LA CUENTA ATRÁS (IX)
PERFORMANCE Y TRAVESTISMO
Dos epígrafes introducen la lectura de Travesti (Tierra Adentro, 2009), de Carlos Reyes Ávila. Por un lado, se cita a Baudrillard: “Todos somos agnósticos, o travestis del arte o del sexo”, porque no tenemos “convicción estética ni sexual, sino que las profesamos todas”. La promiscuidad catalizada por el movimiento hippie y por el mayo del 68 se ha consolidado en dos ámbitos complementarios: el artístico y el erótico. Por el otro, se reproduce un extenso pasaje de Marjorie Garber, quien habla del travestismo como de una “categoría en crisis”. Una opción crítica que ensancha la profundidad de la frontera. La novela, ambientada en el norte de México, es una reactualización de La dama de las camelias en la época de los géneros líquidos. Contiene un capítulo metaliterario de especial interés, en que se reflexiona sobre la condición travesti: el cuerpo tecnificado, hipérbole del de una mujer, que aspira a ser sinónimo de una sexualidad de lujo, y que –sobre todo– es “completamente contemporáneo, ya que sólo en las últimas décadas la técnica ha estado en condiciones de intervenir sobre el cuerpo, modificándolo materialmente”.
En la época del transhumanismo, del bioarte (el conejito fluorescente GTP Bunny, de Eduardo Kac), la escultura genética (Microvenus, de Joe Davis, una molécula artística en forma de vagina) o el carnal art (cuyos más conocidos ejemplos son el rostro una y otra vez modificado de Orlan y la oreja implantada en el antebrazo de Stelarc), la rabiosa contemporaneidad de la transexualidad no puede ser discutida. Al travestismo clásico, con una extensa tradición en literatura, artes plásticas, cine, teatro y cabaret, le opone la intervención quirúrgica, las prótesis y el consumo farmacológico. El siglo XXI se iniciaba con la comercialización de Viagra, con la adaptación cinematográfica de Fóllame (2000), de Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi –que podía ser leída como un remake posfeminista de Thelma y Louise (1991)– y con la publicación de Manifiesto contra-sexual (Ópera prima, 2002), de Beatriz Preciado, donde se llama a la renuncia de una “identidad cerrada y determinada naturalmente” y se define la “sexualidad como tecnología”. La estrategia de Preciado se sustenta en el desvío sistemático, con el objeto de desestabilizar el sistema heterocéntrico en que todavía vivimos. La más radical de esas operaciones es la que documenta en Testo yonki (Espasa, 2008), donde el cuerpo de la propia escritora es el campo de investigación donde se observan los efectos del consumo de hormonas de testosterona, en el contexto de nuestra época de capitalismo farmacopornográfico. Ese libro es crucial en el panorama literario de la década pasada, porque supone la intersección entre la teoría queer y la literatura gonzo.
Cuando llegó a las librerías y a la academia la obra de Preciado, Pedro Lemebel ya había llevado a cabo su transformación de performer a escritor. En 1986, en plena dictadura de Pinochet, recitó su Manifiesto (Hablo por mi diferencia), en cuyos versos leemos: “No necesito disfraz /Aquí está mi cara”. Al año siguiente fundó el colectivo Yeguas del Apocalipsis, que hibridó la literatura con el travestismo, el video y la fotografía. El proyecto concluyó en 1995, el mismo año en que el artista chileno publicó su primer libro de crónicas, La esquina es mi corazón. Su periodismo gonzo, por tanto, nace de la actuación explícitamente artística y política. De todas las posibles intervenciones literarias, la gonzo es quizá la más politizada. El ejemplo de Gabriela Wiener es paradigmático y afín al de Lemebel. En su trayectoria la crónica se mantiene como el vehículo de expresión de un cuerpo que constantemente pone en jaque el sistema de valores no sólo heterocéntrico, sino también poscolonial. Sus relatos de prostitutas, transexuales, prisiones, polígamos, sadomasoquistas o actores porno no sólo muestran un cierto grado de empatía hacia el otro, sino que sitúan el cuerpo propio como zona de conversación y de contagio con una otredad marginal, heterodoxa, monstruosa, que a menudo es el reverso del propio yo. En los textos de Sexografías (Melusina, 2008) asistimos a espectáculos como: Gabriela Wiener donando un óvulo, Gabriela Wiener probando la ayahuasca, Gabriela Wiener dando latigazos o practicando felaciones y la extirpación de las glándulas mamarias supernumerarias de Gabriela Wiener. Muchas de las experiencias en que se basan las narraciones ocurrieron en Perú; otras, en España. La significación es muy distinta según el continente en que se lea. Lo que en América Latina sigue siendo subversivo en nuestros días, en Europa parece eminentemente estético. Pero me parece que lo que hermana los proyectos de Preciado, Lemebel y Wiener es justamente su apuesta por ensayar en el plano de lo real. Sólo en él tiene sentido hablar de autenticidad. Escribe Reyes Ávila que no hay nada más “lejano del travestismo que el disfraz, una imitación que rápidamente puede ser abandonada”. La autenticidad se calibra en la constancia y, por tanto, en la asunción de un mundo propio que se transparenta en el rostro, las extremidades, los gestos. Y por tanto: en los textos.
La ficción de nuestra época también se ha superpoblado de transexualidad. Su expresión mínima es la autoficción, que recorre los últimos veinte años de literatura internacional. Su expresión máxima es el cambio de género sexual que acompaña los cambios de género textual en la obra de autores como César Aira, Manuel Vilas o Mario Bellatin. En Las noches de Flores (Mondadori, 2004) Rosita, que al final, de pronto, resulta ser un travesti ciego, sodomiza el cuerpo imaginado de un repartidor de pizza. Imaginado, porque sólo queda de él la cabeza. Pero la homosexualidad, el travestismo, la transexualidad no afecta sólo a personajes totalmente ficticios. Atañe al propio personaje (gramatical, si se quiere) llamado “César Aira”. En Embalse (Emecé Argentina, 1992), el escritor César Aira, que “manejaba como un energúmeno en la ruta, como si quisiera matarse y terminar de una vez con esa comedia indigna que representaba”, es “un degenerado” que se exhibe junto a travestis. En La serpiente (Beatriz Viterbo, 1997), Aira toma “Sodomol” y se vuelve gay. En España (DVD, 2008), un personaje llamado Manuel Vilas es torturado por un terrorista etarra. Y en Aire Nuestro (Alfaguara, 2009) Manuela Vilas dirige el Instituto Cervantes de Nueva York. En Jacobo el mutante (Alfaguara, 2002) Bellatin ya había incidido en la doble dimensión de esas mutaciones: “Precisamente cuando el lector asume de una manera verosímil no sólo la presencia en el texto de Jacobo Pliniak, sino sobre todo su derecho a permanecer en su estructura, nuestro personaje se transforma, sin mayor trámite, en su hija adoptiva, Rosa Plinianson”. Acabo de transcribir una oración sin punto y a parte. Sin solución de continuidad, el personaje (una pieza estructural de la novela) se ha convertido en su hija adoptiva. Sin solución de continuidad, estará viviendo en Nueva York, donde trabaja “en un almacén que comercializa géneros”. El tráfico doble de género: la identidad sexual y la identidad del texto. Gracias al alto nivel de autoconciencia que caracteriza la literatura iberoamericana de nuestra época, el propio Bellatin da la clave de su proyecto: “Mientras más alejada en la persona, género y tiempo se presente la transmutación adquirida, el relato se acercará un punto más a otra dimensión”. En efecto, la literatura mutante persigue la migración dimensional. En cierto momento, un nodo sintáctico y gramatical se revela como un transbordador interdimensional. Cuando nos damos cuenta, estamos en otra galaxia.









