LA CUENTA ATRÁS (IV)

TURISMO

Con Las partículas elementales (1998), Michel Houellebecq despidió el siglo XX con un auténtico catálogo de las obsesiones del arte de la primera década del siglo XXI. En las páginas de su novela encontramos la física cuántica, la genética, la pornografía, la pantalla, la historia del siglo XX, el consumismo, la abyección, la cirugía estética, la ciencia-ficción. Y el turismo. A través del personaje de Bruno,  el turismo se desnuda de su dimensión cultural para mostrar lo que fue también desde siempre: erotismo. Las antiguas comunidades hippies se han convertido en campings nudistas y en centros vacacionales swingers. Se menciona el turismo sexual en Bangkok y, de hecho, en su siguiente novela, Plataforma (2001), el protagonista viajaba a Tailandia con esa motivación. Pese a ser una de las industrias más importantes de nuestra época, lo cierto es que el turismo no tiene una presencia protagónica en la ficción actual; en cambio, es una auténtica obsesión para Houellebecq, que ha convertido la guía Michelin en uno de los leit motivs de El mapa y el territorio (2010), su última novela, que comienza en un escenario pirateado de una fotografía del Hotel Emirates de Abu Dabi.

No obstante esa obsesión, la obra de Houllebecq es absolutamente francesa: los personajes y los narradores se sienten parte de esa cultura, de esa tradición, de esa lengua. Cuando viajan, lo hacen con Francia sobre los hombros. Lo mismo podríamos decir de la gran mayoría de voces y cuerpos que pueblan la literatura de nuestra época. Tal vez porque el lenguaje escrito, al contrario del fotográfico, el cinematográfico o el plástico, remite a una etimología muy codificada y precisa de la traducción explícita para su comprensión, la novela, la poesía, el teatro y el ensayo pocas veces se atreven con la exploración de conciencias o experiencias ubicadas en contextos distintos al que habita el escritor o, incluso, del que procede. Es decir, a las lenguas ajenas. El ejemplo paradigmático sería el de Juan José Saer, que pasó la mayor parte de su vida adulta en Francia, pero escribió exclusivamente sobre Argentina y en argentino. En su estela, cuando Sergio Chejfec decidió, después de quince años viviendo en Caracas, escribir sobre Venezuela lo hizo a través del libro de viajes y de un narrador autobiográfico (Baroni: un viaje, 2007). Por lo general, ese tipo de fidelidad es valorado positivamente por la crítica, que en muchos casos, pese a su deslocalización académica, mantiene unos fuertes vínculos nacionales (el crítico argentino, aunque sea profesor en París, Barcelona o Nueva York, está por lo común inserto también en la red de Argentina). En el extremo contrario tendríamos 2666 (2004), de Roberto Bolaño, como una de las escasas grandes novelas en español que exploran una topografía internacional. Más abstracta, Geografía de la lengua (2007), de Andrea Jeftanovich, tras plantearse la pregunta “¿Cómo sobrevive una pareja en la era atómica?”, también pretende abrazar lo global, mediante los conceptos que organizan sus partes y que pese a su uso común reclaman constantes definiciones: Norte/Sur; Centro/Ecuador; Oriente/Occidente.   Como variante intermedia, sería interesante estudiar la figura del regreso: Juan Gabriel Vásquez, después de su primer libro de cuentos, Los amantes de Todos los Santos (2001), ambientado en Europa Central, ha encadenado tres novelas sobre Colombia, pese a residir en Barcelona; Patricio Pron, tras dos libros alemanes, ha regresado a Argentina en su última novela, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), aunque viva en Madrid, y ha tematizado justamente esa distancia entre dos continentes y dos vidas; Valeria Luiselli, en Los ingrávidos (2011), funde el extranjero y el regreso situando en el pasado la promiscua vida de su narradora en Nueva York y contraponiéndola, en el presente, a su vida familiar, en México, mientras la propia novela se desdobla y se puebla de fantasmas.

El turismo recorre esas ficciones porque, como la pornografía, como la pantalla, como la física cuántica, se ha convertido en uno de los materiales que se entretejen en lo real (y la ficción también es real). Pero, como ocurre también con esas otras entidades, disciplinas o enfoques, difícilmente se convierte en el tema principal de una novela. Es difícil encontrar en literatura obras semejantes a los libros de fotografía de Martin Parr, protagonizados por centenares de turistas anónimos, o a la película The World (2004), de Jia Zhangke, retrato de un parque temático de Pequín que reproduce los iconos más célebres de la arquitectura mundial. Después de la gran literatura modernista de balneario, tal vez haya sido el periodismo gonzo (Miedo y asco en Las Vegas, de Hunter S. Thompson) y la ciencia-ficción (Parque jurásico, de Michael Crichton, “El parque temático más grande del mundo”, de Ballard) quienes se hayan interesado más por sus simulacros posmodernos. Estoy generalizando, por supuesto. Podríamos encontrar cientos de ejemplos de interés de la literatura contemporánea por las topografías del turismo. El penúltimo sería Padres, hijos y primates (2011), de Jon Bilbao, que sucede íntegramente en Yucatán durante la amenaza y la llegada de un huracán. El paisaje de la devastación actúa como correlato de las metamorfosis internas del protagonista, que se enfrentará a la violencia de la naturaleza y a las consecuencias de su propia violencia, en un escenario que favorece los encuentros improbables y las tensiones ajenas a la vida cotidiana, es decir, la puesta a prueba de la ética en un contexto moralmente alterado. Una de sus subtramas remite a un accidente de buceo en Egipto. Porque mientras un matrimonio viaja por México, su hijo lo hace por Egipto. Todos viajeros. Todos turistas. En un horizonte apocalíptico que encontramos asociado al parque temático y al resort, que el cine ha convertido en espacios del terror.

Los límites de los artistas son los de sus biografías: la exploración de Martin Parr comenzó en las comarcas inglesas y le ha llevado a abrazar el globo terráqueo. Por eso hay que situar la presencia de Nueva York en la obra de Eduardo Lago o Antonio Muñoz Molina como consecuencia natural de sus desplazamientos vitales. O los Estados Unidos en la de Edmundo Paz Soldán. O Barcelona en la de Fernando Vallejo. O México en la de Enrique Vila-Matas, que ha hecho del turismo cultural uno de los motores de sus novelas. No obstante, la crítica, inserta consciente o inconscientemente en los mecanismos de articulación simbólica de naciones y estados, acostumbra por inercia a articular sus discursos como exploración de tradiciones y de topografías locales. El avance de los global studies, conceptualmente tan problemáticos como los cultural studies o la filología hispánica, está actuando como contrapeso de esa tendencia automática. Entre ambos extremos, los estudios transatlánticos y la deseable lectura de la literatura escrita en lengua española como unidad actuarían como paso intermedio para lecturas comparadas y de conjunto. En éstas, como los llamados viajeros hasta mediados del siglo XX, los turistas serán estudiados como sujetos subalternos de gran potencial político; como conexiones entre lenguas, economías, sistemas culturales; como expresiones del sujeto contemporáneo. Porque lo que une con más energía a los seres humanos de hoy es que, en su gran mayoría, son turistas en acto o en potencia. Los inmigrantes hacen turismo. Los nacionalistas son turistas. Y los viajeros también lo son. Por eso la próxima entrega de La cuenta atrás hablará sobre la tensión entre lo local y lo global, en un momento en que los relatos se internacionalizan como lo hacen los cerebros que los piensan y producen.