EDUARDO EN DOS ACTOS

ACTO PRIMERO:

Cada miércoles leo el suplemento Cultura/s, de La Vanguardia; cada viernes, El Cultural, de El Mundo; cada sábado, el suplemento de ABC y Babelia. Casi siempre la lectura del suplemento cultural de El País es la menos interesante de las cuatro. A veces encuentras dos, tres, cuatro textos que merecen la pena; pero casi siempre sólo hay uno que justifica la sesión: la crítica teatral de Marcos Ordóñez.

El otro día coincidí con él en el teatro. No nos conocemos. Mi butaca estaba justamente detrás de la suya. La admiración por sus reseñas, cóctel perfecto de observación directa, erudición, espíritu crítico y sensación de honestidad, me llevó a espiarlo. Como un adolescente, como un fan: nunca antes me había ocurrido (ni siquiera la ocasión en que viajé en el mismo pequeño avión en que se encontraba Carlos Fuentes, supongo que porque me llamaba la atención como estrella y no como escritor). Marcos Ordóñez no es un espectador más. Mientras el resto estábamos atentos, sonreíamos o soltábamos carcajadas, él estudiaba. A través de las lentes, estudia la puesta en escena como quien analiza un cuadro o lee con obsesión un libro. De vez en cuando, toma notas en una pequeña Moleskine de tapas negras. Notas bastante extensas, tres, cuatro, cinco, seis líneas, en una caligrafía pulcra, de letra pequeña. Y habla: breves frases, que intercambia con su acompañante (y que no llegué a entender).

Aplaudió poco, supongo que porque ya había decidido que escribiría esto.

Yo aplaudí mucho, porque mi intención no era crítica, sino sentimental.

SEGUNDO ACTO:

LA BARCELONA EDUARDIANA

Jorge Carrión

En los rincones de Nápoles te puedes encontrar estampas de tres personajes: Maradona, Totó y Eduardo. Un jugador de fútbol y dos cómicos. Tres actores, en la patria de la sobreactuación. Unos meses atrás vi en Madrid El arte de la comedia y lo entendí todo. Eduardo de Filippo, hijo simbólico de Pirandello, nieto de Balzac, tataranieto de Shakespeare, consiguió lo que desea cualquier que se dedique a la palabra: que lo nuestro sea de todos, que nuestra casa o la esquina que cada día doblamos se conviertan en espacios donde ocurren fenómenos universales. Todo es teatro: pero muy pocos han sabido dramatizar esa certeza, ponerla en escena, conmovernos gracias a ella la mandíbula, el corazón y las neuronas.

Anoche, Questi fantasmi, dirigida por Oriol Broggi, el más eduardiano de los directores españoles, en la Biblioteca de Catalunya. La obra enfrenta dos sistemas distintos de causalidad. Por un lado, el de alguien que está convencido de que su casa está llena de fantasmas. Por el otro, el de quienes viven la infidelidad totalmente ajenos al espiritismo. La vieja historia del cornudo es convertida por Eduardo en una inquietante reflexión sobre el dinero como garantía de la fe en uno mismo. El dinero hace posible la dignidad y, por tanto, el amor. La cara de Nápoles está en el ritual del café, en la música, en la omnipresencia de los vecinos. La cruz de Nápoles se encarna en la figura del portero del edificio: un matón simpático y locuaz, pero matón al fin y al cabo. Pero la obra trasciende lo local y habla de nosotros. De nuestra miseria y de nuestro posible y teatral esplendor.

Tengo la suerte de compartir mi vida en Barcelona con una mujer maravillosa y políglota que me traduce Nápoles a diario. También tengo la suerte de vivir en un cambio de siglo en que Eduardo se ha convertido en uno de los hilos secretos que unen los escenarios de este país. Sabato, Domenica e lunedì, Natale in casa Cupiello, L’arte della commedia o Questi fantasmi hablan tanto del sur de Italia como de ti y de mí. Por eso son tanto guías de viaje a Nápoles como hilos ariádnidos al bar de la esquina, por nuestra eduardiana Barcelona.

LAS LISTAS

Nadie interesado en el teatro actual debería de perderse Las listas, la obra de J. D. Wallovits que se encuentra ahora en el Poliorama de Barcelona, después de haber llamado la atención del público y de la crítica en la pasada edición del Grec. El título remite al núcleo de la propuesta: dos artistas -un pintor y un escritor- pasan los días recitando listas de los posibles alimentos que ya no poseen. Enumerar es una forma de llenar el vacío, el tedio, la nada. Él no escribe, pero es escritor; su compañero no pinta, pero es pintor. El mundo se ha convertido en un lugar sin trabajadores, sin productores, sólo está habitado por poetas, performers, videocreadores, novelistas, artistas. Se mueren de hambre, pero son artistas. Se aburren profundamente, pero son artistas. Se mueven en silla de ruedas para ahorrar energía y poderla dedicar a su obra; pero son incapaces de crear. El ruido de fondo es interesante: todos los que creamos aspiramos a podernos dedicar sólo a la creación. ¿Y si ese camino sólo llevara a la desconexión con el mundo, al autismo y por tanto al silencio? Esta palabra es clave: las listas son antídotos contra el silencio. La obra es totalmente beckettiana. Habla de cierta pulsión arqueológica que recorre la literatura contemporánea: pereció el juego (el ritual) pero perviven las reglas, que repetimos, sin sentido. El arte trata de rescatar estrategias de interpretación de ese juego que ya no existe. Hasta el 14 de marzo. No se la pierdan.



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