CRÓNICA MEXICANA
Ahorita, me dicen todos, ahorita.
He tardado doce años en ser consciente de que México D.F. es la ciudad más fascinante de América. Ninguna es superior a ella en complejidad, en mitología, en arquitectura, en palimpsesto. En el Metrobús que baja por Insurgentes, caminando por el Paseo de La Reforma, en el taxi que me lleva a la UNAM por el Periférico, por las calles arboladas de La Condesa o de la Colonia Roma, en las arboledas que se suceden en Chapultepec, en los alrededores el Zócalo, me encuentro fragmentos que podrían estar en Caracas, en Sao Paolo, en Buenos Aires, en Lima, en Los Ángeles. Incluso esas fachadas de los años 20, con filigranas de art-déco, parecen haber aterrizado desde otro continente: ¿Tel Aviv? ¿Barcelona?
En una calle, cada cinco metros, un policía con casco y espinilleras de jugador de fútbol americano o de película cyberpunk. Un robocop. Le pregunto a uno el porqué de semejante despliegue. Me dice que están evitando la presencia de vendedores ambulantes. Que los comerciantes se han quejado. Que dan muy mal aspecto. Más allá de esa calle, en cada esquina, tres vendedores de tacos. Y ese olor.
La complejidad es también biológica: insectos, flores, árboles, pájaros, gastronomía.
Ahorita, sí, ahorita.
El Péndulo se ha convertido en una red de cafebrerías. Los libros son sólo una parte de una mezcla de cultura: los dvds y los cds, las butacas de lectura y las mesas de restaurante, el rincón de los conciertos y la sección para talleres. Las librerías están mutando en centros gastronómicos y culturales. Sólo la parte física (el tacto de la página, la mirada frente a frente, la voz, el cuerpo) de la lectura puede ser amarrada a estos locales que tan importantes han sido para la modernidad y que ahora se desintegran, se pixelan, ante nuestros ojos que no saben qué pensar.
En el hotel coinciden dos toreros: uno español y otro mexicano. Es raro espiar su conversación sobre declaraciones de prensa, polémicas y corridas. Tienen fans. Se hacen fotos con ellas.
Los campos que rodean Monterrey están muy bien delimitados. Como si se hubieran querido poner fronteras particulares a ese semidesierto agrietado. Desde el aeropuerto, la ciudad se va revelando como un ente disperso. Horizontal. Cuarteado. Las grietas están en los medios de comunicación y en esos jeeps de la policía militar, donde cuatro soldados van sentados y dos de pie. Tantas fronteras. La de USA, tan cerca de México y tan lejos de Dios. La que separa Los Zetas del Cártel del Golfo. La que separa cada ciudad mexicana del D.F., la capital que se quiere autosuficiente.
La ciudad se edificó sobre un desierto. / Sus hombres pujaron por inventarla y sus / mujeres por disolverla: latas, cartón, vidrio / y acero fueron su esencia. Alguien dijo: “Sus / habitantes son héroes en mangas de camisa”. / Más allá otra voz lo negó: “Para que exista, / la ciudad tiene que escribirse”. / Nada pasó. / Entre la heroicidad y la carencia de grafía, / se disolvió el espejismo./ Condenada por su no Ser, la ciudad es / ahora una ciudad nómada que va y toca a las / puertas del mundo. /Nadie abre.
“La ciudad”, como la de Cavafis. Cada ciudad busca sus Cavafis.
Machacado. Divorciado. Tacos de lengua. Frijoles con veneno. Pollo violado.
La primera vez fue así: autocares desde Los Ángeles hasta Chiapas. Nunca más viajé por este país como si siguiera el rastro de una cicatriz. Lo visité a retazos. Guadalajara, Morellia, Michoacán, Puebla, Yucatán, el D.F. Una y otra vez, el D.F., a medida que acumulaba otras ciudades. Y al fin, ahorita, me he dado cuenta. Ahorita: doce años. Tengo que releer Mantra. Y las dos obras maestras de Bolaño. Extranjeros como yo. La próxima vez que vuelva. De aquel viaje cicatriz recuerdo sobre todo las grandes banderas mexicanas, como esa de ahí, en lo alto del cerro, tras las casas precarias de ladrillo y cemento, en lo alto de todos los cerros del país, grandes como sábanas, la bandera nacional. Se cruza con nosotros otro vehículo de la policía federal. Los soldados acorazados se sientan sobre neveras portátiles. Hace mucho calor. Lo recuerdo bien, el calor y las banderas y el azul verdoso de la Baja California y aquel ferry nocturno que nos llevó a Puerto Vallarta y las momias de Guanajuato y la sequedad de mi piel y los zapatistas de Chiapas, niños apenas, los rostros enmascarados en pasamontañas de lana, pese al calor. Qué diablos significará hoy una bandera.
Ahorita: es la clave.
Monterrey es un circuito automovilístico. Como en todas las ciudades no pensadas para el hombre sino para el coche, aquí la publicidad son paneles enormes, casi siempre en la orilla de las autovías, a veces rodeando los párkings, como un ejército de indios la caravana de pioneros. Frente a la Catedral, una plaza también está rodeada, pero de seis máquinas de Coca-Cola. A pocos metros se encuentra el monumento emblemático de Monterrey, un faro que no es un faro, el Faro del Comercio, una columna que es lisa en vez de circular, firmada por Barragán y Ferrara, pintada con toneladas de rojo. Al atardecer recuerda el rojo natural de ciertas montañas del desierto.
El Gran Hotel Ancira es un monumento al Monterrey Noble. Las puertas se abren y ves comedores privados donde hombres de negocios devoran entre carcajadas y sientes que ahí adentro se están decidiendo los designios inescrutables de la ciudad. Las señoras que vienen a desayunar seguro que pertenecen a las más insignes familias, las que en el siglo XIX crearon este próspero espejismo de la nada, de la carne adobada, del polvo, de las rutas de los indios. Porque esta ciudad no es la reescritura de una civilización, sino la invención del desierto. En un rincón hay un museo que te cuenta la historia del hotel, que ahora cumple cien años. Anoche me fijé en esos botafumeiros cubiertos con tela negra, en esos lamparones, en esos qué sé yo, no podía entenderlos. Hoy, descubiertos, se revelan jaulas. Y los canarios cantan todo el día. Y desayunas y comes y ves hombres con traje en salones privados y muchachitas que celebran sus quince años, su presentación en sociedad, con esos trinos inverosímiles, como los de aquellos pájaros que vigilaban las fugas de gas en lo más oscuro de la mina.
Bailan en la plaza, pese al calor, bailan con alegría en la plaza. En la avenida comercial se venden sobre todo botas, botas de cuero labrado, con afilada punta. Y sombreros de ala ancha. Y hay una tienda de mascotas, donde venden hasta ponys. El campo entra en la ciudad. Todo ese desierto que la rodea. Cenamos mezcal. Guacamole, ensaladas, papas, pollo violado. Carnes con mostaza, miel y mezcal. Gastronomía extraordinaria. Los que bailaban en la plaza me han recordado a los que bailaban en aquella plaza de Mérida. Cada cocina regional es distinta: aquí existen centenares de platillos que no se encuentran en Yucatán, y viceversa. El mezcal y el tequila y la cerveza Bohemia. Me cuenta el poeta José Jaime Ruiz (el autor de “La ciudad” y del libro en que se inserta: Caldo de buitre) que la prosperidad de Monterrey se construyó alrededor de la botella de cerveza: la bebida, el cristal, el acero de la chapa, la red de distribución para crecer y salir del aislamiento. Los inmigrantes judíos y los indios del desierto.
Sí: este calor es el que envuelve a Amalfitano.
Sí: esta gradación de fronteras es como un libro de Bolaño.
Ahorita: es la clave, como el calor, como la bandera, como la cerveza. Pero nadie sabe de qué.









