VIÑETAS ISRAELÍES

Confieso que he leído Crónicas de Jerusalén (Astiberri, 2011), de Guy Delisle, mirando las viñetas por encima del hombro. Esa actitud, sin duda equivocada, se debía a dos hechos. Por un lado, a que he estado varias veces en Jerusalén; por el otro, a que he leído todos los cómics que ha publicado Delisle. Mi experiencia viajera se ha interpuesto por vez primera entre su relato y mi lectura, porque en las ocasiones anteriores el autor canadiense me había descubierto zonas del mundo que me eran desconocidas: Pyongyang (2005), Shenzen (2006), Crónicas birmanas (2008). Ahora, en cambio, me retrataba una ciudad familiar. Y, para acrecentar mi suspicacia, lo hacía con los métodos habituales en su obra: la auto-representación caricaturizada, la ironía light, la segmentación en microhistorias cotidianas, muchas de ellas compartidas con su compañera y sus hijos, el recurso de la entrevista y la apropiación de los formatos propios del cuaderno de viaje, como el esbozo naturalista. De modo que decidí, precipitadamente, que Delisle se estaba repitiendo. Tal vez, sobre todo, porque para mí era una ciudad repetida.

No se puede evaluar una obra desde fuera de las reglas que ella misma propone, desde el exterior de la poética y de las intenciones del autor. Pese a haber ganado con este libro el premio al mejor álbum del año pasado en el prestigioso Festival de Angulema, Delisle no me parece un artista con voluntad de innovar, de hecho ni siquiera parece verse a sí mismo como un artista. Un artesano, sí, sin duda, que se dibuja a sí mismo, una y otra vez, trabajando. Pero no un experimentador, ni mucho menos un genio. Crónicas de Jerusalén, de hecho, evoca en cierto momento, cuando aprovechando su presencia en el territorio la sección española de Médicos Sin Fronteras le encarga un reportaje gráfico, los dos libros sobre Palestina de Joe Sacco, un dibujante y guionista que sí se caracteriza por la ambición artística, que cultiva vinculando el cómic con el periodismo de investigación. Si comparamos el último libro de Delisle con Notas al pie de Gaza (Mondadori, 2010), de Sacco, Diario de Nueva York (Sexto Piso, 2011), de Peter Kuper, o Cuadernos ucranianos (Ediciones Sins Entido, 2011), de Igort, es decir, con las últimas obras de otros autores interesados en el viaje, no hay duda de que sus viñetas son las menos virtuosas. Sin embargo, los cuatro poseen un estilo propio. Los cuatro pertenecen al circuito internacional porque han encontrado lectores en culturas distintas. Los cuatro experimentan, a su modo, con uno de los lenguajes que más se ha desarrollado en los últimos tiempos.

Aunque en Crónicas de Jerusalén predomine la narración lineal, dividida según los meses del año que la familia Delisle pasa en Israel, en algunos momentos quedan en suspenso el relato del narrador y los diálogos de los personajes, y el mutismo invade la página. Ese tiempo en silencio, intermitente, es una de las virtudes del álbum. Lo encontramos en el relato de las vacaciones en lugares cercanos: paréntesis de desconexión de una realidad desquiciada. Otra virtud es, sin duda, su penetración tanto en la geografía de la ciudad como en las contradicciones del país. Delisle acaba descubriendo las vías de acceso a todos los rincones de Jerusalén que se niegan a ser obvios para el turista, y visita tanto los monumentos que aparecen en las guías como los que, por haber sido abandonados o por quedar en coordenadas geopolíticamente complejas, no son registrados por ellas. Sin necesidad de asumir riesgos de corresponsal de guerra ni de negociar entrevistas de alto nivel, simplemente viviendo en un lugar durante un año, Delisle retrata el extremismo ortodoxo, el sinsentido del muro de Cisjordania, la militarización de la vida cotidiana, la violencia constante, el desencuentro entre palestinos e israelíes, las costumbres religiosas, la dimensión histérica de la Historia.

HALLAZGOS SUDAFRICANOS

* Para mi viejo proyecto de coleccionar información sobre las mejores librerías del mundo: Book Lounge, de Ciudad del Cabo, sin duda.

* En la línea de mi interés por lugares cuya memoria ha tratado de ser borrada y por las migraciones que comportan (como el pueblo de Federación, en “Ciudad en formol”, de La brújula), el museo del District 6.

* Para mi biblioteca de autores sudafricanos: André Brink, cuyo Mantis religiosa he leído con mucho interés, por su exploración de las palabras de los conquistadores y de la conversión posible de los conquistados, a través de una historia real hábilmente transformada mediante opciones ficcionales.

* Para mi Tradición Inquieta, la pintora judía-sudafricana Irma Stern y su casa museo llena de cuadernos de viaje.

* Para mi novela futura Los turistas, las innumerables posibilidades narrativas del Parque Kruger.

* Y para mi obsesión con los cambios de nombre, el descubrimiento de que Rolilhahla (Mandela) fue Nelson a partir del primer día de clase; y de la existencia de Tatamkulu Africa, el escritor de los mil nombres.

CONTEMPORARY ABORGINAL ART (y V)

ARTES VISUALES

La primera mañana de mi viaje la pasé conduciendo por la Great Ocean Road; la última, después del check out, la paso en la Victoria Gallery. Ayer recorrí todas las galerías del centro especializadas en arte aborigen, sin encontrar ni una sola pieza de arte contemporáneo. Yo buscaba sobre todo rastros de la creación de Brook Andrew, probablemente el artista visual indígena más importante de la actualidad, pero en la Flinders Lane Gallery me comunicaron que recientemente habían dejado de representarlo. El museo de arte contemporáneo del estado de Victoria me recibe con una alucinante sección de arte aborigen de los últimos veinte años. Ante mis ojos, una pieza de Andrew: “Passionate skin”, un emú trazado en neón, que vomita sobre la bandera de Australia. La circundan obras de Lin Onus (collage de madera y plumas), Clinton Nain (escritura en grafiti que denuncia la imposición del inglés), Samantha Hobson (un lienzo de rojo violento que habla de la violencia del alcohol) o Yhonnie Scarce (una instalación de objetos y fotografías que comunican una cierta tristeza).

En la librería compro catálogos de exposiciones temporales que ya caducaron. Cuando los lea en el avión de regreso y los complete con búsquedas en la red e intercambio de e-mails, descubriré la obra fotográfica de Tracey Moffatt, irónica y no obstante melancólica, tal vez porque en sus imágenes sobre la desigualdad (entre ciudadanos de razas distintas, entre hombres y mujeres, entre iconos culturales) queda un rastro de su adopción por parte de un matrimonio blanco de Brisbane. Y la escultura de Lena Yarinkura y de  Danie Mellor, que comparten el interés por reformular, con una estética a medio camino entre el pop y el aura, los tótems animales. Perros plateados, puercoespines esquemáticos, canguros multicolores. Y la obra del artista y grafitero Christian Thompson, cuyos autorretratos son respuestas impactantes a cuadros famosos de la historia del arte.

La fuerza del nuevo arte aborigen, según Cassandra Lehman-Schultz, de la Woolloongabba Art Gallery de Brisbane, radica en que “no está sujeta a ningún canon y absorbe todo tipo de tendencias, la intertextualidad plástica; el mestizaje de lenguajes artísticos y la importancia del ritual creativo son las características más importantes de la escena artística aborigen de los últimos veinte años”. La gerente de la galería que ha acogido las dos ediciones de Black Abstract, donde se ha expuesto obra de Gloria Petyarre y Ada Bird Petyarre, entre otras artistas nativas, y la muestra Iborigenes, afirma: “es la generación con más talento y fuerza estética desde los 80 del East Village y Basquiat”. No hay que caer, sin embargo, según me cuenta, en una visión romántica del arte “tradicional” aborigen con final feliz (y provechoso) para todos: “Si hay algo que la última tendencia más colérica y urbana echa en cara a los artistas de galería es precisamente la falta de compromiso combativo: artistas como Vernon Ah Kee, Tracey Moffat o Richard Bell enfrentan al ciudadano (por medio de video, texto, fotografía, graffiti o dibujo) con la realidad post-colonial de una cultura mermada por las atrocidades raciales”. Por cierto, Bell espeta que el arte aborigen es una invención blanca.

La emergencia es, por definición, polémica: el debate acaba de empezar. En el aeropuerto, leí en el diario que el artista (blanco) Tim Johnson había ganado un premio de cincuenta mil dólares con Community base, un mapa simbólico del Western Desert, con los artistas aborígenes trabajando, en solitario o en grupo, tal como Johnson los conoció en los años 80. Más de cuarenta personas reales retratadas a partir de las fotografías que el artista hizo en el aquel viaje de descubrimiento de un arte antiquísimo y cargado de futuro. Horas antes, había recorrido el piso superior de la Victoria Gallery, donde está el arte australiano. Es decir, el arte que no es aborigen. Esa segregación es problemática y absurda. El único autor del piso de abajo que también está representado en el superior es Andrew. Su obra recuerda a las instalaciones de Beuys: una sucesión de fotografías en blanco y negro de rostros aborígenes durante la época colonial. Una reapropiación de los discursos etnocéntricos de los museos europeos. Reescribir la metrópolis (la ciudad) desde la isla (el desierto).

[Publicado en Culturas/s de La Vanguardia]

CRÓNICA ASTURIANA

Vetusta es un Hotel Totalmente Reformado.

Vetusta es una compañía de danza y un coro y un club de fútbol (el Real Oviedo-Vetusta).

Vetusta y Oviedo, Oviedo y Vetusta: no es bueno para una ciudad tal grado de esquizofrenia.

Vetusta es Vetusta.

Por mucho que viaje, nunca aprendo: voy a las ciudades con un texto en la cabeza y me encuentro en cambio con piedras y calles y decadencias y miserias y edificios inteligentes y aires enrarecidos y esculturas de Botero. Diez años leyendo y releyendo La Regenta, para esto.

Pero no: en la Semana Negra de Gijón descubro que el rector de la Universidad de Oviedo es un personaje de Clarín.

Supongo que a eso se refieren cuando hablan del poder visionario de la literatura.

Después, en la Playa de Barro, tras tres horas de lectura intensiva, comienzo a escuchar una conversación ajena. El hombre, en su tumbona, mientras come aceitunas directamente de la lata y se bebe un mojito, habla por el móvil con un pescador, que está a punto de volver a tierra firme después de dos días en alta mar. Trae mil quinientos kilos de bonito, diez cajas de pulpos, cinco de calamar. Está muy cansado como para buscar inmediatamente un comprador en los pueblos cercanos. El hombre le dice que él se ocupa de recoger la mercancía y de traerla a Llanes, donde tiene un comprador. Habla de radares, de los horarios de las lonjas, de su propia semana: el miércoles, después de cenar con su mujer, se hizo a la mar, hasta las cinco de la mañana; en el puerto tuvo que reparar las redes y revisar el motor, de modo que no pudo dormir; se hizo de nuevo a la mar, dos noches seguidas sin pegar ojo. Por eso hoy, que es domingo, está en la playa, con su hija y con su mujer, comiendo esas olivas, bebiéndose ese mojito, y a las tres pedirán una mariscada en el restaurante del hotel. No te preocupes, le dice, yo me encargo de colocarte ese pescado. Hablan de 6 ó 7 euros la caja. Hablan de restaurantes de bodas que no quieren merluza de demasiada calidad. Hablan de deudas y de furgones. Yo te lo soluciono, amigo, le dice a modo de despedida. Después, el hombre llama a su contacto en Llanes y le habla del pescador y de su mercancía: recién pescado, máxima calidad, 9 euros la caja. En total ha estado hablando casi una hora. Yo estoy seguro de que la mujer va a reñirlo, porque es el día de fiesta, el día para la familia, y él sigue trabajando. Pero no, ella le pregunta a cuánto ha negociado la entrega y si no era posible sacar más.

En la habitación del hotel pienso que Clarín era de secano, pero que no sólo todos los ovetenses y todos los asturianos están de una forma u otra dibujados en su obra maestra (en los cientos de personajes de su obra maestra): también el resto de seres humanos desfilamos por esas páginas. Al otro lado de la pared, en la habitación vecina, otro hombre -este sin rostro- le cuenta por teléfono a un amigo sus vacaciones: que juega a ping-pong y a billar, que se comió por 25 euros un bogavante estupendo, que vio un minotauro y que siguió las huellas de un dinosaurio. Menos mal que tengo Google para concluir esta crónica tan extraña y poco aristotélica, que de otro modo no sabría cómo acabar.

VIAJE A NORWICH

LA LUMINOSIDAD DE LOS ARENQUES MUERTOS

La pregunta tal vez sea la siguiente: ¿Qué une la obra de un escritor con sus lectores? Ante el antiguo despacho de W. G. Sebald, que dio clases en la Universidad de East Anglia durante tres décadas; ante la estanterías corredizas del sótano de su biblioteca; ante los anaqueles de todas las librerías de Norwich, un pueblo universitario que se jacta de una memoria histórica que ensarta en el mismo hilo de la cronología a mercaderes de telas y cueros y mostazas, protestantes, puritanos, católicos, judíos, señores feudales y vikingos, me formulo la misma pregunta, consciente de que la nubosidad variable no favorece la elucubración y que los viajes no son más que ensayos de borrosas respuestas. ¿Cómo son los vínculos que un lector establece con un escritor? ¿Son distintos si el autor está vivo que si está muerto?

Los albañiles y pintores que reforman las viejas oficinas del British Centre for Literary Translation ignoran que entre esas paredes que ya no existen Sebald pasó toda su vida adulta. Sólo perviven los árboles de entonces, al otro lado de los ventanales, barnizados por una luz difusa, casi submarina. Mientras duran las obras, los profesores del instituto que fundó el autor de Los anillos de Saturno -con la intención de que los alumnos de esta universidad conocieran a fondo la literatura internacional- preparan sus clases en la biblioteca o en la cafetería. En las primeras páginas de su libro de viajes por esta región del este de Inglaterra, se menciona la muerte de dos colegas de esa facultad abierta a las lenguas europeas: Michael Parkinson y Janine Rosalind Darkyns; y un vecino del narrador, Frederick Farrar. El libro se publicó en 1995 y seis años más tarde su autor falleció en un accidente de coche. Otro de los personajes reales del volumen, Michael Hamburger, también murió antes de que terminara la década pasada. Como Borges, Thomas Browne, Conrad, Casement, Chateaubriand y el resto de los fantasmas que circulan por esas páginas ensayísticas y viajeras: todos muertos. Desde 2001 no hay catedrático de literatura alemana en East Anglia; de hecho, con los años se ha ido desdibujando la presencia en los programas de las literaturas que no se escriben en inglés. En las paredes de su despacho, Sebald tenía grandes fotografías de Walser, Benjamin, Wittgenstein y Bernhard, autores que lo obsesionaban, antepasados de su propia genealogía textual, agentes fundamentales de una Weltliteratur que, paradójicamente, se desvanece en la era de lo global, como esas paredes, como esas imágenes que los demás recuerdan pero yo ya no he podido ver.

Recorro los pasillos de la segunda planta de la biblioteca buscando la sección “PT”, literaturas germánicas. En la topografía se indica que se encuentra en una zona de estanterías corredizas, pero no soy capaz de ubicarlas, hasta que me doy cuenta de que debo buscar el piso 02 y no el 2, es decir, que tengo que ir al sótano. La desaparición de la enseñanza en las aulas de Goethe, Heine, Kakfa o Handke ha desterrado esos miles de volúmenes al subsuelo; en su lugar se extienden los ensayos sobre televisión, cine, internet, radio, performance e industrias culturales. Le doy a la manivela tres o cuatro veces hasta que al final, al deslizarse una estantería por los raíles, empujando al resto, encuentro los anaqueles que busco. Las ediciones en alemán e inglés de Los emigrados, Del natural, Vértigo, Austerlitz conviven con decenas de obras críticas sobre el viaje, el trauma, la intertextualidad o la historia en la obra sebaldiana. El azar ha querido que la mitad de los libros se encuentren en un anverso de la estantería y la otra mitad en su reverso. Hago que dos decenas de estanterías se deslicen por los raíles para que entren el aire y la luz. Lo dejo así, porque no sé si mañana, cuando alquile el coche y recorra el condado de Norfolk, encontraré la tumba de Sebald en Framingham Earl, hasta que algún otro lector baje al sótano a rescatar a algún otro autor alemán de su destierro.

Tengo la costumbre de visitar las mejores librerías de las ciudades y pueblos que visito. Por su escaso número, he podido entrar en todas las de Norwich y buscar en ellas los libros de Sebald. En ninguna tenían más de tres títulos suyos. El Waterstone’s de la universidad no es una excepción. Hay más libros de Ian McEwan, el más insigne de los ex-alumnos del posgrado en escritura creativa, que del profesor cuyo nombre sonaba como candidato al premio Nobel durante los meses previos a su muerte. “Era mucho peor antes de su consagración con Austerlitz”, me tranquiliza Peter Bush, “lo normal era entonces que no hubiera aquí ningún libro suyo”. Pero enseguida vuelvo a enervarme: vivió treinta años aquí, escribió todos sus libros aquí, habla en ellos de esta región del este de Inglaterra, se tomaba un café cada día en esa cafetería, salía a fumar a esas escaleras, era profesor de esta universidad cuando Susan Sontag y J.M.Coetzee y James Wood escribieron sobre sus libros, centenares de alumnos asistieron a sus clases sobre Joseph Roth o sobre el cine alemán de la República de Weimar, murió aquí. Pero el espacio que sus textos ocupan en estas librerías es inferior al de McEwan o al de Alice Sebold.

De modo que la maldita pregunta regresa: ¿qué une la obra de un escritor con sus lectores? Es decir: ¿cómo intervienen la proximidad geográfica, la academia, las traducciones, el reconocimiento, la envidia, la actualidad, la apertura a otras culturas y lenguas, el paso del tiempo o la muerte del escritor al reforzamiento o la disolución de los lazos que atan y desatan los libros con sus lecturas? Como en el caso de Roberto Bolaño, la multiplicación de los lectores anglosajones de Sebald se debió a la intervención de su agente, Andrew Wyllie. En el mundo globalizado, el inglés es la lengua que señala y que legitima: Sontag, Coetzee o Wood no son mejores lectores que Beatriz Sarlo, David Grossman o Juan Goytisolo, pero no escriben en español ni en israelí. La literatura no se impone, se expone: espera pacientemente el encuentro, el puente, el desciframiento, el oído y el diálogo, la mirada que sepa reconocer esa luz mortecina, el reconocimiento. Pero no hay duda de que una facultad que defienda la literatura comparada es un lugar más favorable para la hospitalidad y la hermenéutica. Y que hoy en día las editoriales y los agentes poderosos disponen de más recursos para asegurar que una traducción competente tenga la difusión que merece.

La calidad, la ambición y la perseverancia son palabras de definición volátil, pero seguramente señalen los parámetros por donde se mueven las escrituras que conducen a lecturas duraderas. A diez años de la publicación de Austerlitz, a juzgar por su rastro en las librerías inglesas, norteamericanas y alemanas, Sebald se ha consagrado como un escritor minoritario, objeto de tesis doctorales y de congresos académicos, sí, pero también de lecturas minuciosas por parte de lectores exigentes, capaces de gastar una pequeña fortuna para comprar un libro en el extranjero, de aprender un idioma para entender un libro que no ha sido traducido, de viajar para fatigar librerías, de descender a las catacumbas de las bibliotecas y de los diccionarios y de los buscadores de la red para comprender mejor un texto. Esa fe ciega en los lectores tenaces y en las lecturas que finalmente llegan nos permite avanzar, aunque sea hundiéndonos en la oscuridad líquida, hacia ninguna parte.

La calidad es difícil de evaluar; la ambición puede fácilmente dirigirse hacia una dirección equivocada; es frecuente perseverar en el error. La laguna de la universidad es rodeada por un sendero, a través del cual se puede acceder a varias decenas de muelles minúsculos, ideales para la pesca. Con sus redes, sus cubos, sus parasoles de camuflaje, sus bicicletas con carritos de dos ruedas, sus gorros, sus cantimploras y sus cañas de pescar, veo una decena de hombres sentados en sus sillas plegables, a la espera de que grandes peces piquen sus anzuelos. Ajenos a los posgrados de escritura creativa, a los media studies y a los escritores muertos, no engañan el tiempo con radios ni con libros: esperan en silencio. Imagino esos hilos casi invisibles hundidos en el agua. Esos vínculos que aguardan su momento. Esos abrazos que, cuando lleguen, serán fugaces. Esa historia natural y humana de la espera y del placer y de la destrucción. “Durante mucho tiempo, incluso creo que aún en la actualidad”, leemos en Los anillos de Saturno, “sigue siendo inexplicable la razón de la luminosidad de los arenques muertos”.



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