DOS ARTÍCULOS

Mi reseña de El camino de Ida, de Ricardo Piglia, en Letras Libres.

Una columna sobre la crisis española, el BBVA, Cristina Fallarás y la artista Núria Güell, en Micro-revista.

ALGUNOS LINKS

A una conversación con Jordi Esteva sobre sus libros de viaje y de fotografía, a propósito de la exposición de su obra en Alcalá de Henares.

A mi reseña, en la flamante Otra Parte Semanal, de la nueva novela de Yuri Herrera, La transmigración de los cuerpos.

A mi reseña del último libro de Ignacio Vidal-Folch,  Lo que cuenta es la ilusión.


MAPAS DE REDES

Cartografías contemporáneas. Dibujando el pensamiento. En CaixaForum Barcelona hasta el 28 de octubre de 2012. En CaixaForum Madrid hasta el 24 de febrero de 2013.

Graciela Speranza, Atlas portátil de América Latina. Arte y ficciones errantes. Finalista Premio Anagrama de Ensayo. Barcelona, Anagrama 2012. 253 págs.

No es casual la coincidencia en el tiempo y el espacio de una exposición como Cartografías contemporáneas y de un ensayo como Atlas portátil de América Latina. Responde a la importancia que el paradigma topográfico ha ido ganando en las últimas décadas. Se puede interpretar el énfasis en la memoria histórica como una estrategia de resistencia ante el ímpetu posmoderno de lo espacial y de sus representaciones, cuyo epítome es Google, que nos sirve en bandejas de fragmentos una realidad posible descuartizada en pasajes textuales, fotografías, videos, mapas; en superficies no ordenadas según los criterios cronológicos o jerárquicos, finalmente temporales, que imperaron durante la mayor parte del siglo XX. Y se puede interpretar la proliferación de libros y de exposiciones sobre las relaciones entre cartografía y artes contemporáneas no sólo como una tendencia, sino como una toma de conciencia. Porque desde las vanguardias históricas hasta el presente son muchos los artistas de peso que han trabajado con rigor la topografía, como ya demostraron los volúmenes Contra el mapa (2008), de Estrella de Diego, y The Map as Art. Contemporary Artists explore Cartography (2009), de Katharine Harmon.

En esos dos libros aparece buena parte del corpus que utilizan la comisaria Helena Tatay y la ensayista Graciela Speranza, porque la discusión sobre el mapa y el territorio en las artes visuales pasa hoy –casi necesariamente– por nombres propios como Francis Alÿs, Guillermo Kuitca, Gabriel Orozco, Los Carpinteros o  Adriana Varejão. Todos ellos herederos, de un modo u otro, del célebre “Mapa del mundo en la época de los surrealistas” (publicado en Variétés en junio de 1929) y del situacionismo, de Robert Smithson, de Art & Language o de Alighiero Boetti. Una vez se impone un canon es difícil pensar desde sus afueras, y en el caso que nos ocupa quizá sea sencillamente innecesario. Lo que interesa, en cambio, es observar qué hay de particular en las propuestas respectivas. Porque no existe duda de que Cartografías contemporáneas y Atlas portátil de América Latina participan del espíritu de nuestra época y abundan en obras y autores que ya han sido visitados con insistencia, pero modulan visiones novedosas sobre todo gracias al marco que articulan para exhibirlas, es decir: defenderlas.

La exposición responde a unos criterios que podríamos llamar mainstream. La comparación con Documenta (13) es ilustrativa al respecto: en ambas se combina la instalación, la escultura, la pintura, lo conceptual, la estética fanzine, la videoinstalación, la narrativa literaria, la performance, lo artesanal o el cine, es decir, la mayor parte de los formatos artísticos actuales; en ambas  hay  una pieza de William Kentridge y otra de Alÿs; las dos son geográficamente globales; incluso en ambas hay un rincón reservado al arte aborigen australiano. De modo que Cartografías contemporáneas jibariza un modo de plantear las exposiciones para el público en general muy extendido en nuestros días, y que es el adecuado para un espacio como el de CaixaForum. Pero mientras que en Kassel el factor local no tiene demasiada relevancia, en una exposición pensada para Barcelona y para Madrid sí que lo tiene. Y ahí penetra en el espacio expositivo un vector interesante: los mapas en el arte español contemporáneo.

Con un centro claro: el de Isidoro Valcárcel Medina. Porque más allá de que junto con las obras de nombres conocidos, como los de Ignasi Aballí, Rogelio López Cuenca o Efrén Álvarez, tal vez hubiera sido deseable apostar por otros menos habituales (pienso en Josep Maria Cabané, por ejemplo, cuyas topografías del mundo concentracionario se dieron a conocer recientemente en Pintar després, del centro Arts Santa Mònica), lo que queda claro en Cartografías contemporáneas es que el gran artista español que ha pensado cómo mapear el espacio podría ser Valcárcel Medina. Y digo pensar porque su obra se sostiene mediante conceptos. Desde los años sesenta, cuando indagó en la idea de lugar a través de la pintura –que bautizaría como habitable–, hasta su obra literaria Topología hermenéutica, o bien hermenéutica topológica, de 2005, inmediatamente previa al reconocimiento del que ha disfrutado en los últimos años, pasando por la fotografía, el arte sonoro y la performance relacional como formas de investigación en las arquitecturas de lo urbano, el artista ha sintonizado con brillantez en el paradigma espacial de nuestra época. Si tuviera que escoger otra obra expuesta que dialoga con las suyas serían los dibujos neuronales de Ramón y Cajal. Pero el valor de Valcárcel Medina, en el conjunto de lectura que propone Tatay, trasciende el contexto nacional: cualquiera de sus piezas dialogan de tú a tú con las de los artistas internacionales representados. Desde los mapas mentales de Lewis Carroll hasta el Globo terráqueo de Kris Martin, pasando por las inversiones cardinales de Torres García o las heridas espaciales de Gordon Matta-Clark, todo parece estar en comunicación con Valcárcel Medina, que como todos ellos cuestiona las convenciones que imperan en las representaciones consensuadas, colectivas, siempre políticas, del espacio. Contra unos mapas tranquilizadores, que simulan domesticar lo inabarcable, unas construcciones cuyo objetivo es recordarnos la ingobernable complejidad.

Por supuesto esa conexión total sólo ocurría en mi cerebro visitante. Cada cual encontrará las suyas, como lo hará cada lector de Atlas portátil de América Latina. Porque el libro se presenta –arriesgada y brillantemente– como un mapa que no quiere ser exhaustivo, como un álbum de fragmentos que el lector debe completar (y de ese modo, secretamente, se convierte en el catálogo del que está desprovista la exposición). Cuatro son sus secciones: Mapas, Ciudades, Supervivencias, Esferas y redes. En ellas, a través de la noción de figuras errantes, se proponen vínculos posibles entre escritores y artistas como Teresa Margolles, Sergio Chejfec, Roberto Bolaño, Santiago Sierra, Oscar Masotta, Mario Bellatin, Doris Salcedo o Carlos Busqued. Vínculos a veces directos, pero casi siempre sugeridos a través de tres estrategias: el pasaje ensayístico, la cita extensa y la reproducción de una imagen. Una concatenación de materiales que provoca estimulantes efectos de lectura y que se opone a la jerarquía “entre los saberes del arte contemporáneo”, a la busca de un nuevo lugar desde el que pensar el arte latinoamericano, que “puede redefinir su lugar en la red de la cultura mundializada sin subsumirse sin más en la esfera global jerárquica que aloja las culturas periféricas anulando las tensiones, sino complejizando la red con relaciones flexibles que preserven la autonomía relativa de la esfera propia y al mismo tiempo aumenten la tensión y la variedad de los enlaces”.

De ese modo Speranza hace suyo el modelo de Walter Benjamin o de Aby Warburg, pues no en vano todo el volumen conversa con Atlas. ¿Cómo llevar el mundo a cuestas?, la exposición que sobre el autor de Atlas Mnemosyne comisarió Georges Didi-Huberman; pero lo actualiza, insertándolo en las coordenadas del siglo XXI. Si el álbum, el mural, la colección de postales o el pasaje constituyen herramientas de pensamiento útiles para esos grandes filósofos del primer tercio del siglo pasado, para la autora de Fuera de campo (un libro sí ordenado cronológicamente, pero con el inesperado hilo conductor de Duchamp para entender la literatura argentina contemporánea) son la nube, la escultura elástica, el museo portátil o la red virtual los equivalentes para pensar un mundo completamente distinto e igual de fascinante. Un mundo en que la ciencia, la tecnología y las artes están en perpetuo movimiento, en perpetua interacción, negociando constantemente con fronteras de todo tipo y superándolas, de modo que para ensayarlo es necesario adaptarse a una retórica también móvil y mutante, abierta, por la que el lector se deslice como por una ruta de hipervínculos cuya meta no sea alcanzar un capítulo de “conclusiones”, sino demorarse y aprender en la propia ruta, en la propia red.

[Publicado originalmente en Letras Libres]

NOTICIERO

* Coinciden entre las novedades dos libros absolutamente complementarios. Por un lado, El pez escorpión (Altaïr), de Nicolas Bouvier, uno de los grandes escritores viajeros del siglo XX; por el otro, De vidas ajenas (Anagrama), de Emmanuel Carrère. El libro de viajes, que narra el tenso año que Bouvier pasó en Ceilán, es citado recurrentemente en la novela de Carrère, que habla del mismo paisaje, cincuenta años después, asolado por el tsunami.

* ¿Qué es la revista 330 ml? Pinchar aquí.

* Gallo Nero ha publicado un librito interesantístimo, que todo estudiante de periodismo debería de leer para pensar en su propio futuro y que todo viejo periodista debería de leer también, por la misma razón, en nuestra era de crisis económica y de formatos: Sobre el periodismo, de Joseph Pulitzer, las dos conferencias en que defendió la necesidad de una facultad seria de periodismo, escritas hace poco más de un siglo. Muy recomendable.

* Algún día habrá que estudiar en serio las “polémicas” y las posibles “censuras” que han ido salpicando el mundo del arte y la comunicación de los últimos once años en el ámbito hispánico. Después de Vigalondo, el último caso ha sido el de Juan Terranova, si no he perdido la cuenta. Sigue leyendo.

* Tras diez años de apasionada residencia en Venecia, la escritora venezolana Marina Gasparini Lagrange ha publicado su lírico, documentado, erudito, sentido, mitológico, profundamente literario Laberinto veneciano (Candaya). El libro que me llevaré a Venecia cuando regrese a esa ciudad que es la primera de las muchas puertas a Oriente que hay en Europa (después están, en este orden, Sarajevo, Budapest, Atenas, Estambul).

LA CUENTA ATRÁS (VII)

MEMORIA Y POLÍTICA

En un artículo de finales del año pasado, a propósito de la muerte de Néstor Kirchner, Marcelo Cohen hablaba de la necesidad de sacar la política de la política. Desde ese deseo –ciertamente deseable–, la obra que presentó Roberto Jacoby en la última bienal de São Paulo plantea una pregunta importante: ¿puede el arte ser político desde el interior del espacio político? Es decir, aunque la sede de la bienal sea un espacio aproximadamente neutro, el proyecto del artista argentino consistía justamente en politizarlo (recuérdese: una gran foto de Dilma multicolor y divertida al lado de un retrato inquietante del socialdemócrata José Serra; y, en paralelo, la acción propagandística de la Brigada Argentina por Dilma). Consistía, por tanto, en tomar partido. Jacoby firmaba una obra partidista. Si el autor contemplaba seriamente la posibilidad de la censura, el proyecto me parece más interesante y pertinente que si no lo hacía, porque la cancelación de un acto de propaganda que supuestamente entraba en conflicto con las leyes electorales brasileñas implicó –más allá del revuelo mediático– la detención, la toma de distancia, el cambio de contexto, la Interrupción de la Maquinaria que debería perseguir toda obra de arte. Con las fotografías cubiertas por papel de embalar y los recortes de prensa fotocopiados, la obra era más sugerente que al descubierto, porque te obligaba a pensar. Si, en cambio, hubiera sido durante los meses que duró el evento nada más que una sucesión de acciones a favor de la candidata del Partido de los Trabajadores, la política hubiera seguido estando en el interior de la política, la Maquinaria hubiera seguido funcionando fuera y dentro del Arte. Como todas las obras son, de un modo u otro, políticas, lo deseable es descoyuntarlas, desquiciarlas, sacarlas de sus casillas.

Casi siempre que opino sobre estas cuestiones alguien me recuerda que la política tiene significados muy distintos en Europa y en América Latina. Visité, en la misma bienal de São Paulo, la sección dedicada a Tucumán Arde, y he trabajado con un artista catalán de la misma generación de Jacoby y también conceptual, Francesc Abad; de modo que, en esta ocasión y sin que sirva de precedente, pido un margen de crédito. El año pasado, en la exposición Fetiches críticos (Centro de Arte Dos de Mayo, Móstoles, Madrid), descubrí la obra de Jacoby y Fernanda Laguna Donaciones, que se propone –según sus autores– “jugar con la noción de museo” a partir de las réplicas de obras de arte. Como en las novelas de Laguna lo político está en último plano y en sus intervenciones, en cambio, ocupa a menudo un lugar predominante, me pareció ver en esa colaboración entre dos generaciones de artistas argentinos una pista o, al menos, una pregunta (o dos). ¿Y si la toma de partido se hubiera convertido en una posibilidad en el ámbito de las artes visuales pero no en el literario? ¿Y si el partidismo fuera una opción sobre todo generacional?

“¿Será posible, en fin, que la novela no sea en vano, que sea necesaria?”, leemos en El vano ayer. No tengo respuestas a esas tres preguntas, pero me parece conveniente plantearlas. Lo que sí tengo es una lista. Una lista de algunas de las mejores novelas políticas iberoamericanas que escribieron personas de mi generación (los nacidos en los años 70) durante la primera década del siglo pasado. Pienso, en orden cronológico, en El vano ayer (2004), de Isaac Rosa, en Los informantes (2004), de Juan Gabriel Vásquez, en El dorado (2008), de Robert Juan-Cantavella, en Las teorías salvajes (2008), de Pola Oloixarac, en El lugar del cuerpo (2009), de Rodrigo Hasbún. Y en Los topos (2008), de Félix Bruzzone, porque si tuviera que escoger una novela de la lista sería ésta. Menos en el caso de Hasbún, encontramos en todas ellas la misma interrogación crítica respecto a la conducta partidista de los integrantes de las generaciones anteriores (que implica una toma de distancia, en vez de una toma de partido) y una topografía nacional. Rosa trabaja sobre la represión en el franquismo; Vásquez habla de la responsabilidad del padre del narrador en la delación de alemanes durante los años 40 en Colombia; Juan-Cantavella analiza la corrupción política y urbanística española; Oloixarac parodia el pensamiento izquierdista de los setenta en Buenos Aires. Por su parte, Hasbún realiza una operación doblemente inversa: se introduce en la cabeza de un personaje femenino de la generación de sus padres y la hace cuestionarse la patria desde la orilla europea, en un relato que sintoniza –tanto por su inquietud formal como por su ánimo contra-espacial– con los de autores como Fernando Vallejo o Castellanos Moya. Pero es en Bruzzone, que también arremete contra la herencia paterna desde los límites de la topografía argentina, en quien quiero centrarme.

Después de leer los cuentos de 76 (2008), con frases como “Siempre es difícil contarle a un desconocido que uno no tiene mamá”, el lector inicia Los topos situándose en las mismas coordenadas. Las de la autoficción: “Mi abuela Lela siempre dijo que mamá, durante el cautiverio en la ESMA, había tenido otro hijo”. Cuando el relato dé un giro de 180º y empiece a trasvestirse, al tiempo que su narrador se decida por el sexo con travestis, quedará claro que Bruzzone no quiere seguir por el camino del realismo autoficcional y que su novela es una performance política. Sí: política. Se ha repetido que se trata de una operación deudora de Aira (“había pasado su infancia en el Bajo Flores”), pero no es así. El travestismo recorre la ficción iberoamericana actual y, al contrario que en el caso de Aira, a menudo es un recurso político. Bruzzone trabaja el tema del odio y de la venganza: hijos de desaparecidos que se dedican a matar a los torturadores. Pero el protagonista no es capaz de llevar a cabo la suya, porque se enamora del Alemán y se convierte en su esclava, en su puta.

Como Heidegger, el Alemán vive en una cabaña en el monte y es un facho. Entre el maltrato físico y psicológico y el delirio, la novela absorbe el lenguaje del nacionalismo europeo de finales del siglo XIX y principios del XX que nutrió la filosofía y la literatura del nazismo (y las de las dictaduras latinoamericanas posteriores): “De día viajar, paisaje, todos los colores de la tierra nacional en nuestros ojos”. Porque la obra plantea un debate de fondo que es el que realmente importa: el del lenguaje. En la página 80, por ejemplo: “Ya imaginaba al tipo de las manchas en los ojos hablando sobre los neodesaparecidos o los postdesaparecidos. En realidad, sobre los post-postdesaparecidos, es decir los desaparecidos que venían después de los que habían desaparecido durante la dictadura y después de los desaparecidos sociales”. La reflexión sobre algunas palabras permite observar sin inocencia la presencia de otras: “gente como él era la peste social”, “la fuerza de su autoridad”. Sería deseable una política fuera del lenguaje de la política. Que Hayden White no tuviera razón y pudiéramos narrar la historia desde fuera de la retórica con que hemos codificado la historia. Pero no es así, como nos recuerda la buena literatura una y otra vez: la crítica y la distancia se encarnan siempre en palabras. Depende de nosotros que digan lo que tienen que decir.



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