LA LUMINOSIDAD DE LOS ARENQUES MUERTOS
La pregunta tal vez sea la siguiente: ¿Qué une la obra de un escritor con sus lectores? Ante el antiguo despacho de W. G. Sebald, que dio clases en la Universidad de East Anglia durante tres décadas; ante la estanterías corredizas del sótano de su biblioteca; ante los anaqueles de todas las librerías de Norwich, un pueblo universitario que se jacta de una memoria histórica que ensarta en el mismo hilo de la cronología a mercaderes de telas y cueros y mostazas, protestantes, puritanos, católicos, judíos, señores feudales y vikingos, me formulo la misma pregunta, consciente de que la nubosidad variable no favorece la elucubración y que los viajes no son más que ensayos de borrosas respuestas. ¿Cómo son los vínculos que un lector establece con un escritor? ¿Son distintos si el autor está vivo que si está muerto?
Los albañiles y pintores que reforman las viejas oficinas del British Centre for Literary Translation ignoran que entre esas paredes que ya no existen Sebald pasó toda su vida adulta. Sólo perviven los árboles de entonces, al otro lado de los ventanales, barnizados por una luz difusa, casi submarina. Mientras duran las obras, los profesores del instituto que fundó el autor de Los anillos de Saturno -con la intención de que los alumnos de esta universidad conocieran a fondo la literatura internacional- preparan sus clases en la biblioteca o en la cafetería. En las primeras páginas de su libro de viajes por esta región del este de Inglaterra, se menciona la muerte de dos colegas de esa facultad abierta a las lenguas europeas: Michael Parkinson y Janine Rosalind Darkyns; y un vecino del narrador, Frederick Farrar. El libro se publicó en 1995 y seis años más tarde su autor falleció en un accidente de coche. Otro de los personajes reales del volumen, Michael Hamburger, también murió antes de que terminara la década pasada. Como Borges, Thomas Browne, Conrad, Casement, Chateaubriand y el resto de los fantasmas que circulan por esas páginas ensayísticas y viajeras: todos muertos. Desde 2001 no hay catedrático de literatura alemana en East Anglia; de hecho, con los años se ha ido desdibujando la presencia en los programas de las literaturas que no se escriben en inglés. En las paredes de su despacho, Sebald tenía grandes fotografías de Walser, Benjamin, Wittgenstein y Bernhard, autores que lo obsesionaban, antepasados de su propia genealogía textual, agentes fundamentales de una Weltliteratur que, paradójicamente, se desvanece en la era de lo global, como esas paredes, como esas imágenes que los demás recuerdan pero yo ya no he podido ver.
Recorro los pasillos de la segunda planta de la biblioteca buscando la sección “PT”, literaturas germánicas. En la topografía se indica que se encuentra en una zona de estanterías corredizas, pero no soy capaz de ubicarlas, hasta que me doy cuenta de que debo buscar el piso 02 y no el 2, es decir, que tengo que ir al sótano. La desaparición de la enseñanza en las aulas de Goethe, Heine, Kakfa o Handke ha desterrado esos miles de volúmenes al subsuelo; en su lugar se extienden los ensayos sobre televisión, cine, internet, radio, performance e industrias culturales. Le doy a la manivela tres o cuatro veces hasta que al final, al deslizarse una estantería por los raíles, empujando al resto, encuentro los anaqueles que busco. Las ediciones en alemán e inglés de Los emigrados, Del natural, Vértigo, Austerlitz conviven con decenas de obras críticas sobre el viaje, el trauma, la intertextualidad o la historia en la obra sebaldiana. El azar ha querido que la mitad de los libros se encuentren en un anverso de la estantería y la otra mitad en su reverso. Hago que dos decenas de estanterías se deslicen por los raíles para que entren el aire y la luz. Lo dejo así, porque no sé si mañana, cuando alquile el coche y recorra el condado de Norfolk, encontraré la tumba de Sebald en Framingham Earl, hasta que algún otro lector baje al sótano a rescatar a algún otro autor alemán de su destierro.
Tengo la costumbre de visitar las mejores librerías de las ciudades y pueblos que visito. Por su escaso número, he podido entrar en todas las de Norwich y buscar en ellas los libros de Sebald. En ninguna tenían más de tres títulos suyos. El Waterstone’s de la universidad no es una excepción. Hay más libros de Ian McEwan, el más insigne de los ex-alumnos del posgrado en escritura creativa, que del profesor cuyo nombre sonaba como candidato al premio Nobel durante los meses previos a su muerte. “Era mucho peor antes de su consagración con Austerlitz”, me tranquiliza Peter Bush, “lo normal era entonces que no hubiera aquí ningún libro suyo”. Pero enseguida vuelvo a enervarme: vivió treinta años aquí, escribió todos sus libros aquí, habla en ellos de esta región del este de Inglaterra, se tomaba un café cada día en esa cafetería, salía a fumar a esas escaleras, era profesor de esta universidad cuando Susan Sontag y J.M.Coetzee y James Wood escribieron sobre sus libros, centenares de alumnos asistieron a sus clases sobre Joseph Roth o sobre el cine alemán de la República de Weimar, murió aquí. Pero el espacio que sus textos ocupan en estas librerías es inferior al de McEwan o al de Alice Sebold.
De modo que la maldita pregunta regresa: ¿qué une la obra de un escritor con sus lectores? Es decir: ¿cómo intervienen la proximidad geográfica, la academia, las traducciones, el reconocimiento, la envidia, la actualidad, la apertura a otras culturas y lenguas, el paso del tiempo o la muerte del escritor al reforzamiento o la disolución de los lazos que atan y desatan los libros con sus lecturas? Como en el caso de Roberto Bolaño, la multiplicación de los lectores anglosajones de Sebald se debió a la intervención de su agente, Andrew Wyllie. En el mundo globalizado, el inglés es la lengua que señala y que legitima: Sontag, Coetzee o Wood no son mejores lectores que Beatriz Sarlo, David Grossman o Juan Goytisolo, pero no escriben en español ni en israelí. La literatura no se impone, se expone: espera pacientemente el encuentro, el puente, el desciframiento, el oído y el diálogo, la mirada que sepa reconocer esa luz mortecina, el reconocimiento. Pero no hay duda de que una facultad que defienda la literatura comparada es un lugar más favorable para la hospitalidad y la hermenéutica. Y que hoy en día las editoriales y los agentes poderosos disponen de más recursos para asegurar que una traducción competente tenga la difusión que merece.
La calidad, la ambición y la perseverancia son palabras de definición volátil, pero seguramente señalen los parámetros por donde se mueven las escrituras que conducen a lecturas duraderas. A diez años de la publicación de Austerlitz, a juzgar por su rastro en las librerías inglesas, norteamericanas y alemanas, Sebald se ha consagrado como un escritor minoritario, objeto de tesis doctorales y de congresos académicos, sí, pero también de lecturas minuciosas por parte de lectores exigentes, capaces de gastar una pequeña fortuna para comprar un libro en el extranjero, de aprender un idioma para entender un libro que no ha sido traducido, de viajar para fatigar librerías, de descender a las catacumbas de las bibliotecas y de los diccionarios y de los buscadores de la red para comprender mejor un texto. Esa fe ciega en los lectores tenaces y en las lecturas que finalmente llegan nos permite avanzar, aunque sea hundiéndonos en la oscuridad líquida, hacia ninguna parte.
La calidad es difícil de evaluar; la ambición puede fácilmente dirigirse hacia una dirección equivocada; es frecuente perseverar en el error. La laguna de la universidad es rodeada por un sendero, a través del cual se puede acceder a varias decenas de muelles minúsculos, ideales para la pesca. Con sus redes, sus cubos, sus parasoles de camuflaje, sus bicicletas con carritos de dos ruedas, sus gorros, sus cantimploras y sus cañas de pescar, veo una decena de hombres sentados en sus sillas plegables, a la espera de que grandes peces piquen sus anzuelos. Ajenos a los posgrados de escritura creativa, a los media studies y a los escritores muertos, no engañan el tiempo con radios ni con libros: esperan en silencio. Imagino esos hilos casi invisibles hundidos en el agua. Esos vínculos que aguardan su momento. Esos abrazos que, cuando lleguen, serán fugaces. Esa historia natural y humana de la espera y del placer y de la destrucción. “Durante mucho tiempo, incluso creo que aún en la actualidad”, leemos en Los anillos de Saturno, “sigue siendo inexplicable la razón de la luminosidad de los arenques muertos”.