LOS SIETE VAMPIROS, ETC.

Este sábado, a las 19.00 horas de España y a las 14.00 de Argentina, tendrá lugar un ejercicio de literatura en directo, avalado por Hotel Postmoderno, con escritores y artistas de ambos países. El proyecto se llama “Los 7 Vampiros” y podrá seguirse en esta página web. Se puede ver como una operación tarantiniana respecto a un material pulp, la película “Los siete vampiros de oro”, a partir de la cual los siete hemos creado sendas líneas argumentales. Con Sergio Espín, que dibujará en directo escenas del storyboard, yo llevaré a cabo una suerte de apuntes para una secuela titulada “Los siete pistoleros de plata”, que estuviera ambientada en Almería.

Aquí se encuentra toda la información.

El contexto reciente de la última aventura de Hotel Postmoderno, que ya ha trabajo en formatos similares, podría ser el siguiente: por un lado, en la cultura de la convergencia, los jams de escritura, tanto en Buenos Aires como en México D.F. o Barcelona; por el otro, la reescritura del pulp que han llevado a cabo, en sus últimas obras, autores como Laura Fernández o Robert Juan-Cantavella.

Seguimos leyendo.

SOBRE FACEBOOK (II)

¿Cómo se posicionan los escritores respecto a Facebook?

En principio, hay un bifurcación básica: perfil privado (sólo para amigos) o perfil público (sólo para fans). Aunque la figura del “fan” sea fundamental en nuestra época, Facebook en principio no está enfocado hacia ella con la misma fuerza que encontramos por ejemplo en Twitter (Obama: 4 millones de seguidores; Paris Hilton: 2 millones; Hugo Chávez, 400 mil). En Facebook sólo a trece mil personas les “gusta” la página de Paris Hilton, y a dos mil personas “les gusta” la página de Martin Amis. Obviamente, hay excepciones. Cristiano Ronaldo tiene más de cuatro millones de personas a las que “les gusta” su página. Messi, mal que nos pese, la mitad. En los casos de participación activa de la celebridad el panorama cambia. Andrés Iniesta tiene más de medio millón de personas que siguen sus “estados” y a las que “les gusta esto” (su último estado, por cierto, es: “Nos han pedido que no entremos en Facebook ni en Twitter desde ahora hasta que se termine el Mundial”). Barack Obama tiene ocho millones y medio y actualiza su estado muy frecuentemente.

Algunos números (redondeados) de “personas a quienes les gusta esto” vinculados con el mundo de la literatura: Gabriel García Márquez, 200000;  The Bible, más de dos millones; Chuck Palahniuk, 125000; Murakami, 115000; La Biblia, 32000; Carlos Ruiz Zafón, 4000; Miguel de Cervantes, cerca de 2000; Fernado Marías, 3300 “amigos”; Javier Marías, 360 personas a quienes “les gusta esto”. Como se ve, es imposible extraer demasiadas conclusiones de semejantes números. Dependen de demasiados factores (como la antigüedad del perfil o de la página; si el responsable directo es el artista o un gesto en quien delega; si se actualiza o no, etc.). De donde sí es posible extraer algunas conclusiones es de la lectura del comportamiento de algunos escritores en Facebook, en la medida en que eso define una posible taxonomía de la figuración del escritor en el entorno de la red social. Al fin y al cabo, como la actuación de Rimbaud en el París de finales del siglo XIX, de Valle-Inclán en una tertulia de principios del siglo pasado o de Francisco Umbral en televisión, nos encontramos ante la dimensión performática del escritor, su presentación en público, la construcción de su imagen (un fenómeno normal en cualquier persona cuyo trabajo tenga relación con la esfera pública).

En primer lugar tendríamos la figura del agitador: el periodista y escritor Tino Pertierra sería ejemplo de ella. Se trata de la persona que utiliza su estado para formular preguntas o plantear temas polémicos, que reclaman el posicionamiento o la respuesta inmediatos. Casi todo los post de Pertierra tienen entre 10 y 40 comentarios. La interacción es fundamental. Facebook sólo está vivo si se genera ese tipo de reacción en tu comunidad de contactos.

En segundo lugar, tendríamos la figura del escritor asistemático. Es decir, del escritor cuyo comportamiento en Facebook parece no responder a un plan, sino a la espontaneidad, a la presentación en escena “tal cual se es”. Juan Trejo, por ejemplo, actúa así: recomienda música (moderna y clásica), comenta capítulos o aspectos de teleseries (como Fringe), habla del Barça, de publicidad, de cualquier tema que le interese. El escritor como gestor de referentes culturales, en sintonía con la figura del “fan” y su capacidad para distribuir recomendaciones, fobias y amores audiovisuales y textuales.

En tercer lugar, tendríamos al escritor con perfil definido. Tal es el caso de Ricardo Menéndez Salmón, quien sí que sigue un patrón claro. Aunque en alguna ocasión dé el link de la muerte de algún escritor célebre o aluda a algún artículo en que él ha sido mencionado, su actividad en Facebook consiste, sobre todo, en tres tipos de posteos: las novedades de KRK, la editorial en que trabaja; fotografías de mujeres bellas, que acompaña por su nombre, sin ningún comentario, y, sobre todo, citas de libros, que son acompañadas de la imagen de la portada. La imagen del escritor, en este caso, está mucho más moldeada y, sobre todo, se trabaja sistemáticamente. Lo que importa es la lectura, antes que todo lo demás. El escritor y, en primer término, un lector.

En cuarto lugar tendríamos la figura del escritor que actúa en Facebook como si no fuera escritor. Ejemplo: Mario Bellatin. Él combina todo tipo de estados, a menudo escritos sin mayúsculas o sin acentos. Al contrario que en un blog o que en una página web, el escritor puede relajarse en Facebook. Algo ajeno a la literatura de Bellatin, como es la crítica directa, aparece en cambio en su Facebook. En su página, como en tantísimas otras, la circulación de la información sobre literatura se relaciona con el chisme, con la anécdota, con la broma, con el chiste, formas narrativas justamente mínimas, que se ajustan perfectamente al límite de caracteres que Facebook (como Twitter) reclama. Cuando Gabriela Wiener habla de su hija Lena en la red social, participa de ese mismo perfil.

En quinto lugar, está la figura del escritor virtual. Se trata de un escritor sin obra publicada en papel, que ha logrado una comunidad de lectores, seguidores, interlocutores, a través de su blog y de las redes sociales. Un buen ejemplo de ello podría ser el de Sergi Bellver, que tiene más de dos mil “amigos” en Facebook, cuyos estados son totalmente literarios (a menudo siguiendo la técnica de la lista o enumeración) y cuya participación en los estados de los demás tiene una retroalimentación en los comentarios y “me gusta” de su propio estado. El escritor virtual ha conseguido sus lectores sin participar de las estructuras clásicas de legitimación. Llega al papel después de un prestigio labrado en el píxel.

El sexto lugar lo ocuparía la figura del escritor “digital native”. La pareja formada por Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez responde a esa posible etiqueta. Nacidos en los 80 y los 90, familiarizados de forma natural con la retórica del blog y de la red social, el diálogo de pareja pasa a través de la representación virtual con absoluta naturalidad. Uno comenta el estado del otro. Se aluden en post, en estados, en comentarios, en fotografías. La relaciones sentimental, sexual y literaria se espejean con absoluta naturalidad, pues no se diferencia entre el cuerpo real y el de la pantalla, la palabra oral y la escrita, el medio y el metamedio.

El séptimo lugar lo ocuparía el escritor metamediático. Vicente Luis Mora ha introducido recientemente “estados” en que trata de sistematizar los tipos de perfil de Facebook. Metafacebook. El perfil de Cristina Rivera Garza, conectado con Twitter precisamente, revela hasta qué punto un escritor puede haber reflexionado sobre esos nuevos formatos, tomados como limitaciones formales y por tanto como exigencias oulipianas, gimnasio, disciplina retórica. Rivera Garza, cuyos blogs son justamente investigaciones en la expresión poética y narrativa de lo real, escribe oraciones metareflexivas: “El diminutivo a menudo rompe el nombre como una vara”, “Nada acontece realmente en otro lugar”, “Un tuit verdadero no porta un mensaje sino un secreto”.

Este último mensaje podría ser leído desde la teoría del relato de Ricardo Piglia. La tesis de Piglia se convierte en hipótesis tuit en Rivera Garza. Está claro que su forma de concebir el género proviene de la poesía (la condensación del haiku o de cualquier verso). También está claro que esa condensación puede observarse inversamente: es decir, el tuit o el estado de Facebook se convierten en el núcleo, el centro, lo único imprescindible de un texto mucho más largo, invisible por innecesario.

Internet nos permite reflexionar a posteriori sobre los géneros de que bebe (como hicimos con el cine respecto a la literatura y a la pintura). El blog ilumina aspectos que no habíamos pensado del diario y del dietario y del cuaderno de viajes. El e-mail nos hace pensar en la carta. El blog nos provoca nostalgia por el diario y el e-mail, por la carta. En 2010, en plena época de la web 2.0, ocurre que esa nostalgia ya es internáutica. Facebook ilumina el blog. Facebook nos permite pensar el blog desde otro lugar. Internet se desarrolla en nuevos géneros que empiezan a provenir de géneros internáuticos y no literarios o audiovisuales del siglo XX. La nostalgia es una máquina que no se detiene.

SOBRE FACEBOOK (I)

FACEBOOK Y LA CIRCULACIÓN DE LA LITERATURA (I)

La estructura básica de una página de Facebook es similar a la de un blog. El estado se puede considerar como un post condensado. Tras él, ordenada y jerárquicamente, se suceden los comentarios. El orden, como en el blog, es cronológico (estricto orden de llegada); la jerarquía viene determinada por la subordinación al autor del “estado” o del “mini-post”. Obviamente también hay diferencias notables entre Facebook y un blog. Por lo general, se trata de comunidades más o menos cerradas a través del concepto de “amigo”. En Facebook no deberían de haber trolls. Esto es, no debería haber gente que, bajo un pseudónimo, se dedique a dinamitar las conversaciones, a insultar, a instaurar el bárbaro terror. Al menos en mi comunidad de Facebook yo no he detectado a ningún troll. Esa ausencia se puede ver como una falta de libertad o como un triunfo de la democracia. En este segundo sentido, Facebook sería la evolución política del blog, el paso de la barbarie a la civilización; al mismo tiempo sería una restricción de la circulación de la información y de las opiniones. Aunque cada miembro de una comunidad, a través de sus contactos, puede difundir a otras comunidades una idea, un dato, las barreras con que se encuentra Google (la divinidad) para acceder a esos flujos de información, implica una circulación mayoritaria pero privada.

En esos circuitos predomina la recomendación de objetos culturales, como videos, canciones, películas, conciertos y libros. El hecho de que en Facebook se confunda la red social/personal con la red social/profesional hace que esas recomendaciones estén a menudo vinculadas con campañas de promoción o intereses comerciales. La autopromoción es un factor determinante en la configuración de Facebook, cuya estructura conecta con la de un mercado virtual, sujeto a la oferta y a la demanda de bienes inmateriales. En el fondo se trata de llamar la atención. El sujeto que escribe un mensaje que escapa a lo habitual hace disparar la alarma entre sus contactos. Un “estado” de carácter depresivo implica una ola de mensajes de apoyo. Esos comentarios permiten la mayor visibilidad del estado “anormal” por eso se buscan estrategias para hacer sonar la alarma o para multiplicar los comentarios. Facebook, en este sentido, daría algunas lecciones de marketing elemental. Algunas pequeñas editoriales se han situado en la vanguardia de esa búsqueda. Por ejemplo, Labreu, de Barcelona, ha pedido la opinión de sus “amigos” a la hora de decidirse por una u otra portada para un libro. Otras generan constantemente información sobre el proceso de búsqueda/hallazgo/negociación/edición de un nuevo título, generando cierto grado de expectación al respecto. Al principio, se pensó en Facebook como en la materialización de la mecánica inmaterial del boca/oreja. La información de recomendación –como en el marketing viral– se convertía en mensajes escritos que permitirían el surgimiento de fenómenos comerciales al margen de las leyes tradicionales del mercado. Así ha sido en algunos casos. No obstante, como cualquier otro mercado, el de Facebook también tiende a la saturación.

Los autores que teníamos blog y nos abrimos perfil en Facebook hemos asistido a una doble conversación paralela, en la cual Facebook ha ido ganando peso. Intuyo que nos sentimos más protegidos y más cómodos en Facebook; por eso, cuando cuelgo en mi blog algún artículo más o menos polémico, observo que hay quien lo lee en mi blog pero lo comenta en mi Facebook. Ese fenómeno ha condensado temporalmente ciertos debates. Porque la conversación en Facebook dura minutos, horas, quizá un día o dos, no más. En cambio, en el blog se prolongan, a veces, durante semanas o meses. Los temas caducan en Facebook a un ritmo mucho más vertiginoso que en los blogs. Los temas caducan antes en los blogs de lo que acostumbraban a hacerlo en la prensa, en los libros, en las tertulias literarias. En ese sentido, Facebook ha colaborado a la saturación de la infoesfera. Hoy, una semana después, ya nadie habla en Facebook sobre el final de Lost.



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