GEORGE R.R. MARTIN

A diferencia de otras teleseries, que existen para ocupar un centro a cuyo alrededor se sitúa el resto de relatos transmediáticos, Juego de tronos es un satélite de la serie de novelas Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin. De modo que los siete volúmenes que compondrán el proyecto –una vez haya sido concluido– constituyen el punto de partida de los capítulos seriales, que condensan y versionan el material de origen. En términos de autoría, conviene recordar que la producción ejecutiva corresponde a D. B. Weiss y a David Benioff, dos autores de corta trayectoria, cuya producción –toda ella de género fantástico– se fecha entera en el siglo XXI; y que Martin no está sólo en polo del texto adaptado, también se encuentra en el polo de la propia adaptación, como miembro del equipo de guionistas (firmó también el guión de varios capítulos de The Twilight Zone y de Beauty and the Beast). Es, por tanto, un creador cuántico.

Con su obra en marcha, ha destronado a J.R.R. Tolkien como el gran autor de novela fantástica pseudo-medieval. Lo ha hecho mediante una doble operación convergente: por un lado, su ciclo es formalmente más ambicioso que el del escritor inglés; por el otro, se inscribe moral y sexualmente en las coordenadas de nuestro cambio de siglo. Justamente esas dos razones son las que están permitiendo que la teleserie compita en estos momentos por desbancar a la trilogía fílmica de El señor de los anillos como mejor producción audiovisual sobre guerreros y dragones de la historia. El capítulo piloto ya dejó claro que esa posibilidad era probable: el Muro del Norte no es más que el primero de los espacios míticos y sublimes que la obra televisiva ha ido contraponiendo a los de su predecesora cinematográfica. En el cerebro de cada espectador las ciudades, las fortalezas, los bosques y, junto con ellos, los personajes que los habitan y recorren están en liza. Porque cada cerebro es un canon de preferencias, en que los objetos artísticos compiten por la permanencia en el recuerdo.

La nueva serie de HBO es puro Teleshakespeare. Aunque en otras producciones actuales encontramos una y otra vez conflictos que remiten al bardo inglés (la soledad última de Boss, los hermanos enfrentados y la paternidad conflictiva de Boardwalk Empire, la feminidad atormentada en The Good Wife), la ambientación de Juego de tronos hace que los múltiples duelos que la recorren evoquen los de las grandes tragedias isabelinas. Si bien lo que mueve a los líderes de cada uno de los bandos enfrentados es sobre todo la ambición, cada uno de ellos encarna los matices que reclaman otros defectos y cualidades igualmente humanos. Así, Viserys Targaryen casa a su hermana Daenerys con Khal Drogo, cabecilla de un pueblo nómada y guerrero, por la voluntad sin escrúpulos de recuperar el Trono de Hierro, que le arrebató Robert Baratheon, ejecutor de su exilio; y la primera temporada es sobre todo el relato en diagonal de cómo la ambición migra de un hermano a otro, se feminiza, vinculándose con el regreso de la magia. En el otro lado del espejo, los hermanos Lannister conspiran para usurpan la corona, en un proyecto matizado por el incesto. Quien trata de mantenerse al margen de esos deseos malsanos, Ned Stark, se ve arrastrado a participar en la partida de ajedrez al ser nombrado Mano del Rey por Robert, cuya voluntad de poder ha quedado reducida a cenizas, alcohol y lujuria.

¿Hasta qué punto se puede decir que Martin, Benioff y Weiss se emancipan del legado literario y cinematográfico de Shakespeare y Tolkien? Yo diría que por completo, gracias a decisiones técnicas que tienen graves consecuencias en el desarrollo del relato. Opciones que son herencia de la literatura del modernism y de los modos de relato propios de la posmodernidad. En lo micro: la elipsis. En contra de una épica centrada en la narración táctica, estratégica y pormenorizada de las batallas, por ejemplo, asistimos a saltos temporales que unen los preparativos con el campo de cadáveres. En lo macro: la conciencia de estar trabajando con una galaxia de personajes en que nadie es imprescindible. En contra de un concepción de lo trágico basada en el magnetismo del protagonista o en las tensiones de pareja o familia, que le aseguran la supervivencia hasta el último capítulo de la última temporada, tenemos aquí una apuesta por el Panta Rhei o la Rueda de la Fortuna. Todo pasa, todo cae, incluidos los supuestos protagonistas. En ninguna otra serie norteamericana han muerto tantos personajes principales en la primera temporada.

Tengo para mí que Martin ve a sus personajes como nombres de un inmenso árbol genealógico; y lo que ocurre en sus novelas, como pequeños fragmentos de una vasta cronología. Por eso no es de extrañar que sea también autor de Tales of Dunk and Egg, una serie de nouvelles que actúa como precuela de Canción de hielo y fuego. La adaptación a cómic de Ben Avery y Mike S. Miller permite visualizar en otro lenguaje aspectos de un mundo totalizante. Los hechos de El Caballero errante remiten a un torneo en que combaten los antepasados de los protagonistas de  su obra maestra, pero si en ésta el peso recae en la nobleza, en el tebeo es un plebeyo el personaje central. Eso sí, tomará como escudero al hijo menor del rey, de la casa Targaryen, quien después de los años narrados se convertirá en el Rey Aegon V. El cambio de perspectiva, lejos de convertir la tragedia en comedia, permite contar a ras del barro el mismo mundo de ficción. Y humanizarlo, porque en lugar del enjambre de cientos de personajes que se van contrapunteando en las novelas mayores, aquí tenemos dos protagonistas diáfanos, dos rostros y dos biografías que se van espesando y estratificando a media que pasan las páginas. Tras la primera entrega, en que Dunk se convierte en sir Duncan y conoce a Egg, en un contexto heráldico y aristocrático, en La Espada Leal los dos compañeros se desplazan a un rincón del continente de Poniente, donde dos señores feudales están en guerra a causa de varios malentendidos que se irán desentrañando. Es decir, de la Historia nos desplazamos a sus suburbios, para asistir a la intrahistoria de uno de sus secundarios: “Traición… es sólo una palabra: cuando dos príncipes pelean por un trono donde solo uno puede sentarse, tanto los grandes como el vulgo deben escoger; y cuando la batalla termina, los triunfadores son alabados como gente leal, mientras que los derrotados son tachados para siempre de rebeldes y traidores”.

Los personajes de Martin son a menudo conscientes de su rol en el teatro del mundo. En su primera novela, pura ciencia-ficción, Muerte de la luz, una pareja emprende un viaje enloquecido para escapar de las reglas sociales a que ella se sometió al casarse con un hombre de otra cultura y ambos son conscientes de se dirigen hacia el crepúsculo. En Sueño del Fevre, una novela gótica de aventuras y vampiros ambientada en el Misisipi, leemos: “Hemos tenido grandes cabecillas, Abner, amos de sangre de tiempos pasados, reales e imaginarios. Hemos tenido césares, salomones, prestes juan, pero, ya ve, aún esperamos a nuestro salvador”. A diferencia de otras criaturas del género de terror, los vampiros son conscientes de ser (también) criaturas de ficción. Es decir, los zombis o los fantasmas (y los alienígenas o las supercomputadoras) no son tradicionalmente representados como seres autoconscientes de las historias, leyendas y novelas que circulan acerca de ellos. Los vampiros, en cambio, en el seno del propio relato, conviven con las ficciones que alimentan. Unas ficciones que, como las humanas, también son mesiánicas y conscientes de su genealogía. A la luz de la conciencia de esa complejidad tenemos que leer la obra popular de G.R.R. Martin. Un autor sumamente ambicioso que está construyendo un universo con voluntad de perdurar.

 

 

 

MAD MEN IS BACK

Hace un par de semanas El País publicó un artículo muy interesante sobre el video de Kony 2012, en que revelaba las claves de su éxito viral sin precedentes. Se me ocurre que también puede tener su interés pensar por qué “A little kiss”, el doble capítulo piloto de la quinta temporada de Mad Men, obra de Jennifer Getzinger (guión) y Mathew Weiner (dirección) se ha convertido inmediatamente en un fenómeno de crítica y de audiencia.

El primer factor que hay que considerar es externo, temporal: hemos esperado diecisiete meses el estreno de la quinta temporada de la serie. La causa son las negociaciones entre el creador, Weiner, y los ejecutivos de la cadena que la produce, ACM; pero son más importantes los efectos: el guión ha podido ser pulido y la poética de la obra, por tanto, depurada. Se puede decir que la exigencia se ha convertido en la marca de Mad Men. Sus seguidores esperábamos que se superara a sí misma y lo ha hecho. El tiempo no ha hecho más que acrecentar nuestro deseo.

Para ello, sorprendentemente, el capítulo borra a Betty, una protagonista inicial que ya se había desdibujado durante la cuarta temporada, y difumina a Peggy, un personaje fundamental que, por el contrario, creció aún más durante la última temporada. Roger le dice a Don que es un hombre feliz, y es cierto. Para contrapesar esa felicidad de recién casado, cuyo frenesí sexual recuerda al que protagonizan Nate y Brenda en la primera temporada de A dos metros bajo tierra, en vez de apostar por la amargura de Betty, que ha fracasado también en su segundo matrimonio, el capítulo recupera la tensión de su primerísimos episodios, la que une y separa a Don y a Pete, el ambicioso y retorcido Pete Campbell. Ahora Pete es Don. El joven Don previo a la serie. Vive en los suburbios. Coge el tren cada día. No tiene sexo. Es infeliz. Pero está decidido a triunfar profesionalmente de una vez por todas: en un único capítulo consigue un despacho mejor y, sobre todo, burlarse de Roger Sterling, en irrefrenable decadencia. La historia de esa pequeña venganza recorre todo el capítulo, como lo hace otra, mucho más brillante y mucho más madmen.

De nuevo el protagonista no es obvio. Len Pryce, a quien todos recordamos siendo humillado por su anciano padre, destaca en la otra línea argumental que atraviesa la ficción. Una línea que arranca haciendo hincapié en cómo la serie siempre se sitúa del lado de la Cultura Oficial y machaca la Contra-cultura o la ignora (esas bolsas de agua lanzadas desde una agencia de publicidad rival contra los manifestantes negros) y sumergiéndose en la psicología sexual del personaje, que trata de seducir a una hispana desconocida, llamada Dolores, y termina haciendo realidad, sin darse cuenta, su sueño erótico más húmedo. Porque cuando Len recibe todos esos currículums de secretarias afroamericanas, al final del capítulo, tenemos que recordar que se enamoró de una conejita Playboy negra. Que le van las exóticas.

Ese personaje secundario, como aquella estudiante europea a quien forzó Pete durante un caluroso summer in the city, refuerza por contraste el carácter blanco y anglocéntrico de la serie. Por eso en el centro de gravedad de “A little kiss” se encuentra Megan, que es canadiense, y su canción en francés. El clímax erótico o dramático que encontramos en canciones cantadas por un personaje en series (Breaking Bad) o películas recientes (Shame) se convierte ahora en un anti-clímax constante, desde los primeros planos que muestran a los otros personajes horrorizados por la iniciativa de Megan. Más adelante, la burla o el comentario erótico de esa performance va a provocar tensiones laborales, comentarios y bromas en clave de contraseña en el mundo real (quién no se ha dirigido a otro espectador de la serie estos días diciéndole “bisou bisou”)  y, sobre todo, va a hacer que la nueva esposa de Don se dé cuenta de que no conoce ni comparte el código de la agencia de publicidad. Los códigos de los que nos hemos ido enamorando durante cuatro temporadas y que sólo un personaje exterior, un alienígena del país vecino, con su aterrizaje de emergencia en medio de una fiesta de cumpleaños que ni el cumpleañeros ni los invitados en realidad deseaban nos podía recordar. Para que la función comience de nuevo. Por quinta vez.

EXPERIMENTOS CON LA LECTOESCRITURA

En la página web del CCCB Lab se puede leer mi artículo sobre cómo Windows ha alterado la lectura y la escritura en nuestra época. Y algunas derivaciones de esos cambios. Aquí.

¿LOS GLAMUROSOS 60?

Antes del verano, la revista Refinery29.com destacó a Janie Bryant, la estilista de Mad Men, como una de las personas más influyentes en la moda actual. En 2008, tras la primera temporada de la serie, Michael Kors fue el primero en admitir la influencia; enseguida se unieron Prada, Louis Vuitton y Marc Jacobs. Ya tendencia general, se puede observar el rastro de su versión de la ropa y peinados de los años 60 en las últimas propuestas de Mango o Zara. Su recorrido ha sido el del boomerang: de la ficción a lo real y de regreso a la ficción. Porque no hay duda de que sobre películas como X-Men: First Class o series como The Playboy Club y Pan Am también planea el fantasma de la obra creada por Matthew Weiner. Parece ser que durante la segunda década del siglo XXI no va a ser posible imaginar los años 60 sin el modelo iconográfico de Mad Men. Es lógico, si se tiene en cuenta que cambiar lo real es justamente la razón de ser de la publicidad y que ésta no es sólo el tema de la serie, sino también su fondo y su trasfondo: el conflicto entre Richard Whitman y Don Draper, entre el desertor y el publicista, entre el hombre y el producto.

Matthew Vaughn, el director de la precuela de X-Men, declaró que su intención era fusionar el argumento y la estética de las entregas de James Bond de los sesenta (las de Sean Connery) con el relato del origen de los mutantes. El espionaje glamuroso y el freak show que lucha por sus derechos civiles. La caracterización de Emma Frost en el cuerpo de Betty Draper (January Jones), con ese voluminoso peinado y esos trajes mínimos y ajustadísimos y la transformación de su piel en diamante, sintetiza la voluntad híbrida de Vaughn. Para escapar del corsé de Mad Men, la fantasía es mejor estrategia que el realismo. Porque The Playboy Club parece nacer directamente del capítulo de la cuarta temporada de la serie de Weiner en que los personajes visitan el célebre local; y Pan Am recrea la sofisticada vida de unos hombres y mujeres que podrían frecuentan los mismos bares y hoteles que Joan Holloway o Roger Sterling. Pero al contrario que en Mad Men, donde la intriga se sostiene exclusivamente en las tensiones eróticas, familiares, profesionales e históricas, en sus dos hijas bastardas encontramos también la mafia y el servicio secreto, respectivamente, es decir, el género negro y el espionaje, para asegurar el encadenamiento de conflictos.

No es casual que en ambas series se les conceda, desde el principio, una gran importancia a las grandes revistas de la época. La protagonista de The Playboy Club es portada de Playboy y la de Pan Am, de Life. En ambos casos se trata de proporcionar nuevos modelos a una población femenina que vive anclada en la vida doméstica. El dinero y los viajes, la seducción y el turismo como alternativas a una trayectoria vital únicamente justificada por el matrimonio. En la época de la comercialización de la píldora anticonceptiva, de la minifalda y del nacimiento del amor libre, las siluetas hipersexualizadas de las azafatas y de las conejitas, que comparten la obligación de trabajar uniformadas y el biocontrol obsesivo por parte de sus superiores (ejemplarmente mostrado en la balanza en que las azafatas de la aerolínea son periódicamente pesadas antes de entrar en servicio), paradójicamente devienen alternativas a roles más machistas, como son la solterona beata, la mujer abandonada sin derecho al divorcio o la ama de casa ajena a la vida laboral.

Si en Mad Men la historia contemporánea es abordada indirectamente, mediante sutiles elipsis y pequeños televisores en blanco y negro, en X-Men: First Class, The Playboy Club y Pan Am, en cambio, aparecen en representación directa la crisis de los misiles cubanos, la invasión de la Bahía de Cochinos o una actuación de Tina Turner. El giro manierista de una obra respecto a sus precedentes siempre se da en la tensión entre la filiación y la independencia. El nuevo producto debe despertar en el cerebro de su lector el aire de familia del gusto conocido y el margen de novedad de la propuesta inédita. Y lo que pervive en esos títulos es una misma perspectiva sobre los años 60, que están siendo sometidos a una revisión a todas luces ideológica. Se puede decir que los efectos de Mad Men en el imaginario colectivo están siendo devastadores: pese a la gran cantidad de obras conspirativas (el mito Kennedy) y sobre iconos de género (Bond, Barbarella, Doctor No, Norman Bates), yo diría que  hasta el año pasado predominaba una visión más o menos contracultural, vinculada con un sinfín de otros mitos, como el Che, Jim Morrison, Los Hippies, Vietnam, Woodstock o Mayo del 68. En Mad Men, The Playboy Club y Pan Am ese imaginario es relegado, sólo se muestra el sector más acomodado de la cultura oficial y mayoritaria. Supone la recuperación de la herencia de El apartamento y, sobre todo, de La dolce vita y Desayuno con diamantes, películas estrenadas en 1960 y 1961, precisamente.

Jane Bryant fue también la responsable del vestuario de Dead Wood, una serie que se caracterizaba por la suciedad: los Estados Unidos como un lodazal en conflicto. Estábamos a mediados de la década pasada y la misma mugre recubría a los personajes de Carnivàle. Ahora, en cambio, Boardwalk Empire ha estilizado esa misma época, como si la intención fuera revisar el siglo XX para limpiarlo, para que la violencia política, económica y sexual ya no sea una cuestión de revólveres, polvo y magulladuras, sino de sobres cerrados, aventuras extramatrimoniales y guantes blancos –como los de los ladrones o las azafatas.

[Publicado en Cultura/s]

GUÍA DE COMPLEJOS

ELOGIO DE LA COMPLEJIDAD

 

José Luis Molinuevo

Guía de complejos. Estética de teleseries

Archipiélagos

Salamanca, 2011

84 págs.

Descarga gratuita  aquí.

 

Algún día se escribirá una historia de la complejidad en las artes narrativas y su último capítulo será sobre hipertexto, relato digital, cómic y teleseries. En la etimología de lo complejo está la trenza, la red. La obra de José Luis Molinuevo se instala en ella, defendiendo un pensamiento en imágenes que, como obra en marcha, alimenta un blog de referencia y que ha dado lugar a su último libro, Guía de complejos. Estética de teleseries, una reflexión sobre la serialidad televisiva norteamericana de nuestra época que aborda las series desde dentro. Desde los planos, las secuencias, las escenas que las constituyen.

Lo más relevante del volumen es, a mi entender, que revela aspectos del fenómeno que no habían sido todavía enunciados. Destaca Molinuevo la complejidad de las situaciones presentadas en la ficción y cómo el mundo es retratado no desde la mirada de un creador, sino desde la de los personajes, totalmente condicionados por los actores que los encarnan. Tanto en las situaciones como en los seres de ficción “lo espacial predomina sobre lo temporal”. El espacio de las tensiones entre vida familiar y vida laboral, por lo general pequeñoburgueses. Uno de sus grandes temas es la supervivencia: como en Galáctica, el ser humano no tiene ganado de antemano el derecho a sobrevivir, debe luchar por ser digno de él. En lo que respecta a la recepción, las series nos conceden la posibilidad de distanciarnos, es decir, no buscan tanto la identificación como la diversificación. Molinuevo apunta también la existencia, sin nombrarlo de este modo, del meta-género serial: “El espectador circula entre ellas. Se nutren de ellas mismas. Siendo reconocibles, son autorreferenciales”.

Buena parte del libro se centra en la presencia del arte contemporáneo en las series actuales. Predomina el expresionismo abstracto, tanto el explícito (como el Rothko que compra el señor Cooper de Mad Men) como el simbólico (la sangre que salpica desde la herida y crea manchas estetizadas en Dexter; la abstracción de los desiertos que pueblan Generation Kill, Band of Brothers o Breaking Bad). La representación de las artes visuales y conceptuales en el interior de las ficciones, sea como intertexto o como recurso argumental, daría de por sí para un extenso ensayo sobre el lugar del arte contemporáneo en las sociedades postfordistas.                       Aparecen distintos tipos de artistas, o escenas ambientadas en escuelas de arte o en galerías y museos, en Six Feet Under, Héroes, Friday Nigth Lights, Breaking Bad y muchas otras. Material suficiente como para nutrir una visión de conjunto, que podría ponerse en relación con la elevada presencia del arte contemporáneo en la literatura de hoy: cómo la estética vibra en su conflicto perpetuo con la sociología, cómo la narrativa de calidad permite analizar la deriva de las vanguardias no necesariamente narrativas.

La brevedad del libro y la extensión del fenómeno teleserial provocan que el lector, al llegar a la página 84, sienta que su placer intelectual es abruptamente interrumpido por el final de la primera temporada de un proyecto al que le faltan tres o cuatro más. En el prólogo de Retorno a la imagen. Estética del cine en la modernidad melancólica (Archipiélagos, 2010), Molinuevo dice lo siguiente: “Las imágenes de la modernidad melancólica nos ponen en los límites de una filosofía que hace tiempo perdió el tren de la imagen”. En su blog, continúa el pensamiento en imágenes. Filosofía de alto voltaje. No se pierdan los posts sobre el arte abstracto en The Wire y sobre el sueño equino de la protagonista de Damages. Apuntes o trailers de la segunda temporada.



Copyright © 2004–2009. All rights reserved.

RSS Feed. This blog is proudly powered by Wordpress and uses Modern Clix, a theme by Rodrigo Galindez.