de lo real sería suficiente con una. Pues en uno están los tres tiempos verbales. Las palabras del tiempo, que son siempre presente. Tal vez en estos fragmentos de una escritura posible, en estos “si una noche de verano, un viajero”, hayamos podido sintonizar con una larga tradición japonesa, la que se condensa en el carácter “do”. Camino. Si “judo” es el “camino de la flexibilidad”; si “kendo” es el “camino de la espada”, “sado” es el “camino del té”; entonces esta escritura que prosigue y el viaje que la acoge y no se detiene podría ser el “dodo”, si se me permite la invención, es decir, el camino del camino.



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